|

“Oración en el muro”
Olga Sinclair
.................................................... T E R C E R A C T O
Unas horas más tarde, pero de día aún, en el interior del templo de Jerusalén. Al fondo, alguna ventana. Mejor dicho, el marco de una ventana suspendido en el aire por hilos invisibles, pues falta la pared que nos impediría ver ese paisaje típico en el fondo. A la derecha, el velo del santuario colgando de dos palos, irregular pero armónicamente colocados. En fin, que todo dé esa impresión inconfundible de sueño que se ha pedido ya para toda la escenografía de esta obra, sólo que un poco más exageradamente en la de este último acto.
(Entra Caifás por la derecha, se asoma por la ventana a contemplar el cielo y después va a arrodillarse frente al velo. Al rato entra el Sacerdote, por la izquierda, y llama respetuosamente. Viene llorando, pero Caifás no se apercibe de ello)
.............................................................. SACERDOTE
Maestro.
(Pausa)
Maestro
CAIFÁS
¿A? ¡Oh!
(Se levanta penosamente y va a la ventana de nuevo)
iMaldita atmósfera! Hubiera podido jurar esta mañana que estaría lloviendo a estas horas.
(Mira detenidamente)
Sin embargo, sin embargo, aún hay esperanza.
(No transición)
¿Qué nuevas traes?
SACERDOTE
Están crucificando a Jesús.
(Pausa. Caifás queda pensativo)
CAIFÁS
¿Y...? ¿Han obedecido mis instrucciones? ¿Se han abstenido de tocarle, los judíos?
................................................................SACERDOTE
Sí.
CAIFÁS
¿Son los romanos los que le crucifican?
................................................................SACERDOTE
Sí.
CAIFÁS
(Alegre por dentro repentinamente)
¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Excelente!
(Vuelve a asomarse a la ventana)
¡Si sólo lloviera ahora! ¡Si se oscureciera de pronto! ¡Y esta mañana, que parecía...! Va a resultar inútil el haber insistido en que se le crucificara hoy. -¡Vamos, nubes, vamos; apretaos, revolveos, estallad de una vez!
SACERDOTE
Está el cielo despejado, Maestro. No creo que llueva.
CAIFÁS
Sí, sí; pero los pájaros han volado durante todo el día a ras de tierra, y las nubes son contrarias al viento. Y hay algo extraño, tenso, que carga el aire.
(Pujando)
-¡Vamos, nubes, vamos! -Mira, mira aquella de allá, que viene. Si se apresurara quizá llegara a tiempo.
(Transición. Se vuelve al Sacerdote)
Bien, sólo nos queda esperar ahora, y rogar a Dios con todas nuestras fuerzas. Creo que...
(Se apercibe al fin de que el Sacerdote lloraba)
¡Pero tú has estado llorando!
(El Sacerdote se cubre la cara con las manos)
(Entra un murmullo de gente por la izquierda. Inmediatamente después aparece Judas, tímido y receloso como siempre. Caifás lo ve; luego vuelve a ver al Sacerdote que ahora se enjuga el llanto)
....................................................................CAIFÁS
(A Judas, violentamente)
¡Cierra esa puerta! ¿Qué hacen ahí esos mirones?
(Judas se pone muy nervioso al oír sus gritos y no obedece. Caifás se dirige a cerrar la puerta él mismo, pero advierte el nerviosismo de Judas y cree que se debe a que éste quiere que permanezca abierta. Esto, que en realidad no confirma la actuación de Judas, le hace recordar y desistir de su intento)
Sí, sí. Te entiendo.
(Va a algún sitio y coge una bolsita de dinero. Luego, hablando en voz alta, con el vivo propósito de que lo oigan los de afuera)
Aquí están las treinta monedas de plata por las que me entregaste a Jesús.
(Le da la bolsa. En voz baja)
Han visto y han oído.
(Al Sacerdote)
-Ahora ciérrala. Quiero hablar con este hombre.
