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“Las hermanas de Marta”
Olga Sinclair

P  R  I  M  E  R     A  C  T  O

En las graderías del templo de Jerusalén, algunos días  más tarde.

(Entran a escena un Sacerdote joven y tres fieles: uno con gorro, otro con joroba y un tercero muy flaco) 

..........................................................EL DE LA JOROBA

Peorestá siendo éste. Ese año que dices tú también tuvimos langostas, es cierto, pero los graneros estaban aún llenos de la cosecha anterior.

EL DEL GORRO

Y el  ganado. No hubo peste ese año, y el ganado no se podría  vivo como ahora.

.................................................................EL FLACO

Pues digo que peor fue aquel año.

.........................................................EL DE LA JOROBA

Es laira de Dios que se ha desatado contra nosotros, como dice el Sumo Sacerdote. La mano pesada de Dios. Nunca ha habido tantas desgracias corno ahora. Por todas partes se ve el duelo y se huele a muerte. De noche es interminable el campanilleo de los leprosos que bajan a la ciudad a buscar desperdicios. Es la ira de Dlos, como dice Caifás, el Sumo Sacerdote.

..............................................................SACERDOTE

Ciertamente. Y ya sabéis cuál es el único remedio que existe para tantos males:  El arrepentiros... el enmendaros.­..

EL DE LA JOROBA

No es por nosotros. Dice Caifás que estamos pagando los pecados de toda la historia de Israel.

SACERDOTE

Tú eres Israel, Jacob.

..........................................................EL DE LA JOROBA

No encontrarás tantos pecados en mi vida.

EL DEL GORRO

Sin embargo no tiraste tu piedra aquel día, cuando se juz­gaba a la mujer adúltera. No la tiraste, Jacob. Yo estaba ahí detrás, mirándote.

SACERDOTE

¿Qué adúltera es ésa? ¿De qué habláis?

.............................................................EL DEL GORRO

De una adúltera que íbamos a lapidar. La mujer de Melquí, el herrero. Pero en ese momento llegó ése que se hace llamar Jesús y dijo que tirara la primera piedra aquél que estuviera limpio de pecado. Y Jacob no la tiró.

EL DE LA JOROBA

¿Y tú? ¿La tiraste tú, acaso?

EL DEL GORRO

No, pero yo no digo que mi corazón sea puro. Por el contrario, me sé pecador y acepto estos tiempos malos como castigo a mi maldad. Aunque se esté muriendo todo mi ganado y ya sólo me reste una decena de reses flacas.

EL FLACO

¡Sacerdote, haz callar a estos impíos que blasfeman incluso aquí, en las puertas del templo!

SACERDOTE

Es cierto. Calmaos. No es menester acalorarse así. -Pero, ¿por qué dices eso de blasfemar, Abías? Aquí no blasfema nadie.

EL FLACO

Blasfemar es creer que porque tenemos plaga de langostas Y un poco de peste Dios nos castiga. Yo te digo que no merecemos ni el castigo de Dios.

EL DE LA JOROBA

Eso lo dices tú porque tu negocio de usura florece esplén­didamente a costa de nuestra miseria. No, para ti no es un castigo, es una bendición.

(Al Sacerdote)

-Cobra por intereses la tercera parte de lo que presta, Sacerdote.

EL FLACO

No obligo a nadie a aceptar mi dinero.

EL DE LA JOROBA

¿Y eso te da derecho para explotar a los que acuden a ti obligados por la miseria?

SACERDOTE

Basta ya de gastar aliento en disputas sobre necedades. Guardadlo para confesar a Dios vuestros pecados.

EL FLACO

Estos son unos necios, Sacerdote. La vida siempre ha sido así, dura de llevar. Siempre ha habido plagas de langos­tas y pestes y miseria. Y ese no es motivo para creer que Dios nos castiga.

