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CON OTRA MIRADA
EL Sí DE LAS NIÑAS
Guillermo Benítez O.
Desde siempre los chicos han tenido sexo. Las chicas también con la diferencia de que estas debían estar casadas. Durante casi tres mil años las adolescentes practicaron el sexo, no solo con la venia de la sociedad sino que los encargados de entregarlas eran los propios padres. Claro, no se les entregaba a una vida de placeres eróticos, sino para cumplir con la misión de parir hijos y atender al esposo. En esto las diferencias entre oriente y occidente no son muchas. En China y en la India era igual que en España o Italia.
Que las chicas hayan decidido disfrutar de su cuerpo sin pedir permiso es el resultado de la modernidad. Lo cierto es que por más alharaca que hagamos, lo seguirán haciendo; así es que preparémonos para asumirlo y tomar las medidas correctas en el ámbito de una nueva moral que corresponda con la época y no con los valores tradicionales de una sociedad agraria y patriarcal que ya no existe y, por tanto, los jóvenes no asimilan como propios.
El primer problema es que los llamados valores éticos y morales en relación al sexo estaban dirigidos esencialmente a la mujer. La virginidad era un valor en la entrega y la dote que recibía la familia o las posibilidades de un buen casamiento dependían mucho del estado intacto del himen. Por eso la castidad se convierte en un valor social.
La pérdida de la virginidad podía significar el rechazo del esposo, la afrenta de la familia y el estigma total. Por ello la señorita era cuidada como oro, pero también era amenazada con graves castigos, o asustada con los horrores del sexo, o con el miedo al castigo divino y los horrores del infierno. En esto último el cristianismo e islamismo siguieron la misma pauta. No en vano ambas estructuras religiosas son eminentemente masculinas. Mientras tanto, los jóvenes disfrutaron de sus cuerpos, incluso con el apoyo de sus padres.
El capitalismo abre el camino a la liberación de la mujer en tanto esta se integra al trabajo productivo. Aún así, mientras el hombre se convierte en ciudadano, hombre libre e igual a los demás hombres, la mujer deberá enfrentar la supervivencia de los valores de la sociedad agraria patriarcal que le prohíbe el placer, le exige castidad y sumisión.
La integración de la mujer al trabajo tiende a romper todo el esquema de la sociedad y los valores tradicionales, incluido el papel de la familia en la educación de los hijos. La integración al trabajo la impulsa a la educación, a la tecnología y a todas las áreas del conocimiento. El desarrollo de la anticoncepción termina de liberar a la mujer de su papel meramente reproductivo permitiéndole decidir sobre cuando tener hijos.
La anticoncepción ha sido trascendental en la historia de la sexualidad de la mujer, pues le permitió disfrutar de su cuerpo sin el miedo a un embarazo no deseado. La anticoncepción igualó a la mujer y al hombre, le permitió hacer las mismas cosas importantes que hacía el hombre, estudiar, trabajar, y tener sexo cuando quisiera. Tan importante ha sido la contracepción para la liberación de la mujer que la Iglesia Católica nunca la ha aceptado.
Ahora bien, si los chicos siempre tuvieron sexo sin que nadie hiciera de ello un problema, por qué ahora nos asustamos cuando descubrimos que las chicas también lo hacen.
Decir que las chicas tienen sexo porque son manipuladas por adultos es tan disparatado como afirmar que los adolescentes varones, que siempre lo han hecho, son también manipulados. Ni los muchachos ni las muchachas son manipulados, tienen sexo porque las hormonas les estallan en la cabeza y porque no tienen valores o miedos que los constriñan a no hacerlo.
Nadie en pleno siglo XXI cree verdaderamente en infiernos, ni en castigos divinos, y quienes creen en ello no conciben que un acto de placer o de amor como el sexo pueda tener un castigo tan grave. Al fin y al cabo lo bueno no puede ser tan malo. Pero la clave está en la pérdida de la importancia de la virginidad para los hombres y por tanto para las mujeres.
Antes la mujer no se mostraba sexualmente por miedo a ser considerada como una prostituta, ahora mientras más sabe mejor, y el hombre no ha terminado de despertar cuando está al teléfono para decirle lo bien que la pasó y lo mucho que le gusta.
Por otra parte esta lo que Octavio Paz llamó la desacralización del cuerpo. El capitalismo democrático convirtió el cuerpo humano, el sexo y el erotismo en una mercancía o en un vehículo para la venta de otras mercancías casi todas asociadas al placer consumista. Todo se vende con sexo, carros, cervezas, deportes, hoteles, casinos. El cuerpo desnudo no es tabú, y los medios de comunicación nos inundan de erotismo, sexualidad y placer.
Enfrentar a las adolescentes con discursos de la sociedad agraria patriarcal, no conducirá a nada. De lo que se trata es de facilitarles los conocimientos, particularmente a las de los sectores más humildes para evitar enfermedades venéreas, y embarazos que limiten sus posibilidades de estudio y trabajo y universalizar la contracepción gratuita y confidencial.
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