(El Sacerdote va y cierra la puerta que se supone está por la izquierda, fuera de nuestro radio visual. Cesa el murmullo de la gente. Al pasar por Caifás en su camino de vuelta lo mira dolorosamente, secándose las lágrimas y como interrogándolo. Caifás lo ve, lo sigue con la mirada y guarda respetuoso silencio hasta que ha salido de escena por la derecha)
CAIFÁS
Me alegro que hayas venido a verme, Judas. Y no por lo de las monedas esas, que puedes guardar si quieres. Tengo que hablar contigo de cosas muy importantes. He estado repasando las profecías estas últimas noches. Yo no sé si vosotros las habéis estudiado detenidamente.
(Espera contestación. No le llega)
¿Sabes lo que te corresponde hacer ahora?
(Pausa. Lo mismo)
Está escrito. Me supongo que lo sabrás.
JUDAS
No te entiendo, Excelencia.
CAIFÁS
(Pretendiendo no haber oído)
Las Escrituras están llenas de profecías; pero sabiendo interpretar ciertos pasajes como proféticos, mesiánicos, les podremos acomodar a la vida y muerte de Jesús de alguna manera. Sin embargo, hay algunas profecías que por estar en boca de todos conviene observarlas rigurosamente, pues a base de ellas reconocerá el pueblo al Mesías, tales como las referentes a la resurrección, la tormenta, la túnica, el velo del santuario. Yo me encargaré de esta última; claro. Pero no sé si vosotros estáis al tanto de todas las demás, ni si habéis hecho los preparativos, ni si contáis con colaboradores para llevarlas a cabo. ¿Sabéis ya, por ejemplo, cómo haréis para robar el cadáver de Jesús a los tres días? Esto es muy importante.
JUDAS
No te entiendo, Excelencia.
CAIFÁS
(No puede soportar más el recelo de Judas)
¡Imbécil! ¿No te das cuenta de que yo soy uno de vosotros, de que trabajamos por la misma causa? ¡Infórmame! ¿Qué tenéis preparado?
(Silencio de Judas. Transición. Esforzándose en ser amable)
Mira, vosotros necesitáis de mi ayuda y yo la de vosotros. Me he comprometido ya demasiado y tengo que llegar hasta el final. Yo tengo fieles servidores, el arca del templo... Todo lo pondré al servicio de nuestra causa. Incluso os perseguiré, predicando contra vosotros con argumentos débiles, de manera que cunda y trascienda nuestro engaño. Pero para todo esto necesito estar en contacto secreto con vosotros. Mi ayuda y consejo os sería de inestimable valor. Por mucho que estéis preparados, no podéis tener mi experiencia en estas cuestiones de religión, ni estar tan al tanto como yo de las Escrituras. Tú, por ejemplo, ¿sabes que esta misma noche debes quitarte la vida?
JUDAS
(Saliendo de espaldas y haciendo gestos negativos con la cabeza)
No. No.
CAIFÁS
¡Ven acá, necio! ¡No te vayas! ¡Por lo menos dime...! ¡Ven acá, te digo! ¡Te ordeno!
JUDAS
(Su voz. Desde afuera, entre el murmullo de la gente que se ha vuelto a oír. Gritando)
¡Caifás, toma tu dinero! ¡Me arrepiento de haber hecho lo que hice! ¡Toma!
(Le tira la bolsita de dineros)
CAIFÁS
(En voz baja. Sonriéndose y recogiendo la bolsa)
Te arrepientes, ¿eh? Y esto. Sí, olvidaba. Así está escrito.
(Pesando la bolsa en su mano)
Para el campo del alfarero. Estáis bien enterados de las profecías.
(Mirando hacia la izquierda, por. donde había, salido Judas, pero siempre a sí mismo y en voz baja)
Me hubiera gustado ver aquel beso más de cerca, Judas.
(Va hacia, la puerta. Se oye que dice a los curiosos: "¡Fuera, fuera de aquí!". Se oye el portazo con que cierra la puerta., Cesa el murmullo de la gente. Regresa y atraviesa la escena. Cuando va por la mitad se ve, a lo lejos, un rayo. Luegose oye el trueno, lejano. Caifás se emociona de pronto y corre a la ventana. Otro rayo, a lo lejos. Sí, es cierto. No se equivocaba: La tormenta está encima. El día se ha oscurecido repentinamente. La estancia, sumida en sombras, refleja los relámpagos)
....................................................................CAIFÁS
¡Gracias, Señor!
(Recuerda de pronto)
¡El velo! ¡El velo!
