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OXU
Alfredo Sinclair
LOS MITOS DE LA CAVERNA
1
La realidad virtual
Platón, al corroborar al viejo Sócrates, elaboró una metáfora sobre el conocimiento insistentemente arrojada al tacho de la basura: se vive en una oscura caverna y todo cuanto se revela a los ojos es simple realidad aparente [hoy le llaman percepción]. La luz capaz de proyectar sombras sobre la pared no puede ser contemplada porque enceguece a quienes vuelven el rostro para contemplarla. Platón, en realidad, se anticipó al cine [debería reconocérsele como el primer cineasta de la historia humana]. Si tan singular personaje viviera hoy, percibiría a las imágenes en movimiento proyectadas sobre la pantalla, o las emitidas desde un transmisor a través del éter hasta la televisión de cada hogar muy parecidas a la realidad; pero por lo general se trata de una ilusión, o de soberanos cargamentos de disparates, embrollos y falsificaciones.
No sería nada difícil a cualquier politólogo de tercera categoría reconocer el grado de perfección alcanzado por las tecnologías de manipulación para crear sombras cavernarias (las descritas por Platón); y de esta manera sesgar la verdad tantas veces como una fuente de poder lo determine. Un televisor funciona como una caverna de Platón personalizada, instalada en cada casa, cuyo objetivo es engolosinar de apariencias y conjeturas al televidente, reducir al mínimo la capacidad de reflexión individual y colectiva, controlar el pensamiento ciudadano y globalizar el espíritu de horda.
Nada obliga a poner en tela de duda cualquier decir sobre los personajes defenestrados en cada coyuntura política. Tampoco es posible presumir inocencias o culpabilidades respecto a crímenes imputados entre adversarios entretenidos en la lucha por el poder. Tengo amigos capaces de aceptar con gusto, jurar y perjurar ante las divinidades de su preferencia, o de moda, que todo lo dicho por las agencias informativas de los países y de los personajes caídos en desgracia es absolutamente cierto. No se perciben a sí mismos como comecuentos, ni como papagayos, ni como simples cajas de resonancia creadas por las agencias internacionales de prensa porque, por lo general, son inducidos a verse a sí mismos como espectadores de primera fila, epicentro de los acontecimientos, testigos omniscientes. En ese caso, ¡el diablo los cague!
Sin embargo, no deja de preocupar desde un punto de vista científico el poder avasallador de los mecanismos de manipulación maniquea, de los cuales nadie al parecer es inmune; ni de las reacciones desencadenadas por su causa. Los comportamientos de horda en relación con las fuentes de poder hegemónico es mucho más interesante desde el punto de vista del conocimiento que la culpabilidad comprobable de sujetos coyunturalmente satanizados, llámense, ayer u hoy Allende o Noriega, Fujimori, Hussein, Slovoda, Arafat, Fidel, Chávez; mañana quién sabe.
La silogística formal de la información cotidiana generalmente se remite a hechos superficiales, al reporte de las fuentes involucradas en los conflictos cotidianos, a los registros epidérmicos de las cámaras de televisión; pero por lo general no escarba los fundamentos estructurales y funcionales del poder mismo, ni su raíz ontológica-biosocial-ancestral, ni la gama de intereses individuales, sectarios, nacionales e internacionales convergentes en cada coyuntura, ni los sustratos históricos culturales que le sirven de soporte y referencia.
Al pasar por alto estos fundamentos no se hace sino manejar apariencias y mentir, mentir, mentir: mentir con la dignidad de un cruzado por la verdad, comportarse como niños jugando a "la lleva" con máquinas de escribir, micrófono y cámaras, identificarse con una u otra causa (generalmente con la fuente de poder) y ayudar al empedramiento de los caminos del infierno de retórica, víctimas y buenas intenciones.
¿Difícil de entender? Reconozcámoslo. No hay otra manera de abordar en pocas líneas un tema de tan compleja obviedad. Tal vez el ejemplo de Chile sirva de ilustración. Bastaría con recordar cómo las agencias internacionales articularon la conjura contra el gobierno de Salvador Allende. La campaña anticomunista, la desestabilización interna y el bloqueo económico internacional, manejados al unísono, crearon las condiciones objetivas y subjetivas para el golpe de Estado. El hambre real, provocado desde dentro y desde fuera de Chile, y la campaña encaminada a culpar al presidente socialista, aunque sea difícil de entender, dio resultado. Salvador Allende, por obra y gracia del espíritu de horda inducido, se transformó en el culpable de las desgracias provocadas en su país por los poderes hegemónicos.
