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Las huellas de mis pasos

   


Ave María
Alfredo Sinclair

UN NIÑO COMO OTRO

Lo confieso, nunca llegó a gustarme esa peculiar manera de mirarme, de mirar las cosas desde arriba como restándole valor, posibilidad de existencia para algo. Ahora es distinto. Estoy en sus manos y siento los dedos duros, las yemas estrujando esta piel mía, esta epidermis plástica. En esta situación entiendo mejor la causa del miedo, del temor creciente, cuando apenas era objeto de su curiosidad y no - como ahora - piel tomada, poseída. Bien sé lo que hizo a los otros, a ellos. A veces resultaba difícil mirarlo desde abajo, percibir sus espaldas un poco detrás de los barrotes de la cuna, imaginar el sentido exacto de sus gestos interminablemente iguales, saber lo que hacía cuando la madre lo alejaba del seno o le cambiaba los trapitos húmedos y malolientes. Aunque, a veces, era posible enterarse sin mayor dificultad por lo que dejaba caer desde arriba al suelo, y luego trataba de alcanzar agitando las manos inútilmente y emitiendo alaridos hasta que Ella entraba. ¿Qué fuerza lo empuja hacia esos ratos homicidas? Nunca pude explicarme la razón que tuvo para arrancar las orejas al elefante de madera tan bien diseñado, tan perfecto. Y lo que hizo con el camello, también. Eran inocentes, nada podían contra Él, no podían enfrentársele y, ni siquiera, resistir, oponerse al acto de destrucción. José trataba de restaurar en el taller de carpintería  las viejas formas, ensamblar las piezas destruidas. Pero, su acto no estaba guiado por ningún afán de perfección y sólo pretendía salir del paso, prolongar un poco más la agonía.

Lo veía destruir todo lo que iba a sus manos y por ello deduje que tarde o temprano llegaría mi turno; indefectiblemente sucumbiría. Ese presentimiento cobraba mayor fuerza cuando sus ojos, de una singular belleza redonda, desgajaban una ternura pegajosa sobre cada una de mis arti­culaciones y ensambladuras. Ahora estoy en sus manos y lo primero que hace es exactamente lo que imaginé: separa mi brazo derecho de un tirón. Lo examina, prueba su resistencia, clava en mi materia los pequeños dientes apenas asomados en las encías y lo arroja lejos, contra la pared. Sostiene mi tronco bajo la planta de los pies y desgaja mi otra extremidad, y sigue.

Esta mañana despertó muy animoso. María lo bajó de la cuna, todo embarrado de pupú, lo dejó trastear en el suelo, gatear sobre la tierra roja, reseca. Antes de reptar hasta donde me encontraba descubrió dos hormigas gigantes, dos  arrieras. Las empujó una contra la otra, las obligó a trenzarse por las extremidades, a luchar entre sí, a muerte. Entonces, cuando empezaba a fastidiarse, me vio.

Observa mi extremidad desgajada con ojos anhelantes, bellos. La deposita a un lado, muy suavemente, como si después del tirón temiera infringirle un daño peor, más destructivo. Mis piernas siguen en turno, las arranca, las contempla un buen rato y luego las arroja lejos, sin preocuparse demasiado por la elíptica descrita y la minúscula polvareda que levantan cuando se estrellan contra el suelo. A José le será difícil unir mis partes, volver a juntar brazos y piernas al tronco si no tiene tacos finos, disimular los descascarillamientos de la pintura con un poco de saliva y lodo. Lo de las orejas del elefante apenas si pudo remediarlo con pegamento. El camello no tuvo compostura, era demasiado frágil, casi mortal. De todos modos, el pobre José intentará reconstruirlo en el taller. Es un hombre de buen corazón y agradecido; no puede mirar con indiferencia el aniquilamiento de una dádiva, de un regalo.

Separa, ya sin dificultad, mi cabeza y esboza una larga sonrisa satisfecha mientras indaga con un dedo en uno de los orificios del tronco humanoide. María empuja la puerta y entra; mira las manos del niño y comprende. Deposita la tinaja sobre la mesa rústica y lo toma en brazos, le besa.
-Dame, Jesús - le dice. - Papá José lo arreglará.

El niño suelta las piezas y rompe a llorar.

Pedro Rivera
Peccata minuta, 1969.


   

 


                                  

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