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ENCUENTROS CON ALFREDO SINCLAIR.
EL REGRESO A LA PATRIA
Pedro Correa Vásquez
La realidad sombría
Algo ha de tener nuestro país que, sin importarnos la incultura reinante y la actitud de todos sus gobernantes de turno (militares o no), siempre volvemos a encontrarnos con la nada. Al respecto, recuerdo una frase del también inmenso Juan Manuel Cedeño, quien una vez llegó a decirme que había que volver al terruño, al lugar donde había quedado el cordón umbilical que nos unió a la madre carnal, de quien fuimos parte nueve meses, y a la Madre Tierra.
El caso es que Alfredo Sinclair Ballesteros retorna a su país en 1950, lleno de ideas innovadoras, las cuales encontrarían un muro muy espeso que les harían resistencia. Tiene que volver a instalarse en la fábrica Neon Products, la misma que abandonara cuando partió a Buenos Aires. Había conocido la obra de los grandes maestros de la plástica argentina, como Jorge Soto Acebal, Soldi, Spilingbergo, Larrañaga, Betorutti... Eran maestros estudiados en Europa, por lo que, indirectamente, Sinclair conoce las tendencias expresionistas de moda. Su base cultural es sólida y ahora se encuentra pisando tierra pantanosa: al decir de un ideólogo marxista, cree uno que está sobre algo firme y, en realidad, poco a poco se va hundiendo...
El trabajo en la fábrica de neón es a medio tiempo. En la segunda mitad del día, el artista pinta incansablemente. Como le exigen que trabaje tiempo completo, renuncia y abre, para sobrevivir, una pequeña factoría de neón la cual da al traste debido a las dificultades económicas.
El trabajo en Neon Products lo ocuparía, ahora, dos años. Sumido en los recovecos de la supervivencia, cuál no sería su frustración al recordar una de las exposiciones que más caló en su mentalidad artística. Se trata de “De Manet a nuestros días”, uno de los últimos recuerdos de Buenos Aires, donde pudo contemplar la obra de pintores europeos y norteamericanos. Allí se identifica con la nueva manera, el “expresionismo abstracto”, ilustrado fielmente en la New York School con artistas como Newman, Reinhardt, Rothko, Kline, Pollock, De Kooning y Hofmann.
Los impresionistas abstractos, al decir del libro de Harold Osborne, Guía del arte del siglo XX, “adoptaron sobre todo las doctrinas de la improvisación psíquica y el automatismo, en la creencia de que mediante la espontaneidad impremeditada podrían captar y dar salida a la creatividad universal del inconsciente”. Saturado de ideas y deseoso de superar las inclemencias de la tosca realidad, Sinclair muestra algunas de sus obras en las escasas exposiciones de entonces.
Rompiendo los esquemas
En 1950, la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá realiza una muestra individual del artista. Esta exposición don Alfredo la recordará especialmente, ya que Alfonso Rojas Sucre le dedica, en un diario local, una cáustica nota. Acusa a Sinclair de seguir los pasos de Modigliani, de Van Gogh, de Rembrandt... Insta al artista a que busque un lenguaje propio, que le defina. Y en verdad que ahora el maestro goza mucho este recuerdo, porque reconoce que entonces estaba muy apegado a su “período académico”.
“La crítica de Rojas Sucre —me dice— me sirvió. Fue violenta pero él era un hombre culto y muy honesto. Los pintores siempre nos andamos pidiendo prestado. Lo importante es evitar la servidumbre”.
Pocas obras de Sinclair, de ese período inicial, hoy se conservan. Contamos, al menos, con algunos recortes de periódicos de la época, donde claramente observamos las influencias. Ello nos lleva a pensar en que los grandes, cuando empiezan, copian a los grandes. Un grande sólo aprende con otro grande. Hoy entendemos cuáles eran los admirados por el Sinclair joven y es precisamente por ello que también sabemos cuál ha sido y es el grado de su exigencia.
1950 fue, pues, un año en que rompió barreras y abrió caminos. El maestro realiza exposiciones individuales en el antiguo Club Unión, en el Hotel Tivoli de la Zona del Canal, en el Consejo Municipal de Colón. En 1955 se anuncia el concurso “Ricardo Miró” y Sinclair manda el cuadro Mato Grosso.
Obviamente, los cuadros concursantes no estaban firmados y el destino, siempre tan inesperado, hace que sea precisamente Alfonso Rojas Sucre quien libre la batalla de tal suerte que sea el cuadro de Sinclair el que resulte premiado.
Mato Grosso es un cuadro que pervive. Se trata de una obra espontánea, de libre creación. En casa de Bonifacio Pereira, el otrora exigente crítico felicita a Alfredo Sinclair y la da un fuerte abrazo. Fueron, desde entonces, buenos amigos.
