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El 19 de mayo de 1958 se empapeló la ciudad de Panamá con las 30,000 volantes del poema “Canto a un Día Cualquiera, a Una Mañana Inmensa”, firmado por Marco Pueblo, seudónimo de Pedro Rivera. Sólo se conserva el original quemado en los bordes porque la biblioteca del poeta fue quemada.
CANTO A UN DÍA CUALQUIERA A UNA MAÑANA INMENSA
Pedro Rivera
Un día, una mañana...un día puro,
un día en que la bala encontró su corazón,
su madriguera,
un día en que los niños murieron de metralla
y culatas y bombas lacrimógenas,
un día que echó raíces en la piedra,
un claro día, una mañana.
Eran niños populares,
hijos, hijas de la Patria, la Patria humilde
la misma que los ricos se robaron,
la misma que los niños defendieron
cuando el hombre olvidó que se era hombre
o lagartija o se era nada.
La Patria humilde, Patria sin sus hijos.
José Manuel Araúz, primera víctima.
El Artes y Oficios produjo su alegría.
Y su corazón fue destrozado por la Guardia ...
Entonces,
yo tenía que decir que la Guardia
era el excremento de la sombra.
Tenía que gritarle en todas direcciones.
Arriba, abajo, con la palabra,
como si fuese un fusil acongojado
cavando sepulturas en la noche.
Un día, una mañana; muy temprano.
Un día entre tantos, pero un día
sinceramente sólo,
un día en que no sabíamos si llamar
a nuestra madre
o tirar una pedrada.
Un día,
cuando cruzaban rápidos patrullas
transportando tenientes con las caras amarillas,
tenientes sanguinarios
que olvidaron a su madre,
que escupieron a su madre
y mataron a sus hijos.
Entonces,
yo tenía que halarme los cabellos,
y decir, con esta voz absurda, que el guardia era,
antes que un perro con pulgas,
antes que un sarnoso perro,
antes que un obediente perro de los oficiales,
un perro que mordía la clara Patria,
sin otra esperanza que ser oscuro perro;
pero,
antes que todo, era
un hombre bueno que creció en el pueblo,
y que debajo del rudo "kaki"
le crecía un corazón humano.
Un día, una mañana inmensa,
los azules liceístas y los institutores,
los bravos artesanos y las abejas blancas,
los nuevos normalistas,
los verdes estudiantes, los genuinos,
fueron a reclamar sus corazones,
fueron a pedir que se les diera algo,
algo de Patria, algo de corazón
con que injuriar el crimen,
y todo le fue negado a punta de metralla.
Entonces,
yo tenía que tomar mi corazón
y restregárselo a la Guardia
y restregárselo en su cara, duramente,
y decirle que tomara de él,
que lo guardara como un recuerdo amargo
de un día cualquiera, de una mañana inmensa.
El estudiante fue a defender al guardia,
al guardia atropellado,
al guardia encuartelado,
al guardia embrutecido por los oficiales,
y el guardia asesinó al estudiantado,
y lo asesinó salvajemente.
¿Dónde esconder esta vergüenza?
¿Bajo qué piedra esconder la ciudad de este dolor?
¿bajo qué camisa, bajo qué cebolla
decirle a nuestra Madre
que un hermano nuestro nos hirió de muerte?
Entonces,
yo me dije,
hay que escribir un largo poema,
por los hombres que cayeron
y las madres que cayeron junto a sus hijos,
junto al suelo,
y también por los que cayeron y se levantaron.
Un poema largo por el mismo pueblo
en su miseria horrible;
por el que tiró la bomba y mató a su madre.
Por el que aplastó el corazón de un niño
con la bota sucia, y que luego
reventó de risa.
Hay que escribir un poema largo, me dije,
algún día,
cualquier mañana clara,
en una hora.
19 de mayo de 1958.
Nota de edición:
En mayo de 1958, estudiantes, padres de familia y profesores de la capital y del interior marcharon hasta la Presidencia de la República para presentarle un pliego de peticiones al Presidente Ernesto de la Guardia, en torno a graves carencias del sistema educativo. No fueron atendidos por el Presidente sino por el jefe de Relaciones Públicas, quien sólo permitió el acceso de un grupo reducido de representantes. El gobierno respondió que carecía del dinero suficiente para atender todos los puntos contemplados en el pliego, pero que resolvería de inmediato los graves problemas del primer ciclo de Aguadulce.
Prosiguieron las protestas y se organizaron mítines frente a la Asamblea Nacional ante la escasa respuesta y lo que consideraron un desprecio del Presidente al no atender a la delegación.
La Unión de Estudiantes de Panamá, solicitó una reunión con el Presidente para mediados de mayo, pero una vez más de la Guardia se negó a recibirlos. Los estudiantes realizaron una gran manifestación, durante la cual fueron brutalmente reprimidos por el gobierno. En esta manifestación el estudiante José Manuel Araúz resultó muerto.
El 19 de mayo se realizó una marcha silenciosa de estudiantes y se le exigió al Presidente la renuncia del Ministro de Educación Víctor M. Juliao, así como de los Comandantes de la Guardia Nacional y el castigo para los culpables de la muerte del compañero.
El 22, los estudiantes se desplazaron a distintos puntos de la capital y nuevamente se produjeron choques violentos con la Guardia Nacional, con el trágico saldo de decenas de heridos y ocho muertos. En respuesta, el gobierno suspendió las garantías constitucionales. Por mediación del Rector Jaime de la Guardia, los estudiantes refugiados en el Instituto Nacional fueron trasladados a la Universidad de Panamá. Ello permitió que en los días subsiguientes el movimiento perdiera fuerza y se diluyera.
Se llegó a la firma del llamado Pacto de la Colina, suscrito entre el gobierno y los representantes estudiantiles. Este documento planteaba el compromiso del gobierno para resolver la crisis de la educación y dar cumplimiento a las aspiraciones de los estudiantes. Se establecieron nuevos impuestos para resolver el problema educativo; pago de indemnizaciones o compensaciones a las familias de los fallecidos y lesionados; que los Comandantes de la Guardia Nacional serían nombrados y removidos por el Presidente de la República, de acuerdo con la Constitución Nacional, y otras medidas para minimizar el poder del cuerpo armado.
El Pacto de la Colina puso fin a la violencia desplegada las semanas anteriores pero no resolvió el problema educativo. Durante los meses siguientes se desarrollaron otras protestas que terminaron con el cierre de las escuelas.
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