.............................................................EL DEL GORRO

Siempre ha habido todas estas cosas, es cierto; pero sí, no cabe duda de que la ira de Dios está sobre nosotros. Es la única razón por la cual podemos soportarlas en silencio.

...............................................................SACERDOTE

(Sarcástico)

¿En silencio?

EL DEL GORRO

Sí. Por saberlas venidas de la mano de Dios como justo castigo, según dice el Sumo Sacerdote.

EL DE LA JOROBA

Yo estoy dispuesto a presentarme desnudo en medio de la plaza seguro de que no escandalizaría a nadie con mis pecados. No merezco esa hambre de mis hijos, pues. ¡Y esos campanilleos de noche, que no dejan dormir! ¿Cómo voy a merecer estas cosas? ¿Acaso he asesinado?

(Mirando al Flaco)

¿O robado?

EL FLACO

Que no mereces la vida, di. Porque la vida es esto, así.

EL DEL GORRO.

Dice el Sumo Sacerdote que los pecados se heredan. Que no basta que un hombre muera para que se considere saldada su cuenta. Así lo dice. Que la heredan sus hijos y luego los hijos de sus hijos. Tú lo oíste, Jacob.

.........................................................EL DE LA JOROBA

ir
Sí. Pero que me registren, y a mis padres, y a mis hijos,  y que nos digan si nos merecemos esa despensa vacía.

EL DEL GORRO

¡Estás diciendo que Dios es injusto, Jacob! Porque es Él quien dispone de todas las cosas.

EL DE LA JOROBA

No. Sólo digo que no merecemos estos tiempos.

EL FLACO

¡Blasfemia! ¡Blasfemia! ¡Y aquí, en las gradas del templo! ¡Sacerdote, es tu obligación hacer callar a esta gente!

SACERDOTE

¡Silencio, necios! ¡Ahí viene el Sumo Sacerdote! ¡Que no os oiga hablar así! ¡Callaos!

(Entran por la derecha, bajando del templo, Caifás y  Marta. Ella trae en brazos a un niño dormido envuelto en una manta. Caifás ha podido oír la última parte de la conversación)

......................................................................CAIFÁS

(A Marta)

Vete a casa. No te olvides de seguir al pie de la letra las instrucciones de los médicos. Tu hijo sanará. Ya no ma­na de tu pecho aquella leche amarga con la que le amamantaste el día que murió Samuel. Ahora se te ha vuelto dulce y mansa. ¡Sanará! ¡Tiene que sanar!

.....................................................................MARTA

(Resignada)

Sea ésa la voluntad de Dios.

CAIFÁS

Esa es; yo te lo digo. Vete tranquila ahora.

(Marta sale)

....................................................................CAIFÁS

(A los  fieles)

He ahí a una mujer dócil a la voluntad de Dios.

EL DEL GORRO

¿Quién? ¿La esposa de Samuel, el que murió la semana pasada?

CAIFÁS

La misma. Sobre su corazón pesan más dolores que  el de todos vosotros Juntos. y sin embargo no se queja. Se resigna y se atiene a la voluntad de Dios. Ahora es su hijo el que se le ha enfermado, pero no se lamenta, ni se rasga las vestiduras en señal de protesta. Ora a Dios, pide clemencia, no pone en duda su justicia.

(Con deliberada mala intención, pues de sobra lo sabía)
¿Era eso de lo que hablabais?

SACERDOTE

(Sonriendo)

Precisamente maestro.

CAIFÁS

Si lo sé. No hay en todo el pueblo de Israel uno que no diga: "Dios es injusto conmigo. Yo no merezco este dolor."

EL DEL GORRO

Yo les recordaba, Excelencia, que los pecados se heredan. Tú lo dices.

CAIFÁS

Pero tú no lo has olvidado, verdad?

EL DEL GORRO

No, Excelencia. Guardo escrito en mi corazón todo lo que dices.

CAIFÁS

(Más afirmando que preguntando)

¿TÚ no te quejabas de que tus reses están agusanadas?