(Va rápidamente a él, pero en el momento en que lo iba a tocar se queda inmóvil, temiendo. Otro trueno. Caifás se contagia, agarra el velo con rabia, con odio, y lo rasga en dos, de arriba a abajo. Violenta transición. Tiembla y cae postrado de rodillas)
¡Perdóname, Señor, Dios todopoderoso; Tú conoces mi corazón! (Ora)
(Entra el Sacerdote por la derecha con una antorcha en la mano; ve a Caifás va a hablarle, pero se asombra al ver el velo y se crispa de terror.
.............................................................. SACERDOTE
¿Cómo?
(Pero medita rápidamente; vuelve a ver a Caifás y cae en la cuenta. Pausa. Lo acepta. Va y deja la antorcha en algún sitio apropiado. Luego, respetuosamente)
Maestro.
(Caifás levanta la cabeza y lo ve)
Jesús ha expirado.
(Otro trueno. Caifás se incorpora silencioso, cansado)
La tempestad de pronto. Si no me lo hubieras dicho desde esta mañana tú, que sabes tanto de estas cosas, creería que se trata de un milagro. Que se haya oscurecido así, el día. Parece milagro ciertamente.
CAIFÁS
(Rendido. Hablando lentamente. El esfuerzo con que rompió el velo había sido su último)
Quién sabe si no lo es. Quién sabe si no es ésta la manera de decirnos Dios que aprueba nuestros propósitos, y que nos ayudará.
(Pausa)
¿Por qué llorabas, Saúl?
(Pausa)
¿Jesús?
...............................................................SACERDOTE
No. Los hombres.
CAIFÁS
Es curioso. Yo pensaba en lo mismo. No pude evitar pensarlo por un instante.
(Mira el velo)
Por un breve instante.
..............................................................SACERDOTE
Yo he estado todo el día entre esos hombres, viéndoles, a cada uno de ellos. Tú me has enseñado a amarles, Maestro,
(Verdaderamente)
y me dolía engañarles. ¿Es necesario engañarles de esta forma?
CAIFÁS
Sí. Es necesario. Aunque sólo fuera por el propio bien de ellos, es necesario.
(Transición)
Es curioso, hace un rato pensé yo en lo mismo, en los hombres. Y se me ocurre preguntarme además: Si este nazareno fuese de veras el Hijo de Dios, ¿lo hubiera yo matado? ¿Lo hubiera yo matado, Saúl? Porque, Saúl, yo amo a Dios, pero también amo a los hombres, y me duele verlos cómo sufren, cómo mueren los pobres. En realidad son buenos. Son obras de Dios. Hechos de uno en uno, de noche, con besos y caricias, con amor, cuando más se quieren los esposos. ¿No cabe entonces que nosotros pidamos, que exijamos por ellos? ¿No cabe entonces que nos venguemos por su miseria? No sé qué hubiera hecho si este nazareno fuese de veras el Hijo de Dios. Es una fantasía pensarlo, pero no sé qué hubiera hecho. Demos gracias de que es un charlatán, y de que lo hemos sacrificado por la gloria de Dios y por el bien de los hombres.
SACERDOTE
¿Cómo puedes dudar de lo que harías con el Hijo de Dios, Maestro...?
....................................................................CAIFÁS
(Un poco ansioso por salirse del tema)
En fin, de todos modos, el Hijo de Dios no existe. Es un mito.
SACERDOTE
Pero, si existiera; ¿qué otra cosa se podría hacer sino besarle los pies?
....................................................................CAIFÁS
(Sin ánimo)
Sí, sí. Claro.
SACERDOTE
Primero hablas de vengarte de Dios y luego de su gloria. Yo ya no sé qué creer. Ya no te puedo comprender, Maestro.
CAIFÁS
(Acariciándose la frente)
Sí. Perdóname. Es que estoy cansado. Por la gloria, por la gloria de Dios es esto que hacemos. Y por el bien de los hombres. Ya te lo expliqué en el palacio de Pilatos. La primera ley es amar a Dios, y es nuestro deber, como sacerdotes, enseñarles a los hombres a que amen a Dios, y para esto tienen antes que considerarle justo.
SACERDOTE
¿Y no lo es acaso? ¿Me vas a decir ahora que Dios no es justo?
