|

“Bendición en el muro”
Olga Sinclair
..................................................S E G U N D O A C T O
Días más tarde, en el palacio de Pilatos.
(Entran Pilatos y Caifás)
PILATOS
No te comprendo, Caifás. He mandado ya a azotar a ese pobre hombre. ¿Qué más quieres?
....................................................................CAIFÁS
Quiero que le crucifiques.
.................................................................. PILATOS
Pero, ¿por qué? ¿Qué delito ha cometido para que merezca la pena de muerte?
CAIFÁS
Ha blasfemado contra la iglesia, y contra el César.
PILATOS
(Sonriéndose sarcásticamente)
Creo que el César le perdonaría. ¿No puede la iglesia hacer otro tanto?
CAIFÁS
Bien. Pero yo no soy la iglesia. Soy su más humilde siervo. Es mi pueblo, y el pueblo quiere hacer del castigo de este hombre un ejemplo para los falsos profetas.
PILATOS
Caifás, aquí estamos solos. Yo sé que tú eres el nervio de tu pueblo, y que tú le has levantado de esta manera. ¿Qué te propones?
CAIFÁS
Lo he dicho ya: Dar un ejemplo. Son tantos los falsos profetas que hay hoy en día que urge exterminarlos de una vez para que no nos impidan ver al verdadero Mesías cuando venga.
.................................................................. PILATOS
(Sarcástico)
¿El Mesías? Bueno, en fin. Pero yo a este pobre hombre no le puedo matar por tus motivos religiosos solamente.
CAIFÁS
No soy yo, Pilatos. Es mi pueblo. Ayer se reunieron los ancianos, los escribas y todo el sanhedrín, y reo de muerte lo encontraron. Es mi pueblo, no yo.
PILATOS
Pero tú, como Sumo Sacerdote, debes aconsejar a tu pueblo. Que no cometa una injusticia con ese hombre.
CAIFÁS
Nada puedo hacer yo para que mi pueblo no vea en ese hombre...
PILATOS
(Transición, por fin)
¡Tu pueblo! ¡Tu pueblo! ¡Si es así, que le juzgue él, que le juzgue tu pueblo entonces!
(Firme)
¡Pero te prohíbo que influyas! ¡Estás advertido, Caifás! No quiero pensar que es por envidia por lo que te has empeñado en matar a este hombre. Ven.
(Inician el mutis)
CAIFÁS
Tampoco yo quiero pensar, Pilatos.
PILATOS
(Se detiene)
¿Qué cosa? ¿Qué es lo que no quieres pensar?
CAIFÁS
(Con disimulo, sin declararse hostil abiertamente)
Pues... aquello vuestro de "divide y vencerás". Que no quieres matar a este hombre porque sabes que está dividiendo la única unidad que le resta al pueblo judío: su religión. Qué te puede importar la suerte de ese lunático blasfemo.
PILATOS
(Cae en la cuenta, o por lo menos así lo cree)
¡Ah, ya...! Pero, ¿eres tú tan inocente que crees que a Roma le importa tanto esta tierra, o que necesita vencerla aún?
....................................................................CAIFÁS
No. Es cierto. Ya lo ha hecho. Materialmente al menos.
PILATOS
¡Aja! ¡Conque esto era! ¿Así es que tú crees que no lo quiero matar para que siga dividiendo esa unidad... espiritual de la que hablas?
(Caifás no le contesta, para hacerle creer que ha dado en el clavo)
¿Y tú no puedes comprender lo que significa para un romano la ley, aunque se trate sólo de un lunático?
(Caifás no contesta)
Pero, lo dicho, Caifás: Dejaré que tu pueblo le juzgue. Está la situación demasiado tirante para que la agrave yo contrariando la voluntad de tu pueblo, y me niego terminantemente a poner el derecho romano al servicio de la religión judía. Voy a dejar que le juzgue él, tu propio pueblo, pero, ¡te repito: te prohíbo que influyas! Ven, vamos. Haré que le traigan.
