Columnas

 

 

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de Guillermo Benítez

El sí de las niñas

 

 

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de José Carr

De la buena salud de algunos muertos y otras noticias

 

 

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de Hitler Cigarruista

No más hambre... más lucha

 

 

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La cultura de la levedad

 

 

- El dedo en el ojo:

de Cáncer Ortega

Sinán, Presidente

 

 

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de Félix Armando Quirós Tejeira

Escribir es una búsqueda constante

 

 

- Palabra de Piedra:

de Pedro Rivera

Marginalidad, ¿poder emergente irremediable?

 

 

 

 

Reseñas de libros

 

La boina roja

de Rogelio Sinán

 

La insurrección de Colón

de Rolando Sterling

 

Poesía reunida

de José Guillermo Ros-Zanet

 

El camino recorrido

de Tristán Solarte

 

Meditaciones en torno a Victoriano

de Jorge Conte-Porras

 

El Fútbol a sol y  sombra

de Eduardo Galeano

 

 

   

PALABRA DE PIEDRA

  

MARGINALIDAD, ¿PODER EMERGENTE IRREMEDIABLE?

 

Pedro Rivera

 

La ciencia ficción juega mucho con ideas de máquinas del tiempo, cuarta dimensión y mundos paralelos.  En esos relatos los personajes son, la mayoría de las veces, científicos chiflados que construyen artefactos capaces de regresarlos al futuro o trasladarlos al pasado para modificar, así, el rumbo de los acon­te­cimientos, algunas veces con propósitos altruistas, otras moti­va­dos por ambiciones desmesuradas. 

La idea de un presente mucho mejor si las cosas hubiesen ocurrido de otra manera es una constante de la literatura de fic­ción.  Lo actual cotidiano, visto en perspectiva, provoca en los se­res humanos la certidumbre de que las cosas serían distintas si, dado el caso, los protagonismos o lo simplemente fortuito se invir­tieran.  ¿Como sería el mundo de hoy si a Cristóbal Colón le hu­biera pateado la cabeza un caballo cuando la madre lo llevaba de correrías por el lago?  ¿Y si Hitler se hubiese caído de un an­damio cuando, brocha en mano, seguía las manifestaciones que enca­bezaban los comunistas contra el kaiser? Lindo sueño que per­mite escribir novelas y guiones cinematográficos entretenidos y que, al revelarse a través de la imaginación como lo que pudo ser, permite ensayar una suerte de reflexión mucho más diáfana en relación con lo bueno y lo malo, y con el destino de la humani­dad.

Nada nos impide viajar al pasado o volver al futuro.  La histo­ria, en sentido estricto, eso es lo que hace.  La ciencia y la imag­inación, en cuyos linderos imprecisos radica la noción de cambio y progreso, dan esa alternativa gratificante.  Lo cierto es que his­toriadores y científicos —cuyos procedimientos y objetivos son cada vez más afines entre sí— no han dejado ni dejan de regresar atrás en el tiempo: cada generación revisa una y otra vez los mismos documentos, las pruebas fosilizadas de la aventura hu­mana en cuevas, simas marítimas, lechos de ríos, museos, li­bros, monumentos.  Penetran los substratos químicos inorgáni­cos, las configuraciones genéticas de la vida orgánica o envían naves es­telares a los confines galácticos para indagar en los co­mienzos.  El científico, que presupone al historiador y vicev­ersa, rastrea la sustancia infinita del universo, aparentemente para encontrar las raíces de su origen cósmico.  Pero, en verdad, como todo his­toriador —y los científicos lo son cada vez en mayor me­dida— lo que pretende es desentrañar misterios para ejecutar un porvenir que desconoce y que, más que intuir, imagina y ergo construye.  Todo examen de la historia remite al comienzo, se traduce como eterno volver a empezar toda vez que, irremedia­blemente, modi­fica el pasado.  Cada generación interpreta de una manera dis­tinta lo que fue o será y, en ese proceso de redes­cubrimiento y reinterpretación radica —al menos en teoría— la posibilidad de configurar un destino humano que se entronca con la utopía.

No otro sentido tiene la historia.  Ayer, quizás no.  Hoy sí: la enumeración de hechos con “fines desinteresados” es un ardid, un procedimiento fraudulento de las hegemonías.  Ayer, quizás no.  Pero, hoy, sistematizar a través de la investigación histórica el flujo de acontecimientos con “fines exclusivamente cognosci­ti­vos” o para eternizar ordenamientos, que por injustos tarde o temprano provocarán hecatombes predecibles, es una conducta suicida e irresponsable. 

Un estudio de la historia, no discursivo, comprensivo, apoyado en ciencias como la biología y la psiquiatría, podría mejorar la perspectiva de jefes de Estado, líderes de opinión, economistas, sociólogos, politólogos y dirigentes gremiales; y evitar que el dis­curso estereotipado o contestatario —siervo de instinto y pa­sión— provoque situaciones de insurgencia devastadora, de dudosa eficacia toda vez que —por las mismas razones del dis­curso— se articulan al margen de modelos viables de organi­za­ción social y económica, en condiciones de sustituir   o mejorar que las ofertas en boga.

El uso de herramientas inexplicablemente desligadas de los métodos de investigación histórica —biología, psicología, fisi­olo­gía, antropología, etc.— permitirían tener una idea mucho más amplia en relación con el papel que juegan los impulsos básicos de supervivencia y la herencia cultural en determinados compor­tamientos colectivos. 

El estudio de la historia, en los términos de “regreso al futuro”, tiene contenidos premonitorios, linda con la profecía y, en ese sentido, bien podría adelantarse a los hechos y desentrañar, por ejemplo, el carácter de la insurgencia de una marginalidad cada vez más militante, portadora de una ideología consumista, inefi­ciente, juegaviva —orientada más por in­s­tintos territoriales que por los valores de la oc­cidentalidad que la engendró— capaz de protagonizar, en determinadas coyunturas, movilizaciones territorialistas, insurrec­cionales. 

Después del derrumbe del llamado socialismo real en los países de Europa del Este, de la desarticulación de las izquierdas y de los movi­mientos de liberación nacional, la insurgencia de la marginali­dad urbana, como alternativa de poder, con sus con­tenidos con­testatarios e irracionales, no es una posibilidad re­mota en las próximas décadas.  Esa opción, que desde alguna perspectiva ca­becicaliente podría ser bueno, entraña peligros inimaginables.

Las crisis de los reacomodos del poder en el planeta, así como las formas específicas que asumen en los territorios periféricos y dependientes en cada zona de influencia, no serán entendidas sin una renovada e interesada revisión de la Historia.  A manera de hipótesis, sostenemos que el poder tradicionalmente ejercido por las hegemonías económicas y culturales en esta parte del mundo incubó estos pode­res irracionales, subterráneos, cuya capacidad de insurgen­cia y espontaneísmo es, al parecer, irremediable, debido a la inde­fen­sión en la que quedaron las organizaciones ligadas al proyecto socialista al sobrevenir el mundo unipolar. 

   


 

 


                                  

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