CAIFÁS
No, hijo, no. Sí lo es, a lo divino; pero yo digo justo a la pobre manera de ellos... Te lo he explicado ya, Saúl.
SACERDOTE
¿No son dignos los hombres de la verdad desnuda entonces? ¿De ese puro sonido, como dices?
....................................................................CAIFÁS
Algún día, sí, quizá. Pero no los de esta generación. Dios nos perdonará que le hayamos vestido de hombre para poder introducirle en la estrecha conciencia de estos hombres. Él sabrá desvestirse dentro cuando llegue el momento oportuno, cuando juzgue que podrán soportarle su terrible desnudez. No, estos hombres de esta generación no soportarían la verdad; ni sabrían qué hacer con ella, dóndeponerla, cómo usarla; ni son dignos de conocerla, los pobres. Aquí nadie viene a la sinagoga si no es a vender sus mercancías, o a robar. Roma se hunde bajo el fango y la prostitución. Grecia imita a Roma. No. Lo que estos necesitan es este peso que les estamos fabricando a la medida, para que les ruede bien en la conciencia, apretado. Aceptarán la vidacomo el castigo merecido que les da un Padre iracundo y ofendido, pero justo, y le podrán amar entonces, y sólo entonces creerán en Él a ciegas, sin querer comprenderle, porque antes habrán comprendido que son unos pecadores asesinos indignos de pretender hacerlo.
SACERDOTE
Y este engaño, Maestro, hasta cuándo vivirán de él?
....................................................................CAIFÁS
Quién sabe. No lo sé. Hasta que los hombres amen la vida y no la vean como un castigo sino como una bendición. Hasta que se laven los ojos, porque la miseria está en nuestros propios ojos y no en la vida. De esto estoy seguro, pues Dios es infinitamente bueno, y la vida es obra de sus manos. Al menos, si no toda, las partes más inevitables de ella, las más duras. Entonces, cuando vean la vida buena, totalmente, al faltarles el castigo, se olvidarán de la culpa poco a poco, o bien se dirán: "¿Dónde está la culpa? Si hubiese de veras culpa habría castigo, puesto que Dios es justo. La justicia de Dios es su propia substancia. Pero yo aquí no veo -se dirán- sino una vida hermosa como una bendición. Luego culpa nunca la hubo. Los hombres nacen sin pecado, con las manos limpias. Todo ha sido un engaño de los antiguos" -se dirán-. E irán a Dios agradecidos, no golpeándose el pecho, sino cantando hossanas. Y sonriéndole.
(Pausa)
Nosotros, aquí, ahora, somos esos antiguos que ellos posiblemente desprecien por haber engañado a sus padres.
SACERDOTE
¿Crees que verdaderamente llegará ese día?
CAIFÁS
Te repito: No sé. Quizá. Para mí es completamente imposible imaginarme a la vida limpia como una bendición. Pero sí, puede ser que algún día ciertos hombres distintos a nosotros, de una nueva raza, sobre los que no pese tanto la vieja carga de la tradición... puede ser que ellos puedan sacudírsela y ver la vida sin prejuicios, así, limpia, como te digo; y oír pura la palabra de Dios, y alimentarse de su verdad cruda.
SACERDOTE
Y nos despreciarán.
(En voz más baja)
¡Como me desprecio yo mismo!
(No ha oído o pretende no haber oído la última parte)
Sí. Aunque también podría ser que uno de estos nuevos hombres se pasee un día por el bosque, y vea, y se sienta feliz, y no comprenda algo. Esa noche este hombre podría tener un sueño y vernos, a ti y a mí, como estamos ahora, y oírnos... desde algún sitio. Y él se lo dirá a sus hermanos, y ya no nos despreciarán. Muchas verdades se revelan en sueños, confusamente, y no por eso dejan de ser verdad.
SACERDOTE
No se la creerían, estoy seguro.
