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EL RETORNO A LA UTOPÍA

Los poderes locales, conformados por los sectores privilegiados de los países invadidos, no tendrán mayores dificultades en rearmar sus modelos de existencia. Es muy probable asociar sus negocios con los ocupantes e iniciar lo que en la jerga post invasión se conoce como "la reconstrucción nacional". Muchos políticos, adversarios y aliados de los regímenes defenestrados, por mediación del poder ocupan­te, se reconciliarán. "El país requiere el concurso y la buena voluntad de todos los patriotas", dirá más de un orador en las plazas públicas. El: "sálvese quien pueda" será la agen­da nacional. Los mea culpa estarán a la orden del día. Los soldados dirán: "recibía órdenes". Los civiles: "me obliga­ban". Los aliados: "no sabía que eso estaba ocurriendo".

La caída más atroz es la sufrida por los utópicos. El sistema axiológico, fundamento de sus propuestas sociales, tardará un poco más en reconstruirse.

El curso de la violencia, con posterioridad al desembar­co de tropas y ocupación territorial, estará siempre determi­nado por la compleja red de ingredientes biopsicosociocul­turales de la identidad agraviada. La respuesta a mediano y largo plazo de los diversos grupos asentados en un territo­rio [país-nación-estado] dependerá de la capacidad de los invasores para satisfacer apetitos primarios, pero también de las convicciones de las elites. Una identidad arraigada tarde o temprano intentará reivindicar sus derechos patrimoniales.

En conclusión, la humanidad humanista, cuya existencia es definida por el afán de imaginar y construir la utopía, todavía es arrastrada inexorablemente por las leyes de la  naturaleza. El humanismo concebido como la adopción de conductas culturalmente construidas sigue siendo una alternativa del desarrollo sostenible, un proceso cuyo clímax se emparienta con la ciencia ficción y su meta no se vislum­bra a mediano plazo.

La imagen del pez más chico en calidad de merienda del más grande todavía valida la convivencia humana. El hombrelobo sigue siendo la realidad. La condición de mamífero no se pierde con el desarrollo del neocórtex y la facultad de razonar, desentrañar misterios y construir sistemas. Es más, las ciencias y las tecnologías -hijas de la racionalidad - todavía tienen como prioridad magnificar la función de los sentidos y la fuerza muscular en función de los conflictos territoriales. De alguna manera una ecuación científica tie­ne tanto rango como la piedra tallada por los primeros humanoides cuando el objetivo, en ambos casos, es dañar al adversario. La rueda y el fuego anteceden a la teoría de la relatividad y, en los tres casos, su uso se vincula al exterminio humano. Entre el conocimiento, adjudicado a los hombres, y el reflejo condicionado, a los animales, la distancia es mucho menor de lo que se cree. El saber y la supervivencia tienen, pues, un tronco común. Es nece­dad olvidarlo.
Las invasiones, en tanto inexorables insumos de la geopo­lítica, se ciñen a manuales perfectibles; y los guerreros, con­ductistasen la Era del conocimiento [afirmación reiterada] planifican sus acciones con muchos años de anticipación. Las alineaciones de los gobernantes de la periferia y las muchedumbres, y hasta los sensatos análisis de coyuntura esbozados por los cientistas envueltos en los pugilatos terri­toriales, no hacen sino revelar cuan lejos se hallan los hom­bres y las mujeres de alcanzar la utopía humana y cuan dispuestos [o condicionados] están a perpetuar el reinado de las bestias en el planeta.

El mundo conocido funciona así y no cambiará, al pare­cer, en el futuro inmediato. Por eso la estupidez humana es infinita y el hombre el animal perfecto. Y lo es porque - dicho en forma directa - subordina la racionalidad, su ras­go más singular, a los impulsos primarios instintivos-emoti­vos. El mismo hecho de no reconocer su bestialidad innata, de negarse a aceptarla, o de enmascarar los actos y compli­cidades más execrables con leguleyadas, excusas morales o divinas, y en casos extremos con invocaciones mesiánicas, no morigera semejante origen sino, por el contrario, lo en­mascara y exacerba.

¡Pero, ojo, esta visión, lejos de lo que algunos puedan suponer, no tiene nada de fatalista! Ni de pesimista. Ni de derrotista. Pues, necesario es reconocer que lo humano no permanecerá atrapado entre los intrincados vericuetos atá­vicos-ancestrales. Tal vez la agresividad consubstancial evo­lucione como un ingrediente en la construcción de entornos de convivencia pacíficos. ¿Sería un contrasentido hablar de agresividad positiva?

Por lo pronto, la utopía, mientras no desaparezca como propuesta -y no desaparecerá- será una de las bifurca­ciones de las muchas a configurarse en el interior de las lla­madas crisis o estructuras disipativas garantes, sin duda, de la evolución. La creación de entornos pacíficos, afectivos y solidarios sustentables sigue siendo la única opción humana, aun cuando la especie jamás deje de poseer atri­butos agresivos. A pesar de su naturaleza violenta esencial, el hombre es la utopía y su construcción, sin desmayo y sin pesimismo, realmente justifica la vida. Y mientras la cons­trucción de otro mundo sea una posibilidad y una tentación vale la pena vivirla.

Pedro Rivera
Condición humana y guerra infinita, 2005



   

 


                                  

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