Columnas

 

 

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de Guillermo Benítez

El sí de las niñas

 

 

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De la buena salud de algunos muertos y otras noticias

 

 

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de Hitler Cigarruista

No más hambre... más lucha

 

 

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La cultura de la levedad

 

 

- El dedo en el ojo:

de Cáncer Ortega

Sinán, Presidente

 

 

- Sortilegios:

de Félix Armando Quirós Tejeira

Escribir es una búsqueda constante

 

 

- Palabra de Piedra:

de Pedro Rivera

Marginalidad, ¿poder emergente irremediable?

 

 

 

 

Reseñas de libros

 

La boina roja

de Rogelio Sinán

 

La insurrección de Colón

de Rolando Sterling

 

Poesía reunida

de José Guillermo Ros-Zanet

 

El camino recorrido

de Tristán Solarte

 

Meditaciones en torno a Victoriano

de Jorge Conte-Porras

 

El Fútbol a sol y  sombra

de Eduardo Galeano

 

 

   

EL DEDO EN EL OJO

 

ROGELIO SINÁN, PRESIDENTE

 

 

Cáncer Ortega Santizo

 

Leí cuentos y poemas de Rogelio Sinán cuando estudiaba en la secundaria. Como todo joven, tenía las hormonas disparadas a millón y fui impresionado grandemente (como un gran demente) por su humor cáustico y su erotismo irreverente. Estatuas maduras atisbadas desde las ramas de los árboles; senos desnudos saltando apetitosos, con vida propia, del escote del traje de las muchachas golosas ansiosas de mango; la Cucarachita Mandinga, toda la noche haciendo delicias con su Ratón Pérez: dormir y…, dormir y…, dormir y…

 

Años después, cuando ya nos conocíamos en persona, le recuerdo con la picardía de un niño travieso dando respuestas libidinosas al preguntársele sobre un personaje de La Isla Mágica que deseaba que el miembro viril tuviera hueso. Comentó que no sólo era importante que tuviera ese sostén óseo sino que debía ser como el dedo, que uno puede enderezarlo y darle rigidez cuando quiere. Y hacía el gesto.

 

En otra ocasión, cuando la que fuera mi segunda esposa le solicitó que fuera el padrino de nuestra boda, contestó que sólo lo haría si tuviera el derecho de invernar primero. Tuvimos que recurrir a un padrino menos exigente.

 

Antes de conocerle en persona, mi respeto por Sinán se circunscribió al generado por su producción literaria y su desempeño intelectual que le había colocado en destacado sitial dentro del marco de las letras panameñas. Con su obra innovadora, la literatura panameña había dado un importante salto cualitativo. Se podría decir (los estudiosos dirán si me equivoco) que daba carácter internacional a las letras nacionales.

 

Más tarde, cuando le conocí personalmente, al respeto que tenía por su obra poética y narrativa se sumó el que imponía su persona, como persona. De él emanaba calidez humana y el carácter profundamente humanista de sus actos. Me impresionó, sobre todo, su desempeño en la lucha política y social. Supo estar en el lugar apropiado, en el momento preciso, donde la historia y la Patria, la gran patria latinoamericana, le necesitaba. Por eso, el Sinán que más recuerdo, el que más impactó mi formación, El Maestro, es el militante activo, el solidario, el revolucionario: un guerrero.

 

Estábamos a finales de los setenta. En aquellos días la Revolución era un sueño al alcance de la mano. Un sueño más que posible; la utopía que construíamos todo día. Nos lanzábamos llenos de entusiasmo a hacer la guerra para que triunfara el amor. Estábamos dispuestos a ofrecer nuestras vidas (y lo hacíamos) para hacer realidad un mundo de igualdad social: el paraíso en la tierra para los que hasta entonces éramos los condenados, los desposeídos.

 

La causa exigía caros sacrificios, cobrando una profusa cuota de sangre fecunda. Sobre todo, la que aportaba la juventud. Como todo parto, el nacimiento de un mundo nuevo implicaba la necesidad de que se derramara sangre. Aunque Allende había sido derrocado en Chile mediante un sangriento golpe militar (con lo que pareciera que la vía electoral era desacreditada como la correcta para hacer realidad la Revolución) la causa popular, a través de la lucha armada, había triunfado en Vietnam y en Angola. Ahora estábamos en Nicaragua.

