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Un nuevo partido, una nueva oportunidad

 

 

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Cultura, nación y pobreza

 

Reseñas de libros

Premios Ricardo Miró 2005

En un instante y otras eternidades

Enrique Jaramillo Levi

 

Crónica de Caracoles

Mireya Hernández

 

Entrada abierta a la mansión cerrada

Giovanna Benedetti

 

Gauguin y el Canal

Frank Spano

 

Literatura panameña: Historia, nación y sociedad

Damaris Serrano

 

 

   


PALABRA DE PIEDRA

CULTURA, NACIÓN Y POBREZA

Pedro Rivera  

Al asentarse los nativos europeos en los territorios de un continente inédito, hace 5 siglos, la civilización occidental puso en marcha una crisis planetaria. Emergía, por entonces, el Renacimiento europeo y la visión holística del saber —sintetizada siglos antes por los griegos— retomó los pasos perdidos.  En consecuencia, toda la mitología servil a los poderes hegemónicos para ordenar el mundo a imagen y semejanza de sus intereses tuvieron que reordenarse; pero, desgraciadamente, no para configurar un sistema apegado a las nuevas verdades sino para adaptar las nuevas verdades al sistema.   

La tierra dejó de ser plana, el paraíso no estuvo en donde lo ubicaron los clérigos de la época, el sol recuperó su condición de centro del sistema planetario, pero, no por ello el conocimiento sustituyó sino, por el contrario, fortaleció el orden convencional y mitológico.   

En otras palabras: la mentira encontró en las verdades nuevos soportes.  Por eso siempre hay que tener en cuenta que la sociedad humana, a través de mitos y convencionalismos, para bien o para mal, preserva el orden establecido, o establishment como se dice comúnmente.  

Así como la racionalidad no sustituye la actividad instintiva-emocional humana, y más bien se subordina a ella, el conocimiento científico —manejado por y desde el poder— por lo general amplía las bases de la ignorancia.  Aún hoy, en la llamada Era de la información y el conocimiento, se manipula la racionalidad para subordinarla al espíritu de horda [muy semejante al espíritu de cuerpo] instalado en la psique individual y colectiva por los poderes hegemónicos.  Y por ello, en todo individuo —incluso tratándose de intelectuales— se ejecuta el programa de vida creado para las muchedumbres [o para las masas como diría Ortega y Gasset].  

Ese programa de vida, esa manera de vivir y de entender el mundo, entró en decadencia en la vieja Europa; pero se reinstaló y revitalizó en y desde América.  Vino y regresó.  Y en virtud de las fuentes de enriquecimiento fácil, por vía de los despojos, la cosmovisión feudal tomó nuevo aliento y convirtió el encuentro de tres culturas en una calamidad.  La calamidad se fraguó no sólo por la magnitud del genocidio, y sus secuelas, sino porque excluyó a las potencias europeas de la época —España y Portugal— de los insurgentes modelos de desarrollo industrial-capitalista, lo cual crearía en las colonias modelos de servidumbre a largo plazo.  Y es lo que explica, en parte, la pobreza de la cultura y la cultura de la pobreza de nuestra América  

El modelo económico feudal ideológico europeo—incluyendo sus aportes lúcidos y solidarios—sirvió de poco tanto a los mal llamados indios como a los sustraídos de África.  Tampoco ha sido propicio a los mestizados después de varios siglos de ocupación colonial y de las nuevas migraciones implosivas, para construir un entorno social y una cosmovisión capaz de reconciliar a corto plazo las frustraciones, esperanzas, espejismos, antipatías y resentimientos creados en este hemisferio.   

En consecuencia, el encuentro de tres culturas instauró una relación de antagonismos y síntesis, una relación dialéctica generadora de diversos modelos culturales de supervivencia.  En otras palabras, la suma de ideas, valores, conocimientos, jurisprudencia, tecnologías, patrones de productividad, así como sus expresiones de autoritarismo, resistencia, y organización, configuró la diversidad de las ofertas y estilos de vida adoptados por las descendencias coloniales.    

¿Y cómo establecer distinciones entre un modelo y otro?  Tal vez se requiera mucha sensibilidad para explorar las sutilezas.  La manera más fácil es observar, en forma directa y sin intermediaciones, el comportamiento de los individuos y las familias de cada una de estas estructuras socioculturales —interdependientes entre sí— en su afán de satisfacer la demanda de proteínas, abrigo, adiestramiento, entretenimiento, enajenación y necesidades espirituales.  Y estos modelos de satisfacción, tanto materiales como espirituales —vinculados a la lucha por la vida— no se crearon por generación espontánea, sino como consecuencia de un proceso de acumulación histórico.  

