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PINTURA EN PANAMÁ
Pedro Luis Prados
(SEGUNDA PARTE)
Capítulo IV
El periodo de revisión crítica
A pesar de las dificultades para establecer patrones doctrinarios estéticos o técnicos en la pintura nacional, estimamos que es posible lograr diferenciaciones entre un periodo y otro por actitudes y caracterizaciones que asumidas individualmente o en coyunturas especiales, han logrado impregnar y dar secuencia histórica al acontecer plástico. Estos puntos de referencia nos han permitido, de manera provisional y con carácter metodológico, delimitar ciertos periodos que en una forma u otra han jalonado nuestro arte en el curso del siglo XX, marcando de esta forma la expresión artística de nuestro primer siglo republicano. De allí que podemos caracterizar la década de 1950, precisamente con la conmemoración de los primeros cincuenta años de república, como “un periodo de revisión crítica" en el cual no sólo se propone la renovación de nuestra actividad artística tomando como referentes los grandes movimientos en el arte mundial, sino una hermenéutica de los criterios estéticos prevalecientes y que, para esa época, ya habían sido agotados en el resto del planeta. Periodo que, sin duda, marcó definitivamente los derroteros de la pintura en el país y que fue el punto de partida a las innovadoras propuestas y, sobre todo, al auge y difusión de la pintura panameña en las décadas siguientes.
Uno de los artistas más representativos de esa llamada generación crítica es Alfredo Sinclair Ballesteros, coetáneo con Juan Manuel Cedeño, quien por su actividad plástica corresponde a un grupo de entusiastas empeñados en introducir nuevas técnicas y concepciones en la pintura panameña, en un esfuerzo por lograr su actualización con las nuevas corrientes dominantes en Europa y el resto de América.

Alfredo Sinclair
Nace Sinclair en 1915, pero su ingreso al mundo del arte no ocurre sino hasta 1941 cuando inicia estudios en la Escuela de Bellas Artes bajo la orientación de Humberto Ivaldi y Roberto Lewis. Posteriormente, en 1946 viaja a Argentina en donde realiza estudios en la Academia Ernesto de Cárcova y otros centros de arte. Argentina es en esa época la sede de la pintura abstracta en América Latina. Innovadores por excelencia, los artistas argentinos se empeñan en renovar las corrientes abstractas europeas y darle, por otra parte, una nueva visión al arte figurativo, contrariamente con lo que acontece en México con la secuela dejada por el muralismo, donde predomina una versión del neofigurativismo con un profundo contenido social. No es de extrañar que Sinclair recurra a estas tendencias que van a marcar un hito en la pintura panameña, con ese criterio participa y gana en el Concurso Ricardo Miró en 1953 con la obra "Matto Grosso" de clara influencia del "action paint" de Jackson Pollock.

Alfredo Sinclair
Preocupado por la iluminación, su obra se caracteriza por el uso de una fuerza lumínica que se abre paso para establecer los puntos focales que delimitan el espacio y hacen resaltar los volúmenes. Apasionado por el color, Sinclair hace gala de un dominio extraordinario del claroscuro sobre las superficies segmentadas por las manchas cromáticas, lo que proporciona un efecto metálico sobre las superficies. Los chorros de luz que iluminan desde el fondo sus trabajos de abstracción y con los cuales hace saltar la imagen hacia el espectador, se presentan medidas y domesticadas en el texto figurativo, proporcionando una incursión mesurada en el contexto de la imagen. Color e iluminación es la preocupación de Sinclair, y es con estos elementos que se aventura a conquistar la escena de la plástica nacional. Contrario a los designios academicistas que habían hecho sentir su influencia durante casi medio siglo, introduce el uso de elementos y materiales sintéticos para incorporarlos a las masas que en forma de " collage" organiza sobre el lienzo.
Si la maestría en el uso de la luz y el color han distinguido su obra, no menos importante han sido los procedimientos que le dan a la textura un especial acabado vítreo. Esas superficies cristalinas que difuminan la luminosidad interna del cuadro, en el presente trabajo configuran paneles de intenso colorido que le proporciona al lienzo esa sugerente disposición de los vitrales renacentistas, lo que hace de su trabajo una rica carga expresiva de lirismo y emoción.
Paralelamente con la presencia de Alfredo Sinclair en el escenario de la plástica panameña, otro joven con inquietudes similares hace su entrada anunciando un surrealismo que sacude el tradicionalismo que domina la plástica nacional. Perteneciente a esa generación que se inicia en los años cincuenta, Pablo Runyan aparece con una propuesta totalmente diferente a las de sus contemporáneos. Nace el 13 de julio de 1915. Inicialmente autodidacta se revela como artista en una colectiva realizada en la Biblioteca Nacional en 1953. Ese mismo año marcha a España a realizar estudios formales de arte. Sus estudios en España lo ponen en contacto con los resabios del surrealismo y con las modalidades que éste recibe al fusionarse con otras corrientes. No obstante, su presencia efímera en el Istmo va a limitar la posibilidad de que su arte conforme un movimiento dentro de esa modalidad. Radicado en España durante largos años, su obra ha ido matizándose de cierto orden característico por el preciosismo en el dibujo y los grandes formatos.

