Poesía

 Narrativa

 Teatro

 Ensayos y Estudios


Ensayos de Pedro Rivera 

El cine en Panamá

La invasión de 1989 ¿pudo evitarse?


La lanza y el talón de Aquiles

El retorno a la utopía

Los mitos de la caverna

Gobernar: control del animal interno

Sobre Pedro Rivera

Pedro Rivera: acercamiento sinóptico en tres cuadros
Dimas Lidio Pitty

Condición humana y guerra infinita
Julio Yao

Aproximación crítica a la mirada de Ícaro
Félix l. Figueroa T.

Claves para la lectura de la mirada de Ícaro
Jorge Che Hassán

Del 58 al siglo XXI: Memoria histórica, espacios y proyecciones de la literatura panameña
Damaris E. Serrano Guerra


Arar en el mar
 
Códigos de la caverna
 
Condición humana y guerra infinita
 
El largo día después de la invasión
 
La cultura de la pobreza
 
Todo sucedió mañana
 
Zoon politikon
 


   


Imágenes
Alfredo Sinclair


EL CINE EN PANAMÁ

Es materia conocida que el Cine nace con el siglo y adquiere un particular desarrollo en las metrópolis. Alcanza status de gran industria en cuestión de décadas y, por su complejidad, incorpora un ejército de hombres. Los artesanos de las primeras etapas sucumben ante la poderosa maquinaria que se pone en marcha. Se suman o desaparecen. Los productores adquieren relevancia determinante y el resto, actores, fotógrafos, sonidistas e, incluso, directores, se constituyen en las piezas menos importantes del rompecabezas. En un tiempo relativamente corto se engendran los monopolios. Es así como el cine responderá desde el principio a intereses claramente delimitados por quienes poseen los instrumentos para su desarrollo.

También y muy pronto los conflictos de clase, los antagonismos ideológicos, se reflejarán en la obra artística. Hay intereses de por medio y ello derivará, como consecuencia, en la toma de posturas condicionadas por el sector que, dentro del negocio, pro­porciona los recursos.

Censura y autocensura, sutilezas de un negocio que trasciende las leyes de la oferta y la demanda, y desarrolla mecanismos de persuasión para eternizar el establishment y justificar políticas nacionales de expansión.

No es el pueblo quien asume estos instrumentos. Es, en todo caso, el destinatario. Víctima en más de un sentido, el espectador alimenta el monstruo y se enajena. Paga de buenas maneras por una mercancía adulterada, consume un artículo que intoxica y corrompe su naturaleza. El cine ha devenido en opio del pueblo. A las salas, en las grandes urbes, acude el hombre a drogarse, a enajenarse, a aceptar sin reticencias verdades programadas. Pocos poseen el hilo de Ariadna para escapar de ese laberinto.

Los centros de expansión colonial, se instrumentaron para la ocupación. Crearon su aparato de guerra y lo utilizaron con eficiencia digna de mejores causas. En la América aún quedan notables monumentos a esa política agresiva. El Comando Sur en la Zona del Canal de Panamá. Guantá­namo en Cuba. Y Puerto Rico en toda su extensión territorial. Y aún persiste una no oculta actitud intervencionista, desde el punto de vista militar, cada vez que una colonia ensaya una políti­ca de autodeterminación. Control eco­nómico, control político y control mi­litar, todos los controles. Era preciso también instrumentalizar la cultura para allanar las defensas naturales del hombre de las colonias. Sistemas edu­cativos integrales han precedido a las llamadas ayudas económicas. Iglesias sociedades típicas, boys scouts, leo­nes, literatura, actitudes de consumo, técnicas, agencias internacionales de prensa, han invadido nuestros países. Son visibles, están allí, y la costumbre de verlos los naturaliza, les da carta de ciudadanía. Esquemas trasladados sin modificaciones, sin críticas, sin ajus­tes, para uniformar al hombre y con­vertirlo, hacerlo a imagen y semejanza del hombre de la metrópoli.

Un hombre no es absolutamente dependiente hasta que cede su con­ciencia. Si suplanta los valores de su cultura por los valores de la cultura del invasor, entonces, ciertamente que es un hombre colonizado. Por lo de­más, sacudirse el yugo de la colonia será cuestión de tiempo, disposición y audacia si las defensas naturales de la nación, en la supraestructura cultural, no son desplazadas por el invasor. Por supuesto, la política de expansión de los países colonizadores tiene aliados naturales en los países que caen bajo su área de influencia. Aliados en negocios, aliados en política, luchan por ajustar la colonia a partir del modelo de la metrópoli. Atrapados por las mismas motivaciones en el orden de los intereses económicos y políticos ensanchan las bases de la dependencia. No sólocrean los dispositivos para acarrear las mercancías sino que -en función de ellos- acarrean sus productos culturales, sus valores, formas de vida y hábitos de consumo.