Las estructuras de poder establecidas en la región, por ejemplo, siempre tuvieron como referencia a las metrópolis coloniales y, hoy por hoy, al evolucionar, constituyen el asiento de las hegemonías domésticas y, de paso, el punto de enlace y de complicidades con el Primer Mundo.   

Sin embargo, las otras tres bifurcaciones notorias e importantes se incorporaron a la dinámica del desarrollo social con rasgos diferenciadores, marginales y excluyentes.   Es como si en vez de una —según el ideal universalmente aceptado en las configuraciones nacionales— se estuviesen construyendo cuatro identidades simultáneamente.  

Las autoridades coloniales [y con el correr del tiempo las hegemonías criollas sustitutivas de las autoridades coloniales] replicaron los modelos de las metrópolis, con todas sus ventajas y agravantes.  Es decir, crearon en cada estado sus respectivos centros y periferias.  

Las metrópolis instalaron sus factorías en las zonas portuarias [o en las ciudadelas establecidas antes de su arribo] con el objeto de replicarse y mantener los controles administrativos y la dinámica lucrativa [entiéndase comercio] con los territorios ocupados.  Actividad portuaria, aduanera, bancaria, usurera, especulativa, así como patrones arquitectónicos, legislaturas, institucionalidad pública, sustentos ideológicos-culturales y sistemas educativos [con un componente evangelizador muy fuerte] constituyeron esta estructura vinculada a la actividad comercial y financiera internacional que no pudo, sin embargo, evitar los sincretismos; y más bien fortaleció y provocó la insurgencia de las otras tres estructuras sociales y culturales paralelas.  

En forma metafórica [con fines didácticos y no con criterio absoluto] clasifico a estas cuatro identidades así: país hegemónico local, país agroindustrial, país marginal y país excluido.  En realidad es una metáfora para identificar a las cuatro estructuras socioculturales originadas en un entorno de violencia colonial, vinculadas periférica y administrativamente por las metrópolis locales, proyectadas como líneas paralelas, imperfectas y entrecruzadas.   

Mientras la burguesía comercial hegemónica (centrista) mantuvo sus lazos con los centros coloniales, las emergentes burguesías agroindustriales americanas crecieron sustentadas por los mercados locales.   

Los grupos más exitosos, al amparo de sus herencias, o por vía de la movilidad social, se incorporaron al país Centro o, en su defecto, al país agroindustrial.  Y, en ese mismo contexto, descendientes de esclavos, libertos y cimarrones, manumisos indígenas, criollos y mestizos sin fortuna se amontonaron en la periferia de las urbes con diversas agendas.   

En cambio, una gran parte de los residentes de los territorios americanos [los llamados indios] buscaron refugio en las montañas, mantuvieron sus estructuras postneolíticas y se excluyeron de los modelos de desarrollo introducidos por los europeos.   

He aquí, pues, mi visión esquemática del origen de las 4 bifurcaciones socioculturales originadas por la colonia y que, actualmente, se encuentran en una relación de integración y conflicto.  

Los europeos instalados en las regiones más alejadas del Centro local forjaron la cultura de “los de adentro”.   Interioranos, provincianos, como se les llama, conservaron, en gran medida, los rasgos y costumbres de los colonizadores originales. Sustituyeron las carencias, incluso ideológicas, con alternativas locales o prestadas de las otras fuentes de cultura.  Consumieron iguanas, incorporaron la yuca y el maíz a la dieta cotidiana.  Pero también adoptaron como suyas algunas supersticiones, costumbres y tecnologías locales.  Sin embargo, el posesionamiento de la tierra --y con la tierra, la actividad agrícola y pecuaria-- constituyó para los criollos, como era para los feudales europeos, la fuente de su riqueza y poderío.  

En nuestro tiempo son notorias, tratándose de economía, las contradicciones entre las burguesías productoras locales [del país agroindustrial] con la política de “apertura de mercados” promovida por las hegemonías mundiales y sus apéndices instalados en las antiguas colonias.  

En contradicción con estas dos estructuras hegemónicas hemos identificado tanto al país marginal como al país excluido.  La característica fundamental de la marginalidad y la exclusión es, evidentemente, la pobreza.  Y, según todos los indicadores, esta pobreza se expande no sólo por falta de inversión o crecimiento económico sino, a juicio de algunos, por el complejo trasfondo cultural conflictivo, compartido entre las cuatro  identidades descritas.   

