«En mis novelas lo primero que nace es el título»
JA -Si eres, como dices, un escritor desprogramado, ¿cuándo te nace la idea de una nueva novela?
JS-Aunque pueda parecer raro, mis novelas nacen normalmente por el título. El año de la muerte de Ricardo Reis nació en Berlín. Estaba allí con una delegación visitando autores, sindicatos, esas cosas que me gustan tan poco, llegué al hotel muy cansado, luego tenía una cena, una recepción, estaba muy harto. Me senté en la cama, me tumbé a descansar y, en ese momento, como si me cayera del techo, me aparece un título: El año de la muerte de Ricardo Reis. No estaba pensando en ninguna persona, ni en Ricardo Reis, ni en nadie.
El Evangelio según Jesucristo surgió de una ilusión óptica, en Sevilla, cruzando una calle, la de la Campana, en dirección a la calle de las Sierpes, donde hay un quiosco de prensa. Al pasar leí en portugués (en Sevilla, imagínate): O Evangelho segundo Jesus Cristo. Te puedo jurar que lo leí. Seguí, después volví atrás y, ni evangelio ni Jesucristo ni nada que se le pareciera. En aquella confusión de títulos del escaparate había leído: «El Evangelio según Jesucristo.» Después pensé: esto es un disparate. Fue así exactamente. Pero estoy acostumbrado a que cosas así ocurran. No digo que las novelas nazcan de un disparate, de una imbecilidad, pero sí de algo casual o raro y luego, poquito a poco, va germinando la idea hasta que nace.
La idea de Todos los nombres nació en Brasil. Descendía el avión hacia Brasília. Pilar estaba a mi lado. Mirábamos hacia abajo y veíamos las casitas, los pueblos, y en ese preciso momento se me apareció el título: Todos los nombres. ¿Pero esto qué es?, pensé. No tenía ninguna relación con nada. La única relación que encontré en aquel momento era un episodio de Memorial del convento, en que para decir los nombres de los obreros que trabajaban allí se citan nombres, cada uno de ellos empezando con una letra del alfabeto hasta completarlo. Más o menos debió de ser algo así. De todas formas esta novela, Todos los nombres, no existiría si no hubiera un niño que murió a los cuatro años y que era mi hermano. No habla de un niño muerto, pero la novela no se habría escrito si no hubiera estado buscando dónde había muerto ese niño, qué había pasado con él. A propósito, lo que tienen de bueno los Cuadernos de Lanzarote, además de ser «narcisistas», es que te dicen cómo se hacen las cosas o cómo nacen. Claro que si sólo se tienen ojos para el narcisismo no encontrarás otra cosa. En dichos Cuadernos he dejado bien claro, por ejemplo, cómo el caso del que estamos hablando, la búsqueda del niño, se convirtió a su vez en otra búsqueda que, en el fondo, es siempre la misma: la búsqueda del otro.
JA-Es como la búsqueda del Grial.
JS-Sólo que no es un grial sino una persona, con la diferencia de que la novela no es la búsqueda de un niño sino de una persona adulta, pero la raíz de todo nace ahí.
JA-También se ha hablado mucho de cómo nació el Ensayo sobre la ceguera. ¿Cómo fue realmente?
JS-Se han dicho muchas cosas inexactas. La verdad es que la idea nació en un restaurante de Lisboa. Estaba almorzando solo, esperando que trajeran lo que había solicitado, en ese momento en que piensas en todo y en nada. De repente me planteo: ¿y si todos fuésemos ciegos? Así, sin más. ¿Cómo seríamos? Esto te va dando pistas, la catástrofe, la peste, algo así como en las películas catastrofistas que se hacen ahora, un gran terremoto. Después reflexionas, te quedas pensando y la idea original se convierte en algo que va mucho más allá de la ceguera misma, como la ceguera de la razón, y no sencillamente la física.
JA -Y la responsabilidad de los que ven.
JS - Y la de la mujer del médico cuando dice: «Yo soy la que nació para ver el horror del mundo.»
«Mis historias de amor son historias de mujeres»
JA -¿Consideras que tus novelas son todas, de alguna forma, una novela de amor?
JS -Eso es cierto. Pero yo no escribo novelas de amor, escribo novelas que tienen como función principal decir otras cosas, lo que ocurre es que el amor acaba siempre entrando. Puedo decirte que cuando estaba terminando Memorial del convento me di cuenta de que había escrito una historia de amor sin palabras de amor, porque en ningún momento nadie le dice a otro ni siquiera esas palabras tan sencillas como «te quiero». No había sido un propósito mío, escribí, escribí y escribí y al final de la novela me dije: ¿pero qué es lo que ha pasado aquí? Escribo una novela de amor, que lo es, de un amor total, y no he necesitado expresar ese amor de la forma en que normalmente el amor se expresa. ¿Qué es lo que ha pasado? La verdad es que soy muy reservado en eso, en escribir palabras de amor, son todas tan vagas, están tan desgastadas, tan huecas, no, no me planteo escribir una novela de amor. Claro que hablo de un hombre y de una mujer, pero el amor entra como entran ellos. ¿Qué es lo que hace presente el amor? Es la presencia de la mujer, siempre. En Alzado del suelo, en todas esas historias de campesinos, sí, se encuentra el amor, pero es el amor campesino, sencillo, directo, obvio, donde lo que no es, no es, sin sofisticación ninguna. Después, cuando aparece Memorial del conventonace esa relación de amor, entre Blimunda y Baltasar. Luego toda la historia se desarrolla de una forma mágica, poco convencional.
JA -Pero al proponerte escribir una novela, ¿no prevés que en ella va a haber una historia de amor?