Los medios de información masiva escapan a estas prerrogativas. En manos de quienes han conjugado sus intereses con el neocolonialismo están diseñados para responder a las exigencias niveladoras del sistema. Declaran abiertamente sus intenciones y las defienden a capa y espada. La defensa de la culturaoccidental y otras hierbas del mismo sabor justifican el emplazamiento de periódicos, plantas de televisión y circuitos de cine como depositarios y difusores del arsenal ideológico acarreado desde los centros neocoloniales de difusión. Tanto va el cántaro al pozo hasta que se hace polvo. Y sucede que una vez introducido, repetido, elevado a modelo único, el modelo de la metrópoli tiende a constituirse en modelo universal. Y lo patético del caso es que los esquemas de desinformación ensayados y esgrimidos en los grandes centros de difusión se asumen ya, en nuestros países, con una naturalidad que abruma y desencanta. Asumidos incluso y paradójicamente por aquellas capas culturizadas de la sociedad que, por el mismo hecho de asistir a las academias o beber de las fuentes, perdieron la inocencia y asimilaron sin decantar los valores y vicios de las transculturación colonial.

Aquellos, los sectores ligados al sistema colonial por intereses de supervivencia, asumen conscientemente los esquemas del neocolonialismo. En ello les va la vida. Los otros -los profesionales, técnicos y burócratas- son renegados o ilusos. Siguen al pie de la letra las indicaciones del librito. Reniegan de su papel histórico y caen, como corderillos, en la llamada "objetividad profesional" que es, en resumidas cuentas, la objetividad de los opresores.

Nosotros afirmamos que no hay objetividad posible en un mundo en guerra. Todo hecho, todo aconteci­miento está revestido de connotaciones subjetivas y éstas responden a la trinchera que se ocupa. Manejar la información con criterios "apolíticos" resulta muy conveniente para quien dispara desde la otra orilla. Poncio Pilatos, al lavarse las manos, fusiló a Cristo. Tomó una decisión política.

El cine forma parte de nuestra vida cotidiana. Sabemos por experiencia que su radio de acción será cada vez más amplio. Las salas de exhibición, cómodas y lujosas, se siguen inaugurando con gran éxito en las urbes. El público, ya habituado, acude masivamente cada vez que se anuncia el estreno de cierto tipo de filmes. Las unidades móviles se desplazan con suma facilidad en las áreas rurales. Cada vez será más difícil encontrar núcleos humanos totalmente aislados, islotes, hombres capaces de resistir los mecanismos aglutinadores de una sociedad en desarrollo. El asfalto suplanta los caminos de arrieras y las hidroeléctricas generan y distribuyen millones de kilowatts por hora. Y nosotros es­tamos seguros de que allí en donde llegue la técnica y se introduzcan políticas de integración y desarrollo, llega­rá, y no precisamente en lomos de bu­rro, la imagen cinematográfica.

El cine también, a través de las técnicas de televisión, como un Maho­ma moderno que sí va a las montañas y que ciertamente posee el don de la ubicuidad, se introduce, y no subrepti­ciamente sino como Pedro por su casa, en el más remoto paraje que hombre alguno pueda imaginar.

En realidad, no hay alternativas. El cine ha probado su eficacia como medio de comunicación de masas y, en determinados contextos históricos, asume causas muy concretas, expresa contenidos de diversa naturaleza, sirve al hombre para redimirlo o, en el más común y peor de los casos, para humi­llar su inteligencia.

Arte o industria, instrumento de comunicación o domesticidad, entre­tenimiento puro o espectáculo evasi­vo, arma de combate o puñal de cua­tro filos, el cine nos motiva y nos preocupa. Y abordamos su significado -las significaciones que le son inhe­rentes- ciertamente prejuiciados. Y no puede ser de otra manera. Imposi­ble que lo sea en tanto los pretendidos valores universales del cine no sean de­cantados a partir de nuestros intereses nacionales y del desarrollo original de nuestra cultura.

Sabemos de antemano que es muy difícil desentrañar los mecanismos de manipulación insertados en un lenguaje- y en una técnica inventados, desarrollados y elevados a categoría universal por quienes nos han precedido en la carrera. Se tienen esquemas más o menos fijos de lo que es una película, de sus valores estéticos. Discurrimos incluso como el colonizador. Nuestros juicios han sido acondicionados por quienes, precisamente, han tomado la delantera y saben jugar bien el juego.

