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Jungla azul
Alfredo Sinclair

CIMARRONES

El Lucumí, con un raro brillo en los ojos, se coloca la argolla al cuello. Se inclina como en acto de reverencia y recibe la caja más pequeña y menos pesada que un indio y un mulato, en la Casa de Genoveses, acomodan sobre su espalda. Es insoportable, a esa hora, la peste que empuja el viento sur de la Ensenada de Río Gallinero. "Nos vamos", grita desde su caballo con un chasquido de látigo el jefe de cargadores. La marcha, lenta­mente, se inicia sobre el empedrado de la calle de Calafates, detrás del Convento de Santo Domingo, con dirección al Puente del Rey.

No son tantas (a lo sumo dieciocho) las leguas que tienen que cubrir, de sur a norte, en línea casi recta. Con suerte harán la travesía en ocho días a través de un camino en extremo accidentado, lleno de peligros naturales, recovecos, salteadores de caminos y premoniciones, desde esta ciudad de Panamá hasta la no menos noble e insalubre ciudad de Nombre de Dios. No es cuestión de gusto sino de necesidad. Dígase lo que se diga el Camino Real es la ruta más corta entre los mares hasta ahora descubierta y todo el que pretenda ir y venir de una costa a otra, sin remedio, por aquí ha de pasar. Este camino es, como la muerte, inevitable.

Las lomas, por el lado sur, no son muy altas. Hasta Venta de Chagres es terreno plano. Hace poco se empedraron algunos tramos, lo que lo haría transitable todo el año si no fuera por las lluvias. En tiempo de aguaceros, que son no menos de nueve meses al año, es menester optar por el Camino de Cruces. Se camina, entonces, en dirección noreste, se llega al Río Chagres y, desde allí, se sigue en botes y balsas hasta el Mar del Norte. Luego de hacer el trasbordo de la carga a los bergantines, se navega hacia el noroeste, bordeando la costa, hasta Nombre de Dios. Rutina.

Desde que se inició la conquista del Perú y la exploración de los territorios en las costas del Mar del Sur, esta es la norma. Cañones, pólvora, acei­tes, telas, libros, tallas de santos, crucifijos, vitrales y todo cuanto produce España sale de Cádiz o de Sanlúcar de Barrameda en galeones, desembarca en Nombre de Dios y, desde allí, se distribuye por las colonias.

Los bergantines, en el mar de los caribes y los mosquitos, llegan de las colonias del sur de Tierra Firme a aprovisionarse y también a despachar mer­cancías a España. Oro, pieles, piedras preciosas, artesanías salen del Perú, llegan a Panamá, de allí por tierra a Nombre de Dios, y luego a España. No poca fortuna amasan quienes comercian en esta zona.

Cuando las naves atracan en ambos puertos, todo se trastoca, es el pandemónium, se arma la de San Martín. Se practica el trueque, el esto por aquello, el dame que te doy, el dos por tres, el te vendo un burro y me lo paga Inés, el bovaje. Son pocas las restricciones que se aplican para ejercer el comercio. Todo o casi todo es permisible en la ruta del comercio que tiene cuatro centros princi­pales: Panamá, Venta de Chagres, Venta de Cruces, Nombre de Dios. Todo lo que se venda, compre, cambie o intercambie pasa por esta zona. En este camino el viajero encuentra todo lo que apetezca o no necesite: barberos improvisados, sastres, za­pateros remendones, curanderos, amansamonos, loros parlanchines, carne en palito, fritangueras, y hasta quienes por unas cuantas monedas son capaces de ofrecerle "la mejor hembra de Tierra Firme para las artes del amor, acabada de llegar del África excelencia" o "una espada diestra para protegerlo de los cimarrones que asolan los caminos de vuestra mercé".

Si bien, a lo largo de la ruta, la espesa selva evita que los rayos del sol caigan con lujurioso desenfreno sobre la piel de los que viajan, otra cosa muy distinta es cuando se lleva sobre los hombros un barril de pólvora o de sal, un cañón, obuses, una caja de mercadería, espadas y arcabuces, troncos de madera preciosa, el baúl de una distinguida dama de la corte española con cristalería fina y delicados encajes, sacos de trigo, cal o piedras preciosas y, además, se camina atado de pies y manos. Entonces, una legua no es una legua sino el infierno después de pasar por el purgatorio.