.............................................................EL DEL GORRO

Tú las has visto, Excelencia.

...................................................................CAIFÁS

(Enojado)

¡Yo no he visto más que corrupción en vosotros y maldad! ¡No son sólo las reses las que tenéis podridas! ¡Y sin em­bargo os estáis quejando como el prisionero que no tiene delitos! ¡Vamos, idos de aquí! ¡Pronto! ¡Marchaos! ¡Marchaos!

(Los fieles se retiran un poco atemorizados pero no se van del todo. Miran a Caifás con cierta rebeldía incipiente)

CAIFÁS

Conozco esa mirada. Sé lo que están pensando.

(Viendo la de cada uno de ellos)

Es una mirada cruel, decidida, rebelde.

SACERDOTE

No, Maestro, hablábamos...

CAIFÁS

Yo sé lo que hablaban y también lo que callaban. Los conozco mejor de lo que se conocen ellos mismos. -Bien. Bueno. Vamos a acusar a Dios. Nos atrevemos.

(A uno)

¿Verdad?
(A otro)

¿Eh? Sentémosle aquí, en este banquillo.

(Había uno por ahí, lo coloca)

Ya está sentado Dios aquí. Frente a vosotros.

(Con segundas intenciones)

-Señor, vienen a quejarse a Ti. No se irán hasta que no les respondas. Al parecer eres injusto. Todos los años hay pestes en este país. Mueren sus reses, sus mujeres, ellos mismos. Eres injusto, Dios. Te acusamos. Sí, es cierto, Tú hiciste el paraíso, le llenaste de flores, de anima­les mansos que miraban al hombre con sus grandes ojos inocentes, de riachuelos alegres, jóvenes, que serpenteaban entre los valles. Y todo era para estos. Pusiste todo tu cariño en la Creación, toda tu sabiduría. Y todo era para estos. Les prohibiste sólo una cosa. Pero ellos no tienen culpa de haber caído en el pecado, de haberse revolcado en él, como cerdos. Ellos no tienen culpa. No. Mírales. Son inocentes. Fue la serpiente la que les indujo. Tú eres el injusto. Te rompieron el corazón, y Tú entonces les condenaste a la vida, a la muerte, la peste, la miseria. ¡Oh, qué injusto eres, Dios! Te rompieron el corazón y te lo mordieron. Pero, a pesar de eso, son inocentes, bue­nos, puros. Mírales, Dios. Mira a Abías.

(El Flaco baja el rostro)

Si baja el rostro es por pudor, porque es puro, como una doncella. Mira a Jacob. Mírales. Todos son puros, bue­nos, inocentes. Tienen derecho a preguntar, a obligarte a que te defiendas, tienen derecho a acusarte. Van a pa­sar, uno por uno, frente a Ti. Te van a acusar, Dios.

-Abías, tú primero.

(Abías hace mutis. Al del Gorro)

-Tú, entonces.

(El del Gorro hace mutis)

-Jacob, ¿tú?

(El de la Joroba no se mueve. Mira fijamente a Caifás, pero baja el rostro y también se va)

(Caifás queda en silencio, abatido. Se vuelve lentamente hacia el banquillo y detiene en él su mirada. De pronto tiene una mueca de asco en la cara y lo patea con odio. Se da cuenta de lo que ha hecho y deja caer la cabeza entre sus manos, meneándola)

...................................................................CAIFÁS

(Con dolor)

Oh!

...............................................................SACERDOTE

¡Maestro...!

CAIFÁS

Ellos tienen razón. No merecen esto.

SACERDOTE

¿Esto? No pasa nada, Maestro. Es un año como cual­quier otro. Un poco más de peste, de miseria. Eso es todo. Pero la vida es así. Ellos mismos se dan cuenta.

