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LORCA: LA PARADOJA Y EL MISTERIO

Rafael Ruiloba

"El Misterio no está fuera de nosotros sino que lo llevamos encima del Corazón". Federico García Lorca

Guillaume Apollinaire en su novela El Poeta asesinado, recuerda que los líridas han sufrido la intolerancia ética, la marginalidad moral y la persecución social; los vates han padecido de la estulticia de los idiotas con poder; han sufrido la sevicia y la violencia de la ignorancia. En los tiempos de ambigüedad y crisis los poetas son las víctimas propiciatorias de los mediocres; son anatemizados por los hombres convencionales que imaginan al artista como un ser monstruoso. Como un minotauro que ejerce el incalificable arte de la imaginación. El poeta es tasado por los prejuicios del moralismo, por los cálculos de la lucha ideológica, por las convencionalidades, los prejuicios y las necesidades represivas de la herejía. El poeta, al situar al hombre frente a su destino y su naturaleza, encarna la paradoja de ser victimizado por las fuerzas protervas de la convención social.

Esto que representa Apollinaire en su novela tal vez lo hace en memoria de los eupátridas que expulsaron a Anaxágoras de Atenas; de los césares que exiliaron a Ovidio; de los alguaciles que trataron de ahorcar al poeta Francoise Villons; de los ignorantes que persiguieron a Pierre de Ronsard; de los inquisidores que apresaron a Fray Luis de León o flagelaron a San Juan de la Cruz o tal vez lo haga en homenaje a los carceleros que dejaron morir a Miguel Hernández. En recuerdo de los que fusilaron a Otto René Castillo o de los intolerantes y traidores que dispararon  por la espalda a Roque Dalton, liberado de su tercer fusilamiento por una erupción que derrumbó la cárcel. O los que censuraron y anatemizaron a Lord Byron o a José Martí, quienes murieron luchando por la libertad ideal de sus pueblos.

Este es el caso de Lorca, el gran Federico García Lorca, prototipo del poeta asesinado imaginado por Apollinaire. Lorca, mártir de la poe­sía y de la inteligencia, fue fusilado por los franquistas, fascistas, falangistas y mojigatos que desataron la barbarie desmadrada durante la guerra civil Española. El crimen fue en Granada. En Granada fue el monstruoso sacrificio. Toda su poesía paradójicamente recreaba su muer­te. El crimen no pudo impedir la proyección de su trascendencia de hombre universal, cuya vida y obra está en favor de las fuerzas eufóricas que se debaten contra la estupidez y el autoritarismo carente de alma y que conforman la ideología de los enemigos incorregibles del espíritu humano y del arte.

Lamentación de la muerte

Sobre el cielo negro
culebrinas amarillas
Vine a este mundo con ojos
y me voy sin ellos
¡Señor del mayor dolor!
Y luego un velón y una manta en el suelo.
Quise llegar adonde llegaron los buenos
¡Y he llegado Dios mío!...
Pero luego un velón
y una manta en el suelo.

No se trata entonces de denunciar a los asesinos conocidos. (El muerto se quedó en la calle/ con un puñal en el pecho) No se trata de enarbolar la condena sobre la intrascendencia de las justificaciones ideo­lógicas. No se trata de una apología de la marginalidad (Era madru­gada. Nadie/ pudo asomarse a sus ojos abiertos/ de puro aire). De lo que se trata es de conmemorar con la muerte de Federico García Lorca la vigencia permanente en nuestra cultura de los valores vitales de la poe­sía. La vigencia de los valores que fueron negados por la censura, por la crítica vesánica, por el crimen monstruoso, por las falsas justificaciones y por la propaganda que protegió y protege a los responsables frente al juicio de la historia.

La poesía ha acompañado al hombre desde los cantos mágicos dedi­cados a exorcisar el miedo a lo real hasta la poesía que nos ofrece una visión del mundo o nos procura una personalidad suplementaria, orienta­da a expresar la naturaleza de lo humano por medio de la estructura, el ritmo, el sonido, el significado de las palabras y la idiosincrasia de la lengua. Como la poesía es intraducible, los poetas tienen la cualidad de expresar los sentimientos para poner en evidencia la particular relación de la conciencia que tienen los hombres de una comunidad lingüística con la cultura.

La poesía expresa los cambios y las revelaciones de una sensibilidad frente a la cultura. T. S. Eliot nos recuerda que la poesía es un testimo­nio constante de todas las cosas que sólo pueden decirse en una len­gua. Eliot imagina la poesía como condición intrínseca de la vida humana. Por medio de ella el mundo tiene sentido, orden y dignidad. (T.S Eliot. Sobre la Poesía y los poetas. Sur Buenos Aires. Argentina 1959. p 11-14)

Que en la conciencia de algunos hombres haya muerto la poesía como valor, que la ausencia de ésta nos remita a la muerte de un senti­miento y de una sensibilidad en un tipo particular de personalidades no nos lleva a la muerte irresoluta de la poesía, ni a tener la primera eviden­cia de que los hombres han perdido la sensibilidad que los relaciona con la civilización. Correré el riesgo de afirmar que los valores de la vida y el arte están por encima de la muerte, la incultura y de la soberbia violenta de los ignorantes. Es por eso que en este año en que se conme­mora el centenario de Federico García Lorca lo que debemos celebrar es la vigencia de la poesía como principio organizador del alma humana expresada como acto de cultura.