En otras palabras, las estructuras marginadas y excluidas no sólo se perciben a través de la actividad económica, a través de las cifras, sino a través de la acumulación cultural que les sirve de soporte y contribuye a fortalecer el entorno de pobreza.  Porque, desde este punto de vista, no sólo se trata de la falta de oportunidades prohijadas por un sistema darwinista de convivencia.  También se trata de un proceso de asimilación, aceptación y preservación de los modelos de producción y convivencia, en ocasiones paterno-clientelistas, establecidos entre víctimas y victimarios.  

La permanente pugna entre los grupos privilegiados y las elites contestatarias—lucha por salarios, vacaciones, seguridad social, por ejemplo— se encuadra en el regateo, en los: “Te doy y no te doy”, una manera de mantener el establishment incólume. Este tipo de confronte, visto desde fuera, podría describirse como un concubinato escandaloso, puesto que los beneficios buscados generalmente no tienen proyección universal, es decir, se circunscriben a los bandos en pugna.  

La armazón social de la pobreza crece en forma desordenada en torno a los emporios citadinos y constituye, según la economía clásica, el reservorio de la mano de obra [el clásico ejército de desempleados] requerido por las hegemonías para incrementar sus ganancias.  Sin embargo, esta simplificación es peligrosa porque las manifestaciones de violencia engendrada en y desde los territorios ocupados por la marginalidad podrían no ser respuestas transitorias a necesidades de supervivencia, como generalmente se piensa, sino un programa de vida articulado o en proceso de articulación.  Es decir, una manifestación cultural coherente en estado de gestación.   

Es prudente no olvidar que todo modelo de supervivencia, al crear patrones, normas, códigos, se independiza de las necesidades [de la falta de oportunidades] que lo origina y evoluciona como un sistema de vida.  Entonces deja de ser consecuencia y se transforma en paradigma.  Y es en ese momento en el cual se empieza a hablar de violencia sistémica [violencia sistémica como en el caso de los conductores de “diablos rojos” de Panamá]; o de  la ingerencia de pandillas, mafias, cárteles, sicarios y, por último, el establecimiento de la corrupción y la criminalidad —incluyendo la de cuello y corbata— como conducta estandarizada de convivencia.  

Muchos comportamientos considerados impropios en la época actual, localizados en las áreas marginales, se deben, por una parte, a la tendencia de los grupos humanos a preservar sus rasgos originales y, por la otra, al legado de patrones de resistencia.  [El cimarronaje, por ejemplo, dejó en las comunidades marginadas una diversidad de patrones de conducta en estado latente con capacidad de dispararse en  coyunturas de crisis].  

Por eso la pobreza, que es mucho más que carencias, mucho más que falta de oportunidades y equidad, mucho más que la clásica relación entre explotados y explotadores, además de todo eso, evoluciona como un sistema de vida codificado por la tradición, por la costumbre, por las instituciones, por la jurisprudencia; es una visión del mundo, cuya característica más notable es la resistencia al cambio, en la que se involucran tanto las elites hegemónicas [gobiernos, empresarios y dirigentes obreros] como las muchedumbres.   

Se habla, entonces, de estilos de vida adversos a una estrategia de desarrollo humano sostenible, de una estructura cultural emergente, paralela a la cultura oficializada y, desgraciadamente, con poder sustitutivo.  Es decir, una fuente generadora de valores y conductas alejadas de las motivaciones que las originaron, capaz de reemplazar a las establecidas por otras fuentes, o por la tradición.

La cuestión, con la pobreza —y he allí su raíz cultural— es que nadie quiere cambiar.  Ni los pobres.  Y esa negación al cambio, se debe insistir en ello, está culturalmente codificada.  

Por eso el gran desafío de los líderes vinculados a proyectos de transformación social es romper con el viejo discurso tradicional eurocentrista, simplificador y maniqueo; aprender a ver con ojos propios el entorno en el cual viven; descifrar las estructuras socioculturales y la cosmovisión en la que se encuentran entrampados los ciudadanos de países desintegrados —tanto los hegemónicos como los menos favorecidos— no sólo en relación con la región que comparten, sino desde sus mismas entrañas; dilucidar, a través de equipos interdisciplinarios integrados [con la participación de biólogos, psicólogos, sociólogos, economistas, historiadores, poetas], el origen, funcionamiento y opciones indispensables en la construcción de sociedades sostenibles y, con ello, construir condiciones conducentes a garantizar la paz en los villorrios y la paz en el planeta.   

Esa es la tarea que tienen por delante los que sueñan con una región y un mundo prósperos, integrados, competitivos, tolerantes, más desarrollados y más humanos.

   

 


                                  

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