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ROJO Y NEGRO
LA VÍA CHILENA

Hitler
Cigarruista
Siempre se dice que los panameños no tenemos memoria histórica. Yo no lo creo, pero si estoy conciente de que la clase dominante, la burguesía oligárquica que detenta el poder económico y político en este país, hace grandes esfuerzos por trastocar los hechos históricos para darle un nuevo contenido político y social que se han registrado tanto en el país como en otros países de la región.
Basta recordar que durante mucho tiempo los Mártires del 9 de enero de 1964 eran para la burguesía local "una horda de ladrones" que disfrazaron con un gesto patriótico su interés de saquear los negocios que se encontraban en el límite de la ciudad de Panamá con la desaparecida Zona del Canal.
Claro, hoy cuando se frotan las manos, impacientemente, ante la posibilidad de disfrutar de la bonanza económica que les significará la inversión de $5.250 para ampliar el Canal son los primeros en hablar de soberanía y en exaltar a los héroes y mártires que durante varias generaciones lucharon por poner fin al régimen colonial que marginaba a la nación de su principal bien económico, olvidando cuando antes insistían en repetir que "la soberanía no se come".
Algo similar ha ocurrido con el modelo económico chileno. Cada vez que los dirigentes de la Cámara de Comercio, el Consejo Nacional de Empresa Privada o la Asociación Panameña de Ejecutivos de empresas o un economista de derecha busca un ejemplo de desarrollo económico en América Latina la burguesía local evoca el modelo neoliberal implementado en Chile, luego del golpe militar que derrocó en 1973 al gobierno democráticamente electo de Salvador Allende.
De hecho, no es extraño que a cada momento se eche mano de los indicadores macroeconómicos de ese país suramericano para señalar a los panameños cual es el camino que debemos seguir. Se menciona por ejemplo que el Producto Interno Bruto (PIB) de Chile creció en el 2005 en 8% y que sus exportaciones sumaron $39.536 millones, generando un superávit comercial de $9.236 millones.
Se dice que estos indicadores son el resultado de tener una economía abierta, que cuenta Tratados de Libre Comercio con más de 50 economías incluyendo a Estados Unidos, la Unión Europea, China y Japón.
También se menciona la maravilla de los sistemas de pensión privada, en donde los ahorros de millones de trabajadores son colocados en manos de especuladores que luego los invierten en el mercado de valores, en una suerte de apuesta en la que las ganancias quedan en sus bolsillos y las pérdidas se traducen en una vejez de hambre y miseria para los ahorristas.
Pero me resulta curioso que quienes exaltan este ejemplo de desarrollo económico se olviden de mencionar que el mismo ha sido el producto de un régimen dictatorial que mantuvo secuestrada a la sociedad chilena por espacio de 20 años y que cobró la vida de 21.000 personas, aun cuando las cifras oficiales solo reconocen unas 7.000 víctimas mortales.
En una muestra del verdadero desprecio que siente la burguesía oligárquica latinoamericana por la democracia, quienes endiosan constantemente la llamada "vía chilena al desarrollo" olvidan intencionalmente que en septiembre de 1973 el General Augusto Pinochet interrumpió el mandato constitucional de Salvador Allende, y que ordenó su asesinato mediante el bombardeo del Palacio de La Moneda, sede oficial del gobierno, por parte de la fuerza aérea.
También olvidan que durante esos dolorosos días el Estadio Nacional de fútbol fue convertido en un centro de detención y tortura en el que miles de chilenos fueron sometidos a los más terribles vejámenes por apoyar el único delito de pertenecer a partidos Socialista y Comunista o a organizaciones políticas como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), las cuales habían llevado a Allende al poder.
No mencionan a los miles de detenidos que fueron asesinados sin haber sido sometidos a procesos judiciales, los miles de desaparecidos, algunos de los cuales fueron atados y lanzados al mar desde los helicópteros y aviones de las fuerzas armadas, y de los miles de chilenos que se vieron forzados a salir al exilio para salvar sus vidas, en una diáspora que se extendió hasta mediados de la década 1990 cuando en su país se instauró la democracia restringida que impera en la actualidad.
Creo que es importante insistir en que, si bien es impropio hablar de las maravillas económicas alcanzadas por el neoliberalismo chileno sin mencionar la pila de cadáveres y los ríos de sangre sobre los que se ha construido, lo que no se debe perder de vista al hablar de la "vía chilena" al desarrollo, es el profundo desprecio que siente la burguesía por la democracia y la vida humana.
Para ellos, el derrocamiento de un gobierno democráticamente electo, el asesinato o desaparición de dirigentes sindicales, campesinos y de los líderes de los partidos políticos de izquierda, la aplicación de la tortura y el envío de gran parte de la población al exilio son armas legítimas para combatir el socialismo, y por tanto, han sido un instrumento eficaz para garantizar el desarrollo en Chile y también lo serán, de ser necesario, en Panamá.
La izquierda panameña debe tener muy presente esta realidad, ya que aun cuando su deber es aprovechar todos los espacios que ofrece la incipiente democracia burguesa para promover entre las clases explotadas las ideas revolucionarias y tratar de llegar al poder por la vía del voto popular, no debe olvidar jamás que la paz entre explotados y explotadores no es eterna.
Siempre hay que estar preparados para enfrentar una represión brutal como la que encabezó Augusto Pinochet, especialmente cuando se sabe que ese es el modelo criminal y autoritario que la oligarquía local sueña con imponernos.
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