Federico García Lorca sigue siendo para nosotros el poeta que encarna la honda y oscura esencia de la naturaleza y el destino trágico de la cultura popular escindida por las ideologías donde está empantanada la humanidad. Lorca era un poeta que buscaba en el arte la vigencia de lo espiritual en el instante en que se confronta la vida con la muerte, en el espacio en donde la intimidad de la conciencia se expresaba buscando la vitalidad para la sobrevivencia del pueblo y la perpetuidad de lo humano. Esta es su estética del duende. En ella el sentido azorado por la pluralidad semántica se multiplica hasta fijarse en el oído y la insinuación.

¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados; un aire con olor a saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas. (Lorca. Teoría y Juego del duende. Prosa p. 189)

"la luz del poeta es la contradicción" "la poesía pone ramas de zarzamora y erizos de vidrio para que se hieran por su amor las manos que la buscan."

Para hacerlo se adentraba en la tradición popular y ponía en evidencia los sentimientos gastados y los valores caducos que orientaban a la formación de la persona y organizaban su visión de la realidad y su comprensión del mundo. Los cuales limitaban el desarrollo de lo humano en la cultura. Lorca buscaba la vigencia del espíritu en la renovación de los sentimientos. Lo verdaderamente humano surgía en la dramática lucha contra la muerte.
(Si muero dejad el balcón abierto) Para él la función del poeta era la de ser el vigía poético del pueblo. (Lorca, Prosa. p. 132)

Para Lorca la tradición cultural andaluza y los romances eran los cauces líricos por donde se escapan todos los dolores y los gestos rituarios de la raza. Por lo que al fundamentar su discurso poético en la tradición como fuente intertextual imagina que se hace preciso dar el grito defensivo para cantos tan puros y verdaderos.

En su libro Poeta en Nueva York (1929-1930) Lorca busca los cauces líricos en la cotidianidad de los pobres en un mundo que imagina lejano y sin vida espiritual. Para el poeta en Nueva York el mundo es nuevo y la conciencia no tiene asideros en una tradición, en un universo sin mitos y señales de identidad cultural; por lo que los hombres sufren de una desnudez metafísica y tienen que vestirse con el patetismo de la sobrevivencia. En este mundo no hay vida, ni existe la muerte como azogue de la vitalidad. El mundo está al revés (qué esfuerzo del caballo para ser perro).

Este es un mundo en donde la sangre no tiene puertas en vuestra
noche boca
arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los
paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de
cáncer.

El grito de Lorca es una protesta ante la ausencia espiritual; era su protesta ante la vida sin cultura, vida coludida por la superficialidad estrambótica del Rey de Harlem,

que con una cuchara
arrancaba los ojos de los cocodrilos
y golpeaban el trasero de los monos
con una cuchara.

Lorca había partido de la tradición cultural andaluza en la que tiembla la muerte “siempreviva, en la que la sensación del duende descubre en el hombre sus mejores iras; sus mejores bilis, su mejor llanto” (Lorca, Op, cit, p. 185)

Desde el punto de vista formal, Lorca busca en la tradición narrativa del romance y la canción la unidad verbal para contar una historia implícita en el contexto de la pasión, las tensiones de la muerte y la ambigüedad del hombre ante los avatares del destino.

El romance típico había sido siempre una narración y era lo narrativo lo que daba encanto a su fisonomía porque cuando se hacía lírico, sin eco de anécdota se convertía en canción. Yo quise fundir el romance narrativo con el lírico sin que perdieran ninguna calidad. (Federico García Lorca. Prosa Alianza Editorial, Madrid p. 52)

La poesía al nacer y recrear la tradición popular tiene el alma abierta a los cuatro vientos del espíritu. Para Lorca el poema se plantea un hondo problema emocional, sin realidad posible y lo resuelve con la muerte que es la pregunta de las preguntas. Lorca veía en la tradición la base para encontrar las formas estéticas de una nueva trascendencia patriótica. Este aspecto de su ideología estética era una trasgresión en una época en que cualquier sentido popular era sospechoso y era una forma de calificar los valores de un pueblo que socialmente andaba en busca de redención.

Lorca alentaba de esta forma un milenarismo secular poblado de gitanos, ángeles negros, lunas doncellosas, caballos de cristales, aguas subterráneas; planetas de cartón, emplazados amargos; duelos, reyertas y leyendas bíblicas aromados con una brisa judía y romana; cultivaba una poesía sobresaltada por crímenes, injusticias, ansias sin objeto y penas sin remedio; santos que se desprenden del patetismo y mitos que tiemblan en la noche de la cultura y arden en el ascua de la imaginación popular donde mil panderos de cristal herían la madrugada.