JS -Bueno, de antemano sé que más o menos algo ocurrirá, pero no es eso lo que me preocupa. En esto de la escritura (insisto) soy muy desprogramado. En el Ensayo sobre la ceguera, cuando la mujer del médico le dice al conductor de la ambulancia: «Usted tiene que llevarme porque me acabo de quedar ciega», en ese momento todavía no sabía qué es lo que iba a hacer con esa mujer. Ya se vería en el capítulo siguiente, porque es la historia la que determina lo que va a ocurrir con los diversos personajes que aparecen. Es decir, mis personajes se presentan, estoy aquí y voy a vivir una historia que hará de mí algo que aún no sé. Lo mismo que en mi vida, donde nunca planeé nada, así en mis libros los personajes se presentan sencillamente y, a partir de ahí, veremos qué ocurre. Por ejemplo en Historia del cerco de Lisboa, el amor entre Raimundo y María Sara produce un movimiento de pequeñas cosas, de acercamientos, de dudas, de conversaciones por teléfono llenas de sutilezas. No tengo ningún pudor en decir que es una de las cosas más hermosas que he escrito. Es algo que, aún ahora, cuando lo releo, se me pone la carne de gallina; hay una intensidad emocional que no tiene nada que ver con su separación, podrían estar uno cerca del otro y, por tanto, en el contacto con la mirada se desencadenaría otro proceso, pero está cada uno en su casa hablando por teléfono, y es una expresión de amor, aunque tampoco se usen las palabras tradicionales.
JA -Por lo que veo, el papel de las mujeres es fundamental en tus novelas.
JS -Esas historias de amor que aparecen con toda la naturalidad creo que son como son gracias a lo que son mis mujeres, personas muy especiales, muy particulares, que verdaderamente no acaban de pertenecer a este mundo, pues no creo que por este mundo esté Lidia, del Año de la muerte de Ricardo Reis. Son como ideas, como arquetipos que nacen para proponerse. En El Evangelio según Jesucristo, claro que tenía que aparecer una María Magdalena, pero esta María Magdalena no tiene nada que ver, o muy poco que ver, con lo que tú puedes deducir de los Evangelios. Es la figura de una mujer enamorada hasta los tuétanos y con una fuerza que incluso no es la mía, o que lo es de una forma traspuesta. Por tanto, las historias de amor de mis novelas, en el fondo, son historias de mujeres, el hombre está allí como un ser necesario, a veces importante, es una figura simpática, pero la fuerza es de la mujer.
JA -Marguerite Yourcenar dice que, normalmente en las novelas escritas por los hombres, los que más aman son los hombres, y en las escritas por mujeres, las que más aman son las mujeres.
JS -En mi caso no, y además no estoy de acuerdo con eso porque ¿quién ha escrito Ana Karenina? Ha sido un hombre, por ponerte sólo un ejemplo. No creo que sea necesario ser hombre o mujer para, a la hora de escribir una novela, hacer un personaje más fuerte o menos fuerte en el amor. Tú escribes con todo lo que tienes dentro, sólo con lo que tienes dentro. Si yo tengo que crear un personaje femenino, ya que se dice que cada uno de nosotros tiene una parte femenina y una parte masculina, no me será nada difícil sacar a flote mi parte femenina. Ahora añade a esto la experiencia vivida. Uno ha conocido mujeres, ha convivido con ellas, ha conversado, algo tendrá que salir de ahí.
JA -¿Tu encuentro con Pilar ha tenido algún influjo después en tus figuras de mujeres? ¿Están las mujeres de tu vida dentro de tus novelas?
JS -No, porque una cosa es la vida y otra lo que pase en la escritura. Mis libros, mis novelas, son mi biografía, pero no una biografía al uso, en la que pasaría a la novela lo que me está ocurriendo. No, son biografías en un sentido más profundo, no en lo circunstancial. Lo que ocurre, lo que está pasando, los encuentros, nada de eso pasa a una novela que yo escribo. Lo que intento, y no es que lo intente, es mi forma natural de escribir, es que aparezca ante el lector la persona que soy, con independencia de lo que me ocurra, lo que me ocurre no tiene ninguna importancia, o sólo la tiene para mí, para el lector, no.
JA -¿Nos encontramos entonces en un nivel de deseos tuyos profundos o ante un proceso de sublimación?
JS -No sé. Hablábamos de puertas cerradas. Es eso, esa especie de peregrinación por esas puertas que abres o no abres, que escuchas lo que hay o no lo escuchas, en ese nivel y, sobre todo, más que una especie de introspección psicológica, es algo más gratuito, cosas que nosotros llamamos «narices de cera», cosas comunes, tópicos. Se trata de preguntas esenciales: ¿qué es esto de vivir? ¿Quién es el otro? ¿Qué relación tengo yo con la vida, con el mundo, con el tiempo, con la historia, con eso que llamamos universo? ¿Dónde estoy, quién soy, qué es lo que he vivido? No tanto en términos biográficos, concretos, sino ¿cómo me enfrento yo a todo esto? Creo que esto es lo que pasa, y creo que el lector es sensible a esto. Y piensa: este señor está hablando de cosas que me interesan a mí, porque estoy hablando de cosas que son comunes al lector, aunque en el libro sean distintas. El lector sabe que nos encontramos en ese nivel, con independencia de pensar esto o aquello. Nos encontramos en el nivel de la humanidad, de la pura humanidad. Creo que por eso hablo siempre de cosas muy sencillas.
JA -Por ejemplo, la figura tan natural y al mismo tiempo tan densa de la mujer del médico en el Ensayo sobre la ceguera.
JS -No tiene ninguna retórica, ella sencillamente cumple con lo que tiene que hacer, nada más. ¿Por qué en mis novelas no se encuentra ninguna retórica? La gente, mis personajes, hablan sencillamente, todos ellos. En ningún momento, creo, el lector, leyendo un diálogo en una novela mía, puede llegar a decir: «La gente no habla así.» Porque me doy cuenta de que, leyendo novelas, muchas veces me ocurre eso, me digo que la gente no habla así. Por eso mis diálogos expresan, quizá, grandes sentimientos pero siempre con pequeñas palabras. Me atraen más las palabras mínimas que las grandilocuentes.
«Lo que acaba no es un siglo, sino una civilización»
JA -Se habla ya mucho del final de este siglo, pero tú has visto y vivido una gran parte de él. ¿Cómo ves el que terminamos? ¿Adviertes algún atisbo de esperanza o se impone tu pesimismo?
