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FOTO A LA GENTE DE ENFRENTE
DE LA BUENA SALUD DE ALGUNOS MUERTOS
Y OTRAS NOTICIAS
José Carr M.
Hace muchos años, cuando solía frecuentar la buena poesía de Roque Dalton, quien este año cumple 31 años de haber sido asesinado por sus propios compañeros, le leí una frase cargada de ironía (ignoro si la misma era de su autoría) lanzada desde un poema a los asesinos que masacraban a los pobres de El Salvador en nombre de la democracia y de la libertad made in USA. Decía en aquel texto Roque Dalton: “Los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud”.
En nuestros países suele suceder así con los muertos grandes. No se marchan al descanso eterno, como sus enemigos y matadores quisieran; al contrario, luego de que mueren (o son muertos) es que comienzan su verdadero trabajo. Desde el silencio trabajan y combaten la realidad acomodaticia y desvergonzada que algunos levantan con mucho ruido.
Desde el silencio de su ausencia, ya sin ojos y sin bocas, nos miran y nos interrogan, examinan lo que hacemos y sacan sus cuentas desde una particular perspectiva de futuro y permanencia.
Nuestros grandes muertos no descansan. Se quedan entre nosotros, examinan nuestros actos, nos hablan sobre lo inconcluso, nos urgen a la acción reparadora, sentencian desde una ética que compulsa a renovarlo todo y cargarlo de vida.
Mayo parece ser un mes particularmente cargado de estos inmortales míos. Hace 103 años asesinaron a Victoriano Lorenzo: el Padre nuestro sobre cuya sangre traicionada se construyó esta patria, a imagen y semejanza de la naciente oligarquía y del tamaño de su mezquina esperanza.
Por las calles lo veo aparecer, cada vez con más frecuencia. Desde los muros pide (unas veces con letras rojas como el color de su sangre traicionada y otras con letras negras, como el luto que nos significa su ausencia) pan, tierra, derechos plenos y libertades generosas para todos.
Desde las cordilleras del istmo desciende el indio con su familia: mujer enferma y doliente, niño flaco y sin escuela, a reclamar la parte que Lorenzo ganó para ellos en el banquete nacional. Pero el indio viene para servir a sus hermanos y por ellos muere en lo profundo de la serranía, sin luz ni mañana, sin dignidad ni esperanza. Y sobre ellos la Patria se sostiene y con ellos, como jinetes de luz, ha de venir la hora de las cuentas claras.
Elsie Alvarado de Ricord sigue brillando entre las sombras con la lumbre interminable de sus versos. No hay paz para esa muerta infatigable que fue más lejos que todos en la lengua y ardió más alta que cualquier academia. Su voz inconfundible resonará, ordenará y hará juicio, aunque no lo quieran el silencio acomodaticio y el oportunismo trepador, en los vacíos salones de la Academia Panameña de la Lengua.
Hace un año se marchó esa genial mujer. Con su ausencia se cumplió lo que de profético hay en el verso de Ralph Waldo Emerson: “Cuando se marchan los dioses, llegan los otros”.
Y es que más allá de la infamia y el olvido oportuno, Elsie Alvarado de Ricord seguirá mandando desde su aparente ausencia. El espacio que fue suyo no podrá ser ocupado por los que llegan desde las sombras, guiados por la flaca luz de la anonimia y la conciencia de que nada son.
Invicta, ella protegerá todo lo que nos entregó en vida. Y nada ni nadie borrará la granítica eternidad de sus eternas columnas: verso limpio y perfecto; ensayo iluminador y permanente.
Desde este mayo lluvioso me grita su eternidad Pedro Correa. Sesenta y dos puñaladas no alcanzaron a callarlo para siempre. Viene con pasos largos, me mira desde el celeste de sus ojos, me habla por encima del silencio absurdo de su muerte furiosa de diez años, con su grave voz capitanea todos los versos y persiste, aunque no lo quieran algunos, la inconfundible melodía de su Oscura Sinfonía y se hace carne el verbo en su Decálogo Carnal con Comentarios.
Diez años no te han podido convertir en polvo para el olvido, hermano. Sigues avizorando las batallas necesarias y desde el silencio, que los muertos suponen que es hoy tu ausencia, me llevas al combate y la victoria: firmemente instalado en la república de las palabras.
“Los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud”.
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