....................................................................CAIFÁS
Aunque así fuera, eres Sacerdote, siervo de Dios, y como tal, debes pensar primero en Él y en sus amados intereses: Sus criaturas. Debes tener fe, hoy más que nunca, y estar dispuesto hasta el martirio por el amor de Dios. Porque tu labor comienza ahora. Tú te vas a convertir a esta nueva religión y seguirás a esos hombres que andaban con el nazareno. Apostatarás de esta sinagoga decrépita y la atacarás, e irás por todo el mundo predicando la nueva religión, diciéndole a los hombres que aquí, en Palestina, en Jerusalén, el hombre ha crucificado al Hijo de Dios; haciéndoles sentirse culpables hasta de haber nacido. Se te perseguirá oficialmente, pero te estarán esperando hambrientos en la puerta de cada corazón, porque necesitan urgentemente de Dios y están ayunos de Él desde que encontraron insípido y huero el maná de los antiguos; han menester de este nuevo condimento, pues todos se buscan el pecado que justifique el castigo de la vida para poder considerar a Dios justo y poder creer en Él y saciarse esa hambre natural. Tú vas a señalarles su pecado, su tremendo pecado. Sepárate de mí, pues; ve a llevarle a esos pobres el consuelo.
(A sí mismo)
-¡El consuelo! Toda la vida la he pasado buscándole, el consuelo. Y era el asesinato de Dios.
(Menea la cabeza con pesimismo)
¡A lo que hemos llegado!
SACERDOTE
¿Por qué no vas a llevárselo tú mismo, Maestro? Yo... no quisiera ir. Todo el mundo sabe cómo he perseguido a ese nazareno. No creerán que haya cambiado así de rerepente.
CAIFÁS
Eso no importa. Sí, creerán. Di que el nazareno se te apareció en sueños, que se te reveló y te convirtió en sueños. Cualquier cosa, pero que no sean razones. Tenemos que fiarle este mensaje a la creencia de los hombres, que no a su ciencia. Para que llegue lejos, para que llegue hondo.
SACERDOTE
Pero, ¿por qué no te conviertes tú en vez de yo? Con sólo convertirte convencerías a centenares.
CAIFÁS
No. Se le daría mucha importancia e investigarían los escribas y los fariseos, y descubrirían fácilmente nuestro engaño. Es menester esperar a que la distancia y el tiempo lo enturbie de tal forma que parezca verdad, o que dé pábulo a la duda al menos. Yo no creo que viva para eso. Y es necesario, es necesaria esa distancia. El hambre y la imaginación harán el resto. Por eso conviene que vayas a predicar lejos de aquí. A Roma, si puedes.
SACERDOTE
¿Y crees que incluso ahí prenderá este engaño?
CAIFÁS
Sí, sí, prenderá. Y probablemente más que aquí. Yo sé lo que te digo. Basta leer a sus escritores para darse cuenta. Todos se mofan de sus dioses.
SACERDOTE
Pero Jesús, la doctrina de Jesús, ¿cómo sabes como es? No le hemos oído hablar nunca.
CAIFÁS
Yo conozco a mi pueblo, Saúl. Le conozco bien. Y sé lo que puede y lo que no puede hacer. Ve a Roma. También allá te esperan.
(Lo dice pero no quiere discutirlo)
Hay muchas cosas, muchas cosas, como te digo. Ya te darás cuenta.
SACERDOTE
Yo no quisiera que me pidas eso, Maestro. Yo... no quisiera ir.
CAIFÁS
Es necesario, Saúl.
SACERDOTE
Además, los romanos desprecian a los judíos y no me harían caso. Se reirían de mí.
CAIFÁS
Tú vas a tratar con esclavos especialmente, con los humildes. Ellos no te despreciarán. Y te harán caso. Yo sé lo que te digo. Cámbiate de nombre de todos modos. En vez de Saúl, en vez de Sáulo, hazte llamar... pues... por algún nombre romano.
SACERDOTE
Otra mentira. En el fondo de todo esto no hay más que mentira.
....................................................................CAIFÁS
No.
SACERDOTE
¡Sí! Estás construyendo esto... este nuevo templo, sobre una mentira, sobre base de barro, ¡y se desplomará! ¡Les caerá encima a los que estén dentro!
CAIFÁS
No estarnos construyendo sobre base de barro. En el fondo de todo esto lo que hay es un firme amor a Dios y a los hombres. Y eso es base suficiente, porque eso es perdurable. La mentira, el engaño, es sólo el andamiaje para construir lo que tú llamas un nuevo templo. Una vez construido... lo que yo llamo el amor a Dios, su mayor gloria... una vez construida, el andamiaje se tirará, se olvidará.
