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Adios Chorrillo
Alfredo Sinclair
LA INVASIÓN DE 1989 ¿PUDO EVITARSE?
Vamos a perpetuarnos, a juntar
brazos, piernas y vientres y tristezas
ahora que el tiempo nos alcanza y sobra
porque después será nunca mañana
cuando lleguen aviones, carabinas,
el rostro de las cárceles, las llamas
de la desolación y los naufragios
y no puedan mis manos como ahora
tropezar con tu nombre en las estrellas.
Quiero que cuando eso haya ocurrido
un poco de nosotros quede a salvo.
Pedro Rivera/ 1958
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
A fines del siglo XV, después de la caída de Constantinopla, fecha que se toma como referencia (sólo como referencia) para señalar el fin de la Edad Media, las potencias europeas se vieron en la penosa necesidad de buscar una ruta alterna que garantizara su expansión, prevista e inevitable, hacia los territorios del "lejano" Oriente. España y Portugal, potencias marítimas hegemónicas de aquellos tiempos, tomaron la iniciativa y llenaron de navíos, arcabuces y crucifijos los mares del planeta. La Iglesia romana, que ejercía control ideológico y autoridad mediadora sobre los reinos involucrados en las recién finalizadas cruzadas, avalaron la política de invasión, colonización y despojos que se entronizó en los territorios llamados "descubiertos" y, con el tiempo, americanos. La distracción del saqueo y la depredación de centros culturales no los inhabilitó para seguir buscando, conjuntamente con otros poderes emergentes de Europa, "nuevos mundos", mercados inéditos para abastecer y abastecerse de mercaderías. Los ibéricos, aferrados al modelo medieval, fortalecido ahora por el acceso directo a riquezas inimaginables, cultivaron hábitos predatorios y, en consecuencia, sociedades dogmáticas, conservadoras, sin imaginación y dependientes: atributos de castración y decadencia.
Sin embargo, Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania y otros países del occidente europeo, obligados por las circunstancias a perfeccionar los intercambios triangulares, a institucionalizar la piratería y la especulación financiera, despojados de las vestiduras dogmáticas de Roma y en proceso de introducir nuevas modalidades tecnológicas a los procesos productivos, muy pronto estuvieron mejor preparados para asumir los compromisos de la modernidad y la expansión - tanto territorial como económica y política - en términos globales. Mientras los ibéricos eran atrapados en la vorágine de la conquista, evangelizando según normas gregorianas y, en el mejor de los casos, tratando de reproducir el modelo feudal en las colonias, con técnicas que remedaban los procedimientos de las cruzadas, la naciente burguesía del resto de Europa modernizaba sus instrumentos de convivencia social y dominación. Es historia conocida.
La revolución industrial pronto se extendería por Europa y los Estados nacionales burgueses, liberales, terminarían por reclamar, con recursos mucho más idóneos, suculentas tajadas territoriales en los cinco continentes del Planeta. Pocas y muchas cosas han cambiado desde entonces. Los cambios han sido cualicuantitativos, de acumulación. Progreso social, científico, tecnológico. ¿Pero...?
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
Estos cinco siglos de aventura humana, de modernidad, podrían ser reducidos, si toda reducción no fuera vil, pedante y subjetiva, al estudio del desplazamiento de poderes irremediables, extracontinentales, cuyo epicentro, cambiante según los vientos de la historia, terminaría por instalarse a mediados del siglo XIX en las colonias que forjaron hordas migratorias de toda laya -ibéricos en menor cuantía - en los territorios ubicados en el extremo norte del continente: eventualmente Estados Unidos.
Necesidad y naturaleza convergen, como norma, en la formulación de instrumentos cada vez más eficientes y sofisticados para la expansión y acumulación de bienes materiales. El desarrollo humano, si bien es el resultado de imperativos naturales de sobrevivencia, en consecuencia la suma de todo lo posible para calmar la necesidad, se percibe angularmente (ángulo puramente ético, humanista, por supuesto) como expresión degenerativa, que se aberra, cuando los medios para alcanzarlo dejan de ser medios y se convierten en fin en sí mismos. Pero no os agitéis: se trata, en este caso, de juicios de valor (y por tanto opciones subjetivas) de quienes tendríamos que observar el mundo desde la perspectiva de los ofendidos y no de quienes nos ofenden.