....................................................................CAIFÁS

Esto, esto de morirse, de tener hambre, de comer carne infectada. Esto... que no tiene nada de raro, porque así es la vida. Así parece que la hizo Dios. Y sin embargo, Dios es justo. Pienso si no sólo se nos cobra los pecados de nuestros padres sino también los de los hijos que vamos a tener. Porque esto de morirse, Sacerdote, de desprenderse de un día y caerse hasta e! fondo del tiempo... ¿Has visto tú un cadáver?

...............................................................SACERDOTE

Sí. Muchos.

CAIFÁS

¿Y... te parece... correcto... justo? ¿Comprendes que sea eso... justo?

................................................................SACERDOTE

Sí, maestro. Y el día que no lo crea justo será porque piense que los hombresno lo merecen. Pero que no lo merecen porque la muerte no es una desdicha, sino, por el  contrario, un estado de  bienaventuranza infinitamente superior a lo que los hombres puedan merecer por sus dos días de sacrificio aquí en la tierra.

CAIFÁS

¿La muerte? Te hablo de la muerte, de gusanos.

SACERDOTE

De la muerte del cuerpo, porque el espíritu continúa viviendo en el seno de Abrahán, en espera de que llegue el Mesías a llevarlo de la mano a la gloria eterna de Dios.

CAIFÁS

Sí, sí, pero trata de explicar eso. Trata de explicarle  a los hombres que esto de morirse es una cosa de provecho. Túles hablas y les hables, y ya cuando crees que les tienes convencidos ellos te muestran un cadáver,  y entonces ya no tiene valor nada de lo que has dicho. Y les hablas de la justicia de Dios, y entonces te interrumpe un niño llorando de hambre, y uno no puede decir ya lo que iba a decir. Y además, que uno lo ha olvidado,  lo que iba a decir. Con estas cosas frente a ti, ¿con qué argumentos vas a explicarles que Dios es justo?  Y a los hombres hay que explicarles todo. Ellos no queden creersincomprender.Por eso esta generación maldita, blasfema. Y yo sufro porque no puedo cumplir mi misión de sacerdote, porque no puedo explicarles que a pesar de ese muerto  y de ese niño, Dios es justo. Y yo sufro.

(Leduele)

Porque también soy hombre.

SACERDOTE

Uno no debe querer explicar los misterios puesto que el entendimiento de los hombres es incapaz de comprenderlos. Deben aceptarles simplemente.

CAIFÁS

Pero, ¿no te das cuenta de que para que acepten  algo sin comprenderlo se necesita que antes comprendan, que tiene que ser así y que lo que tú me dices es una explicación?

SACERDOTE

No,  no me explico nada. Creo con los ojos cerrados. Tú mismo me has dicho que es así como se va a Dios sin tropezar.

CAIFÁS

Pero te he dado razones para que creas así.  Y estas razones no le sirven ya a  los hombres.

................................................................SACERDOTE

(Haciendo gestos negativos con la cabeza)

Por debajo de todo lo que me dices, creo con los ojos cerrados.
    
(Transición)

Tú mismo me has enseñado, Maestro.
CAIFÁS

(Transige)

Bueno, sí, como quieras. Tú eres sacerdote. Tú puedes hacerlo. Pero los hombres no son como nosotros. Ellos necesitan comprender para creer.

(Transición)

Y nosotros mismos hemos de ser hombresde vez en cuando.

(Gestos negativos del sacerdote)

Y de todos modos, tú, como sacerdote, tienes que defender a Dios frente a tanto muerto y llanto  acusador. ¿Y qué vas a decir en su defensa?

SACERDOTE

Que creo.

CAIFÁS

Pero a los hombres, ¿qué les vas a decir?

................................................................SACERDOTE

Que creo.

CAIFÁS

Perose trata de que crean ellos, que comprendan. ¿Y cómo les harás comprender si no lo comprendes tú mismo? Se trata de que comprendan que le deben a Dios obedien­cia y vasallaje. Yo soy sacerdote, Saúl, y creo, sobre todas las cosas; pero lo que te he preguntado es que si comprendes que la vida sea justa, que está hecha por un Dios justo. Si locomprendes, como hombre, Saúl. Si lo puedes ex­plicar.