(Salen los dos. Casi inmediatamente vuelve a entrar Caifás con el Sacerdote)
CAIFÁS
(Mirando hacia atrás, hacia donde ha dejado a Pilatos)
En seguida voy, Gobernador, en seguida.
(Transición. Al Sacerdote)
-Pon atención: Ve abajo y hostiga a la gente para que le crucifiquen. Y haz que los demás sacerdotes hagan lo mismo. Diles que es una orden mía. Que así lo quiero °,•-o.
SACERDOTE
Sí, Maestro, pero, ¿por qué le das tanta importancia a ese hombre? ¿No te das cuenta de que estás ayudándole en sus propósitos de hacerse pasar por el Mesías?
CAIFÁS
¿Que si no me doy cuenta? ¡Imbécil! Eres tú el que no se ha dado cuenta de los propósitos míos. En realidad son ellos los que me ayudan a mí.
(El Sacerdote no comprende. Caifás lo lleva del brazo más lejos, hacia la derecha, donde corra menos peligro de que lo oigan)
Voy a matar a este hombre, tal y como profetizan las Escrituras que morirá el Mesías. Como lo profetizó David: Crucificado. Después le haré pasar por el Mesías. Quiero darles un remordimiento tan grande a esos pobres que gritan allá fuera que alcance para cada uno de ellos y aún sobre para los por nacer, y que cada uno sienta en sus manos sangre divina y la huella de un martillo deicida. Quiero hacerles que se sientan culpables y acepten la vida como castigo, sin lamentaciones, cómodamente, porque es más llevadero el dolor merecido del que se sabe culpable que el del que se cree inocente. Quiero hacerles este favor. Que ya nadie dude de su justicia. Porque, ¿cómo podrán los hombres quejarse de la injusticia de Dios, si ellos juzgaron injustamente a su Hijo? Anda, ve, ¡hostiga! Haz lo que te digo. ¡Siembra!
(El Sacerdote se le rebela con la mirada. No quiere ir)
¿Qué pasa? ¿Es que no comprendes que, estamos trabajando en el servicio de Dios? ¿Que tu misión como sacerdote es la de acercar los hombres a Dios?; pero que vayan de rodillas, humildes, a pedir perdón, no a criticar la obra de sus manos insolentemente, como lo hacen, diciéndole: "Señor don Dios, ¿por qué la peste, el hambre, la enfermedad, mis vacas, la muerte de mi esposo? ¿Por qué esto, por qué esto otro? ¿Por qué? ¿Por qué, señor don Dios? ¿Y para hacer esta miseria te duraste siete días?" ¿Comprendes ahora, Sacerdote, que tenemos que asestarles un golpe
(Dándoselo en la palma de la mano)
en plena conciencia, para que los aplaste y los postre de rodillas? ¿Comprendes ahora?
SACERDOTE
Eso lo lograbas tú, Maestro, predicando sobre Adán y Eva. ¿A cuántos no les has ya...?
....................................................................CAIFÁS
Sí, ¿a cuántos? Puedo contarlos con mi mano. Los hombres de esta generación ya no comprenden las Escrituras. Esas están terminadas. Fueron escritas para poner de manifiesto la justicia y el poderío de Dios a hombres de hace más de mil años, distintos a nosotros. Ahora es menester escribir una segunda parte.
SACERDOTE
Maestro, tú mismo dices que la palabra de Dios es sólo una.
CAIFÁS
Sí, una. Una, pero cuando está adentro de nosotros. La que nos dice que Dios es todopoderoso e infinitamente bueno y justo; pero para llegar adentro tiene primero que pasar por el entendimiento, por la oreja; tiene primero que amoldarse a las capacidades de la oreja con distintos ropajes e idiomas. Y la oreja de esta generación no entiende el habla con que se hizo evidente a los antiguos la justicia y el amor de Dios. Pregúntale a una mujer de hoy, a Marta, por ejemplo, si entiende eso de que parir a los hijos con dolor es una maldición. Pues ahora vamos a usar un idioma que la oreja de los hombres de esta generación entienden. Vamos a decirle a los hombres que ellos han asesinado al Hijo de Dios, y que esto merece un castigo: la vida, la muerte, la miseria. De este modo aceptarán estas cosas sin chistar, pues habrán comprendido que es lo justo. Estos ya saben lo que es un hijo. Comprenderán. No son como aquellos primitivos semi-salvajes que consideraban una maldición sufrir al hijo. Comprenderán. Y esto es muy importante, porque ellos necesitan comprender.