SACERDOTE
Si eso se desploma sobre la cabeza de los hombres...
....................................................................CAIFÁS
No se desplomará. Y de todos modos, le habrán desocupado ya para entonces. Habrán salido al aire libre, al bosque.
............................................................... SACERDOTE
(Terco)
¡Pero, ¿y si se les cae sobre la cabeza? ¡
CAIFÁS
No se les caerá. En caso de que flaquee antes de tiempo, crujirá, habrá señales, se les advertirá. No te preocupes, Saúl. Te repito: Yo no estoy improvisando esto. Llevo largos años calculándolo sin que me diera cuenta. Haz lo que te digo.
SACERDOTE
¡No... puedo!
CAIFÁS
Sí, lo sé. Pero es necesario sacrificarse. También lo hago Yo, como ves, sembrando lo que otro ha de recoger. Recuerda que somos sacerdotes, siervos de Dios. Vete, hijo. No vuelvas, a verme. Pasa ahora por el Gólgota y di al pie de la cruz: "Ciertamente, este hombre era el Hijo de Dios". Dilo en voz alta, para que te oigan. Yo te repudiaré mañana, pero el fuego habrá llegado a la paja ya.
(pausa)
Adiós, Saúl.
(Lo abraza)
...............................................................SACERDOTE
(Se deja abrazar pasivamente, pero de pronto estalla con violencia)
¡No! ¡No me toques, Maestro!
....................................................................CAIFÁS
(Extrañado)
¿Qué te pasa?
SACERDOTE
¡Yo... no puedo! ¡No.., puedo ofender a Dios así!
(Transición. Vehementemente)
Maestro, tú me has enseñado a amar a Dios...
....................................................................CAIFÁS
(Dulce)
Sí, hijo, sí. Y es por el amor de Dios...
SACERDOTE
¡No! ¡No puedo! Tú no lo sabes. Yo me siento cochino desde que colaboro contigo en este engaño. ¡Y ahora ver así, profanado, el santuario del Señor!
CAIFÁS
El santuario del Señor no es ese trapo que está ahí. El santuario del Señor está...
...............................................................SACERDOTE
¡No!
CAIFÁS
Exponme tus razones. Yo te ayudaré a que comprendas esto que estoy haciendo.
SACERDOTE
¡Siempre, siempre, siempre has hablado tú! ¡Pues no! ¡Ya no! ¡Ahora quiero ser yo quien hable!
CAIFÁS
Sí, por lo que más quieras, habla. Exponme tus razones.
SACERDOTE
(Primero se crispa todo, como si fuera a hablar a gritos, pero en el momento comenzar a hacerlo se encuentra con que no sabe cómo)
Yo no tengo razones.
(Deja caer su cabeza entre las manos, vencido. Caifás va a hablarle con dulzura pero se incorpora rápidamente)
¡No! No quiero que me convenzas con tu sofística extranjera. Tú lo has dicho: Un sacerdote no cree con el entendimiento. De nada te sirve el haberme convencido así. Yo no creo con esto...
(Por la frente)
sino con esto...
(Por el corazón)
....................................................................CAIFÁS
(Tomando fuerzas de donde ya no las tenía)
¡Y ese hombre, ese hombre que estuvo aquí, hace un rato, ¿no te convenció al corazón? ¿No sabes que en estos momentos se está ahorcando? ¡Eso... ¿no te convence al corazón?!
............................................................. SACERDOTE
(Desesperado)
¡No! ¡No me hables más! ¡No quiero oírte!
(Se tapa las orejas. Pausa. Transición)
No te respeto más, Caífás. Has hecho mal, mal, mal. Se te juzgará por ello. Has ofendido a Dios con esta mentira, y se te juzgará por ello.
(Transición)
Y en esta vida también, porque yo voy a ir a hablarle a esos hombres y les diré la verdad. Les diré que tú has pretendido engañarles; que tú has pretendido robar para este nazareno la gloria de Jehová. ¡Lo gritaré! ¡Iré a gritarles la verdad antes de que se filtre tu veneno! ¡Tú me has, enseñado a hacerlo! ¡Ahora sé gritar! ¡Mira!
