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BOTERO EN PANAMÁ
Emma Gómez

Para quienes Botero es una referencia de la estética de la voluptuosidad agradecida, del regodeo feliz de la forma y del color de los seres y de los objetos, resulta “tenaz” como diría un colombiano, es un reto doloroso, sumergirse en las imágenes violentas que muestran esa otra cara de Colombia a través de las mismas figuras exuberantes que nos han llevado a otros estadios desde que su obra recorre el mundo.
La exposición itinerante, denominada “La violencia en Colombia”, reunió una muestra de cincuenta pinturas (23 óleos y 27 dibujos) de pequeño, mediano y gran formato, dispuestas en dos salas del Museo de Arte Contemporáneo, entre las que se intercalaron frases del artista colombiano: “Colombia me duele horriblemente”, y terminó por dolernos a todos. Su estado de ánimo frente a esa composición nacida de la terrible realidad colombiana lo llevó a reflexionar sobre sus propios cánones estéticos, pues ”estaba en contra de ese arte que se convierte en testigo de su tiempo como arma de combate.” Los acontecimientos del día a día colombiano le dieron un indicador: “llegó el momento en el que sentí la obligación moral de dejar un testimonio sobre un momento irracional de nuestra historia”. Ahora sus figuras voluminosas tienen una nueva factura, un nuevo presupuesto de sangre, crueldad, mutilaciones y deshumanización ante el dolor; impotencia, fragilidad y agonía ante todas las dimensiones de la muerte y de los más tortuosos caminos de la tortura. Los seres expuestos a los más extremos niveles de crueldad en oposición a las víctimas en el más terrible desamparo y en la exploración de los estertores e incontinencias del cuerpo ante los distintos niveles del miedo.
Las obras de Botero estaban dispuestas de manera que pudieran apreciarse las series por tema y por técnica: por un lado los dibujos que recogen el dolor de las mujeres y de los secuestrados, y el poderoso movimiento o los duros gestos de los victimarios. La desnudez y plasticidad de los cuerpos voluminosos (sea al dibujo o al óleo, sean en blanco y negro o con todos los tonos brillantes del color) nos impone aun más la condición de desamparo de las víctimas (“De rodillas”) y el poderoso movimiento del machete en manos de “El verdugo”. La concepción estética de sus cuadros nos lleva de la solidaridad y la indignación al distanciamiento que también nos procura el trazo bien hecho, el conmovedor gesto capturado. Vamos de lo figurativo a los elementos simbólicos. Desde el cómic muestra a los desplazados que buscan otros horizontes para vivir, o el carro bomba que parece de juguete. En una de las series, la calavera de influencia mexicana, que reconoce en José Guadalupe Posada, se mueve segura sobre las escenas de tragedia; la muerte se muestra imponente con la banda presidencial y los colores de la enseña colombiana dispuesta al revés (“Viva la muerte”). Como un animal se cuelga de la espalda del secuestrado ya para aliviarlo, ya para personificar su presencia (“Un consuelo”). Con una espada en la mano vuela y hace acrobacias sobre los cadáveres diseminados en el interior de una iglesia, o bien va sentada sobre los bultos de enseres de los desplazados. Otras series recogen noticias de las matanzas de los paramilitares o de las víctimas que deja la guerrilla, en escenas en movimiento que capturan el destino de las balas y los cuerpos cayendo. Acaso las escenas que más doloroso diagnóstico de la situación colombiana nos dejen sean esas donde las aves de rapiña dominan la escena sobre los cuerpos abandonados y mutilados en estado de putrefacción (“Río Cauca”). Porque la impresión de los cuerpos insepultos que desde el sentido que le dio Antígona nos reclaman sepultura para los hermanos, es una especie de aguijón y de misterio frente a la muerte, que nos impide aceptar que la indiferencia y la negación puedan apoderarse de los seres humanos y condenar a la intemperie a las víctimas de la barbarie.

La exposición de Botero atrajo a muchos visitantes. Gran cantidad de colegios vieron en esta exposición una manera de mostrar la tragedia del país hermano, una forma pedagógica de enseñar cuánto debemos evitar la violencia. Y por esos pasillos los jóvenes preguntaban cómo expresar lo que sentían frente a las escenas de muerte y dolor: “No puedo decir que estos cuadros estén feos, porque están bien hechos; no puedo decir que están bonitos porque lo que me muestran no es bonito”. “Ya sé, no voy a decir cuál fue el que más me gustó, sino cuál fue el que más me impresionó; voy a escribir que estos cuadros son perturbadores, sí eso mismo, son perturbadores”. Y así, pintor y espectadores tuvieron que ensayar nuevos códigos de representación y de interpretación. Mijail Bajtin ha planteado que la palabra huele a los contextos que la generan. Toda forma de arte lleva un discurso que necesita lectura. Y aquí, el lienzo huele tristemente al espacio que lo genera. Si bien será difícil volver a mirar las voluminosas y a la vez ágiles y gráciles esculturas de Botero sin evocar también estas imágenes terribles, un profundo respeto nos acompañará frente a la voluntad testimonial del autor, pues entendemos también los procesos de dolor por los que debió pasar como creador.
Nos satisface que el Museo de Arte Contemporáneo haya tenido la oportunidad y el acierto de lograr este espacio para Panamá. Se requiere, eso sí, mayor formación en sus guías, pues la situación en Colombia no se debe únicamente “a los narcotraficantes y los guerrilleros”. La fractura de la nación vecina y hermana es mucho más profunda y altamente compleja. Por ello Botero recrea situaciones generadas tanto por los paramilitares como por la guerrilla. El componente social y el descontento de distintos sectores requiere de profundos cambios y de una voluntad que sólo ellos con sus mejores hombres y mujeres podrán solucionar mediante la revisión de su propia historia.
Es una lástima que no hayamos podido tener aquí también la colección de sus obras de Abu Ghraib, que el autor desea llevar a Nueva York, donde expresa el choque que le producen las torturas infligidas por el ejército norteamericano a los prisioneros en Iraq, y donde igualmente recrea los niveles de degradación, barbarie y violencia que ejercen los seres humanos sobre los de su misma especie.

La impresión de humor y coquetería que nos da una guitarra regordeta (“Silla con guitarra” ), o la ternura por el luto y recordación de los seres amados que evoca en sus distintas pinturas (las de su hijo Pedro), o el colombiano cotidiano que juega a los gallos o saluda en la calle aún se recuerdan junto a las imágenes jugosas de sus generosos bodegones y las paródicas de un grueso Quijote o un torero redondo por donde se le mire; su Menina (primera obra exitosa en Nueva York) o su niño de Vallecas, y toda la gama de obras clásicas que recreó y alimentó hasta darles su propio volumen y estilo no dejarán de acompañarnos junto a sus impresionantes esculturas. Lo que esperamos ahora es que esa expresión dolorosa que ha donado al Museo Nacional de Colombia y que no comercializará de manera alguna, genere espacios para el diálogo y para la reconciliación nacional. El abrazo para Botero es también para el pueblo colombiano.
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