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El DEDO EN EL OJO
PANAMÁ ANTE EL FUTURO

Cáncer Ortega Santizo
No es fácil ver el Panamá de hoy e imaginar el futuro sin sentir temor. Nuestro mañana es, por decir lo menos, preocupante.
El abismo entre ricos y pobres es cada día más ancho y profundo. Los ricos disfrutan del progreso, de los avances y beneficios del Primer Mundo sin enterarse siquiera de lo que pasa a su alrededor. Mucho menos de lo que pasa más abajo.
Los pobres, en cambio, seguimos siendo del Tercer Mundo. Seguimos trabajando, viviendo y sufriendo con salarios y carencias del Tercer Mundo; en condiciones higiénicas y de salud del Tercer Mundo; con expectativas del Tercer Mundo. Limitados y excluidos. Teniendo prohibido hasta soñar. Los pobres somos cada día más pobres. Y, como van las cosas, esa parece ser una tendencia irreversible, convertidos, como estamos, en esclavos y marionetas de las leyes del Libre Mercado. Los pobres somos el Tercer Mundo.
Panamá preocupa: aumenta el desempleo; crece la pobreza y la miseria; la violencia se toma el país y no lo suelta. Ya no se trata del muerto nuestro de cada día, si no de los muchos muertos de cada día. Porque son bastantes. Unos, por accidentes; otros, por violencia doméstica; otros más nos los deja el mundo de la delincuencia. La droga, que unas décadas atrás se servía de Panamá como puente, hoy se queda aquí devorando nuestra gente. Todo día encontramos otro indigente que no estaba en la calle el día anterior, con la cabeza metida en un tinaco de basura. Uno más, nunca uno menos. Porque se ha cruzado una línea limítrofe sin regreso.
Este fuego es avivado por el periodismo sensacionalista que quiere un respeto que no se ha ganado. Como gallotes andan tras los muertos para hacerlos noticias; explotando el morbo, el sufrimiento ajeno; haciendo héroes de los villanos; trastocando valores. Exigiendo la libertad de expresión que niegan a los lectores.
Los valores morales son elásticos. Varían al vaivén de las necesidades individuales. No guían ni responden a las necesidades de la sociedad. La juventud parece desvariar sin rumbo definido. El propio país pareciera estar siendo arrastrado por la fuerza devastadora del capitalismo hacia las fauces del cataclismo ecológico y social. Sembramos vientos, desforestamos, envenenamos ríos y mares, asesinamos bosques y acabamos con el mangle de nuestras costas. Depredadores insaciables, exterminamos nuestra flora y fauna. Es decir, a nosotros mismos. Cosechamos sequías, inundaciones, terremotos, tempestades. Los problemas atropellan, aplastan y devoran a las soluciones.
Si comparamos, el Panamá de ayer y el de antesdeayer en poco se parece al Panamá de hoy. No digo que antes fuera mejor. No lo creo. No lo sé. Sí, que era diferente. No es el de antes. No somos lo que fuimos, es obvio. Sin embargo, el Panamá de hoy no podría existir si no hubiera existido el Panamá de ayer. Nos levantamos sobre esos cimientos que sembramos. Disfrutamos la herencia que recibimos y lo que con ella hicimos. Y es esa la herencia que dejamos. No hay tiempo ni lugar para justificaciones, para quejas o lamentaciones.
Por delante sólo tenemos desafíos, tareas pendientes. La necesidad de seguir haciendo, seguir siendo. Los retos que enfrentamos son muchos y difíciles. Pero, como se sabe, lo bueno de los problemas es que hay que resolverlos. Y los que enfrentamos exigen soluciones radicales, cambios profundos, esenciales. Soluciones que exigen cambiar la forma de ser del panameño.
En gran medida, Panamá ha vivido no para sí sino para los otros. Lo recoge un lema. El que como una maldición estampada en lo alto de nuestro escudo nacional pareciera guiar nuestros pasos hacia un destino impuesto: “Pro mundi beneficio”. No se trata de hospitalidad ni de solidaridad. Si no, del abuso y la sumisión. Porque Panamá, el pueblo panameño, fue y sigue siendo sacrificado para beneficio de los otros, de los demás. Repito: ¿Pro mundi beneficio? Sí. Pero, Panamá primero.