SACERDOTE
El entendimiento de los hombres, Maestro, no puede pretender...
....................................................................CAIFÁS
Pero es que aun para creer sin comprender, eso... de creer sin comprender, lo tienen que comprender antes. Tú no lo ves así porque eres sacerdote, Saúl; tú crees solamente y no te preocupas por comprender. Pero no todos habrán de ser como nosotros. El entendimiento de ellos tiene manos, y pide, golpea sobre la mesa, exige. Y tiene una boca hambrienta a la que urge condimentarle, condicionarle el alimento, porque tiene dientes también. También tiene dientes, Saúl.
(Transición)
Si fuéramos pájaros, yo hablaría de Dios por medio de plumas y de trinos. Pero somos hombres. Vamos a hablar en hombre entonces: ¡con sangre! Ve. Haz que me maten a ese hombre. Lo primero que tenemos que decirleses que Dios es infinitamente justo, para que duerman tranquilos confiando en Él. Ve. Y no te preocupes. Yo no estoy improvisando esto. Lleva largos años fermentándome en el corazón sin que me diera cuenta. Ve. Haz lo que te digo.
SACERDOTE
Sí, Maestro. Tú sabes lo que haces.
CAIFÁS
Sí. Yo sé lo que hago.
(El Sacerdote inicia el mutis)
¡Ah, mira! Lo más importante. Si logramos crucificarle, los romanos querrán hacerlo al amanecer, según es costumbre, pero haz que la gente insista en que se le crucifique, hoy mismo, esta misma tarde. ¿Comprendes? Que griten eso.
(Observando el cielo por una ventana)
He observado el cielo y creo que se avecina una tormenta. Y es muy importante, pues está escrito que el día se oscurecerá. ¿Has comprendido? Esta misma tarde.
SACERDOTE
Sí. Maestro.
....................................................................CAIFÁS
(Transición)
Dime, ¿has visto a Marta entre la multitud?
SACERDOTE
Sí, Maestro. Todos han respondido a tu llamado.
....................................................................CAIFÁS
Bien. Muy bien. Muy bien. Ve, ahora. No se te olvide nada de lo que te he dicho. Y grita. Por primera vez en tu vida, grita.
SACERDOTE
Sí, Maestro. Tú sabes lo que haces.
....................................................................CAIFÁS
Sí, yo sé lo que hago.
(Mutis del Sacerdote)
....................................................................CAIFÁS
(Solo)
Posiblemente nunca nadie lo sabrá, pero yo sí lo sé.
(Alzando el rostro)
Y tú también, Dios mío.
(Caifás queda orando en silencio. Entra por la izquierda un ruido de multitudes. Primero es un lejano murmullo más o menos uniforme, como el de un mar, pero se va acercando rápidamente hasta desarticularse en gritos formando un estrépito ensordecedor. Entra un Centurión)
CENTURIÓN
Caifás, Pilatos te espera.
CAIFÁS
Sí, ya voy; ya voy.
(Salen los dos. Salvo las veces que se indiquen, la escena quedará totalmente vacía durante todo el proceso de Jesús, pero las voces se oirán claramente)
CENTURIÓN
(Su voz)
¡Silencio! ¡Silencio! ¡Pilatos va a hablaros!
(Se oyen aclamaciones, vivas al César, a Pilatos y a Caifás)
¡Silencio!
(Se hace el silencio)
PILATOS
(Su voz)
Y bien, ¿de qué se le acusa a este hombre?