El progreso, al parecer, se empina sobre un reguero de cadáveres. Somos víctimas, víctimas y víctimas. Víctimas al cubo. Primero, porque alguien que viene del otro lado del mundo, en nombre de una "causa", causa que varía de acuerdo con las circunstancias y las estrategias, impone en nuestras comunidades su propio proyecto social y su visión del mundo. Segundo, porque el agresor escribe la historia a su manera. Y, tercero, porque asumimos el punto de vista histórico del agresor como si fuera el nuestro. Las víctimas, generalmente, no tenemos derecho a sentirnos ofendidos sino gratificados. Nuestro deber es aceptar lo irremediable. Causa Dios, "causa justa" o "causa economía de mercado", es lo mismo si se las considera en términos de los resultados y de quienes, a la postre, se quedan con los beneficios. El pellejo de los primeros pobladores de este continente ardió en las piras de los conquistadores en el nombre de Dios. Y debieron padecer elevando loas a sus victimarios: por obra y gracia de los conquistadores las almas de los indios, no ardieron en las llamas del infierno. A cambio de sus miserables vidas se les leyó el evangelio. Se les enseñó a morir como Dios manda: con una oración en los labios. En Opinión Pública, "Crónica de nuestro tiempo (/abril / 1990) decíamos:
Si nos tomáramos la molestia de leer las crónicas de los conquistadores (Colón, Balboa, Andagoya, De Las Casas) sabríamos que nada ha cambiado o, como dijo el otro iterando a Spengler: la historia se repite en espiral. Los conquistadores llegaban a los pueblos indígenas repartiendo palo a tutiplén, a diestra y siniestra, arrasando las cosechas, quemando las viviendas, violando a las mujeres y robándose todo cuanto encontraban a su paso. No dejaban piedra sobre piedra. Después, alrededor de las cenizas y las fosas de los muertos acordaban la paz. Los indios daban a los españoles oro. Los españoles daban a los indios castañuelas (sí, castañuelas, no te rías) espejos, tijeras, hachas, como muestra de amistad. Dicen los cronistas, y no tenemos por qué ponerlo en duda después de ,acumular nuestras propias experiencias, que los indios "se quedaban muy contentos y daban muestras de regocijo y gran cariño" hacia quienes, horas antes, les habían matado a sus parientes, despojado de todos sus bienes y riquezas y, a cambio, regalábanles chucherías. No sabemos qué pensarán los demás, pero a nosotros nos da la impresión de que, proporciones guardadas, los pueblos de América Latina (y el nuestro en particular) siguen comportándose exactamente igual que los indios que describen los cronistas españoles de hace 500 años.
A estos seres humanos, que los conquistadores llamaron "indios", todavía se les caza en algunas regiones de Sur, Norte y Centroamérica. Y se hace, hoy, en nombre del progreso. El sistema está preparado para dar explicaciones coherentes y para ahogar en argumentos sólidos todo gesto de protesta. Y también en sangre.
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
Probablemente sí. En el desarrollo de los acontecimientos y en el desenlace intervino, sin duda, el azar. Sin embargo, no dudamos de que la invasión a Panamá, lejos de ser un hecho fortuito, obedeció a la lógica de los tiempos. Si bien pudo evitarse, lo que sería meramente circunstancial, los condicionamientos históricos que la justifican están mucho más allá de los protagonismos individuales. El hecho de que se enfrentaran dos figuras de idéntico corte psicológico, atípicos, Bush y Noriega, contribuyó a configurar los contornos del genocidio. Los imperios también son víctimas de sus proyectos de expansión, mesianismos, aberraciones y "destinos manifiestos" que se abrogan y empeñan en cumplir rigurosamente.
Como apuntamos al principio, la disputa por la zona de la ruta, el afán de controlar el camino expedito a los territorios de Asia, un ideal fenicio de carácter planetario, configuraría mucho antes de ser "descubierto" el carácter del Istmo de Panamá. La estrecha faja de territorio ístmico, con sus ríos de amplio caudal y terrenos poco montañosos, así como el desarrollo tecnológico y la naturaleza humana, territorialista por antonomasia, han sido más que suficientes para que hombres de tiempos distintos y de lejanas latitudes fijaran y fijen su atención en el Istmo de Panamá, diseñaran y diseñen, de acuerdo con sus intereses, estrategias para su usufructo y control. Los dirigentes de las potencias hegemónicas podrían cambiar el discurso y comprometerse a modificar en los foros internacionales y los tratados sus pretensiones sobre Panamá. Mentirían. Nada en el mundo los obligará a pensar y actuar en forma distinta. Panamá ofrece innumerables ventajas al comercio mundial y constituye, aún cuando el supuesto peligro comunista haya dejado de existir, un área estratégica desde el punto de vista geopolítico y militar. Antier el fascismo, ayer el comunismo, hoy las drogas, mañana quién sabe qué.
