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PALABRA DE PIEDRA
¿DESARROLLO NACIONAL SIN CAMBIOS ESTRUCTURALES?

Pedro Rivera
Con idénticas o desiguales nomenclaturas el “desarrollo nacional” es la agenda cíclica de los estados nacionales, particularmente de los gobiernos, a lo largo de la historia post medieval o burguesa. Desde entonces cada generación de políticos, generalmente de buena fe, aborda el tema desde el poder o desde la “oposición” con miras a poner la pica en Flandes. ¿Qué hacer para garantizar crecimiento económico sostenido? ¿Qué hacer para garantizar mejor calidad de vida a los miembros de la comunidad? Los mejores teóricos de cada entorno de supervivencia [o sociedad humana como se la conoce] se devanan los sesos para encontrar respuestas a tan desmesuradas preguntas. No les resulta nada fácil dar con ellas debido a que deben adaptarlas al sistema culturalmente establecido, uno de cuyos principios inalienables es respetar los intereses creados, el muy acendrado “esto es mío, aquello me pertenece, no lo toques”.
En cuanto a “qué hacer para garantizar crecimiento económico sostenido”, dichos teóricos encuentran las vías despejadas en la dinámica intrínseca del capitalismo, basada como se sabe en los paradigmas del lucro, la acumulación y los despojos. Se infiere, entonces, que toda idea de equidad estructural o sistémica esté irremediablemente subordinada a los modelos de producción y organización social inciertamente llamados “empresariales”, cuyos vínculos con la supervivencia de los más fuertes resulta a todas luces incuestionable. Por eso, en cuanto a “la calidad de vida” de la comunidad menos favorecida, sobre todo de la marginada y excluida, la apologética del sistema encuentra vías sucedáneas de equidad en el continuo reciclaje de los programas paternalista-maternalista-clientelistas, favorecidos por algunos organismos financieros internacionales y practicados tanto por los gobiernos como por la “empresa privada” del mundo entero.
Estos programas [canalizar recursos hacia las áreas marginadas y excluidas a través de empréstitos, caravanas asistenciales, teletones, organizaciones caritativas y ONGs sin estimular la participación beligerante y organizada de los beneficiados] pocas veces, por no decir nunca, tienen éxito porque su razón de ser no es modificar el estatus quo sino, por el contrario, acentuarlo. Ya para nadie es secreto que los paternalismos, tanto los de corte internacional como los domésticos, codifican conductas de resignación, complacencia e improductividad; en poco ayudan a las naciones a salir del subdesarrollo y mantienen incólumes las bases de la dependencia económica.
¿Cómo sanar un organismo enfermo sin curarlo? Tal dilema enfrentan algunos liderazgos hegemónicos del llamado Tercer Mundo en la época de la llamada democracia neoliberal [que tiende a ser más monárquica que liberal] por no estar en condiciones de obviar sus entronques con los referentes más retrógrados de la economía, que no mundial sino imperial, sobre todo si sus canales vinculantes en los países de la periferia son los individuos, las empresas, los carteles, las mafias, no los Estados. Entonces, como dice el refrán, no le pidas peras al olmo, no te las dará aunque le propines una rejera de padre y señor nuestro como hacen los campesinos con ciertos árboles cuando no dan frutos. Los planes de desarrollo, engendros del sistema no pueden sino reflejarlo y defenderlo hasta las últimas consecuencias, incluso con buenas intenciones que es lo peor.
En los periodos de ascendente crisis, al hablar de desarrollo nacional como opción, la respuesta lógica sería “cambiar las reglas del juego”, evitar el colapso institucional, minimizar los traumas sociales, adelantarse a las reacciones insurreccionales, incluso crear oportunidades sostenibles para que los sectores menos favorecidos evolucionen como sujetos de mercado. ¿Quién gana si el 40 por ciento de la población que vive en pobreza y pobreza extrema adquiere capacidad de consumo en forma permanente y no únicamente cuando consume el poco dinero que recibe en carácter de “donación”? Un millón 200 mil consumidores productivos no serían poca cosa. Ni esas opciones hacen mella en la coraza del sistema. Por carácter mismo de sus estructuras, prevenir crisis, potenciar mercados, producir excedentes no es computable, no está dentro de la lógica de los liderazgos políticos del Tercer Mundo, atrapados en el recetario de las transnacionales.
Ciertamente, al discutir un Plan de Desarrollo Nacional no tendría ningún sentido aferrarse a metodologías elaboradas en contextos ya caducos, y que son en sí mismas parte del problema. Sin una amplia visión desde la complejidad cualquier plan nacional para superar los déficit del subdesarrollo seguirá siendo una quimera, cerros de papel que funcionarios de menor jerarquía llevarán a los centros de reciclaje con el fin de rebuscarse unos cuantos centavos. Cualquier esfuerzo, en los términos de crecimiento económico y bienestar humano incluyente no podría ser ni siquiera ser imaginado por la mente más lúcida si no percibe la simultaneidad de los procesos, el entorno como sistema y la íntima relación de todo con el todo.
Está más que comprobado que sin modificar el estatus quo es imposible acelerar el desarrollo nacional. Es lo que finalmente hacen las revoluciones cuando ya se han probado todos los remedios tradicionales. Los Castro, los Chávez, los Evo Morales, los Omar Torrijos irrumpen en los escenarios de la historia cuando los custodios del poder, o los cancerberos de la riqueza, o los herederos del sistema de las hegemonías y servidumbres internacionales no son capaces de imaginar que otro mundo es posible y que en ese otro mundo, aun por construir, también tendrían la opción de ganar y no de perderlo todo. |
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