ABRAPALABRA: Lexicografía al día: El imaginario onomástico en Cuba hoy

Jaime Sarusky

Puerto Rico: Yanqui o Latinoamericano

Rubén Berríos Martínez

BALANCE DE LOS TREINTA AÑOS DE DICTADURA ARGENTINA
- Jefes contrainsurgentes, Ariel C. Armony
- Carta abierta de Rodolfo Walsh a la junta militar
- A treinta años de la noche más larga, Ana Baron
- Guerra sucia en Argentina, María Segane
- Kissinger pidió que la masacre fuera rápida, Horacio Verbitsky
- Procesan en Argentina a los asesinos de Rodolfo Walsh, Irina Hauser
- Represión a la cultura en Argentina, Vicente Muleiro
- Tiempo de sombra para los artistas, Camilo Sánchez

El pacto social en Costa Rica está roto

Comunicado

El espejismo de la democratización

Sergio Ramírez Mercado

Fidel Castro dona archivo Hemingway a la Biblioteca

Amador Washington

Nuevo éxito de la Feria del Libro en Argentina

 
 

   

A 30 AÑOS DE LA NOCHE MÁS LARGA: ENTREVISTA EXCLUSIVA CON EL EX JEFE DE LA CIA

DUANE CLARRIDGE

"Los argentinos eran arrogantes, sin límites y querían controlar el dinero"

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Fue el enviado de Reagan para organizar la intervención de la CIA en América Central. Y quien dirigió a los militares argentinos allí. Revela detalles inéditos sobre esa relación.

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Por Ana Baron.

Vive en una casa típica de los suburbios californianos. Tiene dos pisos y un jardín en la parte de atrás. Lo que más sorprende al llegar, sin embargo, es que el garage de la casa está abierto y adentro hay un enorme cañón militar en vez de un auto. Pero eso no es todo. En cuanto Duane R. Clarridge, alias Dax LeBaron me abre la puerta lo primero que veo en el pasillo de la entrada es una ametralladora colocada sobre un pie de hierro, y en una de las paredes descubro una foto de Edén Pastora, uno de los jefes más controvertidos de los "contras" nicaragüenses.  

La casa está llena "souvenirs" de la guerra que la CIA libró en América Central conjuntamente con los militares argentinos, los hondureños y los "contras" nicaragüenses para poner fin al gobierno sandinista de Nicaragua.

 En uno de los armarios del dormitorio, Clarridge conserva todavía la copia del Martín Fierro que el ex jefe de la inteligencia militar argentina, el coronel Mario Davico, le regaló cuando vino a visitarlo a la CIA en Washington. En ese momento Clarridge era el Director de la División de América Latina de la CIA, y estaba a cargo de la conducción de la guerra en América Central.

 En la primera entrevista que otorga a un medio argentino, Clarridge aceptó brindar su visión sobre cómo fue la relación entre los militares argentinos y la CIA durante aquellos años. No evadió ninguna de las preguntas que Clarín le planteó sobre la guerra sucia, la guerra en América Central y la guerra de las Malvinas. El diálogo comenzó el 6 de febrero pasado y continuó justo un mes después, el 6 de marzo. Clarridge es un gran defensor de la CIA y un convencido de que todo gobierno tiene derecho a defenderse de los terroristas. Justifica de este modo la guerra sucia que la junta militar infligió a nuestro país. Es en este contexto que el lector deberá analizar su testimonio y decidir dónde la verdad y los recuerdos pueden estar cediendo ante la ideología. 

—¿Cómo fue su primer encuentro con los militares argentinos?

 —Volé a Buenos Aires en noviembre de 1981. El comandante en jefe del Ejército, Lepoldo Galtieri, me recibió a las 10 de la mañana con un whisky.

 —¿Se lo tomó?

 

—Sí. No pude decir que no. Galtieri era un personaje atrayente. Su oficina estaba muy oscura. Hablamos durante una media hora. Participaron en la reunión dos agentes de la sección paramilitar de la CIA.

 

—¿Dos paramilitares?