(Estrépito)
................................................................CENTURIÓN
(Su voz)
¡Silencio!
(Se hace el silencio)
....................................................................CAIFÁS
(Su voz)
Pilatos, hemos hallado a este hombre amotinando a nuestra gente y diciendo que él es el Mesías. Lo juzgó Herodes ya. Ayer se reunió el sanhedrín para juzgarle y se le ha encontrado culpable.
....................................................................PILATOS
(Su voz)
Si ya le habéis juzgado, castigadle vosotros entonces.
....................................................................CAIFÁS
(Su voz)
Reo es de muerte, y sólo los romanos tienen autoridad para llevar a cabo tal sentencia. ¡Crucifícale, pues!
................................................................... GRITOS
¡Crucifícale! ¿Crucifícale!
PILATOS
(Su voz)
¡Caifás, desde aquí veo cómo tus sacerdotes hostigan al pueblo! ¡Ordena que dejen de influir en él o no será Jesús el que se juzgue aquí!
(Estrépito ensordecedor)
(Entran a escena Pilatos y el Centurión)
....................................................................PILATOS
¡Malditos judíos estos!
CENTURIÓN
No conviene llevarles la contraria, Señor. A los locos y a los niños hay que darles la razón siempre.
PILATOS
Si no estuvieran tan tirantes nuestras relaciones con estos bárbaros yo les enseñaría lo que es la ley romana.
(Nervioso por los gritos que continúan)
Anda, ve, apacíguales. Haz que callen.
(El Centurión inicia el mutis)
No. Es inútil. Ve a traerme una jarra de agua. Nadie podrá decir que Pilatos condenó a un justo.
...............................................................CENTURIÓN
(Extrañado)
¿Una jarra de agua, Señor?
PILATOS
(Agrio)
¡Sí, una jarra de agua! ¿Obedece!
CENTURIÓN
Sí, Señor.
(El Centurión sale por la derecha. Pilatos por la izquierda)
..................................................................PILATOS
(Su voz)
¡Silencio!
(Se hace el silencio)
¡Que traigan a mí ese hombre!
(Pausa larga)
Ahí, ahí está bien. Soltadle. -Nazareno, ¿qué tienes que decir a todo esto?
(Larga pausa de silencio)
¿Qué dices en tu defensa?
(Pausa)
¿Te has empeñado en morir?
(Pausa)
¡Nazareno, responde, contigo estoy hablando! ¿Eres tú el Mesías?
(Pausa)
....................................................................JESÚS
(Su voz serena)
Tú lo has dicho.
(Estrépito)
..................................................................PILATOS
(Su voz)
¡Silencio! ¡Guardad el orden o se termina aquí el proceso!
(Se hace el silencio)
Es costumbre vuestra perdonar a un reo en esta fecha de Pascua. Ahora bien: Todos conocéis a Barrabás, el asesino. ¿Queréis que os suelte a Barrabás...
................................................................... VOCES
(En voz baja)
¡No! ¡No!
PILATOS
(Su voz)
... o a este hombre? ¿Qué preferéis?
(Rumores de indecisión. De pronto se oye clara la voz del Sacerdote, secundada después por todos)
.............................................................. .SACERDOTE
(Su voz)
¡A Barrabás! ¡Suéltanos a Barrabás!
................................................................... TODOS
(Sus voces)
¡Barrabás! ¡Barrabás!
PILATOS
(Su voz)
¿Y con éste, con Jesús, qué queréis que haga?
TODOS
(Sus voces)
¡Crucifícale! ¡Crucifícale!
..................................................................PILATOS
(Su voz)
Yo no encuentro delito...
(Los gritos de "crucifícale, crucifícale" no lo dejan hablar)
¡Yo no encuentro delito...!
(Es inútil, ahogan su voz)
(El Centurión había ya, cruzado la escena llevando el agua)
CENTURIÓN
(Su voz estentórea)
¡Silencio! ¡Silencio!
