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Sin título 4
Alfredo Sinclair
SALÓN DE CLASES
La bola de papel rebotó suavemente sobre la nuca de Ricardo. Las risas menudearon, dispares, susurrantes, a sus espaldas. Reprimió las ganas de mirar, de volverse y mentarles la madre. Hizo como si nada hubiera ocurrido. Localizó la pelotita en el suelo, inmóvil, arrugada, y trató de imaginar a los que se encontraban sentados, atrás. Le vino a la memoria el Flaco y Damián. Siempre estaban en plan de jodedera. Como estudiaban poco, a menudo se estaban metiendo con los que sacaban mejores notas, haciéndoles la vida imposible a los de la primera fila, a los clase a. Jaime también era del grupo de atrás y podría. Pero, ninguno de ellos acostumbraba a hacerlo dentro del salón. Esos molestaban en la hora de recreo y, además, era fácil eludirlos. Pensó, entonces, en Benedicto. Alimentó esa certeza y le dolió saber que no se iba a equivocar con respecto al Chombo. Los otros no iban nunca demasiado lejos, no arriesgaban el pellejo, no se exponían realmente. Benedicto iba hasta el final cuando se la velaba a alguien. Trató de fijar la atención en el libro abierto, sin concentrarse de veras y se dio a la tarea mecánica de pasar hojas, como si buscara. Una bola de papel, con un núcleo sólido, golpeó sobre su nuca y nuevamente las risas hirvieron como ratas en el fondo de una olla. Alguno lanzó una trompetilla. La carcajada se generalizó.
- ¡No jodan! - se volvió, los ojos húmedos.
De pronto comprendió que era demasiado tarde para arrepentirse. No premeditó las palabras y esa espontaneidad seguramente le perjudicaría. Era una trampa y resbaló; a otros les había ocurrido lo mismo. Esa leve protesta implicaba desacuerdo, confirmaba un desacato a cierto orden establecido, previo. Imposible desandar el camino, pedir perdón, humillarse, decir: olvídenlo. No bastaba, no le dejarían o, en todo caso, sería merecedor de una penitencia mucha más cruel, inhumana: cagar a la vista de todos o caminar por la Avenida Central con un rabo de papel tejido a una hora de mucho movimiento, como le había ocurrido a otros. Unos segundos, al volverse y decir "no jodan", bastaron para atrapar esa certidumbre derramándose de las sonrisas blancas, irónicas. Estaba en la primera fila. No le sería difícil levantarse y correr, nadie saldría a perseguirlo, a armar jaleo. Se contuvo porque sabía que después iba a ser peor, le tomarían por marica, de cocora, como a Javier. Él, muy pronto, a las primeras, se fue con el cuento al director y, como no pudo acusar a nadie en particular, se fregó. Benedicto le dio una tunda de padre y señor nuestro y le hizo la advertencia de algo peor si se rajaba de nuevo ante las autoridades. Así estuvo, con la cruz a cuestas, hasta que lo cambiaron de colegio.
Ricardo dejó de mirar la puerta con ansiedad. El maestro se tardaba. Lo imaginó con la maestra del quinto, la interina. Desde que llegó no le perdía pisada. Tenía por costumbre obligarles a repasar las clases del día anterior mientras se iba tranquilamente a cortejar a las maestras, sobre todo a las nuevas, a las recién graduadas. Cuando le iba bien, regresaba como un alma de Dios y daba gusto verlo: cuentos, chistes, nada de lecciones. Si algo le salía mal, entonces venían los exámenes, la pagadera de los platos rotos.
-Miren al pajarito - dijo Benedicto. - Habrá que aleccionarlo, muchachos.
Las risas cesaron. Benedicto tenía la batuta, marcaba el compás.
- No te dejes, Ricardo - dijo a media voz Rafa, a su derecha.
¿Qué podía decir Rafa? No era el que iba a recibir los trancazos del negro. "No te dejes", le dijo, como si fuera soplar y hacer botellas. A la salida te saco el alma- insistió Benedicto.
-No me asustas - respondió. Era una bravuconada, pero el otro había decidido y era inútil pensar en algo mejor. Benedicto necesitaba hacer otra demostración, demostrar que era el más macho, el mejor. A Ricardo le había llegado el turno, como a Javier.