JS -El problema no es que acabe un siglo, el problema es que está acabando una civilización. El siglo es un convencionalismo como lo es el milenio, porque para cantidad de seres humanos que se rigen por otros calendarios, el milenio no tiene ningún sentido. Lo que sí está claro es que hemos llegado al final de una civilización. Nosotros somos los últimos de una forma de vivir, de entender el mundo, de entender las relaciones humanas, que ha llegado al final. Todo está cambiando, la familia, las instituciones, todo se está convirtiendo en otra cosa, pero, con toda la honestidad del mundo te lo digo, no sé en qué cosa. Estoy convencido de que si al final del siglo XIX se les hubiese preguntado a científicos e intelectuales qué pensaban del siglo XX se habrían equivocado todos.
Vivimos en un momento de cambios, de transformaciones científicas y tecnológicas de todo orden, en que se habla de dones. La genética ha llegado a algo que no podíamos siquiera imaginar, ¿cómo podemos decir ahora cómo será el nuevo milenio? Ni siquiera podemos aventurar lo que va a ocurrir en los próximos cincuenta años. No tengo ni idea de cómo será. Si quiero mirar todas esas cosas por el lado peor, diré que no me gustan nada. Hoy, en una carta que he escrito a mi traductora japonesa, le digo que no quisiera vivir en el siglo que viene. Está claro que no viviré, pero tengo la conciencia de que no pertenezco a ese tiempo, somos los últimos engranajes de una civilización que se va.
JA -En efecto, hay en todos nosotros una gran incapacidad para entender ciertos cambios actuales. Pero ¿no crees que a los que vengan detrás les ocurrirá lo mismo con los nuevos cambios del futuro?
JS -Hay algo más que eso. Siempre hay una incapacidad más o menos relativa para entenderlo, pero el cambio ahora es de tal magnitud, tan global, que entras en otra dimensión. Paul Valéry decía: «Nosotros, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.» Imagínate qué diría si estuviera vivo ahora. No puedo decir cómo imagino el futuro porque no lo sé.
JA -Voy a hacer de abogado del diablo. Los cambios no siempre son malos. Cuando acaba una civilización y empieza otra completamente distinta, globalmente, con ruptura de todas las instituciones, ¿no podría tratarse de un salto creativo más positivo que negativo?
JS -No te estoy diciendo que ese salto radical que observo sea malo en sí, lo que ocurre es que el ser se va adaptando a un medio y el nuestro es un medio cultural, o lo que sea, de costumbres, ideológico. Vivimos en este medio, y yo dudo de que pueda o pudiera adaptarme a otro medio que se presenta con valores (y este término también está un poco gastado) totalmente distintos o en gran parte distintos de los que, para bien o para mal, han sido los nuestros.
JA -¿Y para los jóvenes?
JS -No sé. Seguro que se adaptan porque están en la edad de la adaptación fácil. Mira, entre el niño de ahora y el niño que tú has sido, la diferencia es total, porque los niños de hoy son completamente distintos. Hay niños que no saben qué es una gallina, imagino que creen que la leche sale de esos cartones que se compran en el supermercado y no saben que hay una vaca detrás. Por otra parte, saben todo acerca de la informática y ni siquiera han necesitado aprenderlo, lo intuyen inmediatamente, se relacionan naturalmente con una máquina. Siempre hubo rupturas, cambios tecnológicos, lo que pasa es que esos cambios eran lentos y el proceso de adaptación se hacía con naturalidad, pero la brusquedad, la rapidez con que los cambios se producen ahora hace que siempre vayas retrasado con relación a lo que ocurre. Impiden su asimilación, al menos a personas como yo.
«Una carta electrónica no puede emborronarse con una lágrima»
JA -Hay quien opina que Internet, por ejemplo, es una puerta nueva abierta a la comunicación universal, donde cada uno puede exhibir lo que tiene y piensa, sin censuras por el momento.
JS -Es falso. La comunicación electrónica no es comunicación real. En el fondo, si tú te comunicas, te comunicas o por la voz o por la escritura. Cuando utilizas el correo electrónico estás haciendo lo mismo que siempre has hecho antes, con la diferencia de que antes una carta podía tardar seis meses en llegar y ahora es instantáneo. Lo que ocurre es que en la carta de papel (y no es que sea yo el tipo de romántico de lo antiguo contra lo nuevo, aunque si quieres sí soy un poco sentimental) puede caer una lágrima, mientras que la carta que envías por el correo electrónico no podrá ser emborronada por una emoción.
Además, algunas de esas posibilidades ya las teníamos, por ejemplo, con el teléfono, igual que podíamos llegar a todas las bibliotecas del mundo. Bastaba conque escribiéramos a una de ellas, puede que tardaran tres meses en contestar, pero la comunicación la tenías. En la comunicación entre personas, si tú no puedes tocarlas, no comunicas, si no puedes sentirlas, extender los brazos y palparlas, no comunicas; necesitas la mirada, la real, no la que tienes en una pantalla, necesitas el olor, necesitas darte cuenta de la presencia física, auténtica. Algunas de estas cosas pueden aparecer en la pantalla, pero no es real. Ya se han escrito libros sobre esto, y a lo mejor tienen razón
los que dicen que quizá acabemos algún día encerrados en un despacho, con pantallas controladas, comunicando con todo el mundo y solos.
JA -¿Crees entonces posible que en la nueva sociedad del año 2000 la gente acabe encerrada en su jaula particular comunicándose sólo virtualmente con los otros?
JS -Hemos vivido en una tribu que olía, que hacía ruido, que molestaba a veces, pero que era una tribu, seres humanos juntos, vivos. Ahora vamos a vivir en una tribu, porque tenemos que seguir viviendo en una tribu, pero dispersa, que comunica bien poco. Date cuenta de una cosa: ahora la gente joven sale por la noche y bailan, pero llega un momento que ya no son tan jóvenes y se quedarán en casa. Nos estamos encerrando cada vez más. Las ciudades' se vuelven cada vez más violentas, cada día hay más riesgo si pones el pie en la calle a partir de una cierta hora. Todo contribuye a que cada vez nos encerremos más.
JA –Y la paradoja es que, al mismo tiempo, la media de vida, sobre todo en Occidente, es cada día más larga y la gente dispone de más tiempo.
