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PALABRA DE PIEDRA
* Palabras leídas por Pedro Rivera durante el homenaje póstumo a Chuchú Martínez.
QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS VIVOS

Pedro Rivera
Yo, realmente, no sé si Chuchú hubiese querido que quien les habla hubiese hablado esta tarde en un acto que es algo que, no quisiera decir, pero que es como un homenaje póstumo. Chuchú los odiaba, y con razón.
Es más: dudo mucho que Chuchú hubiera dado el visto bueno para celebrar un acto como este. Esta es una licencia que no hemos tomado todos nosotros porque él no puede hacer nada para evitarlo.
A Chuchú, como es natural no le gustaban los homenajes, n las despedidas, ni los reconocimientos públicos, ni nada que se le parezca. Eso dijo en este mismo lugar. "Decir de alguien que todo el mundo sabe no tiene ninguna gracia" dijo, en este mismo Paraninfo, hace poco cuando fuimos convocados para despedir a Esther María Oses. Chuchú era así: un hombre fuera de serie, sin pelos en la lengua : que estaba por encima de todo convencionalismo.
Él, estoy seguro, hubiera preferido irse en silencio, por la puerta de atrás, sin estridencias, con la humilde soberbia de los que saben que su vida y obra están muy por encima de todo reconocimiento público. A él le hubiera gustado despedirse con un "chao, nos vemos por ahí". Si pudiera vernos por un huequito, tengan ustedes la seguridad de que se estaría burlando de nosotros.
Pero nosotros, sus amigos, ni hemos querido darle ese gusto. No seríamos justos con nosotros mismos si no dijéramos algo. Debo decir, por supuesto, que la cosas que se dicen siempre tienen más que ver con quienes las dicen que con quien es el objeto del decir.
Por eso, cuando hablamos y pensamos en Chuchú, estamos hablando y pensando en nosotros mismos. Estamos hablando y pensando en lo que perdemos. En el vacío que queda. En lo que nos hará falta después. Así somos: egoístas con razón. Dolientes, con rabia. Rabiosos, con dolor.
El mismo Chuchú nos da la razón para que pensemos de esta manera. Dios, vida, amor, muerte, eros y Tánatos eran los extremos de su reflexión filosófica y artística, siempre sedimentando sus textos, como una. segunda naturaleza, aún cuando se tratase de los triviales asuntos de la política y la vida cotidiana. A Chuchú lo obsesionaba el tema de la muerte. Y de ella, como de una vieja amiga, hablaba constantemente.
En su libro Mi general Torrijos, muy al comienzo, esboza una reflexión sobre la muerte. Dice Chuchú:
"Hay un argumento de San Agustín, que parece exagerado, meramente literario, pero que es rigurosamente verdadero: cuando muere un ser querido, muere la mitad de uno. Y uno quisiera morirse también, si no fuera porque por la misma razón que uno siente que ha muerto la mitad de uno, uno siente también que la mitad del ser querido vive todavía en uno, y sería cruel matar lo único que queda vivo de él".
Si ello es así, y desde luego lo es, algo nos queda de Chuchú que debemos defender para seguir vivos. Algo nos debe Chuchú, después de todo, por haberse ido de esa manera. Por habernos dejado ahora cuando más se le necesitaba. Cuando estaba en el apogeo de su actividad creadora.
Por eso no lo vamos a dejar ir sin decir cuánto lo queremos y seguiremos queriendo, y cuánta falta nos hará de ahora en adelante. Y conste que no lo hacemos por él. Lo hacemos por nosotros, que somos los que estamos perdiendo con su partida. Y lo hacemos, sobre todo, por sus enemigos, por aquellos pocos que lo querían mal, y que no le perdonaron nunca nunca nunca que, como Martí, echara su suerte con los pobres de la tierra.
Él, que siempre daba la impresión de ser muy rudo, de muy poco importa, de tomar las cosas a la ligera, era todo lo contrario: un sentimental iremediable, un hombre profundamente preocupado por el destino de la humanidad coherente,perfectamente compenetrado de sus responsabilidades históricas. Y debo decir que muchos de sus desplantes y extravagancias eran las necesarias mascaradas a las que tuvo que recurrir, desde muy joven, para sobrevivir en medio de la hostilidad de un mundo que muy pocas veces perdona el talento y la ternura.
Chuchú es, a no dudarlo, otra víctima de la invasión de Panamá. Y esto no es una metáfora. Ni es un recurso literario. Ese día, como muchos panameños, Chuchú fue herido de muerte. Recibió heridas incurables, de esas que se van abriendo con el tiempo y que no dejan de sangrar jamás. Las que producen una muerte lenta, a plazo fijo, por cuotas, una muerte en vida para siempre, un morir de pie pedazo a pedazo, como esos árboles que se quedan deshojados cuando el invierno pasa.
Chuchú era, ni más ni menos, un sobreviviente de la invasión. Desde ese día, nadie, de quienes lo conocieron, recuerda que riera con la misma risa de antes, con ganas, como era su naturaleza y costumbre. Su sonrisa se había convertido, realmente, en rictus, para, de una manera nada sutil recordarnos lo que somos. Esto es rigurosamente cierto. El rostro de Chuchú era, a veces, la máscara de la tristeza. Y para todos nosotros, su amigos, era como un espejo.
El ejército de Estados Unidos lo honró allanando su casa y confinándolo durante varios días. Él como muchos panameños, vivió la pesadilla diaria de contemplar el territorio nacional ocupado de un extremo a otro con la indiferencia de muchos y el beneplácito de no pocos. Veía cómo se trata de aislar a Panamá del resto de América, y del resto del mundo, para que, por su propio peso, por indigencia material y espiritual, por hambre, por inducción, con alevosía y premeditación, en nocturnidad y despoblado, se convierta, más en la práctica que en la teoría, en un protectorado de la potencia invasora.
Hará falta Chuchú. Les hará falta a la gente de Nicaragua. A la gente de El Salvador. A la gente de Argentina. A la gente de Bolivia. A la gente de Chile. A la gente del Sahara. Le hará falta a mucha gente en este Continente, a aquellos intelectuales de nuestra América que, cuando llegaban al aeropuerto Omar Torrijos, lo primero que hacían era preguntar por Chuchú Martínez. Les hará falta a todos aquellos que nos recibían en países amigos y que, cuando se enteraban de que éramos panameños, enseguida preguntaban por Chuchú. Y nos hará falta a nosotros que devorábamos sus libros y cada línea de sus escritos periodísticos para recuperar la confianza en nosotros mismos y la voluntad de seguir siendo panameños en ésta, que será recordada, como la era de la infamia.
Nuestra tristeza no tiene nada que ver con la muerte. Nos duele, sí. Pero la vida que no se puede vivir con dignidad es peor que la muerte. Y de Chuchú no se podrá decir eso jamás. ¡Hasta siempre, Chuchú! ¡Qué solos se quedan los vivos!
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