In memoriam, de Pablo Runyam
Los trabajos iniciales de Runyan, de marcada influencia surrealista, hacen gala de un gran despliegue onírico, en ellos vuelca toda su capacidad imaginativa y la libertad del inconsciente. La suspensión de las imágenes, las proyecciones figurativas, el espacio y la perspectiva resumiendo todo el contenido del cuadro y la lectura automática de sus componentes hacen que sus óleos nos enfrenten al mundo mágico de Marc Chagall, Max Ernst o Salvador Dalí. El mérito de ese surrealismo tropical, volcado en líricos retratos o en simulaciones oníricas radica en la cuidadosa definición del dibujo y en la persistente distinción de los planos, que acentúan la profundidad y sensación de espacialidad.

Contemplación, de Pablo Runyan
Esas mismas cualidades son posteriormente volcadas en obras de gran formato donde amplifica desmesuradamente los detalles. Ya sea en los retratos o en los bodegones, la tradición del realismo a ultranza aflora sin inquietudes. Los detalles amplificados de los labios, un ojo, la nariz, hacen posible el reconocimiento de esa otra dimensión del cuerpo que a diario ocupamos y del cual no nos ocupamos. Carentes del sentido de espacialidad o, por el contrario, muy consciente del mismo, sus grandes dibujos ocupan la totalidad del espacio eliminando la posibilidad de fisuras en las que se pierda la mirada. Ese gran ojo que nos mira desde una profundidad insondable, ese caracol marino que resume la totalidad del mundo, esos bodegones cuyas desmesuradas frutas son incomibles, no son más que una parte de esa materialidad contingente ante la cual el artista nos coloca casi como obligación para mostrarnos en close-up los rasgos minuciosos de ese mundo inmediato, con sus grietas, rugosidades y deformaciones. Frente a la panorámica dispersión del paisaje, en el cual se pierden los detalles en beneficio de la captación del conjunto, Pablo Runyan involuciona hacia la minuciosa amplificación del detalle, en donde el conjunto fenece en beneficio del elemento, con el sólo propósito de mostrar ese otro mundo que nunca vemos. Fallece Pablo Runyan en España en el 2002, dejando tras de sí una extensa obra plástica escasamente conocida en nuestro país.

Valle de los milagros, de Guillermo Trujillo
La obra de Guillermo Trujillo, en cuanto al volumen de la producción y la trascendencia de la misma, representa uno de los más importante aportes en el esfuerzo por renovar la plástica nacional a partir de los elementos preexistentes dominados por el academicismo. Nace en Horconcitos, Chiriquí, en 1927. Realizó estudios de arquitectura en la Universidad de Panamá y posteriormente realiza estudios en la Academia de San Fernando, en Madrid; la Escuela de Cerámica en Moncloa y la Escuela Superior de Arquitectura. Retorna Trujillo la tradicional coloración de nuestras artesanías, especialmente las indígenas, para estructurar una forma de composición en que integra lo simbólico-mítico con los problemas de la existencia cotidiana. En sus pinturas, cuyas pinceladas cuidadosas y uniformes recurren con insistencia a la geometrización, induce a reconstruir otra forma de percibir al mundo a través de figuraciones fantásticas, muchas de ellas extraídas de los mitos ancestrales que forman parte de nuestra vida inconsciente. Su propuesta es el traslado de los estadios primarios de nuestra cultura para lograr, a partir de allí, un sentido global del arte como creador de nuevas ficciones. Para ello utiliza la abstracción, la superposición de planos y un recurso puntillista que le permite la dispersión cromática en un luminoso trasfondo.
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