Vientos nuevos soplan sobre esta parte del mundo. Son los mismos vientos que soplan en Asia y África. Son los vientos de la liberación nacional. Las masas, incorporadas a este proceso, introducen una ruptura frente a los modelos acarreados hacia las colonias. Las mismas contradicciones del sistema logran crear los dispositivos para su renacimiento. Los colonialistas, al trasladarse a las colonias, introducen sus esquemas de vida y organización social. Explotadores y explotados entrelazan sus vidas y distancian sus intereses. Las capas que, dentro del sistema, no han tenido la oportunidad de arrancarse las cadenas de los tobillos o disfrutar del ocio creador a la manera de sus congéneres de ultramar, no pueden, por su propia condición, asimilar los modos de vida propuestos en las sociedades ocupadas. Los analfabetizados por obligación, los marginados de las academias paternalistas y transculturizadoras, los arrojados del paraíso a los sótanos de la estratificación social, logran, paradójicamente, preservar el futuro proyecto nacional. Se constitu­yen, históricamente, en los deposita­rios de la tradición. Hoy, esas capas marginadas están en mejores condicio­nes de disputar los canales de expre­sión que les fueron arrebatados. Cons­tituyen la base de apoyo, la platafor­ma sobre la cual se encamina el desa­rrollo de la cultura. Y son, en definiti­va, quienes podrán dar respuestas a la exigencia de una cinematografía nacional.

El cineasta latinoamericano, en esta fase histórica, se pregunta ¿cine para qué, para quién? Formula una respuesta: para liberarnos. Esa res­puesta categórica, inequívoca, irreme­diable, constituye su punto de partida. No se trata de trabajar para el cine. Se trata de instrumentarlo para el proce­so de liberación nacional, para quebrar las estructuras de dependencia, para entrar en la historia de la única mane­ra que es posible: originalmente.

La cultura no es un fenómeno es­tático. Evoluciona, se desarrolla y ca­da contexto histórico determina los cómo, los para qué. En esta fase resul­tan demasiado obvios, como para elu­dirlos. Se trata de hacer un cine para movilizar a las masas, para crear con­ciencia y profundizar los procesos revolucionarios. Esta postura determina las temáticas, el lenguaje, las técnicas a emplear en cada caso. Lo esencial es abordar el problema de la creación ci­nematográfica sin prejuicios. Mejor di­cho: consciente de los prejuicios. No sujetarse a esquemas. No tener ningún temor a herir susceptibilidades esteti­cistas. Toda ruptura es dolorosa e irre­verente. Texto político, panfleto, do­cumental, ensayo crítico, denuncia, argumento. ficción, cualesquiera de los caminos escogidos de acuerdo con un desarrollo concreto, debe responder, en la perspectiva latinoamericana, a desenmascarar las relaciones de dependencia, ­de sometimiento, de explotación. Y también, por qué no, bos­quejar salidas. respuestas al conflicto humano. Contenido y forma, en este contexto, darán lugar a una estética. Es, si se quiere, la estética del subdesa­rrollo y- será válida en tanto se haga congruente con la realidad y sea su reflejo.

No queremos decir al pueblo lo que el pueblo es. Esto ya se ha inten­tado y sus frutos los conocemos. Cine mediocre, populachero, dirigido a ex­plotar comercialmente un mercado lo­cal y que en realidad, no viene sino a corroborar los esquemas de dependencia y mutilación de la capacidad creadora de nuestros pueblos.

Pretendemos que el pueblo en­cuentre en nuestro trabajo sus canales de expresión, que diga, hable, formule sus tesis. Hablamos de nuestra experiencia, concreta, en Panamá. Es nues­tra etapa de aprendizaje, de entrena­miento, de búsqueda de un lenguaje. Nosotros hemos debatido y nos hemos dado cuenta de que muchas veces creemos pensar como el pueblo. Nos atribuimos ese derecho sin detenernos a meditar que, por nuestra formación y por el ambiente pequeño burgués a los que hemos estado adscritos, res­pondemos a esquemas contaminados y no constituimos la expresión más sin­gular de nuestras sociedades. La óptica nuestra sufre las distorsiones igualita­rias que se derivan de continuos con­tactos e intercambios.

No nos confundamos. No preten­demos negar las posibilidades de nu­trirnos de la experiencia cultural de la humanidad. No vamos a enconcharnos como tortugas a deshovar. No se trata de eso, se trata de encontrar un méto­do y desarrollar una actitud. Investi­gar, en primer lugar, lo desconocido en nuestra realidad, lo que nos ha sido escamoteado. Eliminar el distancia­miento inducido, la distancia que nos separa del resto de nuestro pueblo. Pa­ra ello es indispensable ir a las fuentes, establecer una relación de primera ma­no con quienes se han constituido en depositarios de la tradición y tienen la autoridad moral e histórica para dar sentido al proyecto nacional.