(Se hace el silencio)
PILATOS
(Su voz)
¡Me lavo las manos de la sangre de este justo!
....................................................................CAIFÁS
(Su voz)
¡Lávatelas, Pilatos! ¡Que su sangre caiga sobre nuestras cabezas y sobre las de nuestros hijos!
(Aplausos)
..................................................................PILATOS
Centurión, llévate a este hombre y que le crucifiquen mañana al amanecer, junto a los otros dos sentenciados.
(Gritos aislados primero; después, secundados por todos)
ALGUNOS
(Sus voces)
¡No! ¡Crucifícale hoy! ¡Hoy!
...................................................................TODOS
(Sus voces)
¡Hoy! ¡Hoy! ¡Hoy!
................................................................ ..PILATOS
(Su voz)
¡Bueno, crucifíquenle ahora! ¡Pero idos de aquí ya, todos!
(Algarabía desenfrenada afuera, alejándose poco a poco. De vez en cuando se puede distinguir algún viva al César, a Pilatos y a Caifás, pero ya no al unísono como al principio, sino mezclado con risas y gritos desordenados. Entra Pilatos apresuradamente y atraviesa la escena. Luego, Caifás)
CAIFÁS
¡Gobernador!
(Pilatos vuelve a verlo. Lo mira con desprecio por un segundo y luego sigue su. camino sin hacerle caso. Mutis por la derecha. Caifás sonríe. Entra el Sacerdote)
SACERDOTE
(Con un cierto rencor)
¿Ha salido todo bien, Maestro?
....................................................................CAIFÁS
(Estaba distraído)
¿Ah? Sí, sí. Muy bien.
(Transición)
Y tú, te has portado magníficamente. Estoy orgulloso de ti. Te oí cómo gritabas.
...............................................................SACERDOTE
(Humilde)
Hice cuanto me ordenaste, lo mejor que pude. No es de mi carácter gritar, Maestro.
(Vivamente)
¡Pero...!
CAIFÁS
Sí, lo sé, hijo.
(No, no lo sabe, pero el Sacerdote renuncia ya a decírselo)
Sin embargo lo has hecho magníficamente bien. Ahora has estado entre esa chusma, ¿comprendes ahora?
SACERDOTE
Sí, Maestro.
(Se anima otra vez)
Pero, ¿estás seguro que Dios necesita de estos engaños para ganarse la buena voluntad de los hombres? ¿Estás seguro? Yo no puedo dejar de sentirme como blasfemo, Maestro.
CAIFÁS
Dios no necesita de estos engaños, ni de nosotros, ni de nada. Somos nosotros los que tenemos que ir a Él, y cualquier camino es bueno, con tal de que lleguemos postrados, humildes y a pedir perdón, ya que está visto que no podemos ir a darle las gracias por esta vida miserable. Y los hombres se postrarán cuando crean que han matado al Hijo de Dios. Se postrarán, estoy seguro; y no cesarán de repetirse:
(Golpeándose el pecho en un mea culpa)
"Por mi culpa. Por mi culpa", aun cuando lluevan truenos sobre ellos. No te sientas blasfemo. Todo lo contrario. Nunca has hecho más por la gloria de Dios que ahora.
................................................................SACERDOTE
Pero si creen que éste ha sido el Mesías, ¿cómo harán para reconocer al verdadero, cuando venga a fundar su Reino?
CAIFÁS
¿El verdadero Mesías? Hijo, te vuelvo a repetir lo del ropaje. Ahora estoy seguro que el Mesías es un mito: Una manera de vestir la palabra de Dios para que la comprendamos, o hacérnosla evidente al menos, para mostrarnos a Dios justo. Una manera de disculpar esta pobre vida con la esperanza de su llegada.
SACERDOTE
(Hondamente oprimido)
¿El Mesías un mito? ¿Y los que le esperan del otro lado de la muerte? ¿Losque estaremos ahí esperándole?