Cuando llueve, la marcha es más soportable. Es cierto, los charcos y las piedras resbaladizas del camino, sobre todo cuando se sube o se baja una pendiente, dificultan la marcha, pero el calor sofoca menos y los collares de hierro, en reposo sobre las clavículas, no escaldan la piel y se respira mejor.

Pero pasa que hoy, 5 de enero de 1539, es verano, no lloverá, y treinta hombres avanzan a la manera de zompos, uno tras otro, arrastrando una pesada cadena, asegurada a los tobillos, sollando, al ritmo de la canción de sus ancestros:

Alma que mi pecho inflama
no tengo miedo a perderte
no nos espera la muerte
la vida es la que nos llama           `

A ambos lados, a pie, a caballo, otros hombres, látigo en mano, les azuzan y amenazan para que no pierdan el ritmo y apuren el paso. Presienten los de a caballo que algo está por ocurrir por el tono de la canción que tatarean los de a pie en lengua africana y porque ninguno de ellos protestó del latigazo dado al último de la fila de cargadores por adelantar el pie izquierdo a destiempo.

Los rayos perpendiculares del sol, aunque no penetran con facilidad a través de la espesura, ca­lientan el aire lo suficiente como para perlar la frentede los soldados que, a diferencia de los cargueros, no llevan más peso que sus látigos, arcabuces, espa­das y ganas de acampar. El olor de hojas podridas y los vapores de la tierra, semejante a morriña de acantilado, enrarece el oxígeno. El cargamento que transportan hace poco llegó del Perú y, según documentos de aduana, deben embarcar a España. No hay apuro, pues.

Esa noche acampan a la vera del camino, en las cercanías de Venta de Chagres. Los españoles reparten el rancho y dan de beber agua de una bota a los esclavos. Encienden una fogata para que el humo ahuyente los mosquitos, las víboras, el miedo, los malos pensamientos. También hay vino para acompañar los recuerdos. Es la norma. Sin em­bargo, esa noche, un poco antes de la madrugada, cuando los guardias dormitan amodorridos junto a sus espadas, y la luna en menguante se inclina como los cuernos de una vaca sobre el perfil de la sierra, El Lucumí, que marcha adelante, da un ligero templón a la cadena. Es la señal que todos esperan con el alma en vilo. Los treinta encadenados, todos a una, empiezan a moverse: un, dos, tres, alto, con ritmo, como si aún tararearan de memoria la can­ción de sus ancestros. Les ha tomado algún tiempo preparar el plan y luego esperar el mejor momento para ponerlo en marcha.
 
Esa mañana, cuando El Lucumí, a la cabeza de la fila, se colocó la argolla en el cuello, supieron que había llegado la hora. Hubo zozobra y pánico al principio. Pero, ¿qué se podía perder? ¿La vida? ¿Acaso era vida lo que vivían? ¿Acaso no es más prometedora la muerte? Los hombres sabios de sus aldeas, en África, les hablaban de la otra vida y les decían que si morían peleando serían premiados por los dioses y que podrían reencarnar en pez, águila, serpiente, hombre, de acuerdo con sus méritos.

Alma que mi pecho inflama
no tengo miedo a la muerte.

La canción de sus ancestros, que cantan durante la marcha, les devuelve el valor y la confianza. Pero también porque han escuchado, entremezclados con el cri cri de los grillos, lo que parece un silbo de talingos, señal de que varios de los suyos, cima­rrones, sin ser vistos, les siguen a poca distancia para protegerlos, para dar cuenta de los soldados españoles que hacen guardia y guiarlos, cuando escapen, a un lugar seguro en la selva. Sosteniendo las cadenas en tensión para silenciar el choque de los eslabones, templando las argollas de sus cuellos hasta sangrar, como un solo organismo, como un gusano, los encadenados se escurren en la noche. En el acampado, junto a la ceniza humeante queda la mercadería y los cadáveres de dos peones de Extremadura que serán encontrados y llorados al salir el sol, que reencarnarán, en veloces caballos, perros, gusanos o más bien, si los dioses les son propicios, en negros.

Pedro Rivera
Crónicas apócrifas de Castilla de Oro, 2005.


   

 


                                  

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