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EL PODER DE LA PALABRA
(MATICES QUE ENALTECEN O QUE DENIGRAN)

Fernando Sorrentino (escritor argentino)
fs_literatura@yahoo.com.ar
Sabemos que cualquier característica de un ser humano, de un animal o de un objeto, o cualquier actitud asumida en un momento dado, pueden ser calificadas, según la afectividad del calificador, con un sustantivo o un adjetivo que, aunque tengan significado próximo, divergen en la intención de enaltecimiento o de menoscabo.
Un ejemplo ilustrará claramente este aserto.
¿Prudente o cobarde? ¿Valiente o temerario?
Imaginemos que uno de esos imbéciles que siempre tienen la culpa de los accidentes de tránsito choque mi auto. Yo —furioso y confiado en mis fuerzas— me lanzo afuera con la intención de —si fuese necesario— pulverizar al insolente con el rigor de mis puñetazos. Pero hétenos aquí que el réprobo se apea de su pequeño auto y resulta ser un coloso de dos metros de estatura y de ciento veinte kilos de peso, hombre de unos treinta años de edad, con manazas de cíclope, con brazos hercúleos pródigos en bíceps y tríceps, con una caja torácica del tamaño de una locomotora y, en fin, con todos los signos de ser un brillante jugador de rugby en el puesto de pilar y en el apogeo de su campaña deportiva.
Pues bien, mi animus belli se esfuma en un segundo como por encanto y acepto civilizadamente las explicaciones (o las acusaciones) del gigante. El incidente termina por elevar la idea que tengo de mí mismo y concluyo diciéndome: “Qué bien he procedido: soy una persona prudente”. Pero Fulano de Tal —siempre ha sentido envidia de mis dotes— ha presenciado por azar el episodio y, naturalmente, piensa: “Como de costumbre, el Sorrentino ha procedido como un cobarde”.
Ahora bien, supongamos que, en lugar de actuar del modo descripto, yo —en un rapto demencial— hubiera entrado en combate con el rugbier en cuestión, y la lid hubiera concluido —como es lógico— con mi absoluta y ominosa derrota. En tal caso, yo me habría consolado diciendo: “He procedido muy bien: aunque el titán me ha dejado más cerca del ataúd que de cortejar a una dama, soy una persona valiente”. No obstante, el maldito Fulano de Tal, que continúa parado ahí, piensa: “Como de costumbre, el Sorrentino, molido a golpes, ha procedido como lo que es: como un idiota temerario”.
No sería difícil confeccionar una larguísima lista de estos adjetivos contrapuestos: yo soy humilde / él es rastrero; yo soy generoso / él es
derrochador; yo soy ahorrativo / él es avaro; yo soy altivo / él es soberbio. Etcétera, etcétera.
Lope de Vega y Antonio de Guevara
Cosas parecidas había señalado ya, hacia 1618, Lope de Vega en el primer acto de Fuenteovejuna.
Primero, Frondoso enumera una serie, digamos, encomiástica de vocablos (vs. 293-316) y dice que se ha de llamar
al bachiller, licenciado;
al ciego, tuerto; al bisojo,
bizco; resentido, al cojo;
y buen hombre, al descuidado.
Al ignorante, sesudo;
al mal galán, soldadesca;
a la boca grande, fresca;
y al ojo pequeño, agudo.
Al pleitista, diligente;
gracioso al entremetido;
al hablador, entendido;
y al insufrible, valiente.
Al cobarde, para poco;
al atrevido, bizarro;
compañero al que es un jarro;
y desenfadado, al loco.
Gravedad, al descontento;
a la calva, autoridad;
donaire, a la necedad;
y al pie grande, buen cimiento.
Al buboso, resfrïado;
comedido al arrogante;
al ingenioso, constante;
al corcovado, cargado.
A lo que Laurencia replica diciendo que “hay otro más riguroso / y peor vocabulario / en las lenguas descorteses”. Y en seguida (vs. 329-348) lo detalla:
al hombre grave, enfadoso;
venturoso al descompuesto;
melancólico al compuesto;
y al que reprehende, odioso.
Importuno al que aconseja;
al liberal, moscatel;
al justiciero, crüel;
y al que es piadoso, madeja.
Al que es constante, villano;
al que es cortés, lisonjero;
hipócrita al limosnero;
y pretendiente al cristiano.
Al justo mérito, dicha;
a la verdad, imprudencia;
cobardía a la paciencia;
y culpa a lo que es desdicha.
Necia a la mujer honesta;
mal hecha a la hermosa y casta;
y a la honrada... Pero basta;
que esto basta por respuesta.