De paso por Santiago unos meses antes del golpe, muchos chilenos, incluso algunos conocidos por su filiación revolucionaria, culpaban a Allende de lo que ocurría. Lo culpaban hasta de la falta de cigarrillos. En cambio, Pinochet asesinó a millares de chilenos y mientras lo hacía, gracias a la información manipulada desde los centros de poder, gobernaba con la simpatía de medio mundo.
La propaganda imperial da un rostro angelical al asesino mientras bien le sirve. Es así como se maneja este negocio del poder en las democracias capitalistas subordinadas a los poderes hegemónicos. Hoy en la cúspide de la gloria, mañana como bagazo inútil al estercolero. Y el coro de la horda, ahí.
2
Estética del hambre
Hubo un tiempo en el cual los cineastas europeos hurgaban con sus cámaras la pobreza y el desamparo de América Latina. En esta búsqueda de imágenes cinematográficas no había mala fe sino solidaridad, militancia orgánica y, sobre todo, afán de crear una conciencia revolucionaria cuyo propósito, como todos saben, era y sigue siendo impulsar el cambio de las estructuras sociales. Se creó, así, una corriente calificada por algunos como "estética de la miseria". Según sus detractores más conspicuos, la manipulación de la miseria, militante y solidaria, encubría una agenda en el fondo perversa. Las películas realizadas por estos europeos, así como latinoamericanos afiliados a este patrón, una vez pasada la euforia, fueron rechazadas cordialmente por "miserabilistas", esto es, por aprovechar el impacto visual de la miseria del Tercer Mundo para ganar premios en los festivales internacionales.
Sin embargo, el escenario mundial se transformó de la noche a la mañana. La documentación audiovisual de la pobreza no tiene, hoy, los mismos propósitos. La pobreza es la misma, en algunos casos peor. Sus linderos han cruzado las fronteras de los antiguos países socialistas. Los cineastas revolucionarios prácticamente se quedaron sin proyecto y las hegemonías dominantes han terminado de apropiarse del tema de la pobreza. Son, ahora, los dueños y señores de la estética de la miseria y del miserabilismo audiovisual.
Ya los cineastas comprometidos de los países pobres no se regodean filmando sus propias desventuras y excrecencias. Son ahora las grandes corporaciones transnacionales vinculadas a los medios de comunicación, y particularmente a la televisión, las encargadas de manipular desgracias ajenas y propias con propósitos: comerciales, maniqueístas, descalificadores y desmovilizadores. Han transformado los iconos de la pobreza en un recurso rentable. A través de expedientes biográficos e imágenes tortuosas sacan a flote los sentimientos de culpa individuales y colectivos de las víctimas [televidentes] a través de la dramaturgia audiovisual. Y para ello utilizan todos las técnicas disponibles: puestas en escena, reconstrucción documental, manipulación de planos, trucajes, contrapuntos, etc.
En otras palabras, crean culpas y culpabilidades. Los dirigentes políticos refractarios a los poderes hegemónicos mundiales terminan por ser culpados de las desgracias de sus pueblos. Fidel, Arafat, Chávez, Hussein... son los objetivos. La lista es interminable. Matan a cinco pájaros de un tiro: obtienen dinero, credibilidad mundial, "rating", subordinación psicológica de las víctimas y desmovilización social.
Las imágenes de algunas regiones de África, Asia y América, manejadas en el ámbito de las apariencias, sin ánimos de provocar sentimientos de solidaridad sino de lástima, rabia, auto desprecio y subordinación, no sólo encubren las causas reales del hambre: también desmoralizan y rebajan la autoestima de las víctimas asentadas en el llamado Tercer Mundo y reverdecen la vieja estrategia encaminada a descalificar las identidades nacionales.
El discurso superficial de las imágenes, con propósitos puramente descalificadores o mendicantes, afianza las relaciones paterno-clientelistas, apologetiza la pedigüeñería orgánica y el espíritu de servidumbre contestatario (ni protagónico, ni propositivo) de las comunidades.
Las hegemonías locales copian el esquema -una de las consecuencias de la llamada "globalización" - con el objeto de anular el impulso de participación responsable de los individuos en la solución de los problemas de sus propias sociedades. Los medios locales, al manipular ostentosamente las imágenes de una cotidianidad arraigada desde hace varios siglos, escamotean la verdad profunda. Esta película podría tener un nombre: "La complicidad de los inocentes".
3
Pobreza según la televisión
Día. Exterior. Interior. Planos generales.
La cámara enfoca las paredes descuadradas (madera, cartón y zinc) de una casa bruja. La gallina cloquea seguida de tres polluelos desarrapados. El perro obstinadamente se rastrilla la sarna del lomo con los colmillos. La señora sostiene en brazos al niño recién nacido mientras dos o tres, ya mayorcitos, con las caras mugrientas, se agarran de sus faldas con evidente temor a las cámaras.