JS -Está claro, y el tiempo para el ocio cada vez se alarga, pero, después, ¿el ocio qué es? Pienso que hay que alimentar un trabajo en el ocio, que ya no será el trabajo como lo entendíamos antes. Yo no puedo concebir, aunque a lo mejor sí, al ser humano ocioso, no sé. Uno siente que no puede vivir en ese tiempo, o dicho de otro modo, que no estoy preparado para vivir en ese tiempo. Afortunadamente, como ya llevo setenta y cuatro años vividos, cuando todo esto se termine, yo ya habré terminado y el tiempo que viene ya no es el mío. A veces me preguntan: ¿pero usted no habla de su tiempo? Es cierto, no hablo. En ninguna novela mía se habla del día de hoy, no porque no sepa hacerla, sino porque no me interesa. Igual que digo que mis novelas son biográficas, pero no en el sentido de contar lo que me ocurre, sino de otra forma más profunda, de la misma manera, cuando escribo una novela, no me interesa expresar la vida moderna, porque lo que me interesa está más abajo, más hondo. En ese sentido, El año de la muerte de Ricardo Reis es contemporánea de El Evangelio según Jesucristo, y La balsa de piedra es contemporánea de Todos los nombres o del Ensayo sobre la ceguera. Unos hechos transcurren en el pasado, otros en un futuro, y eso es lo que me interesa, el ser humano más allá de lo circunstancial. No encontrarás en ninguna de mis novelas una discoteca ni un bar ni nada de lo que nos parece que es la vida de ahora, porque no me interesa.
JA -¿Y no crees que quizá por eso durarán más tus novelas?
JS -No, otras novelas del pasado sí cuentan la vida presente. Ahí tienes, por ejemplo, las novelas de Balzac. Si quieres saber cómo era entonces la vida en Francia, sobre todo en París, Balzac es quien lo cuenta.
JA -Para saber lo que era aquella época si, pero yo tengo la impresión de que algunas novelas tuyas leídas, digamos dentro de cincuenta años, no servirán para saber qué pasaba cuando las escribías pero sí servirán para entender problemas fundamentales del hombre que ocurren en todos los tiempos.
JS -Estoy ideando en este momento una novela nueva, que podría llamarse La cueva, que aún no es nada porque la pensé hace tres o cuatro días. En ella se va a hablar de mi tiempo, pero en términos que pueden ser de ayer o de mañana. Creo que los novelistas hasta el pasado reciente eran cronistas de su ciudad. Hacían lo que ahora hace el periodismo, es decir, una crónica bien escrita. Para mí eso se ha acabado. A lo mejor tiene mucho que ver también con mi forma de reflexionar sobre las cosas, ya he dicho que quizá no sea un novelista sino un ensayista que escribe novelas porque no sabe escribir ensayos, tal vez eso sea así. Por tanto, me doy cuenta de que no hay mucho de qué hablar, o que, a lo mejor, existe una sola cosa importante, que es la vida y la muerte.
JA -¿Por qué la muerte?
JS -Porque es de la muerte de lo que siempre tenemos que hablar. La gente se muere, pero tratamos de ella como si fuera un episodio más de la vida, la banalizamos, y no debería de ser así. En Todos los nombres se habla muchísimo de la muerte, pero se habla muchísimo de la muerte para hablar de la vida. Lo que ocurre es que pretender hablar de la vida eludiendo la muerte, como si no existiera, es mentira. Lo que yo pretendo hacer es enfrentarme con la muerte, no con mi muerte, no con el final de mi vida, el desastre que será, la pena que sentirán cuando vayan a verme: pobrecito, se ha muerto. No es eso. Se trata del hecho en sí de la muerte, de que uno tiene que morir y cómo eso ilumina o, por el contrario, oscurece la propia vida que uno tiene. Ahí está todo: la vida, el amor, todo se contiene en ese final, todo lo que tú digas o hayas hecho apunta en esa dirección y ahí se cumplirá todo. No hay nada de morboso en todo lo que te estoy diciendo, nada, no hay morbo alguno. No me gusta hablar de la muerte, pero ahí está. Lo que yo quiero es enfrentarme a ella y que lo que escriba tenga esa referencia, que no es la expresión definitiva del pesimismo, no. El pesimismo está antes y no porque te enfrentes con la muerte se resuelve todo; lo que sí pretendo evitar es que se olvide que existe, que es lo que suele hacerse. Hemos tratado de borrar la muerte. La gente ya no se muere, desaparece, sencillamente.
JA -Es lo que ocurre con los niños, que ya no conocen la muerte real, sólo la virtual de la tele o del cine.
JS -La muerte se banaliza para ocultar su realidad. Incluso los muertos reales que aparecen en la televisión, por el hecho de que te aparecen en la televisión, se vuelven irreales de alguna forma. Si no te has enfrentado nunca directamente con la muerte, en este caso con la muerte del otro, no sabrás nunca qué es.
JA -En los pueblos, por lo menos antaño, sí se veían los muertos reales.
JS -Recuerdo que cinco años después de la muerte de mi padre, cuando se levantaron sus restos yo tuve su calavera en las manos. No siento ninguna atracción por eso. No te puedes imaginar cómo me repugnan, por ejemplo, los dráculas, y lo que me cuesta entender que se haya hecho tanta literatura alrededor de eso. Ese lado negativo (aunque la muerte no tiene lados positivo), toda esa especulación, toda esa sangre, la tortura, es algo que me repugna. Yo quiero enfrentarme a lo que llamo la muerte limpia, es decir, que te vas y se acabó. Ahora la muerte no se ve, los muertos se llevan al tanatorio y desaparecen. Cuanto menos se vean, más a gusto se siente la sociedad que ha conseguido ocultada para que no moleste. Pero ahí sigue con su fuerza ineludible.
ENTREVISTA DE JUAN ARIAS A PILAR DEL RÍO
«Blimunda no se rinde»
JA -José nos ha dicho: «Cuando estoy aquí, sin Pilar; la casa se apaga» Durante nuestra larga conversación ha hablado muchas veces de lo que tú significas en su vida. ¿Quién es José para ti?
