|

DIABLURAS DE LA MODA
“La moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo”.
Jean Baudrillard
Rainer Tuñón Cantillo
Tendencia, “glamour”, “chic”, “fashion”, estilo, sofisticación, frivolidad, consumismo, materialismo y superficialidad suelen ser palabras equidistantes entre quienes entienden el fenómeno de la percepción elegante y contemporánea como una cualidad meramente electiva, sin profundizar en las características socioculturales que llevan a la reflexión de que efectivamente la moda es la cumbre del comportamiento en nuestra civilización.
Pidamos entonces una fresca y recién ordenada ensalada de capitalismo aderezada con una dulce mostaneza compuesta del síndrome de la moda son el complemento bajo en calorías más codiciado para un almuerzo de dioses en esta sociedad de consumo que hace que cualquier patología característica con estos deliciosos ingredientes necesite un vasito de Coca Cola “light”.
La teoría de la “imagología” de Milán Kundera, su concepción de la moda como el “milagro materialista de nuestro tiempo” y las bombardeantes exposiciones mediáticas sobre verse o vestir bien y a la moda, nos convierten involuntariamente en víctimas de la apariencia ante la esfera globalizada de nuestros días.
Álvaro Cuadra en su libro “América Latina: de la ciudad letrada a la ciudad virtual” nos advierte que “Las sociedades de consumo han emergido por doquier en la era del postcomunismo”, presumiendo así que “uno de los rasgos centrales de esta época es el descrédito de los grandes relatos; que de un modo u otro le otorgaban un sentido a la sociedad”.
Es cierto, somos víctimas de la moda, y es la moda misma la que impone tendencias y presiona con nuevos estándares que se convierten en paradigmas de nuestra era. Ante este panorama angustiante, nos deleita decir que descargamos canciones al mini “Ipod” para oírlas mientras revisamos documentos en la “laptop” para presentar una “ppt” en el “meeting” para el cual vestimos de rayas con Hugo Boss, zapatos Keneth Cole y algunos accesorios Mont Blanc.
Y qué decir de aquella información que por ahí leemos sobre la colección de Alberta Ferretti con accesorios que “celebran los cuellos y las mangas con pieles y detalles ultra femeninos”; el nocturno glamour de Donatella Versace con su colección de alta costura con piezas, drapeadas, tajos profundos y escotes que marcan las curvas femeninas, aquello que tanto defendía Gianni Versace.
Tanta reflexión sobre cómo vestimos y tantas lecciones aprendidas con “El demonio viste de Prada” que se hizo necesario conocer el libro y el filme que lo llevó la vista de todos.
El diablo viste de Prada
Lauren Wiesberg describía a su protagonista, Andrea Sachs como una chica de veintitrés años que mide metro setenta; rubia y delgada, “ha estudiado en una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y su sueño es llegar a ser redactora de The New Yorker, la revista intelectual de Nueva York, la que está a la última en espectáculos, la que publica relatos de autores consagrados y descubre nuevos valores”.
Weisberger, licenciada de la Universidad de Cornell, logró convertirse en la secretaria de Anna Wintour cuando era directora de la edición estadounidense de la revista Vogue y basó algunas de sus experiencias para hacer una catarsis sobre lo despiadado que puede ser el mundo del periodismo de la moda y rápidamente se convirtió en una escritora respetada cuyo best seller tendría una apabullante versión cinematográfica protagonizada nada más ni nada menos que por la mejor actriz de nuestro tiempo, Merryl Streep, en los pantalones de Miranda Priestley, “el demonio vestido de Prada”.
Ahora, este papel lo ha mejorado Streep. Hace más de 15 años protagonizó una comedia negra titulada “La Diabla” y habrá tomado clases con Cruella Deville, la eterna enemiga de los 101 dálmatas.
Aunque el libro y su versión cinematográfica sólo logran ironizar sobre este mundillo sin mayor pretensión, vale la pena divertirse un poco con el enfoque banal que se respira desde que inicia hasta que termina tanto la pieza literaria como la taquillera cinta.
