El poeta militar Chuchú Martínez
William Grigsby

Chuchú: el soldado–poeta vencedor de la muerte
Humberto Brugiati

Chuchú Martínez: el viaje centroamericano
Stella Calloni


Opinión

 

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José Carr

Ha muerto Pinochet; no el
Pinochetismo

- Rojo y negro:

Hitler Cigarruista

La vía chilena

 

- Libertaria:

Emma Gómez

Patria: Arte o Amor

 

- El dedo en el ojo:

Cáncer Ortega

Cuando recuerdo a Chuchú

 

- Sortilegios:

Félix Armando Quirós Tejeira

Gatos que matan la curiosidad

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Pedro Rivera

Qué solos se quedan los vivos

 

Reseñas de libros

El espacio prohibido de los pájaros

Mireya Hernández

 

Cuentos para rodar

José de Jesús Martínez


 

   


EL DEDO EN EL OJO

CUANDO RECUERDO A CHUCHÚ



Cáncer Ortega Santizo

La imagen que tengo de José de Jesús Martínez, el afamado Chuchú Martínez, es la de un luchador, un guerrero, un combatiente; presente en varios frentes, diferentes, pero combatiendo siempre.

Antes de conocerle personalmente ya había sabido de él a través de las anécdotas que contaran algunos privilegiados amigos míos que fueran alumnos suyos en el Colegio Fermín Naudeau. Chuchú estaba como profesor en ese frente, y en el universitario, formando y forjando juventudes. Su manera de zarandear conciencias era poco ortodoxa, pero efectiva. Quien fue testigo, lo recuerda.

Mantengo en la memoria la primera vez que lo vi en persona. No lo recuerdo a él ni su rostro ni el de ninguno de los que le acompañaban, pero sí, la circunstancia. Varios adolescentes estábamos en una cafetería cuando Pedro Rovetto, el más ilustrado de entre nosotros, dijo algo así como que en una de las mesas cercanas estaba el noventa por ciento del intelecto panameño. Allí estaban Chuchú, Ricaurte Soler, Ester María Osses (que era profesora universitaria en Venezuela pero que por esos días estaba en Panamá) y alguien más que, infelizmente, no persistió registrado en la mente.

Poco después volví a saber de él. Cursaba el último año de bachillerato cuando leí algunos de sus poemarios. “One Way” me impresionó mucho. La bacinilla en la portada con la flecha señalando una ruta, un camino, hacia donde se movía la humanidad. Después, en cada uno de los versos antipoéticos, coloquiales, sin rima convencional, con los que denunciaba una realidad asfixiante contra la que yo ya comenzaba a rebelarme. Mis primeros o segundos poemas reflejan su influencia.

Fue a inicio de la década del setenta, que le conocí personalmente. El encuentro entre Chuchú y el Trópico de Cáncer se había dado en casa de Pedro Montañez, quien fuera alumno suyo en el Naudeau. Chuchú acababa de regresar de esa especie de exilio que vivió en Paris, a raíz del golpe militar. En esa reunión, el Trópico interpretó su repertorio que por entonces incluía canciones de Carlos Puebla y de la guerra civil española (Que la tortilla se vuelva). A Chuchú le gustaron tanto, sobre todo esta última, que se las arregló para que el Trópico fuera a Kuna Yala, primero, y a Chiriquí, después. De ahí, un saltito a Costa Rica. Tuvieron que contármelo porque cuando volví a Panamá, después de una estadía de tres años en Brasil, ya todo esto había sucedido. Más tarde, y tampoco estaba en Panamá cuando sucedió por primera vez, dio su apoyo generoso a la Brigada Muralista Felicia Santizo, para embadurnar las paredes de la patria con imágenes y consignas preñadas de soberanía.

Cuando nos conocimos, Chuchú ya estaba comprometido con la causa de Panamá al lado del General Torrijos.

El viaje a Europa era un sueño que traía de Brasil. Panamá era un trampolín. Cuando le conté y le pregunté que cómo era eso allá, me advirtió que no me fuera, que no valía la pena. Que allá no me esperaba nada de lo que yo esperaba. Después me dijo que sí, que fuera, para que me diera cuenta, por mí mismo, de cómo era la cosa. Tenía razón. Me bastó un año para decepcionarme de Europa. Me tomó otro juntar el dinero para volver.

Regresé a Panamá para encontrarme con el país en plena efervescencia por lo de los tratados del Canal. Centroamérica, por su parte, estaba convulsionada por la guerra en Nicaragua. Y allí estaba Chuchú, en esos frentes, multiplicándose en la entrega por la causa. Atendiendo a los refugiados; organizando los palomares, casas de seguridad en las que se daba un espacio para el descanso de los guerreros; preparando combatientes que muchas veces pasaban las fronteras de su mano. Con frecuencia cruzaba la delgada línea entre la lucha legal y la clandestina. La cruzaba a pie, con las botas de soldado puestas; o en su avioneta, moviendo armas y gente.

Celebramos su medio siglo de existencia en la casa de mis padres, lejos del mundanal ruido. Éramos un pequeño grupo de amigos entre los que estaban Dimas Lidio y Teresa, exiliada chilena. También fue pequeño el grupo de los que estuvimos en la Embajada de la Nicaragua Sandinista cuando Silvana y él contrajeron matrimonio.

Fue su apoyo el que nos permitió grabar el primer disco del Trópico, “Sale de su cantina América Latina”; y también gracias a él viajamos a Nicaragua donde nos integramos a las milicias revolucionarias, como paso previo a nuestra incorporación a la Policía Sandinista.

Al regresar a Panamá no tenía dónde vivir. Encontré una vez más la solidaridad de Chuchú que me ofreció un espacio en su casa. Un detalle que es ejemplo de su generosidad ilimitada. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a dar pan al hambriento, agua al sediento y techo al que no lo tiene, sin esperar que después el gesto nos sea retribuido con un pasaje directo al Cielo? Chuchú, por sus creencias y descreencias, sabía que nadie va para allá. Sólo era coherente con lo que dijera en su último cuento para rodar.

Después de la muerte de Omar, se dedicó a mantener viva la memoria del General. Tras el 20 de Diciembre a esa tarea sumó la de denunciar la Invasión. Siempre guerrero, generoso y solidario; luchando para los otros, por los demás, por todos; que era la forma que conocía de luchar por sí mismo.

Por eso, cuando recuerdo a Chuchú, las primeras palabras que me vienen a la mente son generosidad y solidaridad. Tal vez a otro se le ocurran otras, pero son esas las que me inspira su recuerdo. Porque Chuchú era generoso y solidario. Generoso, por su nobleza, por lo magnánimo, por lo desinteresado de sus actos. Solidario,  porque el apoyo que brindaba no era la limosna que se da de arriba hacia abajo sino el apoyo que se da entre iguales, entre hermanos. Apoyo mutuo entre los de la misma clase, entre los que compartimos una causa, y con el que nos fortalecemos todos.


   

 


                                  

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