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La puerta falsa, de Dimas Lidio Pitty
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ENCUENTROS FUGACES, DE CÁNCER ORTEGA SANTIZO

Félix Armando Quirós

De los trece cuentos de Cáncer Ortega Santizo que conforman el libro Encuentros fugaces, podemos destacar muchos aspectos.  La primera característica que reclama mi atención es la entrada rápida en materia, cualidad que siempre ha distinguido a los grandes cultores del género.  Un buen cuentista tiene que ir al grano.  Desecha los rodeos porque sabe que afectarían gravemente al preciso producto literario que se propone elaborar.  Elige el efecto que quiere lograr y trabaja con una clara noción del camino que ha de recorrer hasta llegar a él. 

Nos detenemos un momento a recordar el quinto mandamiento del Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas.  En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”.  Este consejo es respaldado por la réplica de Edgar Allan Poe a la práctica de un escritor francés, quizá Montaigne, de jamás empezar a pensar hasta sentarse a escribir: “Mejor le hubiera convenido el método de no sentarse jamás a escribir hasta no haber acabado de pensar”.  Según Poe: “Este nunca pensar, salvo cuando nos sentamos a escribir, es la causa de tanta mediocre producción”.  Me sobran lecturas durante los años recientes que lo confirman.  Algunos lo llevan al extremo de no pensar ni cuando se sientan a escribir. 

Tal vez ello fuera motivo suficiente para recibir con regocijo la aparición de este libro de cuentos.  Sin embargo, mi alegría obedece a las virtudes propias de la obra y no a defectos ajenos.  Los cuentos de Cáncer nos enfrentan a la vida de nuestro tiempo.  Conmueven profundamente.  Acaso lo más perturbador sea que podemos toparnos con sus personajes en cualquier calle de nuestra ciudad o del mundo, donde la vida humana parece haber perdido todo su valor.  ¿Cómo esperar entonces que si hombres y mujeres no valoran sus propias vidas puedan respetar las ajenas?  El resultado es una sociedad deshumanizada y violenta donde los asesinos empiezan cada vez más jóvenes.  Como si el homicidio fuera parte de la etapa de crecimiento de una persona.  ¿Son personas?  A veces cuesta creer que puedan calificar como animales. 

Veamos la manera en que comienza el libro con el cuento Sicario: “—¿Sabes qué se siente cuando se mata a alguien?— me preguntó cambiando abruptamente el tema. 
Me quedé frío, temiendo que el giro que estaba dando a nuestra conversación tuviera consecuencias funestas.  Para mí”.  La respuesta con que el propio personaje responde a la pregunta que él mismo ha lanzado es aterradora: “¡Nada!”; sobre todo porque la realidad parece respaldarlo. 

Los cuentos no son mentiras.  En lo particular, me desagrada el término ficción, porque ficción es engaño.  Prefiero hablar de literatura de imaginación.  El escritor presenta otra visión de la realidad, no pocas veces desgarradora.   Como afirma Poe: “el ámbito de la imaginación resulta ilimitado”.  Otro apunte de este maestro norteamericano del cuento que ha sido aplicado por Cáncer es: “La imaginación es la nariz de la multitud.  Basta tomarla de ella para llevarla tranquilamente a cualquier parte”.  Los inicios de los cuentos de Encuentros fugaces, como se puede observar en el ejemplo citado y en los que presentaremos a continuación, mezclan la intención de despertar la curiosidad del lector con prepararlo para el final.  Son claves.  Es señal inequívoca de que nos encontramos ante cuentos bien desarrollados.  Los finales respetan el concepto de que el desenlace de un cuento exige que represente un cambio permanente en la vida del personaje. 

En Sicario nos lleva a estrellarnos contra un mundo en que el homicidio es un frío negocio, un trabajo, un deber.  La tensión crece constantemente.    El cambio del punto de vista de víctima a victimario es un factor importante en la construcción del relato. 