................................................................SACERDOTE

Si, Maestro. Pagamos así el pecado de Adán. Tú lo dices.

CAIFÁS

¿Qué tenemos que ver nosotros con Adán? A veces pienso si no es ése un mito para darle a los hombres un sentimiento de culpabilidad, de manera que acepten las tribula­ciones de la vida resignadamente. Un mito para presen­tarnos a Dios justo a toda costa, contra todas las apariencias

(Transición)

Por lo menos es así como le empleo yo.

SACERDOTE

¡Maestro!

....................................................................CAIFÁS

Sí. Alguna clase de duda se ha apoderado de mí. Ahora lo sé. Le oigo de noche su trabajo de topo, su roer lento, llegándome ya, ya llegándome a donde me creía invulne­rable. Y sin embargo, creo. Estoy convencido plenamen­te de que Dios es justo. Porque le amo. Estoy convenci­do plenamente en mi corazón de que Dios es justo aunque pasáramos mayores calamidades, aunque no tuviéramos ninguna recompensa por estos dos días de sacrificios como dices tú. Pero, ¿dónde está el pecado de esta terrible pe­nitencia? Yo quisiera verlo, fundamentar mi fe, para obli­gar a estos impíos a que inclinen la cabeza.

(El Sacerdote quiere decirle algo)

No, no me digas que Adán. Es grotesco eso. Ni que nues­tros pecados. ¿Qué pecado puede tener Marta para mere­cer la muerte de su esposo, y ahora la enfermedad de su hijo? ¿Podrías decírselo tú a Marta? Tú conoces a Mar­ta. ¿Podrías decírselo?

(El Sacerdote no contesta)

Yo se lo dije, pero me puse rojo de vergüenza.

(Entra un hombre)

HOMBRE

¡Excelencia!

CAIFÁS

¿Eh? ¿Qué quieres?

...................................................................HOMBRE

(Receloso)

Vengo a hablar contigo.

...................................................................CAIFÁS

¿Conmigo? ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas?

..................................................................HOMBRE

Judas Iscariote.

CAIFÁS

Bueno, ¿qué quieres?

(Judas no contesta. Caifás nota su recelo y le dice al Sacerdote, creyendo que se debía a su presencia)

-Anda, déjame solo con este hombre.

....................................................................JUDAS

No, no. No importa.

....................................................................CAIFÁS

Bueno, pues, habla.

JUDAS

Habrás oído hablar de Jesús, el nazareno.

....................................................................CAIFÁS

(Con una sonrisa sarcástica)
J
¿Jesús? El último Mesías, ¿verdad?

(Gestos afirmativos de Judas)

JUDAS

Ha blasfemado contra la iglesia.

CAIFÁS

¿Y qué ha dicho este Jesús?

JUDAS

Pues, entre otras cosas, que él podría destruir este templo y reconstruirlo en tres días.

(Caifás se sonríe con el Sacerdote)

Es tu deber castigar a este hombre que se hace pasar por el Hijo  de Dios, por el Mesías.

CAIFÁS

Sí, es mi deber. ¿Le conoces tú, a este hombre?

(Gestos afirmativos de Judas)

Pues dile que venga a verme.

JUDAS

¿Que venga a verte?

CAIFÁS

Sí, claro. Yo le pondré una penitencia.

JUDAS

No has comprendido, Excelencia. Este  hombre tiene soliviantado a todo el pueblo. Ha convencido ya a muchos, pero la mayoría se pregunta:¿Por qué Caifás, el Sumo Sacerdote, no interviene para acabar con este charlatán?"

CAIFÁS

Que comprenda el pueblo que el Sumo Sacerdote no puede perder sus tiempo persiguiendo a falsos  profetas. Además, que yo conozco a este pueblo mío y sé que si los persiguierasería peor, los harían mártires. Ahí está el caso de aquel  Juan Bautista, muerto por Herodes. Ahora todos lo tienen por profeta.