El maestro llegó al aula con el rostro sombrío y, enseguida, urgió por una hoja de papel para la prueba. Algo debió salirle mal con la maestra Florencia, de seguro. Escribió las preguntas en el tablero y ocupó el pupitre, pensativo. Ricardo se forzó por terminar de primero. Pensaba irse con permiso después de entregar la prueba, ganar un poco de tiempo. El maestro no lo autorizó porque no pudo dar buenas razones y, cuando regresaba frustrado a su banca, observó el puño cerrado de Benedicto apuntando hacia él.
El aspecto de Benedicto atemorizaba al más plantado. Su piel oscura, áspera, el pelo ensortijado, la nariz achatada y los labios gruesos incrustados en unas mandíbulas cuadradas eran signos de una evidente, desconocida rudeza. Además, Benedicto gesticulaba constantemente, a propósito. Al caminar, balanceaba el cuerpo y la cabeza, como un gato siempre al acecho. Un papel vino de atrás, de mano en mano, silenciosamente. El maestro no se percató de nada. Ricardo lo desenvolvió sobre la banca. Las letras estaban desfiguradas, intencionalmente:
Detrás del Roosvelt
Tu Padre |
La noticia de la pelea circuló de boca en boca después de la salida de clases. Acordaron reunirse detrás del Hotel Roosvelt, a un costado de la Avenida 4 de Julio, en unos terrenos baldíos cubiertos de maleza y desperdicios. El círculo abigarrado se formó debajo de unos arbustos, en torno a Benedicto, el primero en llegar. Ricardo llegó poco después, con Rafa, su solidario. Escrutó a Benedicto despacio tratando de encontrar una señal, la puerta conducente a un arreglo de otro tipo, sin puños. Descubrió, entonces, que el otro no lo excedía en estatura y peso. "Somos coteja" pensó. El Flaco serviría de árbitro y se interpuso entre los dos, con la mano estirada al frente.
-El que pega primero mienta madre - dijo.
Benedicto dejó caer la mano abierta sobre el dorso de la mano de Flaco, en señal de que mentaba madre, y se lanzó adelante. El puño cerrado rosó la oreja de Ricardo, enrojeciéndola. Se movió de izquierda a derecha, con la guardia en alto, en la punta de los pies, soltando zarpazos, barrejobos, sin alcanzar el blanco porque Ricardo se defendía bien, hacia atrás, con los brazos como escudos, sin atacar. Intentó abrazarlo y rodaron por el suelo, entre los desperdicios. Benedicto pudo, al fin, golpear con los nudillos sobre el rostro de Ricardo después de sentarse sobre su estómago e inmovilizarle los brazos, bajo las rodillas. Cuando Ricardo logró zafarse empujándolo con los pies, tenía un hilillo de sangre en la comisura de los labios. Apenas escuchaba los gritos de los demás, azuzándoles.
Benedicto no pudo acabarlo pronto a Ricardo. Resoplaba como un toro, la boca abierta, los gruesos labios colgando húmedos, también sangrantes. Ricardo se había convertido, a última hora, en un hueso difícil de roer. Sabía meter bien sus golpes, con astucia, sin arriesgarse mucho. Lo dejaba venir, lo esperaba. Ambos se agotaron pronto, seguían la lucha por puro orgullo en medio del círculo vociferante. Flaco intervino, separándolos.
- Ya está bueno. Declaramos un empate, ¿verdad muchachos?
Ricardo sintió una corriente de simpatía a su alrededor. Un empate era más de lo que podía esperar y le bastaba. Sentía dolor en todos los huesos y en la espalda, y reía por dentro. Benedicto cargaba con la derrota. El que lanzaba el reto debía ganar, estar por encima ampliamente, no dejar la menor duda. Tomó sus libros de manos de Rafa y avanzó rodeado de rostros y reconoció, entre ellos a algunos de los antiguos humillados, mirándole con ojos de aplauso.
Benedicto seguía atrás, con sus amigos.
*****
Rafa sintió la pelota de papel, rebotar sobre su nuca. Sabía de quien se trataba. No era Benedicto, por supuesto. No abusaba desde la pelea con Ricardo y, además, como mejoraba en las notas tenía un puesto mejor, casi adelante, entre los buenos. Rafa no cometería el error de volverse y protestar. Era el más pequeño del grupo, se quedó quieto, como si nada. Ricardo volvió a arrojar la pelotita desde atrás y las risas retozaron dentro del aula, alegres.
Pedro Rivera
Peccata minuta, 1969.
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