(Gritando)
¡Caifás, Dios te arrojará, te vomitará de su boca! ¡¿Quién eres tú para querer justificarlo?! ¡Iré a gritarles la verdad, ahora mismo!
(Inicia el mutis. Caifás se le interpone mansamente en su camino)
Intenta detenerme, Maestro, y te abatiré a golpes.
(Caifás le cede el paso)
....................................................................CAIFÁS
(Rogando)
¡Saúl! ¡Saúl! ¡Por el amor de Dios, y el de los hombres!
SACERDOTE
(Se detiene. De espaldas a Caifás)
¿Por el amor de Dios?
( Grosero)
¡Caifás ...!
(Dulce)
¡Maestro... por el amor de Dios no se miente!
CAIFÁS
Por el amor de Dios es, hijo.
SACERDOTE
Pilatos anda diciendo que eres envidioso, y ambicioso.
....................................................................CAIFÁS
Tú no puedes creer eso de mí, Saúl.
SACERDOTE
(No sabe qué hacer. Siempre de espaldas a Caifás)
Te daré una oportunidad. ¡Que Dios deje caer un rayo sobre mí y que me parta en dos, si es su voluntad el que este engaño, se realice, si para gloria suya! ¡Que deje caer sobre mí treinta rayos cuando salga del templo, si su voluntad el que yo no le hable a los hombres! ¡Que los deje caer, ahora, sobre mí! ¡Que me hable! ¡Reza, Caifás, reza! ¡Que te haga este milagro! ¡Que me hable!
(A lo lejos, truenos amenazadores)
CAIFÁS
Escucha la voz de Dios, Saúl. Pero no eso...
(Por los truenos)
Escúchala en ti, en el fondo de ti. Pon atención. Escucha.
SACERDOTE
(Pausa. Escucha. Pero no comprende la voz de su conciencia. Flaquea toda su decisión y se viene abajo. Llorando)
¡Ayúdame, Maestro! ¡Ruega a Dios que me manifieste su voluntad! ¡Ruégale a Dios un milagro, Caifás, cualquier cosa! ¡Que me diga de alguna forma que este engaño es para mayor gloria suya y para el bien de los hombres! Que ha aceptado este sacrificio monstruoso, inhumano.
CAIFÁS
¡Lo ha aceptado! Porque es para su gloria, y para el bien de los hombres.
................................................................SACERDOTE
¡Que me lo diga Dios!
CAIFÁS
Vendrán a burlarse de Dios, a pedirle cuentas por sus actos... a escupir en su santuario. Porque ya no le entienden, Saúl; los hombres ya no entienden a Dios, y han menester de esta nueva explicación para hacerles la vida soportable. Tú sabes eso.
SACERDOTE
¡Que me lo diga Dios! ¡Un milagro! ¡Cualquier cosa!
(Desesperado)
¡Reza, Caifás, reza!
(Caifás va lentamente al velo y se arrodilla a rezar, el rostro vuelto hacia, arriba. Larga pausa)
¡Reza, Caifás, ayúdame! ¡Cualquier cosa!
(Larga pausa de silencio. Se recupera. Tranquilo)
¿Oyes? Silencio.
(Silencio absoluto)
Estás juzgado, Maestro.
(El Sacerdote inicia el mutis decidido. Caifás permanece orando imperturbable. Antes de consumar el Sacerdote el mutis, entra Marta, desesperada, rasgadas sus vestiduras)
MARTA
¡Caifás! ¡Caifás! ¡Justicia, Caifás! ¡Justicia! ¡Mi hijo ha muerto! ¡Ha muerto! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
(Caifás ora, imperturbable)
............................................................... SACERDOTE
(Asiéndola)
Ven, Marta.
(Con desprecio)
No le hables a ése.
....................................................................MARTA
¡Él, él decía que mi hijo iba a sanar, que ésa era la voluntad de Dios! ¡Ahora voy a pedirle cuentas a su Dios! ¡Suéltame! ¡Suéltame!
SACERDOTE
¡Marta, por favor! ¡Ofendes a Dios de esta manera!
....................................................................MARTA
¿Dios? ¿Dios? ¡Yo no entiendo a tu Dios! ¡Dios ha matado a mi hijo, y a mi esposo! ¡Váis a ver lo que hago con vuestro Dios! ¡Suéltame, o te muerdo!
