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PALABRA DE PIEDRA
CULTURA,
NACIÓN
Y
POBREZA
Pedro Rivera
Al
asentarse
los
nativos
europeos
en
los
territorios
de
un
continente
inédito,
hace
5
siglos,
la
civilización
occidental
puso
en
marcha
una
crisis
planetaria.
Emergía,
por
entonces,
el
Renacimiento
europeo
y
la
visión
holística
del
saber
—sintetizada
siglos
antes
por
los
griegos—
retomó
los
pasos
perdidos. En
consecuencia,
toda
la
mitología
servil
a
los
poderes
hegemónicos
para
ordenar
el
mundo
a
imagen
y
semejanza
de
sus
intereses
tuvieron
que
reordenarse;
pero,
desgraciadamente,
no
para
configurar
un
sistema
apegado
a
las
nuevas
verdades
sino
para
adaptar
las
nuevas
verdades
al
sistema.
La
tierra
dejó
de
ser
plana,
el
paraíso
no
estuvo
en
donde
lo
ubicaron
los
clérigos
de
la
época,
el
sol
recuperó
su
condición
de
centro
del
sistema
planetario,
pero,
no
por
ello
el
conocimiento
sustituyó
sino,
por
el
contrario,
fortaleció
el
orden
convencional
y
mitológico.
En
otras
palabras:
la
mentira
encontró
en
las
verdades
nuevos
soportes. Por
eso
siempre
hay
que
tener
en
cuenta
que
la
sociedad
humana,
a
través
de
mitos
y
convencionalismos,
para
bien
o
para
mal,
preserva
el
orden
establecido,
o establishment como
se
dice
comúnmente.
Así
como
la
racionalidad
no
sustituye
la
actividad
instintiva-emocional
humana,
y
más
bien
se
subordina
a
ella,
el
conocimiento
científico
—manejado
por
y
desde
el
poder—
por
lo
general
amplía
las
bases
de
la
ignorancia. Aún
hoy,
en
la
llamada
Era
de
la
información
y
el
conocimiento,
se
manipula
la
racionalidad
para
subordinarla
al
espíritu
de
horda
[muy
semejante
al
espíritu
de
cuerpo]
instalado
en
la
psique
individual
y
colectiva
por
los
poderes
hegemónicos. Y
por
ello,
en
todo
individuo
—incluso
tratándose
de
intelectuales—
se
ejecuta
el
programa
de
vida
creado
para
las
muchedumbres
[o
para
las
masas
como
diría
Ortega
y
Gasset].
Ese
programa
de
vida,
esa
manera
de
vivir
y
de
entender
el
mundo,
entró
en
decadencia
en
la
vieja
Europa;
pero
se
reinstaló
y
revitalizó
en
y
desde
América. Vino
y
regresó. Y
en
virtud
de
las
fuentes
de
enriquecimiento
fácil,
por
vía
de
los
despojos,
la
cosmovisión
feudal
tomó
nuevo
aliento
y
convirtió
el
encuentro
de
tres
culturas
en
una
calamidad. La
calamidad
se
fraguó
no
sólo
por
la
magnitud
del
genocidio,
y
sus
secuelas,
sino
porque
excluyó
a
las
potencias
europeas
de
la
época
—España
y
Portugal—
de
los
insurgentes
modelos
de
desarrollo
industrial-capitalista,
lo
cual
crearía
en
las
colonias
modelos
de
servidumbre
a
largo
plazo. Y
es
lo
que
explica,
en
parte,
la
pobreza
de
la
cultura
y
la
cultura
de
la
pobreza
de
nuestra
América
El
modelo
económico
feudal
ideológico
europeo—incluyendo
sus
aportes
lúcidos
y
solidarios—sirvió
de
poco
tanto
a
los
mal
llamados
indios
como
a
los
sustraídos
de
África. Tampoco
ha
sido
propicio
a
los
mestizados
después
de
varios
siglos
de
ocupación
colonial
y
de
las
nuevas
migraciones
implosivas,
para
construir
un
entorno
social
y
una
cosmovisión
capaz
de
reconciliar
a
corto
plazo
las
frustraciones,
esperanzas,
espejismos,
antipatías
y
resentimientos
creados
en
este
hemisferio.
