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OTRA VERSIÓN DE UNA HISTORIA COMPLEJA
ADOLFO CORONATO
El británico Antony Beevor da en su documentada y monumental "La Guerra Civil española" una visión polémica de las disidencias en la izquierda y los errores militares de la República. Y ofrece un relato discutible de las políticas exteriores de Gran Bretaña y de la Unión Soviética. El libro es una muestra de la intensidad con que aún se debate el conflicto.
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Qué fue, realmente, la Guerra Civil española? ¿Un "ensayo general" de la Segunda Guerra Mundial? ¿Una aventura de revolución social en los años 30? ¿O sólo un intento, ahogado en sangre, de instalar un país atrasado a la altura de los tiempos históricos?
El 18 de julio de 1936, la II República fue asaltada desde adentro por un grupo de generales, apoyados por la Iglesia y un variado arco monárquico. A 70 años del suceso, la controversia en torno de la trágica contienda que sobrevino sigue hoy con una intensidad que no tuvo ningún otro conflicto moderno.

En España, en medio de un aluvión de novedades bibliográficas, el británico Antony Beevor ha instalado su monumental La Guerra Civil española, la primera historia general del conflicto en 40 años desde las obras de Hugh Thomas y Gabriel Jackson. Muy crítico del estalinismo y muy comprensivo del anarquismo, pero basado en un amplio manejo de fuentes, Beevor —seguramente sin proponérselo— destruye las patrañas de un sedicente revisionismo profranquista acumulado en los últimos años. El relato deja en claro que la República, aun con sus errores, sigue siendo la única causa política que permanece tan pura y convincente como en 1936.

Con pasión de forense, Beevor hurga en las entrañas de archivos rusos, alemanes y españoles para dar cuenta de las disputas en el alto mando republicano, el terror blanco, el terror rojo y los alcances de la ayuda soviética. Del diario privado de Wolfram Von Richthofen —el bombardero de Guernica, pero también de Rotterdam, Belgrado, Creta y especialmente Stalingrado, donde murieron 40 mil civiles— surge claro el rol de la Legión Cóndor y sus más de 20 mil hombres de elite, más los 40 mil aportados por el Duce y la incesante provisión de artillería y aviones.
Pero es en las acciones militares donde brilla el mejor Beevor. La República planteó desde el vamos una guerra de resistencia a la derrota, una estrategia originada en su propia debilidad. El mando republicano intentó obstinadamente romper por el centro el frente franquista para aliviar otras regiones en riesgo, lo que devino en catastrófico error. Beevor sostiene que ante la inferioridad de armamentos (en general, un fusil para tres milicianos y no más de 5 disparos, insuficiente artillería y aviación) debió combinarse la estrategia defensiva con ataques sorpresa, cortos y rápidos, en vez de lanzar ofensivas a campo abierto. Por lo demás, enfatiza, tampoco Franco sabía hacer más guerra que la del carnero, la de la embestida frontal, y todos seguían atados a la doctrina militar francesa y lo aprendido en la Primera Guerra.

Acierta Beevor en concluir que la guerra no terminó con el desfile de la victoria de los insurrectos, el 1° de abril de 1939: la persecución encarnizada, las cárceles, la represión y el exilio de los vencidos proyectaron lo que llama una "guerra inacabada". En el gulag de Franco, por ejemplo, la persistencia del "delito continuado" sirvió de excusa para llevar a Julián Grimau en 1963 ante un pelotón de fusilamiento.
Pero es en el contexto internacional donde Beevor se revela ambiguo. Relativiza que el "apaciguamiento" que piloteaba Gran Bretaña encubría la injerencia militar de Hitler y Mussolini, omite que Churchill había condenado a la República y considera "incierto" un pacto secreto Chamberlain-Franco, pese al chantaje económico que el "caudillo" ejerció sobre Londres desde 1939 para mantener su "neutralidad". El prejuicio anticomunista, además, lleva a Beevor a descreer de las intenciones de Stalin, en el sentido de que realmente no deseaba un gobierno comunista. También exagera el rol de los comunistas en la conducción de la guerra, a la que califica de "desastrosa" por la participación de los estrategas soviéticos. Y tampoco señala que fueron las divisiones entre estados, y la falta de un frente común antifascista, las que permitieron la irresistible ascensión de la Alemania nazi entre 1933 y 1939.
Con todo, la obra de Beevor confirma plenamente que, como quizá en ningún otro caso, la Guerra Civil española fue mejor escrita por los perdedores que por los ganadores. Y que si bien es cierto que la verdad fue la primera víctima de la contienda, la historia nunca está definitivamente escrita.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/07/22/u-01237856.htm
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