JUDAS

Entonces, ¿le dejarás que siga blasfemando impunemente?

CAIFÁS

Comprendo tu celo, hijo,  y tu piadosa preocupación, pero créeme: no se puede hacer nada. Sí, yo tomaría mis medidas, si surgieran de vez en cuando, cada mes, pero surgen ya todos los días. Y es que la miseria es un gran abono, y la imaginación del hambriento siembra  hasta en el agua, para que le sepa a vino,    y hasta en el higo, para que le se­pa a carne.

JUDAS

Peroéste es más importante. Éste hace milagros.

....................................................................CAIFÁS

Sí, lo sé. Resucita muertos. ¡Eso dicen. Pero, ¿por qué te has empeñado en que se castigue a este hombre? ¿Te ha hecho acaso algún daño?

....................................................................JUDAS

(Desconcertado)

No, a mí no.

CAIFÁS

Bueno, eh... Judas y en resumidas cuentas, ¿qué quieres?

JUDAS

Te lo he dicho ya Excelencia: Que se castigue a ese hombre. No estarás solo, el gobernador romano te ayudará, pues también ha blasfemado contra el César. Y todo el pueblo estará contigo; está ya cansado de tanto falso pro­feta. Todos quieren que se castigue a éste severamente, para escarmiento.

CAIFÁS

(Perdiendo la paciencia)

Bueno, bueno. Lo pensaré. Ahora vete. Déjanos solos
      
....................................................................JUDAS

Es que yo puedo ayudarte, Excelencia.

CAIFÁS

¿En qué puedes tú ayudarme?

JUDAS

Yo podría entregarte a este hombre.

CAIFÁS

¿Por qué? ¿Es que este hombre anda armado? ¿Es que hay algo que me impida ir a él simplemente y cogerle?

JUDAS

No. Pero yo podría señalártelo. Sólo quiero a cambio una pequeña remuneración.

....................................................................CAIFÁS

¿Remuneración? ¿Dinero quieres por hacer lo que cualquiera de la calle haría con pedírselo solamente?

JUDAS

Sólo quiero treinta monedas de plata. No es mucho.

(El Sacerdote sonríe y vuelve a ver a Caifás. Este com­prende pronto y suelta la carcajada)

....................................................................CAIFÁS

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ya caigo en la cuenta. ¡Treinta monedas de plata! Como lo profetizan las Escrituras, ¿no es eso?

....................................................................JUDAS

No entiendo. Yo sólo...

CAIFÁS

Tú sólo quieres que yo te dé treinta monedas de plata por entregarme a ese hombre. Sabéis que hay una profecía de los Salmos, o de Jeremías...

............................................................... SACERDOTE

Sí. De Jeremías.

CAIFÁS

...de Jeremías, según la cual se entregará al Mesías por esa cantidad, y os habéis puesto de acuerdo para cumplir­la con este... Jesús. Para hacerlo pasar por el Mesías. ¿No es eso?

JUDAS

No te entiendo, Excelencia.

CAIFÁS

Dime, ¿y cómo me lo señalarías? ¿Acaso con un beso?

JUDAS

(Desconcertado)

Bueno. Sí.

CAIFÁS

(Transición)

Debes de querer mucho a ese hombre, para sacrificarte así por él, ¿verdad? Porque supongo que conocerás el resto de la profecía.

JUDAS

¿Quererlo yo? No. No me has comprendido. Yo sólo quiero que se le castigue. No es mucho, treinta monedas de plata.

CAIFÁS

(Sondeándolo)

¿Y si te doy cincuenta?

....................................................................JUDAS

Treinta bastarían, Excelencia.

CAIFÁS

Sí, hombre, sí. Te comprendo. Lo siento. No vas a creer que me voy a hacer cómplice de lo que pretendéis.

(A sí mismo)

-¡Venir a proponérmelo a mí! ¡Atreverse a tanto estos...!