El mejor método consiste en par­ticipar con el pueblo en sus tareas, convivir en las bases y transformarlo en el actor de su propia causa. No sim­ple consumidor de una mercancía adulterada. Queremos hacer del cine un arma de investigación y, para ello, nos hemos propuesto documentar la realidad, dejarla expresarse por sí misma, hacerla participar en las estructuras dramáticas presupuestadas, aprender a aprehender esa totalidad tan próxima a nosotros y tan desconocida. El documental es, para nosotros, la primera escuela. No podemos prever el futuro. Es posible que podamos, una vez creados los cuadros, la infraestructura y la experiencia, pasar a otra etapa. ¿Cine argumenta], ficción? Es posible. Pero, ya sabemos que ficción no significa irrealismo, evasión, mecanismo desarticulador de la realidad. Todo lo contrario: una oportunidad de mayor pe­netración y síntesis artística a la que es posible optar en el proceso de siste­matizar los elementos esenciales de nuestra cultura.

El cine, en cada uno de los países latinoamericanos, se sitúa en las mismas coordenadas de objetivos. El desarrollo no es parejo en cada uno de nuestros países, pero cada proyecto tiene sus puntos de contacto y su singularidad expresiva. Las motivaciones básicas, siendo las mismas, abren los canales de expresión en un amplio espectro de alternativas. El cine latinoamericano, por el carácter original de su desarrollo y por los aportes que ha hecho a la cinematografía, tiene ya, a estas alturas, consistencia universal. No tiene consistencia universal gracias a aquel que ha desechado las tendencias populistas, caricaturescas de las realidades nacionales, evasivas, sujetas a los condicionamientos del sistema. Gracias a aquel que penetra críticamente la realidad, esboza las denuncias de las relaciones de explotación del hombre y crea las perspectivas de la liberación. Ese es el cine que ha dado la cara en el mundo a favor de nuestras identidades nacionales.

Al cineasta latinoamericano -ce­ñido a esta tradición- le corresponde no olvidar su rol histórico. Su trabajo ha de darse en el marco de la lucha por la liberación del hombre y por el desarrollo de la cultura nacional.  ¿Preocupaciones estéticas? Arte y realidad se conjugan, lenguaje, técnicas  y métodos de trabajo serán, como han sido hasta ahora, consecuencias de estos presupuestos.

Debemos recordar, por otra parte que, además, Hollywood no sólo ha creado un cine sino que, por el contra­rio, ha creado un espectador para el cine. Nos corresponde ahora iniciar una política destinada a rescatar a ese espectador. ¿Circuitos internacionales de difusión en l6mm? ¿Coproduccio­nes y muestras sistemáticas en cada uno de los países? ¿Una red de cine­clubes, aprovechando las estructuras organizadas en cada país? ¿Salas especializadas y desplazamientos a través de unidades móviles? Sí, creemos que esa política debe implementarse a fon­do. Es el momento de persistir. Dilatar ese esfuerzo no sería pródigo en resul­tados. Para ayer es tarde. América La­tina en la lucha por la independencia nacional y por la integración de su cul­tura tiene, en el cine, una apertura de trabajo, de conocimiento de sí misma. El intercambio de experiencias no sólo será positivo en el área de los objetivos generales de la cultura sino en el inte­rés específico de desarrollar la cinema­tografía latinoamericana.


Pedro Rivera
Revista Nacional de Cultura, INAC, 1976

   

 


                                  

Literatura - Plástica - Cine y TV - Música y Artes Escénicas - Memorabilia - Nuestra América - La otra España - Reseña y Opinión - Actualidad

 

 

TRAGALUZ PANAMÁ es el esfuerzo de un Equipo Responsable, coordinado por JOSÉ CARR M.


TRAGALUZ PANAMÁ aspira a informar, formar y ¿por qué no? a constituirse en un instrumento del cambio

desde la educación, la comunicación y el campo de la cultura.    


TRAGALUZ PANAMÁ es una apuesta por el futuro, desde el presente que ya están cambiando nuestros pueblos, y una mirada crítica de rescate y valoración de nuestro pasado.


TRAGALUZ PANAMÁ es una abierta adhesión de amor a nuestros valores como comunidades nacionales y

un acto de fe en la permanencia de nuestros pueblos.

Copyright, 2006, Tragaluzpanama.com