(Logra desasirse)
¡Escupiré en su santuario... romperé ese velo que....
(Ve el velo, roto ya, y queda, inmóvil y muda de estupefacción)
¡El velo! ¿Qué ha pasado con el velo?
(Pausa. Truenos. El sacerdote vuelve la cabeza violentamente hacia la ventana, luego ve a Caifás y a Marta, y comprende de pronto)
SACERDOTE
¿Tú, Marta? ¡El milagro!
....................................................................MARTA
Yo, ¿qué? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué está roto el velo?
SACERDOTE
¡El milagro, Marta! ¡El milagro!
(En voz más baja.)
¡Tú!
(Se cubre el rostro)
-¡Dios mío!
....................................................................MARTA
(Sospecha)
¿Qué milagro? ¿;Qué ha pasado aquí? ¿Quién ha roto el velo del santuario?
(Lo sacude)
¡Contesta! ¡Contesta! ¿Qué milagro? ¿De qué milagro hablas?
(Transición)
¿ Acaso... ?
(Ve por la ventana. Truenos)
¿Acaso... ?
................................................................SACERDOTE
(Titubeando)
Marta... el velo del santuario... se rasgó en dos.... solo... cuando expiró Jesús.
(Caifás baja el rostro, cansado, con una tristísima alegría)
....................................................................MARTA
¡Y la tempestad...!
SACERDOTE
(Titubeando)
Así estaba escrito por los profetas.
MARTA
¿Entonces...?
...............................................................SACERDOTE
(Titubeando)
Sí. Era... era el Hijo de Dios, Marta.
....................................................................MARTA
(Ya lo había sospechado. Con una voz honda, pero no alta)
¿El Hijo de Dios? ¡No! ¡No! ¡No puede ser!
...............................................................SACERDOTE
(Titubeando)
La luz vino a las tinieblas y... y... -¡Dios mío! '
MARTA
¡El Hijo de Dios! ¡Y yo les ayudé!
(Con un atroz remordimiento, pero sin violencia)
¡Y yo les ayudé a matarle! ¡Con razón murió mi hijo, si yo mataba en esos momentos al de Dios! ¡Ahora lo comprendo! ¡Oh! ¡Perdóname, Señor!
(Llora amargamente, pero suave. Pausa)
.............................................................. SACERDOTE
(La mira detenidamente)
¿Te sientes mejor?
(No recibe respuesta, pero evidente que sí. Por lo menos
la furia se le ha aplacado totalmente. Decidido)
Ven, vamos al Gólgota a arrepentirnos; vamos a pedir perdón.
MARTA
¡Yo les ayudé! ¡Señor! ¡Señor! ¡Con razón murió mi hijo!
SACERDOTE
(Erguido, resuelta ya la voz)
Vamos, Marta; a pedir perdón, porque ¡ese hombre era el Hijo de Dios! -¡Ese hombre era el Hijo de Dios, Caifás!
(Salen los dos. Marta apoyada en el Sacerdote y llorando vencidamente. Pausa)
CAIFÁS
(Solo. Alza el rostro. En voz baja)
Padre nuestro que estás en los cielos, he aquí el engaño de Jesús que ha muerto para redimirte en la pobre conciencia de estos hombres. He aquí nuestro engaño para que estos hombres puedan adorarte y para hacerles más llevadera la miserable vida. Sal a encontrarles, a estos pobres hombres, que van a Ti guiados por la mentira pero por los caminos de la humildad y de la resignación y del arrepentimiento, y que tu nombre sea bendito entre los benditos y la obra de tus manos justa ante los impuros ojos de estos hombres. Amén.
(La tempestad arrecia. Cae una serie de relámpagos a lo lejos que alumbran esporádicamente las tres cruces del Gólgota. Al rato se oye acercarse el rumor ensordecedor de una legión de niños cantando en coro un aleluya espléndido y glorioso. Se ven pasar sus sombras marchando hacia la aurora cuyos límites pisa ya la vanguardia. ¡Aleluya! ¡Aleluya! La tempestad arrecia)
TELÓN LENTO
FIN DE LA OBRA

"Minutos de sabiduría"
Olga Sinclair
|