La obra inicial de Alfredo Sinclair no escapó de la suerte que a todo le depara el destino. Un cuadro suyo, de antes del viaje a la Argentina, cuenta con una historia especial. Era un día soleado. El joven artista toma sus implementos y se va a Bella Vista, se instala en la “Playita” y se encuentra con un paisaje desolado: la marea había bajado y nadie podía bañarse en el lugar (antes era posible hacerlo). Sin embargo pinta una lancha verdosa, anclada, en espera de la marea. Recién pintado el óleo, se retira y se encuentra, camino a casa, con un amigo coleccionista. Entablan un diálogo parecido a éste:
—¿Qué llevas ahí, Alfredo?
—Ah, acabo de pintar una manchita... Un barquito de esos que están anclados en la “Playita”...
—¿Y no lo vendes?
El joven Sinclair se queda pensando y, necesitado de algún dinero, dice:
—Bueno, tal vez...
—¿Cuánto pides por él?
—Dame lo que tú quieras.
El coleccionista emocionado, avizor, vidente, saca veinte dólares y se lleva el cuadro que luego se llamará Marea seca y que todavía hoy existe.
Sinclair se iría a Argentina a estudiar y el tiempo pasaría inexorablemente. Sinclair hará un grandioso nombre, y en 1986 se dirige a una galería local a llevar un cuadro que le habían pedido y que vendería en tres mil dólares. Cuál no sería el asombro del maestro al ver, guindando en esa misma galería, Marea seca. El artista indaga sobre el precio y cuesta justamente lo que cuesta el cuadro nuevo que se va a exhibir. Sinclair, sin ningún tipo de recelo, realiza el cambio: deja el “nuevo” Sinclair y se lleva el “viejo”, henchido de alegría por haber recuperado una obra de su etapa inicial (debió ser de los años 40). El cuadro lo impactó sentimentalmente pero, además, le produjo el placer de saber, cuarenta y tantos años después, que se trataba de un trabajo bien pintado.
Algo sobre la casa
Cuando hablamos de “casa”, hablamos de la familia. Todo empezó un día, cerca de la iglesia de la Merced, cuando el joven Sinclair, ya graduado en Argentina, esperaba un tanto para entrar a su trabajo en neón. Por allí pasó una jovencita que llamó su atención enormemente. Tal vez le diría algún piropo, o tal vez no, mas lo cierto es que la suerte se encargó de acercarlos.
La Señorita Olga Ávila trabajaba, entonces, como secretaria en un puesto donde vendían pintura. Así que Alfredo Sinclair visita una mañana el lugar. Y ahí estaría ella, la mujer que haría posible la obra creciente y extraordinaria del artista. No es en vano que, en la retrospectiva que realizó el Museo de Arte Contemporáneo este septiembre de 1991, en el catálogo la dedicatoria del maestro sea una: “Dedico esta muestra a Dios y a mi esposa Olga”. Lo que sigue es la historia de siempre: las invitaciones a cenar, los encuentros más cercanos... El amor se haría presente y en 1953, un 13 de septiembre, contraen matrimonio.
De la unión con Olga Ávila nacerán, en orden, Jorge Sinclair, hoy médico; Olga (la querida y extraordinaria Olguita) y Miguel, ingeniero. Antes del viaje a Argentina, Alfredo Sinclair contaba con dos hijos: Dalva y Alfredo.
La sensibilidad artística la heredará la hijita. Parece ser, según palabras del padre, que es Olguita la que siempre “merodeara” por el estudio desde los seis años. Más tarde la niña mostrará aptitudes estéticas y a los trece, el padre decide ponerla a prueba: le presenta un examen riguroso, “para no engañarla”, al cual Olga responde satisfactoriamente. Luego, Olguita es entrenada en la escuela paterna por un año, de manera intensiva. Ahora Sinclair padre exige a la hija tanto como le exigieron a él en Argentina. Y como ella pensaba, en un comienzo, enseñar arte, se recibe de maestra. Después es enviada a Europa, donde podrá beber de los grandes maestros el néctar más puro.
Alfredo Sinclair reconoce la influencia que ha tenido sobre su hija. No podía ser de otro modo. Lo que maravilla al padre es la férrea voluntad de la hija, quien supo desligarse de su influencia tan directa. Luego Olga Sinclair realizará estudios en Madrid, en la Academia de Artes Aplicadas.
La exposición Damas para Natasha de Olga Sinclair, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo en noviembre de 1990, corrobora el surgimiento de uno de los lenguajes pictóricos más auténticos en la plástica nacional de los últimos días. Corrobora, además, el triunfo de la escuela Sinclair: de su tenacidad, de su calidad, de su disciplina. Es por ello que don Alfredo, a la pregunta de qué piensa sobre la obra de su hija, responde con orgullo y sin falta de modestia: “La pintora que más admiro en el mundo ahora mismo es Olga Sinclair. Creo que tengo suficiente criterio artístico como para saber lo que es bueno en el arte. Olguita tiene técnica, y sin técnica, no hay obra”.
El recorrido de Alfredo Sinclair por nuestra plástica lleva ya cincuenta años. Acerquémonos a sus etapas creativas.
Tomado de Alfredo Sinclair, Huellas.
Diario La Prensa
Lunes 14 de octubre de 1991
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