Sin embargo, en 1539 —casi cien años antes que Lope—, también fray Antonio de Guevara (Menosprecio de corte y alabanza de aldea, VIII) se había referido a la costumbre de encumbrar mediante eufemismos o adjetivos ponderativos:
En la corte todos son obispos para crismar y curas para bautizar y mudar nombres, es a saber: que al soberbio llaman honrado; al pródigo, magnífico; al cobarde, atentado; al esforzado, atrevido; al encapotado, grave; al recogido, hipócrita; al malicioso, agudo; al deslenguado, elocuente; al indeterminado, prudente; al adúltero, enamorado; al loco, regocijado; al entremetido, solícito; al chocarrero, donoso; al avaro, templado; al sospechoso, adivino; y aun al callado, bobo y necio.
El “prestigio” de la lengua extranjera
Los mecanismos de exaltación y de menoscabo se manifiestan a menudo dentro de la lengua española. Pero también puede —y suele— ocurrir que el hablante procure el ditirambo por medio de la sonoridad o el presunto prestigio de una lengua extranjera.
Ayer tuve que hacerme cortar el pelo en una de las tantas modestas peluquerías de mi barrio de Buenos Aires. Para mi sorpresa, según lo anunciaba un cartel pintado en el cristal del frente, quien se encargaría de la tarea ya no sería Fulano de Tal, PELUQUERO sino Fulano de Tal, ESTILISTA.
Así como a Sansón la falta del cabello que le rapó Dalila le quitaba fuerzas, parece que en mi persona la labor del Dalilo en cuestión intensifica el funcionamiento de mi caletre pues, apenas estuve de vuelta en la calle, relacioné la autoglorificación del peluquero con el hecho de que, en las profesiones más o menos medicinales, Grecia ha desplazado a Roma: en la Argentina ya no existen “oculistas” sino oftalmólogos, los “dentistas” se han transformado en odontólogos y los pedestres “pedicuros” han devenido en podólogos.
Bien recuerdo que mi abuela materna tenía una hermana que —dada a los arcaísmos— hablaba, hacia 1960, de botica y no de farmacia, que era como decíamos todos los demás mortales de Buenos Aires; ambos términos son de etimología griega, y —que yo sepa— nunca hubo palabra de origen latino para designar el comercio en cuestión.
Mejorar las cosas reales y tangibles mediante el uso de palabras “prestigiosas” es, naturalmente, una mera ilusión: tan bueno o tan malo será un podólogo como un pedicuro (salvo en el caso espeluznante, pero no infrecuente, de que alguien pronuncie pedícuro, circunstancia que, sin dudar, me hará refugiar en la forma helénica).
De igual modo, no me contará jamás como cliente aquel comercio que, en lugar de un cartel de LIQUIDACIÓN, exhiba uno que diga SALE, o que prefiera el OFF a la REBAJA, o se incline por el OPEN en vez del ABIERTO. También —empedernido carnívoro que, como buen argentino, soy— preferiré el asado en la PARRILLA y jamás lo aceptaré en el GRILL.
La Universidad de las Putas
Según afirman los expertos en el tema, hay cierto oficio femenino —ya tildado de triste, ya de alegre— que ha sido datado como el “más antiguo del mundo”, si bien nadie ha establecido la fecha fundacional de tal labor. Esta añeja prosapia explicará, sin duda, la abundante y matizada sinonimia acumulada en tantos siglos y en tantos países hispanohablantes: ramera, meretriz, cortesana, buscona, prostituta, pupila, yiro, fulana, furcia, zorra, golfa, lora, pelandusca, cantonera, etcétera, etcétera.
Sin embargo, el vocablo menos científico, menos regional y menos restringido y ambiguo es el que, por ejemplo, puso en 1603 don Francisco de Quevedo (Buscón, II) en boca de Pablos:
Todo lo sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una PUTA hechicera.
Tampoco (1615) lo eludió Cervantes (Quijote, II, XIII), cuando Sancho habla de su hija:
—Ni ella es PUTA, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere.
Siendo los castos oídos de las damas de dicha cofradía renuentes a grosería o vulgaridad, han rechazado tal término (no, por quevedesco y cervantino, menos ruin). Por tal motivo, al formar, en Buenos Aires, una suerte de sindicato o asociación gremial que las cobija, su natural recato las ha inducido a autotitularse Profesionales del Sexo.
Al igual que oftalmólogo u odontólogo, la expresión es prestigiosa, pues nos inculca la idea de que lungo studio e grande amore (imagino que con clases teóricas y prácticas) han sido necesarios para alcanzar la augusta profesionalidad.
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