Identificando el cuerpo empieza: “La llevaron por un pasillo angosto, húmedo, mal iluminado, que parecía no tener fin ni llevar a parte alguna” y ya estamos dentro de la atmósfera en que todo ocurrirá.  La misión del personaje es propia de los infiernos: “La mujer estaba advertida de que debía reconocer un cuerpo irreconocible que había sido destrozado primero a balazos y después a los golpes”.  El relato se mueve entre la nostalgia y el dolor, sumergiéndose en el alma humana, hasta que la sufrida mujer encuentra, dentro de su impotencia, la única respuesta posible. 

El principio de Cuarto de urgencia propone que va a ocurrir algo interesante: “No hay que culparlo.  Son cosas que suceden: que le pueden pasar a cualquiera. 
La actividad de ese fin de semana fue particularmente intensa: todo era un caos en el Cuarto de Urgencia”.  Y ocurre dentro de un proceso rutinario, de una manera acaso predecible.  El médico, deshumanizado y mecánico, suerte de dios en esa sala, sufre una experiencia que lo cambiará.  “El sentimiento de culpa lo acompañará por siempre”. 

Encuentros fugaces le da título al libro.  En este caso, nos prepara para un acontecimiento extraordinario: “¿Acaso no te ha sucedido que vas tranquilamente por la calle pensando en quién sabe qué cuando ves pasar a un conocido y que al voltear para saludarle te sorprendes por no encontrarle, que ha desaparecido y que, lo peor de todo, caes en cuenta que se trata de alguien que ya no está, que has visto a un difunto, a alguien que ya está muerto?  Sí, a mí también me ha pasado”.  Y no hay necesidad de adivinar la historia que vamos a leer.  En realidad son varios sucesos, pues el protagonista narrador se mueve entre varias apariciones, visiones y manifestaciones hasta llegar a una conclusión inevitable. 

Cazadores nos lanza de lleno al acaecimiento: “Huele a carne humana”.  El cazador antropófago acecha en busca del alimento favorito de su tribu.  Es el que, con su habilidad y eficacia, garantiza la supervivencia de todos.  Participamos en el proceso de caza.  Todo culmina con un giro inesperado, efecto para el cual el autor ha trabajado desde la primera frase. 

En Cabeza de mujer, la oración: “El sonido estridente del timbre invadió de improviso su existencia”, nos introduce de inmediato a la tortura del personaje, que de pronto cobra conciencia de que se encuentra en un ambiente distinto del que había supuesto.  Pronto nos enteramos de los motivos: “La terrible jaqueca y el sabor amargo en la boca no le impidieron comprender lo que dijo el de la seguridad: su carro estaba lleno de moscas y del maletero salía un olor feo, como a podrido”.  Entre el amor y el odio, asistimos a la reconstrucción de un crimen y el suplicio del homicida que se siente descubierto.  El autor se vale de un dato suelto para rematar el cuento con un efecto poderoso. 

Volveré por ti es el relato, in media res, de una relación adúltera por conveniencia de todas las partes: “Se le murió encima.  Se dice que su corazón añejo de guerrero del amor no soportó lo intenso de las delicias perversas que esa tarde calurosa compartían”.  El acuerdo desnuda una abominable servidumbre que no termina con la muerte del amante.  Muestra las estructuras del poder económico en todo su apogeo y revela las pequeñeces del alma humana que se ofrece al mejor postor.  Es una historia tanto de opresión como de sumisión, muy bien manejada en tonos intensamente eróticos. 

Pánfilo: “Medía como metro y medio.  Tal vez un poco más, mas no mucho.  Casi enano”.  Sin embargo, la clave está, en este caso, en el tercer párrafo: “Pero no asustaba a nadie.  Su cara era una máscara.  Fea. Mas no llegaba a provocar temor.  Eso sí, era un hombrecillo extraño; un muñeco que inspiraba burlas”.  Un hombrecillo cómico, ridículo y trágico, que desperdicia tanto su vida que para lo único que sirve es para morir.  “Por mucho tiempo se le recordó en ése, su momento de éxtasis, gloria y verdadero esplendor”.  Es un cuento cruel, trabajado con fino humor negro.  Decía Groucho Marx que muchos cómicos concebían como una escena graciosa disfrazar a un hombre de vieja, montarlo en una silla de ruedas y hacerlo viajar cuesta abajo.  Para él, la escena exigía que utilizara una anciana verdadera.  No son extrañas las ocasiones en que la risa es despertada por nuestros malos instintos. 