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
El investigador objetivo, el filósofo, el politólogo dirá, y con razón, que todo juicio de valor es irrelevante si los hechos se miran desde sí mismos, si se les examina a partir de los elementos que articulan sus dinámica internas, sin consideración a artilugios que la ciencia no prohíje. Los hechos valen por lo que son más que por lo que se diga de ellos. No son ni malos ni buenos. O si se prefiere: son buenos y malos al mismo tiempo. Es decir, yin y yang, bien y mal: en el fondo juicios, prejuicios, términos del mero lucubrar humanista, alternativas a las que se acogen los protagonistas de la historia según el papel que las circunstancias le asignan.
El individuo, además del ser vivo que es, también es lo que hereda a través de instituciones creadas por sus congéneres, tan humanos como él, por mediación de la cultura. Se trata de un sistema codificado de reglas, inmanentes al proceso de aprendizaje, para garantizar la sobrevivencia humana en términos tanto individuales como colectivos. Por eso es que, además de amasijo de impulsos biológicos, el humano es lo que aprende en las instituciones, seno familiar, clase social, escuela, ejército, con un propósito no excluyente de garantizar el vivir mismo. Y así como se aprende a ser gringo se aprende a ser panameño.
Pero aún así, nadie puede explicar la conducta humana, individual, en términos simples y maniqueístas. Un ingrediente importante a considerar, siempre, ha de ser rastreado en las profundidades de la estructura genética, en las leyes naturales, en los códigos vitales, en aquellos impulsos que obligan a garantizar que la vida siga viva a costa de la vida. El invasor que aplasta a otro ser humano como a una cucaracha está premunido de que cumple con un deber sagrado. Quien recibe al invasor con los brazos abiertos, y ve como "causa justa" y natural que un soldado extranjero aplaste a su vecino como a una cucaracha, se explica cuando se analiza en profundidad la manipulación psicológica que ejerce el agresor sobre el agredido, la complicidad que generan intereses económicos afines, hasta la esperanza de escapar de determinadas encrucijadas a través de un acto de autoflagelación, pasando por la pérdida de la autoestima y la identidad, la claudicación por vía del pánico y la frustración colectiva. ¿Formas ancestrales de comportamiento que prevalecen por encima del proceso de humanización? La imagen de un prisionero iraquí besando las botas de un soldado norteamericano demostró a los televidentes del mundo que toda metáfora sobre el comportamiento humano es, por imperativos normales de sobrevivencia, un pálido reflejo de la realidad. El soldado invasor no disimuló ante la cámara que fisgoneaba la escena el asco que le produjo ver a su enemigo caer de rodillas y expresar el gesto de sumisión que caracteriza a los monos superiores.
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
Aquí, antes de la acción genocida, hubo enfrentamientos entre panameños. Los hubo y los habrá. No somos distintos, a otros ciudadanos del Mundo. "Militarismo" y " antimilitarismo" son atributos de las relaciones de poder de nuestro tiempo y cultura. En Panamá, el modelo de gobierno militar, agotado, obsoleto, sin posibilidad de rearticularse coherentemente y, sobre todo, inservible a los intereses de Estados Unidos en la coyuntura inmediata, enfrentaba a los llamados grupos "civilistas" orientados por un sector de la oligarquía panameña que, desde 1968, había perdido el control del poder político, y los grupos neoburgueses que se habían enriquecido, precisamente al amparo de los militares. El "militarismo" como proyecto político de casta no tenía posibilidad de sobrevivir. Le había llegado la hora. Sus miembros no pudieron articular una relación genético social de clase, capaz de lograr nuevas síntesis de poder. Era cuestión de tiempo, pero la impaciencia por Ios nuevos repartos y encomiendas aceleró el proceso.
La fuerza armada -llámese ejército, fuerzas de defensa, guardia nacional, policía o fuerza pública - está obligada a operar como aparato de represión al servicio de la clase gobernante, y de hecho lo hace, y no erigirse, como está fijado en cualquier tratado del poder, en estructura gobernante independiente. (A menos, por supuesto, que la clase en el poder atraviese por una crisis de credibilidad insostenible. En ese momento recurre a la caballería). Es el abc. Así es como funciona este negocio de civiles y militares en la historia. Es por eso que todo el discurso antimilitarista de los "civilistas" es infantil, por si no lo saben, y demagógico si hablan en serio. Los aparatos represivos existen y existirán siempre y los gobiernos, tanto de la derecha como del centro y la izquierda, les tienen asignado un rol específico en el organigrama del poder.
