El poeta militar Chuchú Martínez
William Grigsby

Chuchú: el soldado–poeta vencedor de la muerte
Humberto Brugiati

Chuchú Martínez: el viaje centroamericano
Stella Calloni


Opinión

 

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José Carr

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Cuentos para rodar

José de Jesús Martínez

 
 
 
 
 

   


EL POETA MILITAR CHUCHÚ MARTÍNEZ

William Grigsby

Desde 1975, Panamá era ya uno de los principales refugios de los perseguidos políticos nicaragüenses. El General Omar Torrijos jugó un papel crucial para el triunfo de la Revolución Sandinista. Su gobierno destinó un presupuesto especial para acondicionar albergues para familias enteras. Bautizadas entre los refugiados y sus benefactores como “las palomeras”, el gobierno panameño se encargaba de dotar a cada una, a cada casa, no sólo de camas, comedores, cocinas y alimentos, había además una persona del gobierno encargada diariamente de atenderles otras necesidades, incluyendo las sicológicas. Ahí estuvieron el profesor Francisco Guzmán, Ricardo Abud, Yasmina Martínez y sus hijos, Roberto Leal, su esposa y sus hijos; Iván Vanegas -apodado certeramente El Petulante- y tantos otros. 
 
Dos de aquellos personajes del gobierno panameño que tenían contacto diario con los refugiados, y a quienes los nicas llegaron a querer entrañablemente, fueron Baltasar Aispurúa, quien fue el primer embajador panameño ante el gobierno sandinista, y el sargento José de Jesús Martínez, a quien nadie conocía por su nombre, sino por Chuchú, un hombre cuya personalidad te obligaba a quererlo. Y a respetarlo. La periodista argentina Stella Calloni, que vivió en Panamá entre 1977 y 1979, recuerda que su rostro nica, como él decía, lo hacía alardear de un pasado indígena que lo enorgullecía, pero fabulaba con su propia vida, su pasado, su presente. Era oscuro y luminoso a la vez. No hay nadie que tenga la misma visión de Chuchú. Hacía el milagro de convertirse él mismo en un caleidoscopio, donde uno podía mirar, mirarse, disgregarse y jugar a las estrellas o a los infiernos. Estudió en La Sorbona de París, en Madrid, en Munich, en Nueva York, en México y en otros países. Pero sobre todo, aprendió viviendo al lado del General Omar Torrijos, de quien se convirtió en su mano derecha desde que ingresó a la Guardia Nacional de Panamá. 
 
Chuchú era matemático, piloto de avión, poeta, filósofo, literato y militar, pero por sobre todas las cosas un amigo leal, que no se guardaba sus opiniones políticas, aun a sabiendas de que podían causar disgusto a los encumbrados jefes del FSLN. Su trabajo fue vital para la retaguardia guerrillera, tanto por su papel como enlace oficial con el General Omar Torrijos, como por sus verdaderas hazañas personales en la búsqueda de armas, traslado de guerrilleros, correo de grandes cantidades de dinero o temerarios vuelos para dejar caer municiones y alimentos en los campamentos guerrilleros de las montañas nicaragüenses.  
 
El mismo Chuchú contaba que cuando se sentía deprimido, hambriento o ansioso, se iba a meter a una de las palomeras -llegaron a ser más de quince, hacia junio de 1979- y entraba a alguna cocina, donde siempre había alguien cocinando gallopinto, indio viejo y pinolillo, sus platos favoritos, o donde encontraba algún nacatamal guardado en la refrigeradora. Le gustaba tanto la comida nicaragüense, que cuando acompañó a su gran amigo, el escritor inglés Graham Green a la Nicaragua liberada, le sugirió a Tomás Borge que lo llevara a comer al mercado Roberto Huembes de Managua, cuyos comedores ya en 1980 habían adquirido merecida fama.

CHUCHÚ Y MODESTO: UNA AMISTAD PROFUNDA

Más que por su origen nicaragüense -nació en Diriamba, pero desde niño vivió en Panamá-, Chuchú se enamoró de la lucha sandinista a comienzos de 1975 después de su encuentro con Eduardo Contreras, el recordado Comandante Cero de la operación Diciembre Victorioso de 1974. El General y Chuchú lloraron su muerte en 1976, apenas unos meses después de conocerlo, y desde entonces su compromiso con la revolución sandinista fue total.  
 
Año y medio después, Chuchú, el poeta militar, se fue en su avioneta a Costa Rica, para recoger a Modesto [el Comandante Henry Ruiz] y llevarlo ante Torrijos. Después de aquella plática, la amistad entre los dos, o entre los tres, creció hasta la hermandad. Chuchú decía que si tuviera que darle un nombre a Modesto y un adjetivo, le llamaría Revolucionario Ejemplar, aplicando una máxima del Che Guevara: la única forma de enseñar es el ejemplo. Y en eso, decía, Modesto es un maestro.  
 