En la sala de la risa encontramos a los personajes marginados que habitan en esta colección de cuentos: “Cuando llegó nos estrechó la mano a todos, identificándose como el subteniente Fernández” (...) “Con él llegó un gigante con aspecto de torturador” (...) “Mantenía el silencio del verdugo que espera el momento para actuar”.  Se trata de la sala de psiquiatría de un hospital.  El autor nos muestra un vistazo de este mundo de desesperanza examinado desde el humor.  Lo remata con un efecto gracioso acertadamente preparado.  Como dicen por ahí: los abusos duran mientras haya quien los soporte. 

El principio de Navaja también insinúa un final contundente: “La cicatriz en la muñeca izquierda me dijo algo de la historia”.  La que de inmediato queremos conocer, donde veremos involucrados personajes que sienten poca consideración por ellos mismos.  La dolorosa suicida, el donjuán que pega y se va, y el amante rechazado participan de este doloroso recorrido por los laberintos del alma humana.   La salvación cobra signos trágicos en un relato policial impecablemente construido. 

Murió durante la guerra inicia con una fórmula que anticipa el desenlace: “Su malhumor era legendario”.  Cáncer crea el fondo de una atmósfera burocrática, dentro de la cual sucumbe un guerrero que antes ha sobrevivido en múltiples circunstancias peligrosas. 

El miserable pertenece a uno de los episodios más infames de nuestra historia: el 20 de diciembre de 1989. “Cuando la Invasión, supo que irían por él.  Su relación con el General era tan estrecha que no cabía la duda.  Hacía parte del círculo exclusivo al que muchos habían querido pertenecer, pero al que pocos tuvieron acceso” (...) “En la carrera de ratas no eran muchos los que lo habían logrado.  Él estaba entre los pocos”.  Y resulta una verdadera rata mientras pasa revista de sus temores hasta hundirse en la sima más profunda hasta la que sea capaz de descender un hombre en la desesperación por conservar la vida.  Es la crónica de un cobarde que no sabe comportarse a la altura del discurso que dice respaldar y, como la batalla no es tan sencilla como la represión, deja embaucados a sus compañeros de causa. 

Capturado es otro recorrido preciso en que el efecto final se prepara desde la primera palabra del cuento: “Al sentir el cañón del fusil en la nuca supo que rendirse había sido más que un error, una estupidez.  El arma temblaba en las manos sudorosas del gringo”.  Ahonda en la infame invasión norteamericana y sus consecuencias inmediatas.  Después de sucumbir ante el miedo, el soldado trata de recobrar la dignidad.  Una vez ha rendido las armas, el silencio es la única posibilidad de rebeldía. 

El ser humano, frágil e inadaptado, intenta asumir una actitud heroica o antiheroica ante una sociedad que no lo valora.  En ocasiones, aparece resignado a su suerte.  La violencia está en las calles.  La esperanza debe de permanecer todavía en el fondo de la caja que abrió Pandora.  Los cuentos que Cáncer Ortega Santizo ha reunido en Encuentros fugaces examinan la condición humana de una manera directa y profunda.  A veces son miradas desesperanzadas; otras, sarcásticas; pero nunca exentas de ternura y compasión.  Algunos personajes encuentran en la rebeldía, el único amparo en un mundo cada vez más hostil.  Al presentar el manejo de sus materiales con absoluto dominio, Cáncer se muestra como un compañero de desdicha de sus creaciones y llega lo más hondo que le resulta posible en la revelación de los demonios interiores de estos seres marginados.  Es un escritor con recursos técnicos, que presenta una cuidadosa elaboración de los efectos finales y resuelve con destreza.  Compartimos hoy la alegría de ver publicado este libro de cuentos. 

 

Con este texto presentó Félix Armando Quirós, la obra Encuentros fugaces, de Cáncer Ortega Santizo, presentada en la Feria Internacional del Libro de 2007.

Cáncer Ortega Santizo, Encuentros fugaces, Primera edición, Ediciones Trópico, Panamá abril 2007, 136pp.

   


 

 


                                  

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