El locutor fuera de escena describe el panorama con voz cálida y pausada.
- La tragedia de esta familia que ha venido del interior en busca de mejores días nos conmueve a todos. Esta señora es padre y madre. Su marido la abandonó al dar luz a su último hijo, etc., etc.
Primer plano. Mismo día, mismo sitio.
Locutor de espaldas a la cámara. Rostro de mujer. Niño en sus brazos trata de llevarse el micrófono a la boca. Tomas de relleno: fogón apagado, trapos colgados al sol, nuevamente el perro con rasquiña, charcos de agua, etc.
- Señora, cuénteme, ¿cuál es su situación?
- Aquí, mire pues, sin comer. Las cosas están muy malas. Nadie nos ayuda. El gobierno no hace nada por nosotros.
- Señora, y ese charco frente a su casa, ¿por qué está lleno de basura?
- Sí, pues, así es que nos tratan a nosotros los pobres. Nadie viene a limpiar la zanja esa. Los mosquitos nos comen todo el día. En eso es que debería estar el gobierno y no andar paseando y gastándose la plata en aviones. ¿A nosotros que nos toca, ah? Lo que quisiera es que el gobierno me dé una ayudita, pues.
No dudamos de las buenas intenciones del equipo periodístico y del esfuerzo destinado a sensibilizar a la comunidad. Sin embargo, el discurso reiterativo, descriptivo, tiene un único propósito: inculpar y descalificar a los funcionarios de turno. Desgajado de una propuesta de cambio, el discurso dramático -brillante si esa fuera la intención - no sirve para otra cosa que afianzar el modelo social vigente.
La lástima y la limosna [manipulados hasta de buena fe] son ingredientes ideológicos manejados por el sistema para preservar el estatus quo.
Los comunicadores sociales todavía no perciben a la pobreza como un problema estructural, secuela de la compleja red relaciones económico-socio-culturales. O, para decirlo más directamente, del antiquísimo pacto suscrito entre las hegemonías y las clases subordinadas, sustentado en una ideología [sistema de códigos] capaz de inhabilitar a los subordinados de toda iniciativa protagónica con respecto a su propia vida.
4
La televisión y los "gufis"
La coexistencia de inteligencia y locura en un mismo individuo hace difícil, muchas veces, establecer distinciones. E genio loco no es una figura literaria: es real y de este mundo. Hitler, por ejemplo. Un loco inteligente es capaz de eludir el mejor ojo clínico. A la larga, y sólo a la larga, se los reconoce por los daños provocados.
Algunos personajes vinculados a nuestra cotidianidad están tan locos como las cabras en los peladeros y todavía nadie, al parecer, se da por enterado. Hablan por la radio. Se los entrevista en los noticiarios de la televisión. Se eligen a cargos públicos. Enseñan economía en la Universidad de Panamá. Meten cují que da miedo.
El tema me resulta atractivo porque antes era muy fácil reconocerlos. En mi época institutora tuve la oportunidad de dialogar con el "dios Rivas", un tipo bien plantado, coherente, visitado diariamente por Jesucristo. En aquellos tiempos, creo, nadie era inducido a creer en cuentos y apariciones tan masivamente y con tanta facilidad como ocurre hoy. Ni la prensa escrita ni la radio tenían, como ahora la televisión, tanto poder como para magnificar la imagen de un rostro divino sedimentado por la humedad y el musgo en una pared de cemento.
Por allí, por Santa Ana, el Coca cola y La Catedral, también deambulaba cualquier cantidad de personajes apasionados por el tema de la política. Decían sus cosas, puteaban a Raymundo y todo el mundo. Encaramados en una banca del parque decían a los cuatro vientos sus verdades, y la gente de entonces ni les daba pelota. Es más, asociados a la picaresca urbana caribeña, estos personajes enriquecían con un toque de buen humor el debate nacional. No molestaban a nadie y nadie se molestaba por eso. La estructura exhibicionista y verborreica, rasgos comunes a estos encantadores de serpientes, jamás trascendía al pequeño círculo de intelectuales urbanos y, por tanto, estaba muy lejos de articularse maliciosamente con los extensos grupos sociales, sobre todo de la marginalidad, susceptibles a la conocida manipulación emocional.
