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ROGELIO SINÁN EN SU PARATEXTO

Martín Jamieson

En Panamá se advierte un mayor culto a la madre que al padre. El Día de la Madre es un festejo oficial, y los testimonios poéticos para tal celebración menudean. Un poemario de la lírica reciente, En casa de la madre, de Héctor Collado, me absuelve de seguir defendiendo mi aserto, esencialmente porque esta "casa de la madre", de Collado, se dilata a un ámbito más amplio.

Con todo, en la poesía nuestra no queda borrada por entero la figura del padre, si bien, paradójicamente, aparece sólo cuando se encuentra ausente. De ahí, la Presencia de mi padre a los veinte años de su muerte, de Ricardo J. Bermúdez; la Necrología paterna, de Pedro Rivera, y  Para ir con el viento - Elegía paterna en once cantos, de Roberto Luzcando. He recordado versos doloridos originados por el fallecimiento del padre.

Quizá sea éste otro remediable rasgo de nuestra idiosincrasia: el del homenaje que se manifiesta sólo cuando se sufre la ausencia definitiva del homenajeado.

Rogelio Sinán se presenta sin estos dos rasgos, y con ello otra vez es un adelantado, y rompe, nuevamente, el paradigma.

Su homenaje, a su propio padre, en vida de éste, se da pronto. Aparece en el poemario Onda, su primer libro. Como se sabe, en 1929 Onda inicia la batalla por las letras entonces nuevas aquí en Panamá.

El homenaje de Sinán a su padre se halla en la dedicatoria. No por ello es menos significativo que las elegías en verso mencionadas. Reza así:

¿Y si no
a ti
a quién
papá?

Una dedicatoria es una forma de homenaje, como lo constituye también el juego intertextual plasmado ya como imitación, ya como remedo, ya como parodia.

Las dedicatorias quedan incluidas en el paratexto, esa parte que acompaña a la obra sin ser ella misma, pero que no puede divorciarse de ella. Los epígrafes, las dedicatorias, el colofón, todos dependen del texto principal, lo actualizan y redondean: son  el  paratexto.  Conviene tenerlos presentes, pues a veces deparan sorpresas que disminuyen la distancia entre el autor y el lector. Además, ofrecen información que los sociólogos de la literatura ávidamente recogen.

En el caso de Onda, sabemos la realidad prosaica: Fue el padre de Sinán el que financió la edición del libro que vino de Roma. Fue, entonces, el padre de Sinán, don José Rogelio Domínguez, quien, con este mecenazgo, hizo resquebrajarse --felizmente-- la estructura de la lírica panameña de entonces.

El interés por las letras que tuvo José Rogelio Domínguez continuó, como era de esperar, después de Onda, y alguna semblanza literaria suya mereció los arduos honores de la tipografía.

La dedicatoria de Onda pasa, pues, de ser un mero agradecimiento filial a ganar un espacio más valorado: el del reconocimiento del sustento material de una innovación literaria que hoy, reunidos, continuamos celebrando.

Retengamos, entonces, esta dedicatoria, en la que Sinán usa el nombre más familiar para su progenitor, y, solidario con él, lo tutea:

¿Y si no
 a ti
a quién
papá?

Visualmente, la disposición es de un breve poema en versos de arte menor: un verso de cuatro sílabas seguido de tres de tres sílabas, todos agudos. Sintácticamente, se trata de una oración unimembre, sin verbo. Estilísticamente, constituye una interrogación retórica, que involucra al oyente desde el inicio.

La ausencia de verbo, las terminaciones agudas, la interrogación retórica coadyuvan al dinamismo expresivo positivo que caracterizan a Onda toda. Y desde la dedicatoria.

Después de Onda, Rogelio Sinán publica una plaqueta, Incendio. Aparece sin dedicatoria, tal vez por lo terrible del drama, la destrucción dantesca, por el fuego, de una casa de inquilinato.

La dedicatoria de Onda da paso, pues, a la de Semana Santa en la niebla, de 1949. Dice escuetamente: A Berta. (Berta María Cabezas fue cónyuge de Sinán.) La de Saloma sin salomar, de veinte años después, es también lacónica. Son tres palabras: A mis hijos. (Estos son  Golconda, Rogelio y Ruth.)

Con Saloma sin salomar Sinán deja de regalarnos poemarios y se explaya en la narrativa.

Si analizamos las tres dedicatorias conjuntamente, notaremos cómo en ellas se manifiesta el amor: Primero, el filial, luego el erótico y, finalmente, el paterno.

Al inicio Sinán se reconoce como hijo; adquiere después el estatuto de hombre adulto para finalmente distinguirse como padre, y no sólo de las obras literarias que nos conmueven, sino de hijos de carne y hueso, quienes son también su descendencia.

A Rogelio Sinán se le ha conocido por epítetos diversos: el Mago, el Brujo, el Maestro, el Padre de la literatura panameña. El que hoy nos convoca es este Padre de la literatura panameña. A él le rendimos homenaje con el certamen que ostenta su nombre. Y en este concurso podríamos inscribir, fervorosa y filialmente, esa dedicatoria premonitoria, primeriza, como recuerdo permanente a él:                         

¿Y si no
a ti
a quién
papá?

 

   

 


                                  

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