Pdel R.-No quiero entrar en la intimidad, me da vergüenza. Yo estoy aquí porque estoy con José y punto. Y ésta es mi vida. Tampoco le quiero dar más importancia a esto. Estoy haciendo lo mismo que hacen, y que han hecho, todas las mujeres siempre. Lo que pasa es que yo lo he hecho por una opción, teniendo otras posibilidades. No he sido educada para casarme ni para vivir pegada a las faldas de un marido protector. Nací y me preparé para ser independiente, lo fui durante muchísimo tiempo y un día decidí dejar otras cosas al margen, abandonar un puesto de trabajo, una carrera y una ciudad. Decidí lo que quería hacer de mi vida. Pero no quiero darle mayor importancia ni convertirlo en una heroicidad.
JA -¿Cómo eras antes de emprender esta aventura de amor con José?
Pdel R-Era una persona independiente que vivía mi vida y que tenía una profesión, hasta que un día decidí que ni la profesión ni esa vida, puestas en una balanza, compensaban tanto como estar con José, y pensé que prefería permanecer con él al resto de las cosas. Al final, estoy haciendo una vida como la mayor parte de las mujeres, que viven con sus maridos, que son amas de casa, con la única diferencia de que yo lo he hecho por una opción, no por una imposición. Pero, insisto, creo que no tiene mayor interés.
JA -¿Cuántos años lleváis juntos?
Pdel R-Casi once. Once años de amor estupendos.
JA -¿Qué te ha dado principalmente a ti esa relación?
Pdel R -Me ha dado muchas cosas. No sé qué me hubiera dado aquella otra vida. Aventurarse por ahí sería un futurible, y como tal inaceptable. ¿Qué me ha dado esta nueva vida? Me ha dado capacidad, una mirada serena de la vida. ¿Sabes lo más importante? Voy a cumplir cincuenta años y pienso que me mantengo en posiciones ideológicas, vitales y existenciales similares a las que mantenía cuando era joven, cuando se suponía que estábamos en la edad de las utopías y de todos los sueños.
Han pasado muchas cosas en el mundo y han pasado muchas cosas en mi vida, pero creo que el hecho de estar con José ha sido decisivo para que no me haya resignado bajo ningún concepto. También creo que no me he aburguesado en el sentido que la palabra tiene de claudicación. No he claudicado. Sigo teniendo las mismas banderas, no porque sea pétrea, no, sino porque nos hemos reforzado mutuamente en el diálogo y en el análisis. Nosotros nos conocimos participando de una misma posición vital e ideológica y estos años de convivencia nos han reforzado, nos hemos aportado argumentos y sentimientos nuevos el uno al otro.
A lo mejor, eso que te digo puede ser entendido como una señal de que va pasando el tiempo y no se madura, pero si madurar es claudicar... no, gracias. De alguna forma, ni José ni yo respondemos a la edad que tenemos, ni José a los setenta ni yo a los casi cincuenta, y creo que es porque seguimos teniendo tanta esperanza, tantos sueños, tanto entusiasmo, tanta fe, tanta militancia, en definitiva. Esto nos mantiene, aunque sé que no podemos bajar la guardia ni un solo día, ni conformamos nunca.
JA -Quisiera que me explicaras qué significa esa frase que aparece en tu ordenador cuando está en reposo: «Blimunda no se rinde.»
Pdel R-Cuando se está ante el ordenador unos minutos sin hacer nada, salta un dibujo que me pone muy nerviosa, una especie de redes perdiéndose en el infinito. Mi hermano Luis me dijo que si quería podía ponerme otra imagen o unas letras. Me pidió que eligiera una frase y elegí ésa, recordando al personaje femenino de Memorial del convento. Cuando estoy trabajando y ya parece que no tengo más ideas, de pronto aparece «Blimunda no se rinde» y me digo: «Vale, yo tampoco, venga, sigamos.» Y así estamos Blimunda y yo luchando todo el día.
JA -Te da miedo rendirte ante las dificultades.
Pdel R -Es que en la vida nunca hay que bajar la guardia ante nada. Sería facilísimo decir: «Bueno, sin mi actitud, el mundo va a ser el mismo, por lo menos podría ser feliz. Y ¿por qué me tengo que estar empeñando en estas posiciones?, que el mundo se las arregle como pueda, que yo voy a vivir en mi espacio, en mi felicidad privada.» Pero no me interesa vivir en mi espacio, me sentiría ahogada, viviría sola. Si redujera la vida a mi propio espacio, viviría aislada. Vivir en Lanzarote no significa vivir aislada, siempre que se mantenga esta tensión entre uno mismo y el mundo, entre la gente que está tratando de cambiado, entre las personas que están atentas a aquellos puntos donde surgen brotes de cambio, de rebeldía, de belleza.
No os podéis imaginar lo maravilloso, lo gratificante que es dar cortes de mangas, hacer la trompetilla a los poderosos del mundo. Me gusta muchísimo esa irreverencia, considero que el mundo está necesitando mucha insumisión. Otra cosa que tengo es que creo que la libertad no nos la regalan, la libertad se conquista, se conquista todos los días y, aunque dentro de poco tiempo esté enterrada, más sola que la una, todos los días utilizo mi libertad. La utilizo diciendo siempre lo que pienso, incluso en los medios de comunicación donde me dejan trabajar. No soy políticamente correcta absolutamente en nada.
JA -Quieres decir donde te dejan trabajar con plena libertad de expresión.
P del R -Sí, en cualquier medio donde trabaje, tengo que poder decir lo que pienso sea o no oportuno. Esto me lo enseñó el cristianismo y luego lo he reafirmado con el comunismo, mis dos militancias. En el cristianismo me dijeron que había que decir siempre lo que se piensa, o sea, ver, oír y no callar. Yo veo, oigo y no callo, porque si lo que crees no lo dices en ese momento, ese momento ya no lo vuelves a recuperar para ejercer tu libertad. Siento que tengo la obligación de decirlo y lo digo. No hay componenda que me calle.
JA -El hecho de estar con José, a través de quien te llegan tantos estímulos externos, te habrá enriquecido mucho, ¿no?
P del R -Bueno, estímulos externos recibía antes como periodista y persona curiosa. La aportación de José es de carácter íntimo, reflexivo, más que de contactos con el exterior. Me enriquece sin duda la elaboración personal de lo que está pasando por fuera.
JA -Cuando él hace una novela, es algo suyo, personalísimo, pero tú estás completamente al lado, incluso en esta última has ido traduciendo casi simultáneamente. ¿Cómo vives cada una de esas creaciones suyas?