Con el advenimiento de la televisión las cosas han cambiado. Ahora, desajustados emocionales y exhibicionistas de toda condición y laya, desviados morales, algunos lúcidos e inteligentes, cuentan con espacios estelares. Reconocidos por los panameños como "gufis" y "ñames" cuando, a la larga se los detecta, tienen el discurso más permeable a los espacios esquizofrénicos abiertos por los medios audiovisuales con el doble propósito de provocar crisis y elevar el "rating". Antes se agradecía la existencia de estos personajes. Ahora, estupefactos, vemos como a esas criaturas de Dios, con trastornos de la personalidad, psicópatas, ególatras, narcisistas y predadores, se los encumbra y manipula sin medir los daños provocados irremediablemente [e irreversibles] a la sociedad.
5
Placer de informar
Nadie tan gozoso como el comentarista de televisión cuando acorrala a los personajes más conspicuos de nuestra sociedad en el segmento "entrevista" de los noticiarios. Y si es un talentoso jodedor de paciencia, con mucha más razón. La risita en do sostenido frente a cámara, [no disimula el gozo íntimo mientras hostiga al entrevistado con golpes bajos y zancadillas] se trueca en carcajada después, fuera de cámara, en la tertulia postnoticiario cuando colegas y amigos hacen la apología de su inteligencia e ingenio:
- Descuartizaste al man.
-¿Viste la cara que puso el huevón...?
- ¡Bien hecho, friend!
- ¡Cool!
- ¡Jugaste bolsita con él, vaya la peste!
Ningún salario del mundo paga la emoción embriagadora del comunicador de marras. Sacar de casillas al interlocutor y trapear el piso con su imagen [frente a millares de televidentes y radioescuchas] provoca, imagino, una sensación orgásmica inevitable si se la considera, como debe hacerse científicamente, dentro del orden biosocial: una forma de poder instalada por encima del poder mismo, sólo comparable [en sus tiempos] con los de pitonisas, nigromantes y oráculos.
Estos encantadores de serpientes, independientemente de sus divertidas y estimulantes travesuras, y sin importar las razones esgrimidas [y aun cuando sea cierta la idea de que toda figura con rango y jerarquía vale pupú] posiblemente contribuyan junto a otros grupos organizados de la prensa, hasta sin saberlo, a deteriorar las bases sustentadoras del Estado nacional.
El periodismo, además de oficio placentero, entraña responsabilidades mayores: enreda o aclara entuertos, informa, tergiversa, manipula, crea opinión pública, difunde ideologías y provoca crisis. Es un instrumento con suficiente poder como para estimular ancestrales impulsos territoriales según modelos obvios de confrontación o de concertación solidaria, de acuerdo con la gama de intereses creados y la dinámica social. Lo recomendable es no olvidarlo.
Los periodistas, sobre todo los más jóvenes, deben rechazar el diseño predador de la Era a punto de culminar y hacer todo lo necesario para transformarse en agentes de cambio. Dejar de ser manipuladores manipulados, gozadores de la vida y navegantes al pairo: clavados en el centro de los acontecimientos sin brújula moral. Seguir siendo, eso sí, inconformes, pero renovadores. Críticos, pero también creadores de alternativas. Su negocio debe ser la verdad, no el odio. Vender esperanzas, no desasosiego. A la larga, y en los años por venir, es mucho más constructiva la armonía crítica que el caos predador. Y es así como se construye un país.
6
Efectos especiales
Durante una de aquellas noches previas a la invasión me encontraba con unos amigos en un viejo chalet ubicado al final de la Calle 50. Escuchamos voces y cuidadosamente tratamos de observar el exterior a través de la "mayamiwindo . Un gringo, en bermudas, repartía algunos dólares entre más o menos 30 muchachos de origen humilde, posiblemente marginales, mientras otro aguardaba con una cámara de televisión al hombro . Cuando el gringo hizo una señal y gritó "go" el camarógrafo y los muchachos entraron en acción. Con gestos rabiosos, sin ver a la cámara, muy profesionalmente, los muchachos arrojaron unas "llantas" a la avenida, procedieron a rociarlas con gasolina y arrojarles fósforos encendidos. Ardió Roma. Las llamas y el humo negro se elevaron como alaridos silenciosos al cielo.
En medio de la noche, una escena como esa [primeros medios planos, rostros iluminados por el fuego, texto dramatizado y música de fondo] servía a los periodistas extranjeros para dar cuenta de una insurrección popular organizada en Panamá contra un gobierno de cuyo nombre no quiero acordarme. La clásica puesta en escena.
Cualquier persona bien informada conoce este truco de la dramaturgia cinematográfica. La cámara, al encuadrar escenas como la descrita, y al magnificarlas en un espacio no mayor de 20 pulgadas, provoca en los espectadores reacciones emotivas incontrolables. La psique, gracias a la lente ubicada en la intimidad profunda del espectáculo, al hurgar las zonas microscópicas del asunto bajo exploración, provoca reacciones neuronales capaces de inhibir razonamientos objetivos. Una herida de la que mana sangre, un cadáver con la boca abierta y cubierto de moscas conmueve al más pintado.