En
consecuencia,
el
encuentro
de
tres
culturas
instauró
una
relación
de
antagonismos
y
síntesis,
una
relación
dialéctica
generadora
de
diversos
modelos
culturales
de
supervivencia. En
otras
palabras,
la
suma
de
ideas,
valores,
conocimientos,
jurisprudencia,
tecnologías,
patrones
de
productividad,
así
como
sus
expresiones
de
autoritarismo,
resistencia,
y
organización,
configuró
la
diversidad
de
las
ofertas
y
estilos
de
vida
adoptados
por
las
descendencias
coloniales.
¿Y
cómo
establecer
distinciones
entre
un
modelo
y
otro? Tal vez se requiera mucha sensibilidad para explorar las
sutilezas. La
manera
más
fácil
es
observar, en
forma
directa
y
sin
intermediaciones, el
comportamiento
de
los
individuos
y
las
familias
de
cada
una
de
estas
estructuras
socioculturales
—interdependientes
entre
sí—
en
su
afán
de
satisfacer
la
demanda
de
proteínas,
abrigo,
adiestramiento,
entretenimiento,
enajenación
y
necesidades
espirituales. Y
estos
modelos
de
satisfacción,
tanto
materiales
como
espirituales
—vinculados
a
la
lucha
por
la
vida—
no
se
crearon
por
generación
espontánea, sino
como
consecuencia
de
un
proceso
de
acumulación
histórico.
Las
estructuras
de
poder
establecidas
en
la
región,
por
ejemplo,
siempre
tuvieron
como
referencia
a
las
metrópolis
coloniales
y, hoy
por
hoy,
al
evolucionar,
constituyen
el
asiento
de
las
hegemonías
domésticas
y,
de
paso,
el
punto
de
enlace
y
de
complicidades
con
el
Primer
Mundo.
Sin
embargo,
las
otras
tres
bifurcaciones
notorias
e
importantes
se
incorporaron
a
la
dinámica
del
desarrollo
social
con
rasgos
diferenciadores,
marginales
y
excluyentes. Es
como
si
en
vez
de
una
—según
el
ideal
universalmente
aceptado
en
las
configuraciones
nacionales—
se
estuviesen
construyendo cuatro identidades
simultáneamente.
Las
autoridades
coloniales
[y
con
el
correr
del
tiempo
las
hegemonías
criollas
sustitutivas
de
las
autoridades
coloniales]
replicaron
los
modelos
de
las
metrópolis,
con
todas
sus
ventajas
y
agravantes. Es
decir,
crearon
en
cada
estado
sus
respectivos centros y periferias.
Las
metrópolis
instalaron
sus
factorías
en
las
zonas
portuarias
[o
en
las
ciudadelas
establecidas
antes
de
su
arribo]
con
el
objeto
de
replicarse
y
mantener
los
controles
administrativos
y
la
dinámica
lucrativa
[entiéndase
comercio]
con
los
territorios
ocupados. Actividad
portuaria,
aduanera,
bancaria,
usurera,
especulativa,
así
como
patrones
arquitectónicos,
legislaturas,
institucionalidad
pública,
sustentos
ideológicos-culturales
y
sistemas
educativos
[con
un
componente
evangelizador
muy
fuerte]
constituyeron
esta
estructura
vinculada
a
la
actividad
comercial
y
financiera
internacional
que
no
pudo,
sin
embargo,
evitar
los
sincretismos;
y
más
bien
fortaleció
y
provocó
la
insurgencia
de
las
otras
tres
estructuras
sociales
y
culturales
paralelas.
En
forma
metafórica
[con
fines
didácticos
y
no
con
criterio
absoluto]
clasifico
a
estas
cuatro
identidades
así:
país
hegemónico
local,
país
agroindustrial,
país
marginal
y
país
excluido. En
realidad
es
una
metáfora
para
identificar
a
las
cuatro
estructuras
socioculturales
originadas
en
un
entorno
de
violencia
colonial,
vinculadas
periférica
y
administrativamente
por
las
metrópolis
locales,
proyectadas
como
líneas
paralelas,
imperfectas
y
entrecruzadas.
Mientras
la
burguesía
comercial
hegemónica
(centrista)
mantuvo
sus
lazos
con
los
centros
coloniales,
las
emergentes
burguesías
agroindustriales
americanas
crecieron
sustentadas
por
los
mercados
locales.
Los
grupos
más
exitosos,
al
amparo
de
sus
herencias,
o
por
vía
de
la
movilidad
social,
se
incorporaron
al
país Centro o,
en
su
defecto,
al
país
agroindustrial. Y,
en
ese
mismo
contexto,
descendientes
de
esclavos,
libertos
y
cimarrones,
manumisos
indígenas,
criollos
y
mestizos
sin
fortuna
se
amontonaron
en
la
periferia
de
las
urbes
con
diversas
agendas.
