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Rostro
Alfredo Sinclair

MAL DE OJO

A veces mamá Mercedes amanecía envuelta en trapos como una momia egipcia. Desde muy chico me acostumbré a verla emerger de las sombras con la cabeza cubierta con algo muy parecido al turbante que llevaba Conrad Veidt en El ladrón de Bagdad. "El sereno es pésimo para los huesos", comentaba con las vecinas que, por lo general, compartían los mismos criterios de salud y también practicaban iguales ceremonias curativas de emplastos y brebajes. Yo las oía y me quedaba pensando cómo se podía tener un "viento" clavado en la cadera o tratando de descifrar ese "no salgas a la calle después de planchar, mija, porque te pasmas”.

Mamá era melindrosa hasta la pared de en­frente. Siempre, y no de ahora, se quejó de cuanto dolor pudo doler sobre la tierra. "Aquí me duele", decía. "¿Dónde?" "Aquí", y señalaba un lugar que era en ninguna parte. (Ya adultos sospechamos, siempre con terror de equivocarnos, que ni ella misma sabe con exactitud en qué parte del cuerpo duele el dolor.) Entonces, como ahora, se adhería parches de caraña hedionda detrás de las orejas, ungüento algecida en las coyunturas y tragaba amargos brebajes de raíz de calaguala, hoja de cola de caballo y barbas de maíz que preparaba, sin azúcar, en agua hirviendo. Era de las que cuan­do uno de nosotros (Martín, Edith, Blanca o yo) se resfriaba, en vez de ventilar el cuarto, cerraba puertas, ventanas y hendijas para que el aire de la noche no entumeciera nuestros cuerpos. Nos embatumaba de cebo de cuba, hervía una tisana y nos las hacía beber a sorbos con una aspirina bayer. Luego, como si todo eso fuera poco, nos arropaba de pies a cabeza para que sudáramos la fiebre. Se preocupaba tanto por sus hijos que, de los doce que nacimos, no murió ninguno, contraviniendo las estadísticas de entonces.

Una vez me dio una calentura que no se me quitaba ni con mentolato chino. Una vecina a la que le decían Juana "Chancletas", por su manía de arrastrarlas, se me quedó mirando y dijo: "Tiene mal de ojo, Merce, está ojeao". Las mujeres del vecindario hicieron una "junta médica" (que más bien parecía un aquelarre) para aplicar un remedio expedito porque mija el mal de ojo no lo curan los médicos de ahora, quevá.

-Eso se cura con meada de señorita –dijo una de las "brujas" más viejas.

Ni modo, trajeron a Graciela, la hija de Eufemia, que por esos días tuvo su primera menstruación adelantada y la hicieron orinar en una bacinilla detrás de la puerta. Mamá Mercedes entonces me colocó sobre sus rodillas, con la cabeza colgando sobre un platón, y dejó caer el chorro tibio sobre mi frente.

Tres días con sus noches se estuvo mamá empapando mi cabeza con la orina reciente que la precoz Gracielita le procuraba, solidaria y solícita, sin que cediera la calentura. Al cabo de ese tiempo escuché a mamá desencantada y rabiosa decir como para sí misma:

-Viste, yo sabía que esa muchacha no era señorita.

Pedro Rivera
Las huellas de mis pasos, 1994.


   

 


                                  

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