El poeta militar Chuchú Martínez
William Grigsby

Chuchú: el soldado–poeta vencedor de la muerte
Humberto Brugiati

Chuchú Martínez: el viaje centroamericano
Stella Calloni


Opinión

 

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José Carr

Ha muerto Pinochet; no el
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Félix Armando Quirós Tejeira

Gatos que matan la curiosidad

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Qué solos se quedan los vivos

 

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El espacio prohibido de los pájaros

Mireya Hernández

 

Cuentos para rodar

José de Jesús Martínez

 

   


SORTILEGIOS

GATOS QUE MATAN LA CURIOSIDAD



Félix Armando Quirós Tejeira  

Los animales protegen su territorio por dos fines básicos: comida y sexo.  Así procuran, acaso sin comprenderlo, la conservación de la especie.  Nosotros  comprendemos el objetivo; pero resulta complicado sustentar que la conducta humana se encamine a la preservación.  Sobran ejemplos de que procuramos convertir el mundo en un lugar cada vez más difícil de habitar.  Sin embargo, el instinto de supervivencia es poderoso.  En el camino evolutivo, de la eubacteria a la ballena azul, la misión suprema de todo organismo es mantenerse vivo. 

Cuando la curiosa Pandora abrió la jarra de Epimeteo, todos los males se esparcieron entre los humanos.  Únicamente la esperanza, que había quedado en el fondo, no consiguió salir, puesto que Pandora logró cerrar antes.  Otros cuentan que la jarra estaba llena de bienes que escaparon a causa de la imprudencia de Pandora.  Cuando ella la destapó, los bienes no quisieron quedarse entre hombres y mujeres, y prefirieron volverse a la mansión de los dioses.  Fuere como fuere, la humanidad se ha visto afligida por todos los males y sólo le resta el frágil consuelo de la esperanza.

Los fabulistas utilizaron a los animales como personajes para exponer los defectos de sus semejantes.  Desde entonces han tenido territorio dentro de la literatura.

Algunos gatos que conozco no tienen nada que envidiarle a Teodoro W. Adorno, no el filósofo y sociólogo alemán que definió la industria cultural sino el gato francés que aparece en Último round y La vuelta al día en ochenta mundos.  Basta pasar por la casa de mi abuela, donde Pierre Abélard se refugia en los brazos de Isis mientras Bertilda sostiene a Tetis Jantipa para evitar que le haga daño al cachorro antes de que conozca a su Eloísa.  Si incluimos al difunto Toto Jeremías Fufo, caído en defensa de su territorio, tenemos tres nombres interesantes.  La coincidencia es que se trata de cuatro gatos negros. 

Julio Cortázar culpaba a tres personajes de 62 Modelo para armar del homenaje indirecto al pensador alemán que alegó que: “toda obra de arte es un delito no cometido”.  Isis y Bertilda no tienen a quiénes culpar, fuera de los propios felinos.  La homónima de la bisabuela de Aquiles apareció preñada un día cualquiera y tomó el nombre de la madre de todos los ríos (algunos dicen que de todas las cosas).  Tetis, “la que nutre”, representación de la fecundidad de la mar, madre de tres mil oceánides, la que llegó a parir.  Se le añade el nombre Jantipa por la mujer de Sócrates y el requisito de que lleve las iniciales de la casa TJ.  Así entró a formar parte de la familia Tejeira Jaén.  Bertilda me refiere el caso de otra gata embarazada que fue recibida en el Centro Educativo Socrático y para que encajara en el ambiente, terminó con el nombre de la madre del filósofo: Fenareta

Luego apareció otro gato, nieto de Tetis Jantipa, al que Bertilda llamó Toto por su constitución física, ya que era un tanto rangalito.  Fue regalado.  Sin embargo, fue devuelto a la casa de la familia Tejeira Jaén, por llorón, lo que le valió el nombre del profeta de las lamentaciones.  Cuando el veterinario detectó su condición de monórquido, recibió el tercer nombre.  Tal es la explicación del nombre Toto Jeremías Fufo, cuya madre todavía ronda por la casa como si fuera pistolera de un western espagueti, sin nombre.  A veces se refieren a ella como Mundanita o Mundi.  Vagui y Cleopatra completan las gatas que llegan, pero no pertenecen. 