....................................................................CAIFÁS
(Grave)
Ahora sí, Sacerdote: Cierra los ojos, y ama a Dios más que a ti mismo. Él es justo, a su manera, de alguna forma. Confía.
SACERDOTE
(Para sí mismo casi)
¿El Mesías un mito?
CAIFÁS
Sí. Un ropaje, un condimento, un acondicionamiento de la palabra de Dios para que pueda captarla nuestra oreja y nuestro entendimiento. La palabra de Dios es... como el aire, como el aliento vivo del bosque al amanecer, que de tan puro y limpio no se le puede ver. Pero al medio día, cuando han hecho el aire turbio, entonces sí se le ve. Así la palabra de Dios, pura, limpia, transparente, invisible, cuando está incontaminada del polvo y la mentira. El mito del Mesías es el polvo que han levantado los pies de los hombres buscando a Dios. Pero nos aprovecharemos de ese mito, porque los hombres no están preparados todavía para desatender a la esperanza, ni para oír ese sonido puro, esa verdad de Dios, desnuda. Inténtalo tú, si quieres, un momento cuando reces. Prueba tú la palabra cruda de Dios tal y como florece en los bosques y comprenderás que es de un sabor que no soportaría el paladar de esta generación. Pero inténtalo tú, si quieres, un día que reces o que te pasees por el bosque.
(Pausa)
¿Te extraña, verdad, que yo te diga todo esto?
SACERDOTE
Tú has sido mi maestro desde hace años. Desde que vine a ti tú me has enseñado a orar en el templo, y ahora...
CAIFÁS
Sí, lo sé; ahora te digo que debes orar en el bosque, en cualquier parte. Tú has venido a mí a que yo te guíe, a que te conduzca bajo esos oscuros simbolismos de las Escrituras, y te encuentras con que yo te invito a orar en el bosque, y con que te digo que Dios está ahí, al aire libre. Lo está en todas partes. Sólo que, hijo, de una manera cruda, directa, limpia, no acondicionada para el entendimiento estrecho de los hombres por el mito y el simbolismo de las Escrituras. Pero quiero que lo intentes, que veas a Dios cara a cara, porque se te va a confiar una misión muy importante. Se te ha confiado ya, mejor dicho.
..............................................................SACERDOTE
Tú eres mi maestro, Maestro. Yo intentaré seguir tus pasos.
(En voz baja, terrible)
¡Pero te hago responsable!
CAIFÁS
Bueno. Sí. Pero sígueme en este engaño, Saúl. Por él vamos a pastorear a los hombres camino de Dios.
SACERDOTE
¿Y cómo se convencerán de que este nazareno es el... de que es el...?
(No puede decirlo)
-¡Dios mío! ¡Perdón!
CAIFÁS
Habla.
SACERDOTE
¿Cómo se convencerán de que este nazareno es el... Hijo de Dios?
(Caifás sonríe)
Si vieras como le están tratando.
CAIFÁS
Se convencerán, porque están hambrientos, y este bocado todo lo amargo que quieras, es del tamaño justo de su boca. Y les hará bien. Les sentará bien.
(No quiere discutirlas)
Hay muchas razones. Muchas cosas. Además, porque estamos cumpliendo todas las profecías, paso a paso. Y además, porque tomaremos nuestras medidas para que no tarden en convencerse.
(Pausa. Transición)
Mira, acompaña a la gente. Dile a todos los judíos que se abstengan de poner la mano sobre Jesús. Que sean los romanos los que le crucifiquen. Quiero que también sobre ellos caiga la sangre del Hijo de Dios. Hay la suficiente para todos los hombres de la tierra. Y aun para cada uno de esos que no ha nacido todavía, hay una gota esperándole. -Y es una sangre que no se limpia con agua, Pilatos. No con agua. -Vamos.
(Inician el mutis)
SACERDOTE
¿Vienes con nosotros?
CAIFÁS
No. Voy a dar una vuelta... para pensar. Te veré después, en el templo. Y ánimo, Saúl. Confía.
(Salen)
FIN DEL SEGUNDO ACTO
|