P del R -Acompañándolo día a día en las cuatro o cinco novelas que ha escrito José desde que estamos juntos. Lo que sí puedo decir es que todas las noches, cuando acaba su trabajo me lee lo que acaba de escribir.
JA -O sea que la novela la vais viviendo día a día, juntos.
P del R -Sí, y es un gran privilegio para mí, una emoción, aunque a veces también me produce muchísima rabia porque el proceso de lectura, tanto si me lee él como si lo leo yo, es mucho más rápido que el proceso de escritura, y tener que estar esperando la siguiente entrega es duro. José acaba sus cuatro páginas y tiene claro en su cabeza cómo va a continuar, pero yo no sé lo que sigue y tengo que estar esperando continuamente, a veces dos años. Fíjate qué paciencia: dos años para saber el final de un libro que te interesa por encima de todo. Eso ocurrió con Ensayo sobre la ceguera.
«A José lo que le hace más feliz es que le quieran»
JA -José nos decía que a veces no sabe cómo va a continuar una situación, entonces lo deja y pasea, piensa, porque puede tener varias soluciones. En esos casos, ¿habláis también?
P del R -No. José me cuenta, por ejemplo en el Ensayo sobre la ceguera o en Todos los nombres, desde el primer pensamiento que tiene hasta el último. Es más significativo el caso de Ensayo sobre la ceguera, porque la primera concepción que tuvo de la novela no tiene nada que ver con lo que luego apareció. Esto lo refleja muy bien en Cuadernos de Lanzarote, donde se ve la evolución de su pensamiento. Él me dice ante un conflicto: «Quizá lo pueda hacer así, he pensado que los personajes no deben llevar nombres, he pensado que quizá no tenga que narrar varias generaciones sino simplemente un solo tiempo», etcétera. Me lo va diciendo pero, evidentemente, ahí soy como una silla o una lámpara.
JA -O sea que te limitas a escuchar sin osar aconsejarle.
P del R -No. No. El respeto es total. Él me lo cuenta como si estuviera reflexionando consigo mismo. Me lo dice a mí, pero yo no osaría decide ¿por qué no vas por aquí? Sería una interferencia imperdonable, porque el acto de escribir, de crear, es siempre solitario. Imagínate que luego la novela, por haberlo condicionado, ya no sigue sus derroteros. No, el proceso de creación es solitario. Lo mismo le pasa a José conmigo cuando tengo que escribir alguna de las tonterías que escribo.
JA -¿De qué tonterías se trata?
P del R -Nada. Artículos para revistas, colaboraciones varias, cosas sin mayor interés. También se lo leo, le digo lo que he pensado o cómo pienso enfocado. Pero jamás interfiere. Si tengo dos o tres opciones nunca me dice: debes ir por aquí. Sólo una vez que no sabía cómo rematar una cosa, necesitaba una frase fuerte, y no la encontraba, él me sugirió una frase que, naturalmente, utilicé para el final y también como título. Pero normalmente esto nunca ocurre.
JA -Tú que estás más cerca de José que nadie, ¿cuáles son las cosas que le hacen más feliz?
P del R -Creo, no nos vamos a engañar, que lo que más feliz le hace a José es lo que más feliz nos hace, prácticamente, a todos los seres humanos, geniales o no geniales: el ser querido. A José le gusta muchísimo que lo quieran. Es más, he llegado a la conclusión de que los escritores escriben para que los quieran. Estoy convencida. En el caso de José me parece evidente porque a él no le interesan nada, rigurosamente nada, las cosas materiales. No le interesa el dinero, no le interesan los bienes, bueno, ¿os imagináis a José pensando en yates, en coches...? Nada. Es que no le interesan ni las vacaciones. Pensar en ellas, en hoteles, estando aquí, en una isla, es un horror para él. José quiso ser escritor y escribió. Además casi le obligaron las circunstancias, pero creo que el motivo último que le indujo a la escritura es que siempre ha sido muy solitario
y ha tenido una gran necesidad de cariño y de afecto. Escribir, dar lo mejor que él tiene, y dado continuamente para que, por eso que él da, los otros también le den. Y le den cariño. Lo que él entrega.
JA -¿Cómo entraste por vez primera en contacto con José y con su obra?
P del R -Ya antes de conocer a José, había recomendado su obra e incluso hecho programas de televisión sobre él. La primera vez que leí una obra de José no había oído hablar nunca del escritor. Fue Memorial del convento. Me topé con el título en una librería de Sevilla, ya no era una novedad, estaba colocado en un estante, pero me llamó la atención el título. Entonces trabajaba como periodista en TVE, en Sevilla, teníamos una comida semanal sólo de mujeres, que seguimos manteniendo, y al terminar el almuerzo normalmente nos íbamos a buscar novedades a una librería cercana. Recuerdo que ese día íbamos Amparo Rubiales, Lola Cintado, Esperanza Sánchez, Encarna. Vi este libro, lo saqué y me pareció sorprendente. Leí el arranque en voz alta y todas se quedaron embelesadas. Salimos cada una con un ejemplar.
Nunca había oído hablar de Saramago. Aunque siempre he leído muchísimo, hubo una temporada en que estuve trabajando todas las noches hasta las tres de la madrugada. Me levantaba tempranísimo. Es decir, que me pasaba todo el día en la radio y ésa fue la época de mi vida que menos leí. Pero, aun así, seguía leyendo aunque no estaba tan atenta a las novedades, por eso se me pasó la aparición de Saramago, que debió de ser en el ochenta y muy poco. Aquel lunes, cuando llegué a casa y me puse a leer el Memorial, me sentí respetada como lectora. La primera sensación que tuve fue que este escritor me estaba respetando y estaba sacando lo mejor de mí. Sentía que estaba siendo más inteligente al leer el libro, más sensible, incluso más buena. El libro me pareció maravilloso, así que fui a la librería y pedí todo lo que hubiera de ese señor, que entonces era El año de la muerte de Ricardo Reis, que me pareció aún mejor, si cabe, que Memorial del convento.
JA -Cuando leíste el Memorial del convento, ¿cómo viviste, como mujer, el personaje de Blimunda?