Cuando se me pidió mi opinión en los días previos al sí o no por la ampliación del Canal dije que, por mí, podían llenar la zanja de tierra. Alguien dijo sin pensarlo o pensó sin decirlo: cuánto egoísmo, cuánto resentimiento, cuánta envidia hay en esas palabras. Pero no se trata de eso. Considero que el Canal, en vez de una bendición, ha servido para distorsionar nuestro vivir, nuestro destino y lo que somos los panameños. El Canal nos deforma y se convierte en fuente de muchos de nuestros males. Vivimos atados al canal. En vez de liberarnos, de él nos hacemos dependientes. No sólo debemos saber que Panamá no es sólo un canal, si no actuar de acuerdo a ello.
Hemos aprendido a ser perezosos. A pensar que las cosas se dan fáciles. A poner el destino, nuestro futuro, en la suerte, no en el trabajo. Así, ponemos nuestras esperanzas en las patas de los caballos, en las bolas que dos veces a la semana manosea el gobernador anunciando los números de la lotería o en los casinos que están, como dios, por todos lados. Pareciera haber uno en cada esquina. Uno cerca de cada supermercado. Como para que el ciudadano piense que puede multiplicar su poder adquisitivo poniendo su techo, la educación de los hijos o la comida de la familia, en las manos caprichosas de la fortuna.
Una de las peores cosas que ha tenido Panamá es el dólar. El dólar ensucia, envenena, envilece. Para los Dules, es cosa de los demonios. Y debe serlo. Hay que observar cómo el dinero vuelve loca a la gente. Pone a hermano contra hermano, amigo contra amigo, a padre contra hijo, y viceversa. Y el dólar circuló entre nosotros, libremente. Envenenándonos generación tras generación. Hoy el dólar es una infección que se mete por todas partes. Por todos los países. Un planeta globalizado es un planeta dolarizado.
Somos un país etiquetado. Cuatro maleantes encorbatados le dan a nuestro país la fama de tierra de piratas y bandidos, de lavadores de dinero y narcotraficantes, de refugio de ladrones y genocidas, de paraíso de la impunidad y del delito. Cuatro maleantes de saco y corbata, delincuentes de cuello blanco, estigmatizan a todos los panameños.
Y son también unas pocas las que enlodan la fama de todas las panameñas. Mientras las mejores hijas de esta patria combatían al asesino invasor que llegó en la noche como un ladrón, otras se entregaban de cuerpo y alma al enemigo. Se encaramaban en las tanquetas primero, para encaramarse en el cuerpo del asesino rubio, después. Como Anayansi, que pernoctó con el criminal, aquel otro invasor que siglos atrás masacraba a nuestro pueblo haciendo que sus perros, fieras, destrozaran a nuestros hermanos. Como premio, dimos el nombre del genocida a la moneda nacional y a la máxima Orden entregada por el gobierno a personajes destacados en el ámbito nacional e internacional.
Es mucho lo que hay que hacer, lo que hay que cambiar. Al inicio de este escrito decía algo que no es del todo cierto: usaba la palabra irreversible. Debo recordar que lo imposible no existe, sólo retos que hay que enfrentar y vencer. Y sólo nosotros, pero no solos si no como un puño, podemos hacerlo.
Se dice que locura es hacer lo mismo esperando resultados diferentes. Cada cuatro o cinco años escogemos a quienes llevaran las riendas del país. Los recibimos llenos de expectativas, de esperanzas, de sueños por cumplir. Terminamos defraudados. Cuatro o cinco años después volvemos a votar por el menos malo de los malos sin haber aprendido que el voto, sin medidas para garantizar que los políticos cumplan lo que prometieron, sin nuestro trabajo diario, sin nuestra militancia continua, no vale nada. Nuestra responsabilidad no termina en las urnas. Basta de estar diciendo que nos deben resolver esto o lo otro. Corresponde a nosotros mismos tomar las riendas de nuestro destino. Acompañar nuestros sueños de los actos necesarios para hacerlos realidad. Recurriendo a todos los recursos, utilizando todos los instrumentos, todas las armas, para la paz o para la guerra, las que sean necesarias para lograrlo. Tenemos que meter la mano. Hacer que el Panamá de hoy sea diferente, para que el de mañana sea mejor. Sólo así lograremos labrarle un buen futuro.
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