 Lorca transgrede la identidad ficticia de un lenguaje impuesto en una simplificación del poder o del sentido. El poeta busca así una identidad verdadera nacida en la relación vital entre la poesía y la tradición cultural del pueblo. Como Kierkergaard, pensaba que el individuo necesitaba la tradición popular para lograr su identidad. La misión del poeta dice Lorca es "animar en su exacto sentido; dar alma"

Solo por los cuatro corredores
las cuatro luces clamaban
con el furor de San Jorge
Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de hombre
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.
(Muerto de amor).
La media luna soñaba
un éxtasis de cigüeña.
...
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas...

“Romance de la Guardia Civil Española”   

La relación entre la expresión y el significado es invertida a contra pelo de la tradición. El tremendismo emocional que genera la presencia de la muerte y la vida condiciona la colisión trágica del héroe y hace evidente la noción de un destino donde el hombre está atrapado por fuerzas tremendas; nacidas en el torbellino de su conciencia. En uno de sus romances, Antoñito, el Camborio, es apresado y metido en la ergástula por ser gitano. Al ser liberado es asesinado por sus primos por envidia. La tragedia se origina en la represión consuetudinaria y por la imbecilidad de los otros, que atacan al que es diferente. El héroe trágico por la paradoja de su vida.

-Ay, Antoñito El Camborio,
digno de una emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
-Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil
¡Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.

Lorca vuelve a retomar los valores de otro gran poeta marginal: Don Luis de Góngora, cuya poesía ha sido anatematizada por voces oscuras y torpes y considerada por gramáticos y retóricos como una lacra que hay que tapar (Lorca, op. cit. p. 99) Góngora asume que su tradición es la del mito enriquecido por las sensaciones y las sugerencias que aluden a una realidad verbal donde la metáfora concentra el aroma de la tradición y se une con el hilo tenue del sueño y los efluvios de varias realidades humanas. En este instante Lorca busca el umbral donde se instalan El misterio y las raíces que clavan en el limo que todos conocemos y que todos ignoramos, por donde nos llega lo que es sustancial al arte. (Lorca, Op. cit. p. 173)

LAS HORAS YA DE NÚMEROS VESTIDAS

El verso no es sólo la descripción gongorina de un reloj sino que es una visión del tiempo, un acto de creación inusitada que suena en el silencio de las últimas sugerencias y obliga al lector a pensar, a recrear y a enriquecerse con la poesía. El lector crea la imagen al intentar sugerirla para su propia imaginación. En este momento es cuando surge el duende: el sentido de la magia y el misterio que está en nuestra conciencia y que resurge en la poesía. El duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre. (Op. cit. p. 175)

De él Lorca asume que la eternidad de un poema depende de la calidad y la trabazón de sus imágenes. (Op. cit. p. 100) También la idea de que la grandeza de la poesía no depende de la magnitud del tema, ni de sus proporciones, ni de sus sentimientos (Op. cit.p. 110) Sino más bien de la pluralidad de los sentidos que se sugieren sobre una tradición cultural "un hecho poético puro ...siempre tendrá luces cambiantes, aun para el hombre que lo ha comunicado..."

Por lo que el otro eje del discurso de Lorca es la alusión, los bordes del silencio, el dramatismo emocional y la filigrana del ojo, que se conjugan para establecer en la conciencia del lector la obligatoriedad de lo co-creación, al tratar de cerrar los espacios entre lo dicho y lo no dicho. Los espacios donde aparece el duende vencedor de los ardores fríos del Escorial y nos ataca con un navajazo de magia y nos deja una herida síquica por donde se nos sale la vida.

La virtud mágica del poema consiste en estar siempre enduendado para bautizar con agua oscura a todos los que los miran, porque con duende es más fácil amar, comprender y es seguro ser amado, ser comprendido y esta lucha  adquiere caracteres mortales ( Op. cit. P. 184)

Para los barcos de vela
Sevilla tiene un camino;
para el agua de Granada
Sólo reman los suspiros.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!

Para Lorca hacer poesía era insuflar un soplo teogónico. Era dar voz a la espiritualidad de un pueblo por medio del arte. Era una forma de hacer que la cultura, los sentimientos, la pasión y la tradición que fija y da vida clara a los fragmentos de la realidad invisible donde se mueve el hombre resurgiera con toda su vitalidad, con toda su angustia, con toda la fuerza de lo recién creado para la conciencia. Tratar de olvidar esta lección primigenia, desvirtuarla o inventar un Lorca al margen de esto es imposible. Porque Lorca mira pasar la procesión de Santa Olalla con los senos en la bandeja. O escucha al amargo en el muro de la soledad sin descanso, o está muerto de amor mirando a la sangre cantar su muda canción de serpiente, o rueda la pendiente con una navaja de albacete y lirios que relumbran bajo una dura luz de naipes. Porque su alma vigila oculta detrás de la poesía.

 

   

 


                                  

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