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Pez en pedestal
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GOBERNAR: CONTROL DEL ANIMAL INTERNO

No hay duda, los conflictos de territorialidad se expresan en cada centímetro de espacio ocupado por los seres vivos. "El quítate tú para ponerme yo" es mucho más cruel y devastador en el llamado mundo microscópico. Verdaderas guerras mundiales ocurren todos los días de Dios en los diversos micro mundos de la biosfera, por mar, aire y tierra. Los enfrentamientos micro­bianos encima y dentro de la piel de los animales superiores, por ejemplo, o los observables con potentes microscopios en las hojas de la brincamoza, en las alas de un murciélago, en el vientre de un mosquito, nada pueden envidiar a las guerras protagonizadas por el gene sapiens (hombres y mujeres de este Mundo) para preservar sus espacios territoriales.

Aleccionador resulta observar, tanto en empresas privadas como en oficinas públicas, ciertas conductas de la cotidianidad laboral: "serruchaje de piso", "cepillaje de jefes", "evasiones sutiles" y "simulaciones éticas", expresiones clásicas de au­toritarismo y contra autoritarismo derivados de ese impulso territorial, tan viejo como la vida misma.

No escapan los humanos, pues, a las leyes naturales: sólo las confirman. El impulso de vertebrados e invertebrados a lu­char por una hembra, de perros a mear las esquinas, de gallos a cantar en su gallinero, son de la misma ralea y lo comparten los seres humanos. ¡Ay de quien ocupe "su" silla, enamore a "su novia", escriba en "su" ordenadora de palabras, beba en "su" vaso, atraviese el auto en "su" [hijo de la gran...] camino, o arroje sombras sobre su iluminada humanidad. Así son de cretinos y normales los humanos.

Entre estos últimos, la actividad política es sin duda el escenario por excelencia y menos cruento de la lucha por el poder [expresión cimera de la territorialidad]. La movilización de conjuras, intrigas y proselitismos partidarios se sustenta en mecanismos reguladores [codificados culturalmente] de los im­pulsos agresivos tanto de individuos como de congregaciones, y evita en buena medida y por tiempos prolongados las ganas casi irresistibles de todo político de matar al adversario, o por lo menos de darle con una silla en la cabeza.

La institucionalidad sujeta a la bestia. Los órganos de go­bierno crean los entarimados de enfrentamiento parlamentario con el objeto de canalizar la agresividad y neutralizar el músculo aferrado al cuchillo vengador oculto debajo de la mesa. No obs­tante, la violencia siempre se abre paso y los adversarios llevan una cuota de sangre al río. Los conflictos bélicos trasladan la responsabilidad a las entelequias étnicas, económicas y territo­riales y sirven de subterfugio a la bestia individual. Helena y París enmascaran los motivos reales de la Guerra de Troya. La falta de equidad sirve de coartada al terrorista. "La lucha del bien contra el mal" justifica el terrorismo de Estado.

En teoría, quien conozca la raíz de sus impulsos puede controlarlos. En el caso de Panamá, siempre será aconsejable llamar la atención a los bandos en pugna, no para despojarlos de impulsos ancestrales [lo cual sería humanamente imposible] sino para llegar a consensos encaminados a crear un Estado Nacional libre de tutelajes extranjeros, seguro de sí mismo y sin paternalismos (o maternalismos) crónicos. Es lo menos que pue­den hacer los políticos después del 31 de diciembre de 1999.

Pedro Rivera
El Zoon politikon, 2005



   

 


                                  

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