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Peces
Alfredo Sinclair
LOS PECES EN LA RED
Obra de teatro en un acto
Jarl Ricardo Babot
Escena única
Pescador 1:
Ahora estamos aquí', secando las redes. El compañero arregla y remienda. Los niños me siguen y hacen preguntas "¿Cuánto pescamos ayer' " "Llenamos todas las bodegas", respondemos. "El barco casi zozobra por el peso de los peces". (Pausa). Es la vida. En mi primer viaje, hace treinta años, achicaba con una totuma rajada. Éramos tres hombres. Uno de ellos se perdió con el mar; el otro dejó la pesca cuando la guerra. Recuerdo que me dijo...
Pescador 2:
Dejo el mar.
Pescador 1:
¿Y qué vas a hacer?
Pescador 2:
Trabajaré en un bar. Ahora hay guerra y se hace mucha plata con los gringos- Vienen a divertirse, a tomar whisky y a buscar putas- Así olvidan la guerra. Y dan buenas propinas. Dejan dólares en las manos y hasta te invitan a una copa. ¿Tú no tomas?
Pescador 1:
A veces.
Pescador 2:
Se lo dices a Miguel.
Pescador 1:
¿No lo esperas?
Pescador 2:
No. Entro a las 6. Y ya casi son. Me lo saludas.
Pescador 1:
¿No volverás?
Pescador 2:
En cualquier momento.
Pescador 1:
No volvió. Yo seguí en lo de la pesca. Y cuando Miguel murió, compré su parte en el bote y conseguí otro compañero.
Pescador 3:
Le prometo que no se va a arrepentir.
Pescador 1:
Eres muy delgaducho.
Pescador 3:
¡Pero fuerte! Puedo levantar más de doscientas libras.
Pescador 1:
Tienes cara de dormilón.
Pescador 3:
Es por mi ojo izquierdo.
Pescador 1:
¿Eres tuerto?
Pescador 3:
¡No, señor!
Pescador 1:
Viéndolo bien algo te pasa en el ojo izquierdo. Apuesto a que no ves por él.
Pescador 3:
¡Pero señor, si veo mejor por el izquierdo que por el derecho!
Pescador 1:
¿De veras? Cierra el derecho.
Pescador 3:
¡Ya!
Pescador 1:
¿Qué hay delante, en esa pared?
Pescador 3:
¿En esa pared? ¡Un clavo sin cabeza !
Pescador 1:
Por supuesto que no se trataba de un clavo sin cabeza. (Sonríe). Pellín y yo estuvimos juntos durante doce años. Nos tocaron hombro con hombro parte de los años cuarenta, los años cincuenta, hasta que... (Silencio) pero muchos antes de eso me casé; mi mujer me dio cuatro hijos que se levantaron con gran esfuerzo, como ustedes pueden suponer, y el mayor fue baleado en mayo del 58. Pedía libros y escuelas y me lo mataron. Yo regresé al mar, tres días después y no me atreví, por cuatro horas, a echar la red al agua. Pellín me miraba en silencio. Yo escudriñaba el cielo, el agua densa y salada y no sabía exactamente, y ni aún hoy, no sé qué esperaba encontrar ver en aquel cielo y en aquellas aguas. Finalmente grité; recuerdo que grité a todo pulmón "Maldita sea, viejo maricón, echa tu red y olvídate de todo lo demás, tu deber es éste, echar esa red al mar, echarla siempre y no pensar en nada más". Pero seguí pensando en mi hijo como todavía lo hago. A veces, ya solo, en alta mar, lo veo acercarse y ayudarme a echar la red –Y cuando lo hace, sin dejar de sonreír, sé que la red va a estar bien llena y viva, al subirla. Y siempre la recojo solo, sin ayuda, ya que nunca espera a que suba la red. Desaparece de pronto como suele llegar.
No crean que estoy loco. Eso sería muy fácil y simplificaría las cosas. "Pobre viejo loco" es fácil de pronunciarse. Tampoco me tengan lástima. Soy fuerte, y si ahora estoy solo, sin mujer y con mis hijos sueltos por allí, al contarles esto, no lo hago para que me den un poco de su calor o de su piedad; no, lo hago para que se den cuenta de que yo voy a seguir saliendo al mar con todos mis afectos y cariños, como seres vivos aun cuando ya no lo sean, realmente; porque en estas manos y en este corazón hay tanta o más fuerza que en el mismo mar.
(Se van apagando lentamente las luces)
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