De todas formas, en el cine, hay algunos referentes sobre la moda, siendo la comedia “Zoolander”, de Ben Stiller la que logra idiotizar con la buena intención de hacernos entender que se trataba de un completo sarcasmo con extraordinarias reminiscencias al “Candidato de Manchuria”, de John Frankenheimer, y Robert Altman, con su Prêt-à-porter, consiguió su peor película a la fecha.
Cine a la moda
En el discurso de la moda y el cine, la profesora Pilar Paricio Esteban de la Universidad Cardenal Herrera, en su artículo “La moda en el cine y el cine en la moda”, sostiene que el “cine y moda son fenómenos culturales que han operado compenetrados sincronizadamente”.
“El cine destronó el influjo, hasta ese momento, de los medios artísticos y ejerció a partir de los veinte y los treinta una gran influencia en la moda”, comenta Paricio, mientras nos lleva por el sendero de los inevitables ejemplos:
- El “jersey” de Joan Fontaine en Rebeca, de Alfred Hitchcock.
- El “Baby doll” de moda a finales de los 50 por la película del mismo nombre.
- La estética hippie del filme “Hair”, de Milos Forman
- La moda casaca lanzada por Doctor Zhivago
- Los lentes de Tom Cruise en “Negocios Riesgosos”
- La ropa masculina de Annie Hall, de Woody Allen
Inevitablemente la moda y el cine han tenido un romance de más ochenta años y ahora lo reinventan con diablas vestidas de Prada.
El lado frívolo de la moda y la economía
Ahora llegamos a un punto poco visto con anterioridad. El “boom” publicitario que despertó el filme protagonizado por Merryl Streep tuvo un impacto en las acciones de las algunas compañías que participaron en el filme de David Frankell, que según Abha Bhattarai de la agencia Reuters, empresas como Phillips-Van Heusen Corp. (propietaria de la marca Calvin Klein), la joyería Tiffany & Co. Inc., las cafeterías Starbucks, la cadena The Smith & Wollensky Restaurant Group Inc. y la casa editorial Barnes & Noble Inc. tuvieron su momento olvidable en el mercadeo de acciones.
Bhattarai hacía referencia al hecho de que las acciones de Philips-Van Heusen y Smith & Wollensky bajaran cerca de un 20 por ciento desde el 1 de mayo, mientras que las de Tiffany & Co. Cayeron un 11%, tras el estreno de la cinta.
Una justificación al fenómeno la tuvo “The Luxury Institute” cuando compartía que “la economía estadounidense no ha ido muy bien debido a que la clase media y alta comienza a gastar menos en artículos de lujo”, de acuerdo con los comentarios difundidos en la página “www.shoppingblog.com”.
Aunque parezca frívolo y poco profundo el tema, resultó interesante medir ciertos comportamientos en los mercados accionarios a partir de la importancia económica de sectores como el entretenimiento y la moda.
Un discurso “fashionista”
Monserrat Herrero expuso su criterio sobre “La moda en la posmodernidad” arguyendo que la moda “ya no es algo meramente relativo al vestir… es un fenómeno social total”. “Por eso, esforzarse por comprenderla supone ampliar la reflexión al contexto sociocultural y antropológico”, reiteró.
La moda y el consumismo son los educadores de un ser un humano destilado y embotellado, pero con percepciones contradictorias, aunque Karol Woityla en su estudio de moralidad sexual “Amor y Responsabilidad”, expresaba que “en el ser humano existe un rechazo radical a ser considerado por los demás como un instrumento, como un objeto”.
Dicho esto y después de disfrutar de un personaje tan auténtico como el de la editora de Runaway, estamos seguros de que la globalización de la moda es la estocada a ciertos valores irrecuperables y marca la tendencia hacia el paraíso del capitalismo puro, duro y descarado. Pero… ¡qué diablos!, igual vestimos a la moda.
|