El cachorro que acaba de adoptar Isis —obsequiado por Rodrigo, nieto del poeta Tobías Díaz Blaitry (q.d.e.p.)— merecía un nombre célebre y encontró el de Pierre Abélard, padre del conceptualismo; aunque por motivos trágicos y prescindiendo de las iniciales.  El filósofo y teólogo francés (1079-1142) polemizó intrépidamente contra el realismo escolástico.  Su obra Sic et Non (Sí o no) fue condenada como herética por la Iglesia Católica, por “exponer las contradicciones irreductibles contenidas en los juicios de las autoridades eclesiásticas”.  Intentó, entre otras cosas, interpretar racionalmente el dogma de la Santísima Trinidad.  Su método fue retomado por Tomás de Aquino.

El gatito no parece preocupado por asuntos religiosos ni por el hecho de que la hostilidad de Tetis Jantipa lo deja sin nadie que le enseñe a ser gato.  La excepción a la regla TJ obedece a la intensa relación amorosa que Pierre Abélard sostuvo con su discípula Eloísa, sobrina de Fulbert, canónigo de la catedral de Notre Dame.  Con ella tuvo un hijo llamado Astrolabio (tal vez mejor nombre para un gato).  Pierre se casó en secreto con Eloísa.  No obstante, la indignación del tío de su amada terminó en la castración de Abélard.  A ello debe su nombre el pobre gatito, a que compartirá el destino del filósofo francés.  La idea es evitar que tenga el triste final de Toto Jeremías Fufo, fallecido en disputas amorosas, el cual aparece en la mitología tejeirana como el padre de Pierre, cosa que tampoco puede rebatirse. 

Pierre y Eloísa yacen juntos en un cementerio de París.  Desde un punto de vista sentimental, se diría que la muerte logró unirlos.  Con una visión más realista, se alegará que los gusanos devoraron sus cuerpos en el mismo sitio con veintidós años de diferencia.  Como todo fluye, sucedió en dos espacios distintos.  Lo único seguro es que fueron otros gusanos.

Nuestra sociedad se diferencia de las animales en que somos la única especie que destruye su ambiente.  No parece señal de supremacía.  Ciertamente hay otra cualidad que nos distingue.  Tenemos esperanza, que al decir de Francis Bacon, es un buen desayuno; pero una mala cena.  ¿Qué sabor tendrá como almuerzo?  Según Friedrich Nietzsche: la esperanza es el peor de los males de los humanos, pues prolonga el tormento del hombre.  En el mito de Sísifo, Albert Camus encuentra que el gran problema de la vida humana es la tiranía de la esperanza.  La condena de Sísifo de subir la roca por una cuesta hasta que vuelva a caer es metáfora de las vidas que se consumen en fábricas y oficinas dedicadas a trabajos inútiles y sin esperanzaNo hay castigo más terrible...  Por otro lado nos dice que quien no tiene esperanza y es consciente de ello, ya no tiene porvenir y sostiene que estar privado de esperanza no es desesperar.  Camus declara que, por un breve instante, uno debe imaginar feliz a Sísifo (padre de Odiseo según Eurípides, ya que raptó a Anticlea de la casa de Autólico). 

Gatos negros.  La noche.  Entramos al dominio de Ártemis Taurópola, diosa protectora de las amazonas.  Ahora los sacrificios humanos son masivos y tienen otra deidad: Petróleo.  Hay que reflexionar seriamente si podemos tener esperanza o si conviene, más allá de la que pueda tener Pierre Abélard de aprender a ser gato mientras se dedica a observar cómo se comportan sus mayores en el patio de la casa de mi abuela.  En el fondo, es mi esperanza y no, la suya.  Humana, no felina.  Tiene sus ventajas vivir por instintos.  Si no fuera por el destino manifiesto en su nombre, tal vez lo envidiaría.  Tiene mejores perspectivas de vida que un gran número de infantes.  

El gato, a diferencia del hombre absurdo que define Camus, no es consciente de la completa inutilidad de su vida.  Yo tampoco quiero serlo.  Espero que no hayamos llegado a este punto.  Prefiero concluir con unas palabras de Jorge Luis Borges: “Sé lo que hay de utópico en mis ideas y la lejanía entre una posibilidad intelectual y una real; pero confío en el tamaño del porvenir y en que no será menos amplio que mi esperanza”.


   

 


                                  

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