En
cambio,
una
gran
parte
de
los
residentes
de
los
territorios
americanos
[los
llamados
indios]
buscaron
refugio
en
las
montañas,
mantuvieron
sus
estructuras
postneolíticas
y
se
excluyeron
de
los
modelos
de
desarrollo
introducidos
por
los
europeos.
He
aquí,
pues,
mi
visión
esquemática
del
origen
de
las
4
bifurcaciones
socioculturales
originadas
por
la
colonia
y
que,
actualmente,
se
encuentran
en
una
relación
de
integración
y
conflicto.
Los
europeos
instalados
en
las
regiones
más
alejadas
del Centro local
forjaron
la
cultura
de
“los
de
adentro”. Interioranos,
provincianos,
como
se
les
llama,
conservaron,
en
gran
medida,
los
rasgos
y
costumbres
de
los
colonizadores
originales.
Sustituyeron
las
carencias,
incluso
ideológicas,
con
alternativas
locales
o
prestadas
de
las
otras
fuentes
de
cultura. Consumieron
iguanas,
incorporaron
la
yuca
y
el
maíz
a
la
dieta
cotidiana. Pero
también
adoptaron
como
suyas
algunas
supersticiones,
costumbres
y
tecnologías
locales. Sin embargo, el posesionamiento de la tierra --y
con
la
tierra, la
actividad
agrícola
y
pecuaria-- constituyó
para
los
criollos,
como
era
para
los
feudales
europeos,
la
fuente
de
su
riqueza
y
poderío.
En
nuestro
tiempo
son
notorias,
tratándose
de
economía,
las
contradicciones
entre
las
burguesías
productoras
locales
[del
país
agroindustrial]
con
la
política
de
“apertura
de
mercados”
promovida
por
las
hegemonías
mundiales
y
sus
apéndices
instalados
en
las
antiguas
colonias.
En
contradicción
con
estas
dos
estructuras
hegemónicas
hemos
identificado
tanto
al
país
marginal
como
al
país
excluido. La
característica
fundamental
de
la
marginalidad
y
la
exclusión
es,
evidentemente,
la
pobreza. Y, según
todos
los
indicadores, esta
pobreza
se
expande
no
sólo
por
falta
de
inversión
o
crecimiento
económico
sino,
a
juicio
de
algunos,
por
el
complejo
trasfondo
cultural
conflictivo,
compartido
entre
las
cuatro identidades
descritas.
En
otras
palabras,
las
estructuras
marginadas
y
excluidas
no
sólo
se
perciben
a
través
de
la
actividad
económica,
a
través
de
las
cifras,
sino
a
través
de
la
acumulación
cultural
que
les
sirve
de
soporte
y
contribuye
a
fortalecer
el
entorno
de
pobreza. Porque,
desde
este
punto
de
vista,
no
sólo
se
trata
de
la
falta
de
oportunidades
prohijadas
por
un
sistema
darwinista
de
convivencia. También
se
trata
de
un
proceso
de
asimilación,
aceptación
y
preservación
de
los
modelos
de
producción
y
convivencia,
en
ocasiones
paterno-clientelistas,
establecidos
entre
víctimas
y
victimarios.
La
permanente
pugna
entre
los
grupos
privilegiados
y
las
elites
contestatarias—lucha
por
salarios,
vacaciones,
seguridad
social,
por
ejemplo—
se
encuadra
en
el
regateo,
en
los:
“Te
doy
y
no
te
doy”,
una
manera
de
mantener
el establishment incólume.
Este
tipo
de
confronte,
visto
desde
fuera,
podría
describirse
como
un
concubinato
escandaloso, puesto
que
los
beneficios
buscados
generalmente
no
tienen
proyección
universal,
es
decir,
se
circunscriben
a
los
bandos
en
pugna.
La
armazón
social
de
la
pobreza
crece
en
forma
desordenada
en
torno
a
los
emporios
citadinos
y
constituye,
según
la
economía
clásica,
el
reservorio
de
la
mano
de
obra
[el
clásico
ejército
de
desempleados]
requerido
por
las
hegemonías
para
incrementar
sus
ganancias. Sin
embargo,
esta
simplificación
es
peligrosa
porque
las
manifestaciones
de
violencia
engendrada
en
y
desde
los
territorios
ocupados
por
la
marginalidad
podrían
no
ser
respuestas
transitorias
a
necesidades
de
supervivencia,
como
generalmente
se
piensa,
sino
un
programa
de
vida
articulado
o
en
proceso
de
articulación. Es
decir,
una
manifestación
cultural
coherente
en
estado
de
gestación.
