SINCLAIR A LOS 70

Pedro Luis Prados
A los setenta años, cuando es posible calibrar sin apasionamiento el sentido profundo de la existencia, es frecuente observar la tendencia a ese balance regresivo que cuaja el pasado como una simple experiencia. No obstante, en Alfredo Sinclair ese recuerdo es la conjunción de una profunda pasión por la vida con la vocación artística como forma de expresar esa disposición íntima. Su obra, recogida en cuarenta años de actividad plástica, ha sido una búsqueda permanente de la belleza como la finalidad del arte y a ella se apega sin preocuparle las instancias superadas de su propia creación.
Ese ir hacia delante es lo que nos ofrece en cada una de sus pinturas, volcando en ellas la plenitud de vida que preservan los espíritus que han logrado consagrar en su trabajo una decisión irrevocable. Sinclair, hombre sencillo y de una sobriedad casi mística, hace de sus pinturas el vehículo de su concepción de la vida. Enrumbado hacia el debe ser, recoge y plasma una especie de misticismo ético en sus lienzos como una nueva forma de poner la belleza, a pesar de las amenazas de un mundo signado por la violencia.
En su obra el mundo cotidiano cobra una fuerza expresiva que resume la relación con el hombre, y sale de ella una nueva forma de condensación cromática y lumínica que lo eleva al plano de la imaginación. Ofrecer una imagen mística del mundo pareciera ser su intención oculta, la que hay que deducir de estas imágenes cuyo efecto visual rebasa las limitaciones del lienzo. Este empeño, alcanzados los setenta años de edad, no se nos presenta como el esfuerzo de una síntesis entre el mundo y el arte, sino como una nueva abertura hacia la que se derivan otras posibilidades de la actividad plástica que Sinclair nos invita a transitar.
Búsqueda y experimentación son los puntos de partida de ese nuevo recorrido que le permite a Sinclair ir en pos de formas distintas de sensibilidad. Sobre las manchas preconcebidas y dispuestas armónicamente en el lienzo, desarrolla un largo proceso de definición de formas y color, mediante el cual logra una expresión figurativa de una especial caracterización. Por otra parte, el plantear tareas y metas obliga a formular nuevos conceptos sobre el arte y su particular función expresiva; por eso todo el esfuerzo creativo de Sinclair vuelca hacia la fijación de una concepción que, por propia naturaleza, lo apasiona y lo distingue: lo místico.
De esta manera, aunada a una composición en la que la abstracción abre paso a la figuración, y en la que el engarce de los volúmenes accede delicadamente a definir el conjunto visual, la concepción general del arte lo conduce a la exaltación lumínica de rostros virginales en los que la distribución cromática hace resaltar una pasividad ataráxica.
Generalmente, la elaboración del color y el cierre de las manchas delineadoras producen un efecto de acartonamiento y rigidez que ahoga la pintura y diseca la composición. Sin embargo, en Sinclair este efecto es superado sobre el mismo trabajo cromático mediante la superposición de planos de color que se degradan sistemáticamente y que giran en torno a un epicentro lumínico que permite la proyección en ondas concéntricas cada vez más amplias. De esta manera la línea y el color no insisten sobre el desarrollo de la composición, salvando la espontaneidad y el movimiento de la imagen.
Esto hace posible apreciar gráciles movimientos de contorsión o de repliegue que orientan la mirada sobre la superficie del lienzo. Pero el tratamiento del color guarda estrecha relación con el color mismo y las múltiples combinaciones que pueden lograrse para alcanzar un resultado armónico. De allí la persistencia por la utilización del azul, de un azul metálico que Sinclair denomina “azul neón” rememorando antiguas vocaciones, con el cual combina diversas gradaciones del rojo, violeta o bermellón. El efecto visual de este tratamiento sobre un trasfondo de color plano y opaco da como resultado una cierta coloración parda oscura que hace resaltar los matices brillantes y vigorosos de la imagen. Experiencia que vemos utilizada en la pintura renacentista y que el mismo Sinclair atribuye a sus estudios sobre Rembrandt.
