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Geisha
Alfredo Sinclair

PECCATA MINUTA

La Chana llegó tambaleante hasta el punto desde donde era imposible avanzar sin irse rodando al fondo, poco profundo pero pestilente. Logró al­canzar la otra orilla. No pudo, sin embargo, man­tener el equilibrio y dio de nalgas contra el suelo. La vecindad intuyó el móvil de una buena fiesta matutina y luego luego, sin que mediaran acuer­dos previos formó grupos compactos, manojos de risas y cuchicheos, en torno a la mujer que trataba cómicamente de volver a una posición vertical y, al mismo tiempo, de no rodar por la pequeña cuesta hasta las aguas negras y agusanadas. La vocin­glería adquirió la textura de una noche de fuegos artificiales. Mantecas quiso ayudar; extendió las manos al frente y como el gesto resultó demasia­do simple e ineficaz procedió en forma definitiva introduciendo ambos brazos entre las axilas de la mujer, levantándola.

La Chana abandonó la escena gritando. Los vecinos, un poco frustrados por el desenlace repentino de los acontecimientos, abundaron en detalles y, poco a poco, también desaparecieron; Mantecas, Chato y Culí (quien apareció de último y pedía detalles) cruzaron miradas significativas y aguardaron a que todos se fueran del lugar.

 -Por qué no la -  insinuó Mantecas un poco ex­citado después de haber entrado en contacto con la Chana y de haber respirado la mezcla de perfumes y sudor agrio de sus sobaqueras, y de haberla res­tregado por detrás en forma oportunista mientras estuvo ayudándola a levantarse del suelo.

-No hagas leña del árbol caído - sentenció Culí maliciosamente.
-Te conozco, araña. Lo que pasa es que quieres comé solo, ¡berraco! -dijo Chato.
-Vamo a vela por el lao de atrás – indicó Mantecas.

La Chana entró a su cuarto dando traspiés, mascullando entre dientes. No era su costumbre amanecer en la calle. Pero, ese día, sin tener nada especial, prefirió alargar la parranda con un negro que pelaba gallinas en el Mercado Público y que conoció en la calle de la misma manera en que conoció a todos sus amigos desde que se iniciara en el negocio de la prostitución clandestina. El negro se mostró generoso con ella y esa era una de las cosas que le llegaban al alma. En esos es­tados de sensibilería traicionaba sus principios y el arrepentimiento llegaba cuando todo estaba perdido. Recuerda la madrugada del velorio de  la hija de la Pico de Loro. Llegó del trabajo y se encontró con eso y no había ni para el café. Así que decidió entregarle a Pico de Loro el producto íntegro de su esfuerzo nocturno a pesar de que sabía muy bien de las habladurías que auspiciaba en el vecindario. Ese desprendimiento la hizo sentirse superior. En realidad, no era mucho: unos cinco dólares bien ganados que sirvieron para comprar unas tablas para el cajón. De esas cosas era capaz. La Pico de Loro no por eso dejó de chismear a sus espaldas, la muy. En esta ocasión, no se trataba de un difunto que Dios tenga en su Santa Gloria sino de un hombre, negro por añadidura. Había sido generoso y bueno como un perrito de esos que andan husmeando en los tinacos a la buena de Dios. No quiso engañarlo. No lo arrastró al hotel más cercano. Prefirió acompañarlo en la barra hasta la salida del sol, chupando como en los buenos tiempos de la guerra. Esa era sencilla y llanamente la explicación de la borrachera de esa mañana: el encuentro con un hombre legal.

Pasó el picaporte y se despojó como pudo de las ropas. Presentía el día padre que iba a pasar con tanto alcohol entre pecho y espalda, con jaqueca y con el calor húmedo apuntalando la penumbra del cuarto. Se dejó caer en bombachas sobre el viejo camastro sin molestarse en sacudir las sábanas averaguadas y curtidas como tierra seca.

Los tres amigos lograron escurrirse sin testigos por la parte de atrás de la barraca de vecindad, por el lado cubierto de malezas. Estuvieron rescabu­chando a la Chana desde diversos ángulos a través de grietas no disimuladas en las paredes de madera. La carne fofa, envejecida, maltratada por los años, el abuso y los bienes corporales que dispensó sin discriminaciones de ninguna naturaleza, se esti­raba sobre las sábanas mugrosas. El derrumbe de carnes y la falta de simetrías obligaban a pen­sar en la ausencia de días mejores; porque para llegar a esos estados de postración casi absolutos era y es menester un maltrato sin tregua desde el bendito día del santo nacimiento. La piel curtida, amarillenta, veteada; los senos flácidos apuntando en dirección de las axilas testimoniaban hambres, goces diabólicos, maternidades frustradas, vicios y enfermedades de todo tipo y categoría.

Trabajar en la rampa no era cosa fácil. Siempre se descoñaba una batida el día menos pensado. Aunque a veces se daban buenas épocas, sobre todo en tiempos de cosecha, y entonces se trabajaba a todo tren y se aprovechaba el auge y era cuestión de equiparse de algunas cosas para los días difíciles. Entonces era sensato adquirir alguna ropa interior, afeites más caros, colonias y perfumes fuera de lo corriente; y si la época resultaba no solo buena sino de película, se podía hacer el abono inicial para una nueva cama, un televisor y hasta se podía pagar una buena consulta médica y un chequeo de sangre por si las moscas. Esas épocas escaseaban para la Chana y sus clientes eran siempre los mismos: alco­hólicos, pescadores por alguna razón desconocida cubiertos de paño blanco y, de cuando en vez, un campesino recién incorporado a la urbe o algún estudiante de secundaria tratando de iniciarse y, en fin, todo el que estuviera dispuesto a desprenderse de una pequeña suma. La Chana no era mujer de despreciar a un cliente sólo porque careciera de la totalidad del monto de la tarifa. Era cuestión de ajustar precios. Por eso tenía mala fama hasta dentro del gremio.

Chato se introdujo por la ventana lateral. Esperó alguna reacción de la borracha y luego la despojó cuidadosamente de la bombacha. Los otros también entraron. Algunos objetos cayeron al suelo al saltar Culí. A pesar del ruido y del manoseo de las seis extremidades y la disputa por el primer turno, la Chana mantuvo la se­renidad del sueño y se dejaba hacer y deshacer como una estatua de mármol. Chato, a pesar de iniciar el asalto, ocupó el último turno y soportó estoicamente, como un verdadero hombre, las humedades pegajosas de sus predecesores porque no era cuestión de obligar a la bella durmiente a un lavado en toda regla.
-Los últimos siempre serán los primeros,  Chato- dijo Culí.

Mantecas marcó la retirada. Entreabrió la puerta ligeramente y, como no había nadie a la vista, salió seguido de los otros.

La Chana despegó los párpados, se limpió como pudo con la punta de las sábanas y trató de cambiar la posición del cuerpo ya entumecido y acalambrado.
Pensó entonces en el hombre que había sido bueno con ella, el negro pelador de gallinas capaz de pasar sus manos agrietadas sobre sus mejillas y decirle un piropo sano. Ella le pagó también con una buena moneda. Claro. No lo llevó al hotel para no enfermarle. No era justo después de todo.

Pedro Rivera
Peccata minuta, 1969.


   

 


                                  

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