 

—Sí. Los hondureños y los argentinos ya estaban trabajando juntos en América Central. Yo había ido a Buenos Aires a negociar con Galtieri la formación de una Tripartita, con los argentinos, los hondureños y la CIA. La meta era desarrollar una guerra de insurgencia y los que iban a actuar eran los paramilitares.

 

—¿Cómo reaccionó Galtieri?

 

—Quería saber si EE.UU. iba a cumplir con la misión hasta el final. Galtieri desconfiaba de la CIA y con razón. Después del Watergate, la Comisión Churchill Pike había sacado a relucir muchos trapos al sol de la CIA en el Congreso. El presidente James Carter estaba instrumentando una política con acento en los derechos humanos que no favorecía los operativos encubiertos. Todo lo contrario. El director de la CIA, Stanfield Turner, era un moralista. Es decir, la CIA estaba en retirada.

 

—Es difícil imaginar a la CIA en retirada.

 

—El Congreso le cortaba todo el tiempo los fondos. Trabajar con la CIA en ese momento no era seguro, y Galtieri sabía eso. Le expliqué a Galtieri que con la llegada de Reagan a la Casa Blanca las cosas habían cambiado. Que yo tenía órdenes directas del director de la CIA, Bill Casey, que había aceptado mi plan. Reagan también estaba de acuerdo.

 

—¿En qué consistía el plan?

 

—Era diferente al plan de los argentinos. Ellos querían derrocar al gobierno sandinista, querían marchar triunfalmente sobre Managua. Nosotros no estábamos autorizados para hacerlo. El Congreso se oponía. Estaba controlado por los demócratas. Entonces nuestro objetivo era llevar la guerra de los "contras" adentro de Nicaragua y presionar para que los sandinistas se sentaran a la mesa de negociaciones para llamar a elecciones.

Lo que encontré fascinante de los argentinos es la iniciativa que tuvieron. Ellos tenían una visión mesiánica. Querían llenar el vacío que había dejado EE.UU. durante la época de Carter. El objetivo era terminar con el comunismo donde pudieran encontrarlo.

 

—¿Querían realizar el trabajo que la CIA no estaba en condiciones de hacer?

 

—Sí, tenían una visión estratégica y la comenzaron a instrumentar en Honduras. El coronel hondureño Gustavo Álvarez Martínez había estudiado en la Academia Militar Argentina. Tenían buena relación con él. Cuando fui a ver a Galtieri ya tenían una base en Honduras. Querían derrocar al régimen sandinista no sólo porque era comunista, sino también porque protegía a Montoneros. Al final Galtieri aceptó nuestro plan sobre la tripartita. Y luego vinieron tres días de instrucción.

 

—¿Les dieron clases?

 

—Sí. Nos llevaron a un anfiteatro y nos enseñaron cómo habían luchado en la guerra contra los Montoneros. Y debo decirle que la estrategia fue muy sofisticada.

—¿Sofisticada? ¡Pero si hubo miles de desaparecidos y de muertos!

 

—Llevaron a mis dos paramilitares a una demostración de cómo capturaban a los terroristas en sus casas. El objetivo era ingresar en las casas y controlar a la gente lo más rápido posible. Llevaban médicos y les daban inyecciones para poder calmarlos y llevárselos vivos. Así no había mucha matanza. Ellos buscaban información, y eso era correcto, para desestabilizar a la organización.

 

—¿Ustedes no conocían las técnicas? ¿No fueron ustedes los que se las enseñaron?

 

—No, absolutamente no

.

—Y entonces ¿quiénes fueron? ¿los franceses?

 

—Creo que los sudafricanos.

 

—¿Tiene pruebas?

 

—Había una relación muy estrecha entre los argentinos y los sudafricanos, al menos al nivel de la inteligencia. Eso era evidente. Uno de los contactos era Valín. La técnica era sofisticada.

 

—¿Cómo explica la cantidad de desaparecidos?

 

—Tenían mucha gente detenida que no pertenecía al corazón del grupo (léase montoneros), eran militantes periféricos. Esa gente quedó atrapada y ellos también murieron. Eso fue un error. Pero el gobierno tiene el derecho a protegerse.