De la mano de Chuchú, la relación de Modesto con Torrijos llegó a convertirse casi en su vínculo exclusivo con los sandinistas. De hecho, cuando Daniel Ortega llegó en 1978 a Panamá, el General se lo mandó al Coronel Manuel Antonio Noriega. Y Ortega le reclamó a Chuchú que cómo era posible que Torrijos hablara con Modesto y no con él. En su libro Mi General Torrijos, escrito en 1987, Chuchú relata que cuando salió de su reunión con Noriega, Daniel Ortega está encantado con el Coronel. Hablaba de él con un entusiasmo y un cariño que yo espero que se tengan mutuamente todavía. Después, los hermanos Ortega lograron penetrar hasta el General Torrijos, sobre todo Humberto, y hasta superaron las relaciones que con él tenía Modesto. 
 
Chuchú siempre se sintió más cercano políticamente a los GPP. Tanto, que arriesgó su vida en muchas misiones clandestinas. Aunque también conoció y entabló amistad con Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Carlos Mejía Godoy, Lenín Cerna, Dora María Téllez, Edgard Lang, Javier Carrión, Omar Cabezas y tantos otros, su amistad con Modesto perduró. Hubo otro sandinista a quien Chuchú quiso especialmente como un hermano. Germán Pomares, El Danto. Fue Chuchú quien llegó a Honduras a liberarlo cuando fue capturado por el ejército hondureño y amenazaba con entregárselo a Somoza. El propio General Torrijos hizo la gestión ante el jefe de los militares catrachos, para que lo pusieran en libertad como un favor personal y mandó a su amigo, el sargento Martínez, para garantizar que se lo entregaran. Pomares murió en combate el 24 de mayo de 1979.

UN VIEJO AVIÓN EN UNA CRUDA TORMENTA

Seguramente la caída de su amigo El Danto, empujó a Chuchú a protagonizar una espectacular acción unos días después. Hacía unos meses, las tres tendencias sandinistas se habían reunificado y habían decidido lanzar la ofensiva final contra la dictadura somocista. A principios del año, Modesto había ordenado la compra de un viejo avión de cuatro motores (con todo y sus escandalosas hélices) y entregó a Marcela y Róger muchos miles de dólares para cerrar la operación. Con la expresa autorización del General Torrijos, aquel avión abastecía de armas, municiones y avituallamiento a las columnas guerrilleras del Atlántico Norte, Matagalpa, Estelí y hasta a las de Managua.  
 
En ese mismo avión, Modesto quería regresar a Nicaragua, a su columna Pablo Úbeda, para así contribuir en lo que parecía la batalla final. Reunió a 75 guerrilleros, entre ellos algunos panameños, ametralladoras 50, fusiles nuevecitos y una enorme cantidad de municiones. Y le pidió a su amigo Chuchú que pilotara el avión. Al amanecer del 29 de mayo, con el cielo despejado, salieron de una base militar de David, en Chiriquí, en la frontera con Costa Rica.  
 
Dos horas después sobrevolaban los cielos del Caribe Norte nicaragüense, pero el tiempo había cambiado. Había una tormenta y la tensión entre los guerrilleros apiñados dentro de aquel avión aumentaba por minutos. Chuchú dio una vuelta, intentando descubrir algún resquicio donde poder aterrizar. No lo encontró. Modesto se había situado a su lado. Dio una segunda vuelta, pero tampoco encontró espacio para el aterrizaje. “En estas condiciones -le dijo a su amigo Modesto entre gritos casi ahogados por el ruido infernal de los motores de aquella nave que parecía una estufa- no puedo aterrizar. ¡No me importa que no pueda despegar después, porque me quedo con ustedes, pero es que ni siquiera puedo bajar!”. Le explicaba, pero Modesto era terco y le ordenó a gritos que descendiera. Entonces, Chuchú casi perdió la compostura: “En tierra, mi comandante, manda usted. Pero aquí, mando yo. ¡Y no vamos a aterrizar!”. Modesto no supo qué contestar. Por fin, regresaron a Panamá y aterrizaron en la misma base de la cual habían partido. Después, cuando le contaron lo ocurrido a Róger, Chuchú y Modesto reían juntos de las órdenes y contraórdenes. Y su amistad se fortaleció. 
 
El sargento Martínez nunca pudo superar el asesinato de su General, el 31 de julio de 1981, y nunca volvió a tener la misma alegría. Peor aún cuando fue testigo impotente de cómo toda la obra de Torrijos era pulverizada por Noriega y los ricos que se habían apoderado del Partido Revolucionario Democrático. Pero el dolor ya se le hizo insoportable tras la invasión yanki en diciembre de 1989. Hasta que un infarto fulminante se lo llevó cuando todavía no cumplía los 62 años, el 27 de enero de 1991. Uno de sus muchos amigos nicaragüenses, Carlos Mejía Godoy, le hizo una canción cuyo estribillo dice: Se murió Chuchú Martínez / Chuchú Martínez murió / que Dios lo haya perdonado, porque nosotros, no.
Email: info@envio.org.ni

[Reproducimos sección de escrito testimonial de William Grigsby, aparecido en la revista electrónica ENVÍO, Número 268 | Julio 2004, Universidad Centroamericana (UCA), Managua, Nicaragua]

   

 


                                  

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