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SORTILEGIOS
REFLEXIONES EN TORNO DE LA CRÍTICA LITERARIA

Félix Armando Quirós Tejeira
El crítico literario no es un dios; aunque a veces sea capaz de elaborar fragmentos divinos. No tiene modo de salvar o destruir la obra que valora. En Métodos de crítica literaria, Enrique Anderson Imbert escribe: “Echar la culpa a los críticos de los males de la literatura —son inservibles, o indiferentes, o exigentes, o incomprensivos, o irresponsables, o extorsionistas, etcétera— presupone, primero, que se los lee, segundo, que se acatan sus veredictos. La crítica no tiene el poder de matar la poesía: generalmente mira a otro lado cuando el poeta empieza su lucha, y acude para celebrar sus triunfos”. La crítica es el producto de un acto de amor entre un lector, especializado en la mayoría de los casos, y una obra.
Cuando Edgar Allan Poe dice: “Tengo gran fe en los locos. Mis amigos le llamarían confianza en mí mismo” o “Creo que es Montaigne quien dice: ‘La gente habla de pensar, pero por mi parte jamás empiezo a pensar hasta que me siento a escribir’. Mejor le hubiera convenido el método de no sentarse jamás a escribir hasta no haber acabado de pensar”, me siento un crítico generoso. Cuando Jorge Luis Borges alega que Lugones “ha querido hablar con voz propia y se la hemos escuchado en el Romancero y nos ha dicho su nadería” o se refiere a Augusto D’Halmar como “un hombre extraño que publicó una novela que muchos consideraron autobiográfica: El monstruo”, me siento un crítico reverente. Sin embargo, se trata de dos genios y yo, en cambio, tengo limitaciones. Soy consciente —aunque a veces mis opiniones provoquen reacciones que parecieran tratar de convencerme de lo contrario— de que no tengo el poder ni la autoridad para redimir ni condenar obras ni, mucho menos, autores. Atacar al mensajero sin rebatir el mensaje es un acto tan estúpido como inútil. Si hago crítica literaria es porque nuestro medio me obliga a hacerla. Considero que el silencio es peor. La literatura panameña merece juicios valorativos. Todavía pienso que necesitamos una crítica literaria seria, que termine con una serie de mitos y exponga nuestras verdades; acaso alguien que escriba unas cuantas irreverencias.
Habría que preguntarse qué tan necesaria es la crítica literaria para la comprensión de una obra. El ensayo, por sus propias características, exige la exposición de teorías y comentarios personales sobre un tema cualquiera, que en este caso se trata de una obra literaria. Es decir, el crítico nos presenta una visión particular con la que no tenemos la obligación de coincidir. No tenemos siquiera el compromiso de aceptarla. Es apenas una opinión que nos puede resultar útil para encontrar en una obra cosas que tal vez no lográsemos ver por nosotros mismos. Es más: no pocas veces los lectores —entre los que están los críticos— descubren en una obra literaria puntos a los que el propio autor ha prestado poca o nula atención. Siempre ha habido burros que tocan flautas por casualidad, impulsos que llegan del subconsciente u otras razones por las que una lectura atenta pueda penetrar en varios niveles de la escritura.
Como sostiene Eduardo Galeano: “Revelar la realidad no significa copiarla. Copiarla sería traicionarla, sobre todo en países como los nuestros, donde la realidad está enmarcada por un sistema que obliga a mentir para sobrevivir y que cotidianamente prohíbe llamar a las cosas por su nombre”. La función del escritor es transformar la realidad en material que pueda utilizar para elaborar sus productos literarios. La tarea del crítico es analizar el material al que me refiero. Tal vez cuando empecemos a comprender que escritores y críticos no son enemigos ni secuaces, sobre todo en un país como el nuestro en el que los que nos dedicamos a la literatura nos vemos precisados a cumplir con los dos papeles, sino que sus trabajos se complementan y nacen del amor profundo a las letras, podremos valorar correctamente el camino recorrido y continuarlo con la constancia cualitativa que merece nuestra tierra.
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