FOTO A LA GENTE DE ENFRENTE
HA MUERTO PINOCHET; NO EL PINOCHETISMO

José
Carr
El pasado domingo 10 de diciembre murió Augusto Pinochet Ugarte. Su muerte confirmó lo que fue su vida: la profunda división de la sociedad chilena, marcada por la impronta de la vida violenta y criminal que llevó el fallecido tirano chileno, asesino de su pueblo y conculcador de sus libertades fundamentales.
Augusto Pinochet Ugarte, desde su posición de general del Ejército de Chile, planificó junto con los servicios de inteligencia de Estados Unidos de América, los altos mandos del ejército de Chile y un sector de la burguesía chilena, organizado política y militarmente para tal fin, el sangriento golpe militar que canceló la llamada “vía chilena al socialismo” un 11 de septiembre de 1973, baño de sangre que incluyó el bombardeo del Palacio Presidencial de “La Moneda” y el asesinato del Dr. Salvador Allende, presidente constitucional de Chile, electo durante los comicios de 1970.
El ascenso al poder político en Chile de Pinochet, y su troika de generales golpistas, significó el exilio de cerca de un millón de chilenos, en su mayoría militantes de izquierda conocidos por los servicios de inteligencia, intelectuales y artistas, más el asesinato de más de 10 mil de sus compatriotas en los campos de concentración, en los centros de detención y tortura instaurados por el régimen, a lo largo y ancho del estrecho país austral, y con las llamadas “caravanas de la muerte”.
Ha muerto un hombre malvado y violento. Un asesino coludido con las fuerzas políticas, militares, económicas y eclesiales de su país que no dejaron de darle respaldo aún en la hora de su funeral.
Augusto Pinochet Ugarte se marchó de la vida dejando tras de sí una estela de horribles crímenes que han quedado impunes, cometidos con vesania e infinita crueldad contra hombres y mujeres de su pueblo; que se incluya entre estos crímenes la destrucción planificada de la red social de solidaridad que nos debemos los humanos y no se excluya el saldo terrible de un país sumergido en la desesperanza (porque es una gran mentira que Chile sea un oasis de felicidad y bienestar material para sus mayorías nacionales), los odios, los fantasmas de un pasado que no ha muerto con Pinochet y los miedos de que la democracia pueda crecer, profundizarse y alcanzar a todos los excluidos en la patria de Neruda.
Se fue Pinochet resumando lodo y sangre. Atrás dejó a un país que aún mira con temor a los cuarteles de su ejército, en donde los que militaron bajo el liderazgo de aquel jefe despiadado e infame siguen armándose, pronuncian arengas de respaldo al jefe caído y apuntan con sus armas, sin disimulos, a un proyecto político de concertación nacional que está enfermo de los mismos males que afectaron al proyecto impulsado por el dictador muerto: la corrupción, la cobardía para emprender las rectificaciones necesarias y la hipocresía que lleva a las personas al olvido y al perdón que no redime y enferma, porque fraterniza con la maldad y la injusticia.
Ha muerto un hombre que fue cobarde para asumir ante la justicia los terribles crímenes que cometió contra su propio pueblo y que amasó una fortuna personal que hasta hoy se cifra en cerca de 30 millones de dólares, apoyado en la fuerza de las armas del ejército y los crímenes que cometieron sus servicios de inteligencia y escondida en los bancos de Suiza y USA, como hacen las ratas y las urracas: que viven del robo y del trabajo ajeno.
He visto a sus deudos, sus amigos y cómplices llorar esa muerte. He visto a jóvenes, que quizás tienen la atenuante de haber sido niños cuando Pinochet fusiló a su patria, manifestarse indignados en las calles, ante la vacua alegría carnestolenda demostrada por un sector del pueblo extraviado y sin dirección que aprendió, a fuerza de represión física y miedos construidos desde la desesperanza y la enteca dirección de una iglesia católica, dueña de un doble discurso, a alegrarse con pocas cosas, como lo es la muerte del que nos lastima y nos sume en la impotencia.
Pinochet está muerto, pero su nefasta influencia está viva en la sociedad chilena. Es una influencia dotada de un cuerpo social militante, joven, ignorante de su reciente historia de dolor y aterrado por el creciente despertar de las ideas libertarias en el continente sureño.
Los golpes de Estado están a la orden del día. Las clases económicas poderosas de Chile, sus estructuras militares y represivas y sus capas medias arribistas y oportunistas están preparadas para defender la herencia de sangre que les dejó el abuelo perverso.
El pueblo de Chile, derrotado y sin una organización pertinente para orientar las nuevas jornadas, que ya reclaman heroísmo, memoria histórica, entereza y firmeza para alcanzar los altos objetivos de una verdadera justicia social y equidad económica para todos, tendrá que poner los muertos y los exiliados, tendrá que labrar sus victorias.
Pinochet ha muerto; el pinochetismo está vivo y esa es su victoria en esta hora.
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