Es
prudente
no
olvidar
que
todo
modelo
de
supervivencia,
al
crear
patrones,
normas,
códigos,
se
independiza
de
las
necesidades
[de
la
falta
de
oportunidades]
que
lo
origina
y
evoluciona
como
un
sistema
de
vida. Entonces
deja
de
ser
consecuencia
y
se
transforma
en
paradigma. Y
es
en
ese
momento
en
el
cual
se
empieza
a
hablar
de
violencia
sistémica
[violencia
sistémica
como
en
el
caso
de
los
conductores
de
“diablos
rojos”
de
Panamá];
o
de la
ingerencia
de
pandillas,
mafias,
cárteles,
sicarios
y,
por
último,
el
establecimiento
de
la
corrupción
y
la
criminalidad
—incluyendo
la
de
cuello
y
corbata—
como
conducta
estandarizada
de
convivencia.
Muchos
comportamientos
considerados
impropios
en
la
época
actual,
localizados
en
las
áreas
marginales,
se
deben,
por
una
parte,
a
la
tendencia
de
los
grupos
humanos
a
preservar
sus
rasgos
originales
y,
por
la
otra,
al
legado
de
patrones
de
resistencia. [El
cimarronaje,
por
ejemplo,
dejó
en
las
comunidades
marginadas
una
diversidad
de
patrones
de
conducta
en
estado
latente
con
capacidad
de
dispararse
en coyunturas
de
crisis].
Por
eso
la
pobreza,
que
es
mucho
más
que
carencias,
mucho
más
que
falta
de
oportunidades
y
equidad,
mucho
más
que
la
clásica
relación
entre
explotados
y
explotadores,
además
de
todo
eso,
evoluciona
como
un
sistema
de
vida
codificado
por
la
tradición,
por
la
costumbre,
por
las
instituciones,
por
la
jurisprudencia;
es
una
visión
del
mundo,
cuya
característica
más
notable
es
la
resistencia
al
cambio, en
la
que
se
involucran
tanto
las
elites
hegemónicas
[gobiernos,
empresarios
y
dirigentes
obreros]
como
las
muchedumbres.
Se
habla,
entonces,
de
estilos
de
vida
adversos
a
una
estrategia
de
desarrollo
humano
sostenible,
de
una
estructura
cultural
emergente,
paralela
a
la
cultura
oficializada
y,
desgraciadamente,
con
poder
sustitutivo. Es
decir,
una
fuente
generadora
de
valores
y
conductas
alejadas
de
las
motivaciones
que
las
originaron,
capaz
de
reemplazar
a
las
establecidas
por
otras
fuentes,
o
por
la
tradición.
La
cuestión,
con
la
pobreza
—y
he
allí
su
raíz
cultural—
es
que
nadie
quiere
cambiar. Ni
los
pobres. Y
esa
negación
al
cambio,
se
debe
insistir
en
ello,
está
culturalmente
codificada.
Por
eso
el
gran
desafío
de
los
líderes
vinculados
a
proyectos
de
transformación
social
es
romper
con
el
viejo
discurso
tradicional
eurocentrista,
simplificador
y
maniqueo;
aprender
a
ver
con
ojos
propios
el
entorno
en
el
cual
viven;
descifrar
las
estructuras
socioculturales
y
la
cosmovisión
en
la
que
se
encuentran
entrampados
los
ciudadanos
de
países
desintegrados
—tanto
los
hegemónicos
como
los
menos
favorecidos—
no
sólo
en
relación
con
la
región
que
comparten, sino
desde
sus
mismas
entrañas;
dilucidar,
a
través
de
equipos
interdisciplinarios
integrados
[con
la
participación
de
biólogos,
psicólogos,
sociólogos,
economistas,
historiadores,
poetas], el
origen,
funcionamiento
y
opciones
indispensables
en
la
construcción
de
sociedades
sostenibles
y,
con
ello,
construir
condiciones
conducentes
a
garantizar
la
paz
en
los
villorrios
y
la
paz
en
el
planeta.
Esa
es
la
tarea
que
tienen
por
delante
los
que
sueñan
con
una
región
y
un
mundo
prósperos,
integrados,
competitivos,
tolerantes,
más
desarrollados
y
más
humanos.
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