P del R -Blimunda Sietelunas me pareció un personaje maravilloso, esa mujer, con su forma de amar y de vivir la libertad, me parecía, al mismo tiempo irreal y contemporánea,un proyecto de vida. Luego llegó Ricardo Reis, donde me fascina otro personaje, Lidia, la camarera del hotel. Acabé de leer el libro llorando compulsivamente porque se me terminaba y me preguntaba: ¿qué voy a hacer el resto de mi vida si se me acaba el libro? Entonces decidí irme a recorrer los lugares de Lisboa que aparecen en la novela y me pareció que era de justicia llamar al escritor para agradecerle el libro y la emoción que me había brindado.
Desde Sevilla lo localicé y le llamé para decirle que iba a ir y que me gustaría saludarlo, si era posible. Fue posible, nos saludamos, nos encontramos y conversamos en Lisboa. En las dos horas que estuvimos juntos fuimos incluso a la tumba de Fernando Pessoa, en el cementerio de Placeres, visitamos algunos otros lugares de Pessoa juntos y leímos algunos fragmentos del libro.
«La obra de José tiene el latido de la eternidad»
JA -¿Qué impresión te causó José la primera vez que lo encontraste en Lisboa?
P del R -Primero, que entre el autor y su obra no había diferencias. Que era como en sus novelas, o mejor, ellas eran expresión de él. Luego me di cuenta de que estábamos hablando de las mismas cosas. Ya leyendo Memorial del convento me decía, y esto para mí es importante, Dios, este hombre que escribe así, además es marxista. Había momentos en que tenía que volver a la primera página del libro, a la contraportada, para confirmar que era contemporáneo, porque no me podía imaginar que un contemporáneo escribiese de esa forma. Me decía: «Pero si es un clásico, este hombre tiene el latido de la eternidad en su obra.» Pocas veces he sentido una experiencia tan fuerte y tan conmovedora como fue el descubrimiento de la prosa de José, muy pocas veces.
Leía tres páginas más y volvía a decirme: «¡Es contemporáneo mío! ¡Parecía pasado el tiempo de los genios, pero este señor existe!» Seguía leyendo y decía: «y para colmo es de izquierdas, aquí hay una forma de enfocar el mundo, propia de un hombre de izquierdas.» Mientras iba leyendo, disfrutaba con la ironía continua y constante que esgrime José, cómo fustiga y cómo se ríe del poder, cómo castiga. Luego, la compasión que siente con los humildes.
Pensaba: «Este hombre, además, tiene un posicionamiento claro, firme.» Cuando nos conocimos, en seguida nos dimos cuenta de que congeniábamos también en ese aspecto.
JA -En ese momento, tú estabas muy empeñada en la izquierda, política y culturalmente.
P del R -Toda mi vida, desde que entré en la universidad. Empecé, en Granada, Filosofía y Letras, estaba Franco vivo, eran los últimos años sesenta. Ahí ya empecé a relacionarme con el Partido Comunista.
JA -Volvamos a tu historia amorosa con José.
P del R -A la mañana siguiente me telefoneó al hotel, nos intercambiamos las direcciones de nuestras casas para escribimos y, efectivamente, nos escribimos. Le mandé unas reseñas que habían aparecido en la prensa de España. Él me recomendó y me mandó algunos libros porque le dije que quería conocer la literatura portuguesa. Así, hasta la quinta carta. No sabíamos nada el uno del otro, habíamos hablado únicamente de la profesión, de literatura, personalmente no sabía nada de él y él tampoco de mí, sólo que yo era una periodista de Sevilla enamorada de su obra y nada más. En esa carta me decía que, si las circunstancias de mi vida lo permitían, le gustaría venir a verme.
Porque yo podía haber sido una mujer casada, pero ya no lo estaba y le dije que sí, que las circunstancias de mi vida lo permitían. Y vino a verme a Sevilla. Ahí se inició una relación que comenzó siendo de amistad y poco a poco se fue desarrollando.
JA - Y acabaste marchándote a Lisboa con él.
P del R -Sí. Al principio pensábamos que cada uno podría vivir en un sitio, pero luego nos dimos cuenta de que era imposible. Era absurdo iniciar un noviazgo con expectativas de no sé qué. Lo que queríamos era vivir juntos. Si en ese momento yo hubiera tenido un trabajo interesante y no me hubiera podido mover, José se habría venido a Sevilla, pero como no era el caso, a mí me daba lo mismo moverme. En ese momento estaba trabajando en televisión, estaba presentando un programa, no me gustaba para nada lo de presentar un magazine diario, así que me fui.
JA -A tu parecer, ¿qué es lo que más hace sufrir a José? ¿Cuándo lo ves más triste?
P del R -Hay un verso de Neruda que dice algo así: «Vengo triste de ver el mundo que no cambia», pues bien, para José eso es un latigazo. Cuando abre el periódico, cada día se pregunta: ¿pero a dónde vamos a llegar? Por ejemplo, hoy, noticia de primera página de El País: el Banco Mundial, o el Fondo Monetario Internacional, tanto monta, dice que tres cuartas partes de- la humanidad viven en condiciones de pobreza y que eso puede acabar explotando. O sea, que el FMI, que como uno de los agentes provocadores de esta situación dice que la pobreza puede ser una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento, ¡pues ojalá le estalle! ¿Pero manifiesta preocupación ese organismo, después de haber creado esta situación, por los pobres? No, sólo porque sus paraísos serán un poco menores.
José cogió un enfado y una indignación que le salían por todos los poros del cuerpo, decía: «¡Pero serán cínicos! ¿Y qué quieren?» Eso es lo que a él le fastidia, ver el cinismo del poder, ver, como también decía León Felipe, cómo «nos han contado todos los cuentos». A lo mejor, por educación, de vez en cuando tiene que poner buena cara ante determinado poder, pero sabe del cinismo, de las artimañas, de la mentira, de la demagogia que encierra. Bueno, ¿y qué hacer ante eso? Ante todos los discursos huecos, ante todas las patrañas, las mentiras, el discurso falso de la democracia. Porque en nuestra sociedad no se respeta, no se legisla, no se gobierna para el pueblo, sino para tener buenos resultados macroeconómicos con los que quedar bien en los foros internacionales. José no soporta la hipocresía. Yo tampoco. Por ejemplo, esta mañana en la radio elogian mucho a Ana Botella, la esposa del presidente del gobierno español, que ha hecho unas declaraciones en las que afirma que las mujeres tienen que acceder al poder. Bueno, eso es lo que van diciendo ahora todos los partidos, pero yo no estoy de acuerdo. Además, que no es lo que luego hacen.