Muy pocos saben cuándo y por qué los militares panameños incumplieron el compromiso de repliegue estratégico que propuso e inició el general Torrijos antes de morir en un sospechoso accidente de aviación el 31 de julio de 1981, lo que hubiera evitado -quizás- el horrendo desenlace. Pero lo cierto es que los sectores que se confabularon contra los militares advenedizos, que se negaban a abandonar el poder, nunca perdieron el poder económico, controlaban y controlan gran parte del aparato ideológico del Estado. A mediados de 1987, con la participación directa de la Embajada de Estados Unidos, la que trasladó cuadros conspirativos de Filipinas y Centroamérica, pusieron en ejecución planes desestabilizadores que agudizaron y simplificaron los términos de la contradicción. Los politólogos de la época calificaron esta operación como "guerra de baja intensidad". La Iglesia y los gremios empresariales no tardaron en sumarse al conflicto. Todo se redujo, en términos simplificados que es como funciona, a una cuestión de dictadura versus democracia, justo lo que se requería en la coyuntura mundial para darle un contenido programático a la demanda de los "civilistas" panameños de viejo y nuevo cuño.
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
Los seres humanos tienen ventajas o desventajas, depende de cómo se vea, sobre el resto de los animales: su actividad significa, es trascendente y esta se da, generalmente, en relación con una toma de conciencia. Conciencia significa, entre otras cosas, explicación y justificación. Los seres humanos establecen una relación de concordancia entre el actuar en el mundo y la conciencia. Es por eso que el cura que pierde la fe no encuentra la paz consigo mismo hasta que no abjura públicamente. A la inversa pasa con el revolucionario ateo cuando, en un lugar que no sabe precisar, escucha la voz de Dios y decide abandonar las armas y sus argumentos para siempre. (Lo primero ocurre pocas veces, lo segundo con bastante frecuencia).
El "demócrata" de nuestros tiempos tiene que estar convencido de las ventajas del sistema en el cual vive y también de que los militares, por el hecho de atribuirse funciones que les están vedadas, constituyen engendros satánicos. Tiene que creerlo así, con todo su cerebro y corazón, para ir hasta el final, para inmolarse si fuese necesario. Los del bando opuesto, por las mismas razones, piensan exactamente lo mismo de sus rivales. Los llamados "demócratas" o "civilistas" serían, para los militantes de la corriente opuesta, farsantes, demagogos y criminales cuando, por ejemplo, les enrostran que sus verdaderas motivaciones son crematísticas, que lo que los impulsa es el control de la riqueza del país y que para asumir el poder serían capaces hasta de pedir la intervención de un ejército extranjero. ¿De qué lado está la razón? De todos y ningún lado si queremos ser, más que objetivos, sinceros. Al respecto, en mayo de 1990, decíamos:
Seguimos insistiendo a fuerza de ser considerados necios: no hay ganadores panameños en esa larga contienda que culminó con la invasión. De una u otra manera todos los panameños perdieron. Unos más que otros, por supuesto. Unos perdieron la vida. Otros perdieron su negocio. Aquél un amigo. Aquellos el
poder. Estos su trabajo. Los de acá la paciencia. Los de allá el decoro. Los de más allá quién sabe qué. El panameño que diga que no ha perdido nada es un mentiroso. Esa buena mayoría que todavía piensa que ganó todavía está soñando. Algunos creen que ganaron el poder, que es la peor manera de perder. Otros no se darán cuenta jamás de cuánto perdieron o perderán en el futuro. Tendrían que hacer un esfuerzo demasiado grande y tendrían que aceptar, eso que muy pocos panameños aceptan por principio: que metieron la pata. Es más fácil aceptar las cosas como llegaron, justificarlas, "hacerse el chivo loco" como dice mi abuela y adaptar el cuerpo al clima.
A veces el remedo o la idea de la felicidad es mejor que la felicidad misma porque pone a funcionar la imaginación. Eso es bueno para la literatura, pero no para la vida. La verdad histórica es otra: no habrá ganadores panameños en tanto se siga insistiendo en identificar los intereses del poder con los problemas de la nación. Aquí está el eje de la cuestión. Son dos cosas bien distintas y hay que separarlas. Desgraciadamente nuestra historia ha sido signada cíclicamente por la intervención extranjera y eso, aunque nos duela, crea conductas e idiosincrasias. Cuando los panameños sepan que una cosa es el poder, y que el "quítate tú para ponerme yo" nada tiene que ver con los destinos de la nación, entonces posiblemente se podrán contabilizar las ganancias y las pérdidas. Cuando cada panameño sepa hacer la distinción, y empiecen a actuar en consecuencia, el debate político tendrá la opción de superar los trillados caminos de la dependencia, dejará de ser lo más parecido a ese juego infantil que se conoce entre nosotros como "la lleva", y se podrá articular aquello que eufemísticamente se conoce en nuestros días como "reconciliación y reconstrucción nacional". (" Palabradepiedra / Opinión Pública / Todos perdimos algo / mayo, 1990).
