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LIBERTARIA
PATRIA: ARTE O AMOR

Emma Gómez
Vivir la Patria, vivir el arte, vivir el amor... Sólo el verbo vivir me alcanza para lo que apenas se puede esbozar en medio de reflexiones de fin de año y de una mirada retrospectiva que deja la sensación de haber transitado por espacios barrocos y surrealistas, donde no se acaba de conocer el país que tenemos entre manos, ni la total dimensión de los sentimientos que nos embargan, ni las dudas interiores de aquellos que creemos conocer, en ese rompecabezas personal donde el ser, la profesión y el ejercicio ciudadano se mezclan. Y, donde sin embargo, se descubren luces que nos indican que sin este año, con todos sus aciertos y desaciertos, con todas sus tragedias y amenazas, hay pequeños o grandes descubrimientos, proyectos en marcha, ilusiones y niveles que habríamos perdido o jamás descubierto si los hechos no hubieran sucedido exactamente como pasaron...
Porque el andar y el reto son siempre mayor escenario de descubrimiento para uno mismo que para los que constituyan la otredad. Donde al decir de Fromm, sólo el ser productivo podrá elevarse por sobre las miserias, las venganzas, el desamor o la muerte.
Como malabaristas en turno, lanzamos al aire el destino de hombres y mujeres, proyectos y sueños, sobre todo si concebimos a la patria, a la obra de arte o el proyecto amoroso en el fuego fatuo y superficial como escenario, o al país, la obra o la pareja amorosa como los generadores de la adrenalina y el entusiasmo que nos garanticen la fe en el futuro, en la humanidad, o en nuestras cualidades para ser ciudadanos, artistas o amantes de primera línea. Lo que pareciéramos olvidar, o no detectamos, es que del mismo modo en que influimos con nuestro trabajo y nuestros actos en el destino de los otros, muchas veces somos los enviados al aire en medio de los movimientos que nos impone el artista del malabar. Morir entre las llamas en un autobús defectuoso, morir intoxicados por la negligencia de terceros, o ser estafados por aquellos en quienes depositamos nuestra confianza es la muestra de que cada día de nuestras vidas nos vemos obligados por las circunstancias, por los afectos y hasta por nuestras opciones racionales a confiar en alguien, a esperar por alguien…y otros esperan de igual manera en función nuestra.
Cada crisis deja en evidencia la fractura entre el discurso y la acción, y el alcance de lo que estamos dispuestos a hacer para cambiar las cosas, para darle al país que construimos como obra de arte o como acto amoroso, las respuestas que necesita y las soluciones que demanda todo aquello de lo que nos hemos hecho responsables.
Ni al país ni al arte o al amor podemos prometerle fantasías o acercarnos con excusas (y advertencias entre paréntesis) para resguardarnos de la cobranza de promesas. Ni podemos subestimarlo pensando en que tal vez no sea el sitio que nos ofrece el paraíso, por lo que tal vez debamos buscarnos uno distinto en otras latitudes, donde cada día parezca perfecto. A esa Patria tampoco podemos rodearla y marearla por ese ejercicio de vivir la circunstancia inmediata sin preocupaciones porque este es un país donde nunca pasa nada y donde confundimos la ingenuidad con la negligencia. Movimientos políticos (o movidas), inundaciones, muertes injustificadas, desencuentros y confusión, en un escenario donde todo parece indicar que hay falta de previsión y de información porque se desconoce, o se edita premeditadamente para ejercer el poder, o donde se subestima a los demás porque no se les considera capacitados para manejar esa información, (o porque se teme cómo afecte al otro o a nosotros mismos).
Sea Patria, sea arte o amor lo que estemos viviendo (o las tres en comunión), si hay el verdadero metal de la integridad y la coherencia, nos sabremos en capacidad de equivocarnos y de cambiar de opinión según nuestra propia circunstancia, y haremos del poder de la información un ejercicio compartido, una verdadera ofrenda donde la verdad que nos descubra nos eleve (por lo bueno o lo malo que se decida juzgar según los patrones culturales) y eleve a quienes comparten ese vivir cercano, que les permita ejercer la libertad y tomar decisiones sin cortapisas y sin oscuridad.
Y sí, cuando no se nos incluya en el espacio donde se guardan las verdades, tenemos no sólo el derecho sino el deber de SABER, de buscar, de preguntar hasta quedar saciados. Tenemos también, el derecho y el deber de ganarnos la confianza a través de la capacidad de comprender y respetar las opciones del otro, de actuar con la voluntad de reconocer en uno mismo lo que nos aleja de vivir la patria, de vivir el amor o de vivir el arte.
En el afán de compartir y mostrar los hechos verdaderos está la prueba de respeto a la opción patria-arte-amor. Cuando nos mentimos y le mentimos al vivir en estas tres dimensiones despertamos descubriendo que nos hemos mentido a nosotros mismos, que no sabe a mucho el mundillo del arte logrado mediante el cultivo de relaciones y amiguismos complacientes, que la Patria y el amor nos duele cuando sentimos vergüenza.
Sólo el ser productivo y armonioso, también en la vía de Froom, que logra la independencia de sus afectos, puede pasar del quebrantamiento de la fe a una nueva forma de confianza sin dependencia, de confianza que escruta sin perder la dignidad. Para optar libremente, con toda la información y la capacidad de encontrar la verdad que nos hace falta, y emplearla así en beneficio del proyecto patria-arte-amor (uno o trino) que se ha asumido como bandera hasta la muerte.
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