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PALABRA DE PIEDRA
MARGINALIDAD, ¿PODER EMERGENTE IRREMEDIABLE?
Pedro Rivera
La ciencia ficción juega mucho con ideas de máquinas del tiempo, cuarta dimensión y mundos paralelos. En esos relatos los personajes son, la mayoría de las veces, científicos chiflados que construyen artefactos capaces de regresarlos al futuro o trasladarlos al pasado para modificar, así, el rumbo de los acontecimientos, algunas veces con propósitos altruistas, otras motivados por ambiciones desmesuradas.
La idea de un presente mucho mejor si las cosas hubiesen ocurrido de otra manera es una constante de la literatura de ficción. Lo actual cotidiano, visto en perspectiva, provoca en los seres humanos la certidumbre de que las cosas serían distintas si, dado el caso, los protagonismos o lo simplemente fortuito se invirtieran. ¿Como sería el mundo de hoy si a Cristóbal Colón le hubiera pateado la cabeza un caballo cuando la madre lo llevaba de correrías por el lago? ¿Y si Hitler se hubiese caído de un andamio cuando, brocha en mano, seguía las manifestaciones que encabezaban los comunistas contra el kaiser? Lindo sueño que permite escribir novelas y guiones cinematográficos entretenidos y que, al revelarse a través de la imaginación como lo que pudo ser, permite ensayar una suerte de reflexión mucho más diáfana en relación con lo bueno y lo malo, y con el destino de la humanidad.
Nada nos impide viajar al pasado o volver al futuro. La historia, en sentido estricto, eso es lo que hace. La ciencia y la imaginación, en cuyos linderos imprecisos radica la noción de cambio y progreso, dan esa alternativa gratificante. Lo cierto es que historiadores y científicos —cuyos procedimientos y objetivos son cada vez más afines entre sí— no han dejado ni dejan de regresar atrás en el tiempo: cada generación revisa una y otra vez los mismos documentos, las pruebas fosilizadas de la aventura humana en cuevas, simas marítimas, lechos de ríos, museos, libros, monumentos. Penetran los substratos químicos inorgánicos, las configuraciones genéticas de la vida orgánica o envían naves estelares a los confines galácticos para indagar en los comienzos. El científico, que presupone al historiador y viceversa, rastrea la sustancia infinita del universo, aparentemente para encontrar las raíces de su origen cósmico. Pero, en verdad, como todo historiador —y los científicos lo son cada vez en mayor medida— lo que pretende es desentrañar misterios para ejecutar un porvenir que desconoce y que, más que intuir, imagina y ergo construye. Todo examen de la historia remite al comienzo, se traduce como eterno volver a empezar toda vez que, irremediablemente, modifica el pasado. Cada generación interpreta de una manera distinta lo que fue o será y, en ese proceso de redescubrimiento y reinterpretación radica —al menos en teoría— la posibilidad de configurar un destino humano que se entronca con la utopía.
No otro sentido tiene la historia. Ayer, quizás no. Hoy sí: la enumeración de hechos con “fines desinteresados” es un ardid, un procedimiento fraudulento de las hegemonías. Ayer, quizás no. Pero, hoy, sistematizar a través de la investigación histórica el flujo de acontecimientos con “fines exclusivamente cognoscitivos” o para eternizar ordenamientos, que por injustos tarde o temprano provocarán hecatombes predecibles, es una conducta suicida e irresponsable.
Un estudio de la historia, no discursivo, comprensivo, apoyado en ciencias como la biología y la psiquiatría, podría mejorar la perspectiva de jefes de Estado, líderes de opinión, economistas, sociólogos, politólogos y dirigentes gremiales; y evitar que el discurso estereotipado o contestatario —siervo de instinto y pasión— provoque situaciones de insurgencia devastadora, de dudosa eficacia toda vez que —por las mismas razones del discurso— se articulan al margen de modelos viables de organización social y económica, en condiciones de sustituir o mejorar que las ofertas en boga.
El uso de herramientas inexplicablemente desligadas de los métodos de investigación histórica —biología, psicología, fisiología, antropología, etc.— permitirían tener una idea mucho más amplia en relación con el papel que juegan los impulsos básicos de supervivencia y la herencia cultural en determinados comportamientos colectivos.
El estudio de la historia, en los términos de “regreso al futuro”, tiene contenidos premonitorios, linda con la profecía y, en ese sentido, bien podría adelantarse a los hechos y desentrañar, por ejemplo, el carácter de la insurgencia de una marginalidad cada vez más militante, portadora de una ideología consumista, ineficiente, juegaviva —orientada más por instintos territoriales que por los valores de la occidentalidad que la engendró— capaz de protagonizar, en determinadas coyunturas, movilizaciones territorialistas, insurreccionales.
Después del derrumbe del llamado socialismo real en los países de Europa del Este, de la desarticulación de las izquierdas y de los movimientos de liberación nacional, la insurgencia de la marginalidad urbana, como alternativa de poder, con sus contenidos contestatarios e irracionales, no es una posibilidad remota en las próximas décadas. Esa opción, que desde alguna perspectiva cabecicaliente podría ser bueno, entraña peligros inimaginables.
Las crisis de los reacomodos del poder en el planeta, así como las formas específicas que asumen en los territorios periféricos y dependientes en cada zona de influencia, no serán entendidas sin una renovada e interesada revisión de la Historia. A manera de hipótesis, sostenemos que el poder tradicionalmente ejercido por las hegemonías económicas y culturales en esta parte del mundo incubó estos poderes irracionales, subterráneos, cuya capacidad de insurgencia y espontaneísmo es, al parecer, irremediable, debido a la indefensión en la que quedaron las organizaciones ligadas al proyecto socialista al sobrevenir el mundo unipolar. |
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