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LA LANZA Y EL TALÓN DE AQUILES

Alguien que anda por ahí, para decirlo como lo hubiera dicho Cortázar, dijo que "los panameños hasta para pelear entre ellos tendrían que ponerse de acuerdo". Y agregó: cada vez que dos panameños pelean, el otro gana".  Una revisión de la historia de Panamá revelaría el alcance de estas dos frases que, de lite­rario, no tienen nada y sí mucho de realidad. La nación pana­meña, mediatizada siempre por intereses ajenos a los suyos, no ha podido perfeccionarse. Su status de colonia y semicolonia pende sobre su cabeza como la maldición gitana. Esta ver­dad, que debería ser el abc de los panameños, al parecer no cuenta para nada en las plataformas y programas de partidos acaudillados, las más de las veces, por empresarios que no sa­ben a ciencia cierta en dónde empieza su negocio y dónde ter­mina la política. Tal vez por eso se enfrascan en disputas mez­quinas por las prebendas transitorias del poder y pierden la hermosa oportunidad de abrazar las grandes causas. Si se si­gue por ese camino, algunos privilegiados podrán contar di­neros, pero ningún panameño podrá cantar victoria. Algunos tendrán dinero, pero no tendrán nación.

Los panameños están atrapados, metidos en un callejón sin salida, peleando los unos con los otros, enfrascados en incul­paciones mutuas, acusándose en los tribunales de justicia, afe­rrados a pequeños espacios de poder e intentando aplastarse los unos a los otros, incluyendo a los del mismo bando, sin que el observador prevenido pueda precisar las razones. ¿Lucha ideológica? ¿Justicia? ¿Venganza? ¿Complicidad con la causa de la colonia? No es posible una respuesta categórica.

Dos frases son de uso corriente en el Panamá de hoy: "Des­pués de 21 años de dictadura" y "estamos aprendiendo a vivir en democracia". Eso, al parecer, lo justifica todo. La primera se esgrime para culpar al régimen anterior de la crisis econó­mica, de la secuela del bloqueo económico impuesto a Panamá desde 1987, cuyas consecuencias todavía se sienten, y de la in­vasión del 20 de diciembre de 1989. La segunda se manipula para justificar la anarquía y los enfrentamientos que se dan entre los miembros de la alianza que gobierna el país: Alianza Democrática de Oposición integrada por los partidos Demó­crata Cristiano, Arnulfista, MOLIRENA y Liberal Auténtico.

Las explicaciones son irrelevantes. Lo evidente es que todo se reduce, en estos momentos, a eso: a una sorda disputa por el poder. Sin causas, sin proyectos consolidados, en un país in­tervenido, es casi imposible que ocurra otra cosa que no sea una pelea de vecinos. La privatización, que sería la única cau­sa visible que proclaman todos a una, se descalifica como cau­sa porque lleva impresa el estigma de su propio significado: el reparto de la riqueza y el ajuste a la política económica globa­lista de Estados Unidos para controlar los mercados.

Los sectores involucrados en esta disputa por el poder pa­recen ignorar que Panamá posee un enorme potencial de desa­rrollo. Su privilegiada posición geográfica, que historiadores y economistas han calificado como su principal recurso econó­mico, ha sido su punta de lanza y su talón de Aquiles. A pesar de que Panamá no tuvo la oportunidad de usar esa lanza y desde muy temprano le dieron en el mismísimo talón, sigue siendo, sin embargo y dígase lo que se diga, la ruta del comer­cio mundial. Es un camino expedito que comunica los cinco continentes. Varias generaciones de panameños han visto cómo otros Estados, aprovechando ese recurso, desarrollaron sus economías. Han visto cómo el control de la ruta (primero con el ferrocarril transístmico y luego con el canal) contribuyó a elevar al rango de primera potencia a Estados Unidos. Economistas panameños, con cifras al canto, han demostrado el pa­pel fundamentalísimo que jugó Panamá, en términos de aho­rros, negocios, expansionismo y otros beneficios para que Es­tados Unidos alcanzara su actual desarrollo. El Canal de Pa­namá dio a ese país el control del comercio mundial y amplió sus perspectivas hegemónicas durante los conflictos bélicos. Panamá, sin embargo, jamás ha podido explotar ese recurso a plenitud y para su propio beneficio.

Y es hora de que lo haga.

Pero, para eso los políticos tienen que crecer. Los enanos pueden dirigir partidos, pero no forjar naciones. Se necesitan hombres de Estado para cimentar la independencia. No se puede emprender la reconquista de un recurso tan importante para un país con mezquindades, negándoles, más que su derecho, su deber de participar. O se involucra a toda la nación o se pierde la nación. Mientras persista el clima de persecución y los unos se pongan en contra de los otros, por cuestiones crematísticas o por egoísmos, será imposible crear las condi­ciones para asumir las responsabilidades que la actual coyun­tura histórica demanda de los panameños. Mientras no haya reconciliación militante, lo que involucra un acuerdo sobre cues­tiones específicas relacionadas con el rescate de sus recursos, la nación será objeto de manipulación colonialista y negociará su futuro con el talón de Aquiles y no con la punta de la lanza.

16 de marzo de 1991.

Pedro Rivera
El largo día después de la invasión, 2000

   

 


                                  

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