 

—Tanto Galtieri como Davico estudiaron en la Escuela de las Américas...

 

__Sí, pero no es allí donde aprendieron esas tácticas. Allí enseñaban las estrategias convencionales y guerra de guerrilla rural. A fines de la década del 60 en Venezuela, en Colombia y en Guatemala había guerrilla rural. En algunos casos, venían a entrenarse batallones enteros. Pero en aquel momento no había guerrilla urbana. Sólo apareció después en Argentina, un poco en Uruguay y también en Chile, pero fundamentalmente en la Argentina. Y los norteamericanos no tenían idea de cómo luchar contra la guerrilla urbana. Su experiencia venía de Vietnam, donde todo fue rural.

 

_Enseñaban la doctrina de la Seguridad Nacional. Los "contras" dicen que durante los entrenamientos los argentinos eran mucho más ideológicos que ustedes. Dicen que los argentinos transformaron la reivindicación local de terminar con el gobierno sandinista, en una verdadera guerra internacional contra el comunismo.

 

—Eso era el mesianismo argentino. Para ellos era como una

cruzada en el siglo XIII.

 

—Ningún argentino le va a creer si usted dice que la CIA no participó en la guerra sucia.

 

—La CIA sabía lo que estaba pasando, pero no estuvo involucrada.

 

—Un documento desclasificado recientemente indica que Kissinger dio el visto bueno.

 

—No creo que él haya aprobado, pero creo que tampoco se opuso. De todos modos la colaboración con los argentinos comenzó en Honduras. Es más, déjeme decirle algo, las Malvinas nunca fueron tema de conversación ni siquiera tangencialmente.

 

—¿Cómo? Los militares argentinos siempre dijeron que habían obtenido el visto bueno de Estados Unidos para el desembarco en Malvinas debido a la contribucion que habían hecho en América Central.

 

—Las Malvinas nunca fueron tema de conversación con la CIA. Más aún, el 2 de abril Davico estaba en mi oficina cuando vinieron a avisarme que los argentinos habían desembarcado en las islas ¡No se imagina el asombro de Davico! Dijo que no sabía nada. Yo le creo. No parecía estar fingiendo.

 

—¿Cómo financiaron los argentinos la guerra en América Central? ¿Hubo narcodólares? ¿Corrupción?

 

—Cuando llegamos al acuerdo con Galtieri, los argentinos ya tenían una base en Honduras. Pero no estaban entrenados para desarrollar una guerra de insurgencia. Ellos estaban especializados en guerrilla urbana. Entonces lo primero que hicimos fue entrenarlos para operar en zonas rurales. Después el plan era que los argentinos entrenarían a los nicaragüenses y los hondureños a los miskitos, un grupo étnico nicaragüense que había sido muy maltratado por los sandinistas.

 

—¿Funcionó el plan?

 

— Sólo inicialmente. Pero una vez en Honduras, a Osvaldo Riveiro —que era el comandante de los argentinos— no le gustó que nosotros nos hiciéramos cargo.

 

—¿Querían ser los jefes del operativo?

 

—Sí, y eso generó una pelea tan grande que en octubre de 1982 el hondureño Alvarez, el jefe de la fuerza de tarea Jerry Gruner y el jefe de la CIA en Tegucigalpa tuvieron que ir a Buenos Aires para tratar de imponer orden. Riveiro y su segundo eran agresivos y desafiantes, y eso en los mejores días. En los días malos daban contraórdenes que no sólo repercutían negativamente en América Central sino que también en el Congreso estadounidense. Pero la pelea no era sólo por el control de la operación sino que también por el dinero. Nosotros estábamos dándole dinero a los argentinos. No sé los detalles porque yo no estaba ocupándome de eso, pero hay muchas sospechas de que gran parte del dinero que les dimos fue a parar a sus bolsillos. Además, tenían relaciones con personajes nefastos

 

—¿Cómo quién?

 

—Uno se llamaba Ricardo "Chino" Lao. Era un killer. Tenía ideas sobre cómo hacer las cosas que eran inaceptables para nosotros. Por lo tanto nosotros gradualmente lo sacamos. Pero creo que los argentinos siempre siguieron manteniendo una relación con él. Lao estaba en el negocio de matar.