El montaje cinematográfico, con ayuda del texto, crea nuevos contextos y significantes muy distintos a la realidad. La lágrima, al resbalar por las mejillas de un niño, registrada en gran zoom in, o gran primer plano, conmociona tanto como contemplar el desmoronamiento de un rascacielos. No será, entonces, una lágrima infantil lo percibido sino injusticias ancestrales, asesinatos en masa, países en llamas: estado anímico adecuado para una manipulación exitosa. A estas alturas no será nada difícil inducir al individuo-espectador a reconocer como cierto cualquier discurso audiovisual y aceptar como culpable al acusado.
Nada mejor que los hospitales para montajes de ese tipo. Basta con buscar el área utilizada por los trabajadores manuales para colgar trapeadores, y se le agrega una bacinilla astillada, un par de chancletas viejas, dos gasas sanguinolentas, una jeringuilla desechable, un murciélago muerto, mucho moho, una pared descascarillada y se tendrá lo necesario para crear un espectáculo dantesco. La filmación de tres cáscaras de guineo, un tinaco roto, el pavimento ennegrecido y húmedo, y tres cucarachas en un espacio de un metro cuadrado dará la impresión de suciedad integral y absoluta; el mismo efecto produciría la esquina de un colchón recién meado sobre una cama coja y desaliñada. Es y no es la realidad al mismo tiempo. Pero funciona, de acuerdo con el fin buscado, para bien o para mal.
7
Terrorismo digitalizado
Difícil no cultivar sentimientos de impotencia y frustración al percibir la manera cómo algunos tele informadores aprovechan la ignorancia de la gente -concomitante con la suya propia- para inducir comportamientos colectivos insanos y perversos.
Bien porque se trate de una regla del sistema capitalista [predador en sus versiones extremas] o por razones puramente biogenéticas [uno nunca sabe] la tendencia de los llamados comunicadores sociales es manejar la información con el ánimo de provocar enfrentamientos y protagonismos. Difícilmente abordan temas de interés nacional sin ánimos de chotear, manipular, crear crisis, desavenencias y confrontaciones innecesarias. En el afán de sacar ventajas transitorias de audiencia, por pura politiquería, o simplemente por jodedera, no miden las consecuencias de cada "campaña inocente" montada al desgaire, ni toman conciencia del tamaño de la catástrofe sociaI provocada cuando colocan petardos emocionales en el corazón de la comunidad.
Abusando de la manía de arrastrar a la opinión pública a callejones sin salida, muchas veces hacen más daño del calculado. Eso sucede, por ejemplo, cuando acercan el micrófono a los labios de gente ignorante del tema del cual se les habla con el objeto de convertir a la opinión ingenua y bárbara en un poder protagónico. No sólo irrespetan a estas personas. También convierten cada respuesta ignara en un acto lúcido, crean Ia ilusión de objetividad informativa y, en consecuencia, masifican la ignorancia. Como resultado, algunas veces paralizan Ia gestión de cambio y desarrollo humano. Típica acción primitiva y predadora de quienes copian el formato noticioso de algunos países del Primer Mundo sin percatarse de los deberes pertinentes al periodismo del Tercer Mundo.
Nuestro país se incorpora al mundo postmoderno con años de atraso, con arrastres culturales correspondientes en algunas áreas de su desarrollo similares a países de cuarto y quinto mundo [sobre todo en las relacionadas con el intelecto]. Los canales de televisión - sustitutos tecnológicos por antonomasia para enfrentar estos déficit - se empeñan en acentuarlos. Tal pareciera su misión: contribuir a embrutecer a los televidentes.
El primer deber de un comunicador social cuando se presenta un tema de interés nacional es investigarlo a fondo y suministrar a la opinión pública una información veraz, respetable y enriquecida. ¿Qué le cuesta a un tele periodista informarse mejor antes de poner en marcha los mecanismos de irracionalidad colectiva y soltar los perros del terror incubada por la ignorancia?
El comunicador social en los países del Tercer Mundo debería jugar en todo momento un rol de agente de cambio, aprovechar uno de los instrumentos más sofisticados para hacer docencia e inducir conductas individuales y colectivas positivas, creadoras y responsables. Pero, al parecer, no se percata de la existencia de un terrorismo audiovisual capaz de provocar más víctimas que un huracán porque daña en forma irreparable a la mente humana.
Pedro Rivera
Códigos de la caverna, 2005
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