Apasionado por la iluminación, Sinclair hace gala de un dominio extraordinario del claroscuro sobre las superficies fragmentadas de color, lo que proporciona un efecto metálico sobre algunos trabajos. Los chorros de luz que podíamos apreciar en sus trabajos de abstracción, y con los que hacía saltar la imagen hacia el espectador, ahora se nos presentan medidos y domesticados facilitando la incursión contemplativa hacia el texto figurativo. Este cambio de orientación implica también un viraje en la composición y el color, ya que la disposición de formas y el desplazamiento de los trazos sobre el lienzo están dirigidos por un movimiento ondulatorio o de elipse vertical que orienta la inserción de la imagen. De esta forma la luz hace un papel de primer orden en la composición, pero fundamentalmente es un papel estabilizador.
Si la maestría en el uso de la luz y el color han distinguido la obra de Sinclair, no menos importantes han sido los procedimientos que dan a la textura un especial pulimento vítreo. Esas superficies cristalinas que con anterioridad difuminaban la luminosidad interna del cuadro, Ahora configuran paneles de intenso colorido que le proporcionan al lienzo esa sugerente disposición espacial de los vitrales renacentistas.
En esta ocasión, más que en ninguna otra, se explica la observación del crítico colombiano Mario Rivero: “Hay una combinación de espiritualidad y poesía en estas imágenes amables de una tristeza íntima, que nos dan la gracia de lo diario y la presencia de lo espiritual en medio de la materia que teje el contrapunto de las figuras”. En los grandes maestros, y Sinclair lo es, el lirismo intenso del arte se eleva de la conciencia subjetiva hacia la universalidad, mediante el despliegue de los valores objetivos de la obra; de allí que esa espiritualidad que irradian sus pinturas, lograda por la tenacidad de fijar una idea con la textura de la materia domeñada, es el resultado del esfuerzo por proponer la dimensión humana del acto creador.
Esto explica la secreta proposición de su obra: creación y emoción se traducen en misticismo y pasión, lo que nos sitúa en el punto de partida de su propuesta plástica. Pero no como un círculo cerrado de reconocimiento entre principios y fines, sino como una relación de motivos que se desbordan en una rica gama de interpretaciones. Estudioso de Croce, Sinclair aplica la noción de la obra como síntesis del mundo y como diversidad creativa; de allí que esa búsqueda a la que hacíamos referencia esté sustentada en una rigurosa y sistemática definición estética.
Toda esta concepción técnica y estética tiene otro tipo de recurrencias formales, en este caso el formato. Lograr la disposición geométrica de las formas y desplegar los colores con la holgura suficiente para que el estatismo de la imagen cobre vida con una luminosidad opalescente que procede del interior, exige la utilización de un formato desacostumbrado. El gran tamaño de las pinturas y el uso de dípticos con autonomía, de uso ocasional en los trabajos de Sinclair, ahora son dominantes y casi necesarios.
Esta muestra que ofrece Sinclair pareciera ser una revisión crítica de sí mismo; es el trabajo de retomar sus propias concepciones plásticas, manejadas con decisión y esfuerzo intelectual, y someterlas a un decantamiento que hiciera posible obtener de ellas aquellos aspectos esenciales y primarios de su actividad. Cierne con cuidado todas aquellas cosas que en un momento parecieran ser contenidos secundarios de su trabajo para retener únicamente aquello que le es vital y que marca con un sello toda su obra. De allí que es posible lograr una lectura de la obra presente, figurativa y evocadora, teniendo como prólogo todo el recio trabajo de abstracción desarrollado con anterioridad. La independencia de una etapa y otra se manifiesta como una simple externalidad, que se diluye en la medida en que se incursiona en los senderos íntimos de la labor plástica.
Su obra, en términos generales, es una posibilidad abierta a múltiples orientaciones y significaciones, pero en el fondo guarda esa naturaleza personal y secreta del propio misterio que es Alfredo Sinclair.
Tomado de Alfredo Sinclair, Huellas.
Catálogo Referencias
Panamá, junio de 1986
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