JA -¿Es que no crees que es positiva esa integración de la mujer en la vida política y social?
P del R -Pero ¿por qué las mujeres tenemos que incorporarnos a esta política?
Me parece que con lo estropeada que está y lo mal que funciona la sociedad, que la arreglen los que la han estropeado. Nosotras, lo que tenemos que hacer son políticas alternativas, y con ese poder, ni juntarnos. Al poder, lo que tendríamos que hacer es la revolución. Meternos ahora a ser pequeños hombrecitos para arreglarles la imagen, ya que la realidad se la han cargado, eso, no. ¿Para qué quiero estar en un ministerio? ¿Para llevar una falda y unas medias y que se me vean las piernas y que los fotógrafos nos retraten y salgamos en los periódicos? Comprendo que mis piernas son más agradables que las piernas de muchos hombres, pero la auténtica verdad es que la política es la misma, da igual que la haga una fulanita que un fulanito, es la misma. El sistema impone sus reglas a todos, hombres y mujeres. Que existan ministras es agradable, es hermoso, queda mejor, pero la política es la misma que hacen los hombres.
JA -Yo lo que creo es que la mujer hizo, con aciertos Y errores, su primera revolución del feminismo. Gracias a ella hoy la mujer tiene la posibilidad de acceder a cualquier puesto, hasta el más alto, en la sociedad. Pero ahora falta la segunda revolución, que es la de penetrar dentro de las instituciones para cambiarlas, porque si una mujer llega a ministra y después sigue gestionando ese ministerio con los criterios masculinos de quienes lo fundaron, servirá para poco, como tú dices.
P del R -El peligro, en efecto, es que estemos manteniendo y alimentando el sistema, porque el sistema necesita savia nueva para mantenerse, para darse una apariencia de modernidad y nosotras somos la coartada para seguir manteniendo ese poder. A mí eso no me interesa. O sí: no en plan posibilista sino para romper normas. Me interesaría, por ejemplo, ser directora de un periódico, y me gustaría, entre otras cosas, para decir que se puede ser humano siendo director, que no hay por qué estar en el periódico las veinticuatro horas del día, que nadie es imprescindible, que el trabajo es un derecho, pero mucha gente se ha dejado la piel y la sangre luchando por una jornada laboral justa, y los periodistas de elite, los directores, los empresarios, los financieros y gente así vienen ahora desbaratando la lucha de los trabajadores que consiguieron una jornada laboral justa. Vienen ellos, porque se creen imprescindibles, y hacen jornadas de dieciséis o dieciocho horas, completamente convencidos de que sostienen las riendas del mundo. Bueno, pues una mierda para ellos.
JA -Pero ¿de verdad desearías ser directora de un periódico, con los quebraderos de cabeza que eso conlleva?
P del R -Yo sería directora de un periódico para hacer un periodismo distinto: otros temas, otra organización interna, otra conexión con los lectores. Me parece imprescindible, por ejemplo, que un director siga yendo a las reuniones de los bloques de vecinos, pagando el recibo del colegio y pagando el agua y la luz y no flirteando todo el tiempo con el poder y perdiendo de vista lo que es el mundo. Estando con la gente de verdad, no sólo con los poderosos, se evitarían muchas de las cosas que están pasando en el periodismo actual, que se aleja tanto de la realidad que crea un mundo virtual distinto del de la gente. Los periódicos crean un mundo irreal, ¿por qué? Porque están en conciliábulo todo el tiempo los periodistas de elite, que son los que crean opinión, con los políticos y con los financieros, e ignoran la realidad. Viven y crean y transmiten su propia realidad.
Querría, sí, ser directora de periódico para ir al colegio, para ir al supermercado, para saber a cuánto está el kilo de tomates y para saber por qué me los han subido diez pesetas esta semana, para participar en las reuniones de vecinos y para oír, como oí una vez, que no se puede contratar a un señor para que lleve la contabilidad de un bloque de vecinos porque hay viudas y viudos que viven en ese bloque y no pueden pagar mil pesetas al mes porque de su pensión, de menos de cuarenta mil pesetas, no pueden sustraer mil pesetas al mes para gastos de comunidad. Eso pasa en casas de toda España, de Madrid, de bloques mejores, peores, en el extrarradio y en el centro, y eso los directores de los periódicos no lo saben. O lo han olvidado, y hacen productos extraterrestres, o llaman extraterrestres a quienes hablan de eso, como pasó y pasa con Julio Anguita, el líder de Izquierda Unida.
«Si José fuera pesimista, ya habría claudicado»
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JA -Me imagino que en esto estarás en total sintonía con José.
Pdel R -Absolutamente. Esta tensión, entre otras cosas, es lo que nos mantiene. Tenemos que vivir muchos años y mantenernos muy fuertes porque tenemos mucho por gritar, aunque parezca inútil. Saramago es un escritor maravilloso, reconocido y respetado y dice las cosas que tiene que decir, pero no os creáis que la gente del poder le quiere oír mucho. “Cosas de intelectuales”, dicen, y siguen dando vueltas de tuerca al mundo, a ver qué más le sacan en provecho propio.
JA. Quizá porque les da miedo oír.
P del R –Le dedicaron una película a José que se llama Suspiros de España y Portugal, de José Luis García Sánchez. Cuando aparecen los créditos, se hace un negro en la pantalla y se lee: “A José Saramago”. Explicaron luego en El País por qué se lo habían dedicado a Saramago y fue precioso. Dijeron: “Porque sería el único escritor que nos encontraríamos en un camino haciendo autoestop.” Es que a José difícilmente te lo vas a encontrar alternando en las superestructuras. Aunque él es muy educado y, si tiene que ir adonde el poder, va y no pasa nada, nada cambia en él, faltaría más.
Las intermitencias de la muerte (Clic aquí para descargar el PDF)