 

—¿No estaban todos en el mismo negocio?

 

—Nosotros teníamos ciertos límites. No íbamos a realizar ese tipo de actividades. Fíjese, el propio director de la CIA Bill Casey quería entrar en la guerra de guerrilla urbana. Pero nosotros no teníamos la capacidad, y cuando uno comienza ese tipo de guerra, la diferencia entre usted y los tipos malos casi desaparece. Por la naturaleza misma de la guerrilla urbana el buen tipo y el mal tipo son percibidos de la misma manera porque recurren a las mismas tácticas: apuntan a asesinar a determinadas personas. Riveiro nunca entendió bien por qué no queríamos ir en esa dirección. No entendió la diferencia que había entre la guerra de guerrillas urbana y la guerra de guerrillas rural.

 

—Y ¿cuál es la diferencia? ¿No se trata en ambos casos de eliminar al enemigo?

 

—No, en el primer caso uno establece el blanco que quiere eliminar. En el segundo caso son generalmente tiroteos. Hubo una orden ejecutiva en 1975, firmada por el Presidente Gerald Ford y ratificada por todos los presidentes que lo sucedieron, que prohíbe a la CIA asesinar a un líder o ayudar a que se realice el asesinato. Yo siempre argumenté que esto era ridículo porque uno puede tirar una bomba de dos mil toneladas sobre la carpa de Kadafi, pero no puede asesinarlo con un solo tiro.

 

—Las organizaciones de derechos humanos denunciaron gran cantidad de atrocidades en la guerra de América Central ¿Piensa que las tácticas argentinas tuvieron algo que ver con esto?

 

—No lo creo.

 

—¿No? Entonces ¿a qué se debieron?

 

—En realidad no hubo tantas. Hubo por ejemplo este tipo que le llamaban Suicida. Era un comandante "contra". El cometió muchos crímenes en Nicaragua. Sus abusos y sus asesinatos eran insoportables. Al final fueron los propios "contras" quienes terminaron juzgándolo y ejecutándolo. Él estaba en el negocio de violar a las mujeres y de matar. Era simplemente un tonto estúpido. Era como alguien salido de la Edad Media.

 

—Pero él no fue el único…

 

—¿Usted me pregunta si hubo otras cosas malas que ocurrieron?

 

—Más que una pregunta es un recordatorio de lo que sucedió. Hay gran cantidad de denuncias.

 

—Si, quizá. Pero nadie documentó todo eso. Ah, y luego se armó un gran lío cuando los nicaragüenses mandaron a un grupo de militantes a Honduras, en el cual había un sacerdote mujer. Los hondureños, después de todo, tenían que proteger su territorio, entonces dispararon contra esa gente y los mataron a todos.

 

—¿Murió también la mujer?

 

—Sí, también ella. Y no le puedo decir la cantidad de veces que su gente vino a verme para preguntarme qué sabía de ella, si les podía decir, esto o lo otro. Yo realmente no sabía qué había pasado. Pero un país tiene el derecho a protegerse. Esta gente venía a hacer problemas. Y a mí no me importa si es una sacerdote o quién era. Esa fue considerada una de las grandes atrocidades.

 

—En 1998 la CIA desclasificó un informe de su Inspector General sobre la actuación de los agentes de la CIA en Honduras que dice que los militares hondureños y sus escuadrones de la muerte cometieron cientos de abusos a los derechos humanos desde 1980. Y que los agentes de la CIA estacionados en Tegucigalpa no informaron a los cuarteles generales de la CIA en Washington.

—Como le digo, hubo muchas acusaciones pero no hay pruebas. Y además un país tiene derecho a protegerse. Ahora, yo no creo que eso se haya debido a los argentinos.

 

—Ex agentes de la DEA dicen que en nombre de la lucha contra el comunismo la CIA cerró los ojos al narcotráfico en Honduras y que incluso aceptó que los "contras" fueran financiados en parte por dinero proveniente del narcotráfico.

