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PANAMA JAZZ FESTIVAL: DESAFÍOS Y OPORTUNIDADES
Rainer Tuñón Cantillo
Hay ciertas reflexiones que comparte el público luego de haber pasado por una intensa semana de educación musical a través de las actividades que plantea un evento como el IVº Panama Jazz Festival.
Al culminar el concierto en la Catedral, queda en el paladar una miel que no termina de derretirse, incluso luego de haber sido fieles testigos de una avalancha de buena música presentada por el elenco de artistas que desfilaron por los escenarios y que además brindaron su tiempo para estar con los estudiantes en las clínicas educativas que se dieron cita tanto en la Universidad de Panamá como en el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz.
Además, la experiencia de haber estado en el encuentro de los jazzistas panameños resume aquello que siempre me han dicho sobre Panamá y que creo con efervescencia: somos una cantera de talentosos productos que fulminan la escena musical en todo el mundo, así sean ilustres desconocidos por nosotros mismos.
Gracias a esa revisión sobre el ser y sentirse panameño a través de la obra de estos músicos que brillan en el exterior y con orgullo llevan el gentilicio de panameños, hemos podido percatarnos de que una mega figura como Billy Cobham guarda una profunda herencia colonense, llena de reminiscencias calipseras y los singulares sonidos del tambor panameño.
Por suerte, lo que prometía ser un evento musical de primer nivel poco a poco se iba convirtiendo en algo más que una extraordinaria convergencia entre la educación, el arte y el entretenimiento dirigida al espíritu del panameño.
Aunque parezca frase cursi de un ideario, el resultado resultó muy convincente para la masa que gritaba por otros temas de Nnenna Freelon, esperaba seguir viendo cómo Edmar Castañeda disparaba notas de esa arpa o no se cansaba de aplaudir a don Billy Cobham y Danilo Pérez.
Asimismo, la experiencia fue una prueba fehaciente de que todo lo que beneficia a nuestros jóvenes es valor agregado para nuestro país.
Claro, ser testigos de la entrega de becas para un joven talento como el saxofonista Jahaziel Arrocha y méritos especiales para un prodigio de la percusión como Milagros Blades de parte de escuelas prestigiosas como Berklee School of Music o el New England Conservatory; aplaudir a cada estudiante que se hizo acreedor a los instrumentos musicales del programa de becas de la Fundación Danilo Pérez y descubrir una interesante conjugación entre la escuela depurada del joven pianista Tony Madruga y la dupla exitosa de Arrocha-Blades, sólo pueden conseguirse en un evento como el Panama Jazz Festival, que a criterio de sus organizadores y patrocinadores (Gobierno, Alcaldía, Ricardo Pérez S.A. y Movistar, entre otros colaboradores), superó todas las expectativas.
Desde el lunes 15 de enero, día en que iniciaron las clínicas educativas con estudiantes panameños, colombianos, costarricenses, estadounidenses, en fin, de todos lados, cada célula del Jazz Festival entregó lo mejor de sí para incrementar el acervo usando la música como el hilo conductor de la hermandad.
Llegado el momento de presentar a los artistas invitados, ellos mismos no dejaban de expresar el ambiente entusiasta del festival, pues a diferencia de otros eventos, éste logra un balance entre la parte educativa y el show por sí mismo.
En la noche de gala, por ejemplo, contrario a lo que se esperaba presenciar, se preparó una noche en la cual las grandes estrellas eran los niños, jóvenes y los artistas panameños que entregaron un gran tributo a Bárbara Wilson, nuestra Bárbara, una voz que deberá ser recordada por generaciones, no sólo por la destreza y la pasión en el canto sino por su sencillez, carisma y personalidad.
Entre trovadores, escuelas de canto, efectos de jazz a través de nuevas voces como la de Idania Dowman y un jam session con sabor a lo nuestro, celebramos una de las mejores experiencias musicales del año.
Al día siguiente, con la presentación de la Panamerican Big Band, que dirigía Vitín Paz, la Banda Tributo a Chile con la voz de la profesora Millie Bermejo y la explosiva presentación del Trío de Edmar Castañeda, el público fue calentando los motores para la jornada del viernes, con dos extraordinarios platillos: por un lado, la presencia de Nnenna Freelon, que entregó el espectáculo más sensual y placentero visto en años y por supuesto ese reencuentro de estrellas panameñas del jazz que por primera vez tocaban juntas en su tierra. El resultado superó las expectativas de la audiencia.
Si bien los conciertos del Panama Jazz se caracterizaron por una armonía equilibrada en la temática y la dirección de cada artista, la tarde en la catedral prometió llevar a los panameños más que la magia de las noches anteriores, un recorrido por el alma del Panama Jazz Festival… y cumplió.
Al inicio, calentando motores con el jazz de Reggie Boyce, pasando por el sonido de Babito y su grupo, introduciendo a cada participante de las sesiones educativas y artística del festival y entregando becas para confirmar que el compromiso con la educación es un hecho. Al final, el público quería más.
Una semana de música y mensajes positivos cautivó a más de 13 mil personas que asistieron a los eventos convocados. Ahora queda el desafío para hacer del Vº Panama Jazz Festival un perfecto encuentro de cultura, consolidado y con muchas oportunidades para los panameños que aspiran a ser la gran generación artística de Panamá.
Así, el Panama Jazz Festival crece y madura. Nosotros también.
Fotos: Fernando Fraguela, cortesía de www.dealante.com |