(A Judas, incrédulo)

-Dime, ¿y ese hombre está dispuesto a morir, como dicen las profecías?

(Judas no contesta. Caifás interpreta su silencio como una tácita afirmación. A sí mismo)

-¡Extraño pueblo el mío ciertamente! -Bueno, ¡vete! ¡Vete ya! ¿O qué es lo que te has creído?

(Mutis de Judas)

CAIFÁS

(A sí mismo)

-¡Extraño pueblo el mío!

(Queda meditando. Luego, a Judas, que ya había salido)

--¡Oye! ¡Tú! ¡Ven acá!

(Judas regresa, esperanzado)

....................................................................CAIFÁS

Acércate. Acércate, no tengas miedo.

(Judas lo hace, tímidamente)

¿Y dices que ha convencido a muchos?

JUDAS

 Sí, Excelencia. A muchos.

CAIFÁS

Luego tiene el don de la palabra.

JUDAS

¡Oh, sí! ¡Habla muy bien!

CAIFÁS

Y de... compostura, de ... apariencia, ¿qué tal es?

JUDAS

Muy hermoso, Excelencia.

CAIFÁS

Yo lo vi una vez de lejos. Creo que también es alto, ¿verdad?

(Recordar que Caifás es bajo)

JUDAS

Sí, Excelencia.

....................................................................CAIFÁS

Y en este hombre, ¿se han cumplido las profecías? Quiero decirte, ¿si se puede acomodar su vida a las profecías?

SACERDOTE

(Sonriéndose sarcásticamente)

La de todos ellos, Maestro.

(Caifás no le hace caso)

....................................................................JUDAS

Sí, Excelencia. Es una extraña coincidencia.

CAIFÁS

¡Ya veo cómo!

(Transición radical. Sumido profundamente en sí mismo)

Pero, dime, ¿hay quien de veras le cree el Mesías?

JUDAS

Sí. Hay muchos. Todos los días se le unen más.

(Pausa. Caifás queda pensativo)

Naturalmente, son sólo los pobres y los...

....................................................................CAIFÁS

(Con voz de trueno)

¡No me interrumpas!

(Pausa larga. Sigue cavilando. Luego resuelto repentinamente, pero no del todo)

Bien. Muy bien. Muy bien. Sí. Dile a ese Jesús que iré a prenderle mañana por la noche. Quiero preparar antes al sanhedrín, pero con los ánimos exaltados por motivo de la Pascua creo que será fácil. No. Pasado mañana mejor. Sí.
 
(Transición. Alegre. A sí mismo)

-¡Sí, sí! ¡Este es! ¡Este es!

(Pausa. Una alegría secreta le ilumina el rostro. La goza él solo. Luego, a Judas, grave, seguro ya, pero mirándolo sólo de vez en cuando)

-Dile que esté en el monte de los Olivos, pasado mañana, por la noche, en esa granja llamada Getsemaní. Ven a buscarme e iremos a prenderle con algunos soldados y fie­les. Tú le besarás, como está escrito, y te daré las treinta monedas en público, para que vea el pueblo que la profecía se ha cumplido. Lo haremos todo según las profecías. Ahora vete. Dile que esté listo para pasado mañana, en el sitio que te dije.

(Judas lo mira, extrañado)

JUDAS

(Receloso  siempre, sin comprometerse a nada realmente, sale haciendo las debidas reverencias)

Sí, Excelencia. Sí.

CAIFÁS

(Al Sacerdote)

Ven. Quiero repasar, punto por punto, todas las profecías de las Escrituras sobre el Mesías. Necesito estudiarlas de­tenidamente.

SACERDOTE

Perdóname, Maestro, estoy un poco desorientado.

CAIFÁS

Te explicaré otro día. Ven, vamos a estudiar.

(Mutis por la derecha. Suben al templo)

 

FIN DEL PRIMER ACTO

 



   

 


                                  

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