 

Panamá daba su apoyo incondicional y generoso a la causa sandinista. El pueblo nicaragüense libraba heroica lucha por derrocar a la dictadura de Somoza. El Comité Panameño de Solidaridad con Nicaragua era uno de los más importantes y activos en Latinoamérica. Su labor tal vez sólo era superada por los comités de México, Venezuela y Costa Rica. Los dos primeros, países grandes del área; el último, vecino más próximo al conflicto. Pero Panamá era centro del entusiasmo y del apoyo semioficial que daba el gobierno del general Torrijos canalizando armas, hombres y recursos hacia los herederos de la causa de Sandino.

 

Las reuniones masivas tenían lugar en la fenecida Casa del Periodista, que fuera demolida a mazazos. Con sus paredes cayeron sus invaluables murales. Y parte de su historia, de la de Panamá y de la de Latinoamérica. Allí tuvo lugar la inscripción de la Brigada Victoriano Lorenzo que partió a combatir en el Frente Sur, dejando en tierra nicaragüense su valioso aporte de sangre y heroísmo.

 

En las noches, por lo general, nos trasladábamos a la Casa Azul, cuartel central de solidaridad internacional; cuna de sueños y utopías; nido de reposo de guerrilleros. La construcción del futuro se cobijaba bajo el abrigo maternal que brindaba Ester María Osses.

 

Por entonces yo militaba con el grupo de música política y experimental “Trópico de Cáncer”; con la Brigada Muralista Felicia Santizo (cubriendo con mensajes y figuras combativas las paredes de la ciudad); y con el Taller Cultural, en la Universidad de Panamá. No estábamos integrados orgánicamente a ningún grupo ni partido político, por lo que muchos nos miraban con suspicacia, cuando no, con franca desconfianza. De “francotiradores”, nos bautizará con cariño Chuchú Martínez, con quien entrenábamos con la pretensión de integrarnos como combatientes al Frente Sandinista.

 

Además, estaba nuestro aspecto físico. Se podría suponer que al maestro Sinán, que en esos días superaba ya los 75 años, no le sería fácil aceptar a jóvenes melenudos con un estilo de vivir rayano en la anarquía. Mas su mente era fresca; más limpia y abierta que la de muchos de los “jóvenes” de entonces, que por entonces le rodeaban. Si la diferencia entre la juventud y la vejez se mide en la capacidad de aprender y aceptar cosas nuevas, contrapuesta a la de suponer que se sabe todo, el maestro Sinán seguía siendo inmensamente joven.

 

Poco después del triunfo sandinista, que era de Nicaragua y de América Latina y, por supuesto, también del mundo, nos encontramos en Managua, cuando Sinán, Ester María Osses y una decena más de panameños del Comité de Solidaridad llegaron a la capital nicaragüense, estremecida aún por los balazos. Fui a visitarlos en la casa en la que se alojaban, vestido con el uniforme de la Policía Sandinista y un .38 colgando de una bandolera que me cruzaba el pecho. Nosotros también respaldábamos nuestras palabras con los actos. Sé que el respeto mutuo se fortaleció entre nosotros.

 

Recuerdo una de las reuniones del Comité de Solidaridad con Nicaragua, antes de que nos encontráramos en Managua. Rogelio Sinán acababa de regresar de La Habana, donde había estado representando a Panamá en algo así como un congreso internacional de escritores. Allí lo presentaron como presidente de la Academia de la Lengua de Panamá. Al hacer uso de la palabra hizo la aclaración: no ostentaba ese cargo en la precitada entidad, pero confesó, y con mucho orgullo, ser presidente del Comité de Solidaridad con Nicaragua. Sus palabras le ganaron el caluroso aplauso de la concurrencia; aplauso que aún resuena y del que somos partícipes quienes le conocimos.

 

   


 

 

 


                                  

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