 

—La DEA está llena de mierda .

 

—De acuerdo a documentos desclasificados por el Nacional Security Archives, la CIA sabía que la gente de Pastora y el General José Bueso Rosa estaban implicados en el narcotráfico, pero decidieron protegerlos. Más aún, hace ya un tiempo entrevisté al ex agente de DEA, Michael Levine. Me dijo concretamente que ustedes sabían que los argentinos estaban metidos en el negocio de las drogas. Y también está el testimonio del argentino Sánchez Reisse en el Congreso en 1987 (ver página 11).

 

—Ellos (por la DEA) siempre han tratado de buscar excusas por la relación que tenían con el panameño Manuel Noriega. Puede haber habido algo de narcotráfico en la zona limítrofe antes de 1980. Lao puede haber estado implicado en eso.

 

—¿Lao, el amigo de los argentinos?

 

—Sí. Pero nunca hubo pruebas. Y luego Pastora fue acusado en el frente sur. Yo no creo que Pastora lo haya hecho, pero puede ser alguno de los suyos.

 

—¿Es verdad que los argentinos querían matar a Pastora?

 

—Si. Ellos odiaban a Pastora.

 

—¿Por qué?

 

—Porque pensaban que era un comunista. Enloquecieron cuando yo hice un acuerdo con Pastora. No podían entender su importancia política. No creían que luego de haber apoyado a los sandinistas se había dado vuelta.

 

—¿Qué pasó cuando estalló la Guerra de las Malvinas y Reagan se alineó con Thatcher?

 

—Nada. Los argentinos se quedaron hasta las elecciones del 83 a pesar de las Malvinas. Fueron un "pain in the ass" (dolor en el culo) hasta el fin.

 

—Si fue tan difícil coordinar con los argentinos ¿Por qué no desarrollaron un plan sin ellos?

 

—Porque la idea inicial era que nosotros no íbamos a aparecer, nos íbamos a quedar detrás de la escena. No íbamos a poner las manos en la masa (hands on). Ellos eran los que iban a hacer el trabajo. Pero muy pronto nos dimos cuenta de que eso no iba a funcionar.

 

—¿Por qué?

 

—Lo único que los argentinos querían es que nosotros les diéramos el dinero, las armas y los equipos, y que los dejáramos hacer. Pero eso era inaceptable. Nosotros no confiábamos en sus tácticas ni tampoco en lo que podrían hacer. Y es por eso que todo se fue al diablo. Entonces gradualmente tuvimos que empujar a los argentinos afuera. Y al final lo hicimos todo nosotros, tuvimos que hacerlo todo.

 

—¿Terminaron con las manos en la masa?

 

—Sí. Y eso ocurrió muy rápido. En el otoño de 1982 ya era muy claro que teníamos que hacernos cargo. Terminamos teniendo el ejército de insurgentes más grande de la historia de las Américas. Al final había más de 12.000 "contras".

 

—¿Volvió a ver a Riveiro?

 

—Lo llamé cuando Violeta Chamorro ganó las elecciones.

 

—¿Y cómo reaccionó después de todos esos años de enfrentamientos?

 

—Seguro que se quedó boquiabierto. Pero sentí que se lo debía. Estados Unidos nunca hizo nada para agradecer a los comandantes que participaron allí. Nunca les dieron ni una medalla. Ahora quiero corregir eso también. Estoy organizando una ceremonia. Quiero traer a Washington en junio a unos 20 comandantes y políticos que participaron en los operativos, incluyendo a Calero y Pastora, y voy a entregarles unas medallas. ¿Usted sabe dónde puedo ubicar a Riveiro?

 

—No. Estuvo en la cárcel

 

Clarridge me mira sin inmutarse.

 

—Estuvo en la cárcel acusado de violación de los derechos humanos. Supongo que esto no le sorprende .

 

—Clarridge sigue mirándome sin ningún tipo de expresión inusual en su rostro. Nada. Ni sorpresa, ni enojo. Nada. Al final hace un gesto como diciendo, no sin resignación: "Bueno, son gajes del oficio."-

 

   

 


                                  

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