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EN BUSCA DE LAS HUELLAS
Pedro Rivera: Las huellas de mis pasos, Editorial Mariano Arosemena, Panamá, 1994. |
Las huellas de mis pasos de Pedro Rivera O., que ahora comentamos, es el libro que en 1993 fue galardonado con la máxima distinción del Premio Ricardo Miró, en el género cuento.
Nadie puede ignorar el hecho cierto de que Pedro Rivera O. representa un punto de ruptura con la tradición literaria nacional, a partir de Peccata Minuta, y la entrada de la narrativa corta panameña a la contemporaneidad. Escritor especialmente dotado para la observación de la realidad y su conversión en un acabado producto literario (así lo demuestra su primer libro de cuentos), siempre será un placer asistir a los resultados de sus enfrentamientos con la página en blanco.
El libro premiado, sin embargo, y esto es justo señalarlo, no supera lo ya logrado por el escritor de formidables recursos técnicos e inteligente lectura de la realidad que sigue siendo Pedro Rivera. La obra, experimental en cuanto a lo formal, no constituye una unidad como propuesta narrativa. Por el contrario, es un mosaico abigarrado de viñetas, memorias personales y deseos íntimos que se abren, desde la conciencia del hombre maduro que los reconstruye, en un abanico de asombros y descubrimientos vitales en la primera parte.
La segunda parte es un ajuste con la historia nacional (preocupación permanente del autor) que intenta reconstruir la otra visión de la patria istmeña -sepultada entre mitos, mentiras desembozadas y supresiones sospechosas-, a partir de personajes y momentos estelares de la historia nacional.
Desde la historia prehispánica avanza el autor y trata de cubrir con ambición un lienzo que exige mayor vigor en la pincelada o monumentalidad en la composición, sin alcanzar el propósito del todo. La segunda parte del libro, precisamente en la que Pedro Rivera O. transita por "los viejos senderos retorcidos" del cuento tradicional y los temas que domina a plenitud, es la que menos aporta a lo ya logrado por este maestro de la narrativa nacional.
Y lo anterior viene en apoyo de un hecho que fue carta de presentación de Rivera: él supo ordenar la cauda de técnicas, recursos, corrientes literarias y preocupaciones de los años ’60 y ‘70 para darles una expresión artístico-literaria actualizada. Lo anterior explica el grado de expectativa que su obra despierta, y lo que ya no acepta un buen lector cuando es de la autoría de Pedro Rivera O.
Por encima de los anteriores señalamientos, nos hallamos ante una pluralidad de textos abiertos, iluminados oblicuamente por la experiencia y la reflexión serena de un hombre maduro que recuerda y reconstruye su infancia.
El hablante no oculta que la génesis de su discurso se halla inserta en los hechos que constituyeron su infancia y el despertar a la pre-adolescencia; por eso, su lenguaje no es el del niño que protagoniza, aunque la mirada (cámara que barre lentamente el solar primario, los personajes del barrio, que enfoca la imagen paterna, a la madre amorosa y esperanzada, a los hermanos) sea la misma del poeta que barruntó esos temas en Los pájaros regresan de la niebla.
Aunque no logra a plenitud el esfuerzo de refundición y unción de géneros (hablo de la presencia del testimonio, la poesía, el libro de viajes y la autobiografía novelada -y ese es el tono de la primera parte de este libro), el lector tiene la certeza de que se halla ante un libro delicioso, de amena y alegre picardía, bien escrito y con un marcado sabor nacional, siempre desde la ribera de lo popular.
JC
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