¿Pudo evitarse la invasión a Panamá?
Siempre hemos creído que en la venganza radica el colmo de la vileza. Se trata de un popular privilegio del que generalmente gozan los enanos de mente y corazón. Esos iluminados, en ocasiones límites, condenan a la humanidad a vivir momentos de ruindad y deshonor, de perversiones enmascaradas y atracos a la fe pública en nombre de la moral, la civilidad, la justicia, la democracia y la Virgen María. Amparados en su honorabilidad de casta deshonran honorabilidades e instituciones sagradas. Al hacerlo se deshonran a sí mismos. Intolerantes, encarcelan a más de un inocente y condenan al ostracismo a familias enteras. "Es que ellos hicieron lo mismo con nosotros", dicen unos u otros, como si eso restañara las heridas provocadas. ¿Acaso agraviar no es una gracia exclusiva de los rivales? ¿No eso lo que siempre dicen combatir?
Por otro lado, el perdón - que es el privilegio de los vencedores cuando están en la cima del poder, no cuando van en picada- es consustancial a los espíritus generosos. En cambio, actus ridiculus es el perdón que otorga el vencido, aquel que en su estrepitosa caída trata de reconciliarse con su propio miedo y villanía. Y quien recibe perdón de un vencido merecería una y mil veces arder en las llamas del infierno, en el caso de que existiese. ¡Y ojalá existiese! En ciertas circunstancias, el perdón es un acto cobarde y bastardo. Nos inclinamos a pensar que quien acepta o pide perdón se incrimina de antemano y que siempre será mucho más digno enfrentar a jueces venales que pedir clemencia siendo inocente. Toda solicitud de remisión de pena es una confesión soterrada y quien la pide merece ser mil veces perdonado por lo que ese acto, en términos de humillación, encierra y significa. El perdón sería, tal vez, su propio infierno.
Eso es todo.
El libro de la invasión, publicado en la colección Tierra Firme por el Fondo de Cultura Económica, es la versión, paso a paso, de lo que ocurrió la noche del 19 de diciembre, amanecer del 20 y días subsiguientes, según algunos personajes protagónicos, víctimas, testigos directos e indirectos. Aún cuando sea inevitable que se traduzca entre líneas el punto de vista del equipo que trabajó en la selección de los entrevistados, incluso en el tratamiento de los textos, no se manipula a favor de una causa en particular, aún cuando ella -la patria- sea considerada por muchos como materia sacra.
En la medida de lo posible, se trató de soslayar reclamos ideológicos y opiniones sectarias, omitiendo adhesiones y aversiones explícitas tanto de protagonistas como de entrevistados a menos que hayan sido indispensables para garantizar la estructura del testimonio, porque el propósito, dicho sin ambigüedad, era garantizar el registro histórico: dejar constancia, proporcionar puntos de referencia, información de primera mano, fuentes viables y accesibles a la investigación científica. Ojalá estos textos sirvan no sólo a las generaciones del porvenir sino a las actuales para que, como se dice vulgarmente, "se miren en ese espejo", se reconozcan, fortalezcan su propia autoestima, identidad y moralidad ciudadana. Tenemos ese derecho, esa responsabilidad y esos sueños.
Independientemente del bando en el que nos ubiquemos o nos ubiquen los demás, de que seamos o no conciliadores y reconciliadores -en todo caso nosotros lo seríamos por principio y no-por razones coyunturales- creemos que el olvido, que el borrón y cuenta nueva, no garantiza crecimiento humano sino servidumbre. El olvido es la forma más miserable de arrepentimiento porque no garantiza desarrollo sino subordinación. El que olvida no dice "yo sé". Más bien dice "no quiero saber" y prepara el camino para encanallamientos supremos. El que olvida corre el peligro de poner el pie sobre la misma inmundicia dos y un millón de veces más, con idéntico entusiasmo y complicidad. Es por eso que los que olvidan no se reconcilian se envilecen.
Pedro Rivera
El largo día después de la invasión, 2000
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