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Jefes contrainsurgentes
Por Ariel C. Armony. Profesor y Director del Goldfarb Center, Colby College, Estados Unidos.
El general Gustavo Alvarez Martínez fue el hombre fuerte de Honduras en la coordinación de los proyectos contrarrevolucionarios de la CIA en la región. Se había graduado con honores en la Academia Militar argentina en 1961, y luego en la Escuela de las Américas. Fue comandante de la Fuerza de Seguridad Pública (Fusep). En 1982, fue designado comandante de las fuerzas armadas en Honduras. A partir de entonces se inició en el país "la era de las desapariciones y los cementerios clandestinos". Junto a los militares argentinos, Riveiro y Hoyos y de la CIA organizó el Batallón 3-16, cuerpo de paramilitares clandestinos responsables de ejecuciones y matanzas. En 1984, producto de un golpe interno, fue obligado a salir al exilio. Confesó entonces que "los militares argentinos le habían enseñado a hacer desaparecer gente".
El "método argentino"
"El método argentino" fue el central del terrorismo de estado, que en los años setenta era el sistema difundido en todo el continente. La embajada de los EE.UU. decía en un cable encabezado "The tactic of disappearance"(la táctica de la desaparición): "nos seguirá resultando difícil refutar el "éxito argentino en su guerra no declarada contra el terrorismo y el accionar de la guerrilla paramilitar". Era precisamente ese tipo de experiencia lo que la Argentina transferiría a Centroamérica. El método argentino, como se conoció en Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador era la práctica de la desaparición del opositor, la extracción de información bajo la tortura sistemática en cárceles y procedimientos clandestinos, que derivaban en que quienes los ejecutaban quedarían impunes. El "éxito" de estos procedimientos para la contrainsurgencia era su falta de límite moral y humano. En junio de 1983, la Americas Watch, una institución privada estadounidense que se dedica a la defensa de los derechos humanos en todo el mundo, visitó Honduras. En su informe redactó: "El general Gustavo Alvarez Martínez, jefe de las fuerzas armadas hondureñas, públicamente ha defendido el uso del método argentino para enfrentar la amenaza subversiva en América Latina. De hecho Alvarez es responsable de haber traído a Honduras los primeros asesores argentinos, cuando él era comandante de la Fuerza de Seguridad Pública (Fusep)." El "método argentino" dejó miles de desaparecidos en Honduras, Guatemala y El Salvador.
Una historia oscura a ser iluminada
A finales de los años setenta y principios de los ochenta, el régimen militar argentino internacionalizó su aparato represivo en América Latina. La dictadura trasladó su experiencia en contrainsurgencia a otros países de la región como parte de una cruzada hemisférica contra el comunismo. Comenzó su intervenir en Centroamérica durante la guerra civil en Nicaragua (1977-1979). Luego dieron entrenamiento en contrainsurgencia y asistencia militar a El Salvador, Guatemala y Honduras. Además, en un paso clave en el proceso de expansión continental, el régimen militar argentino participó en el golpe de Estado en Bolivia encabezado por Luis García Meza en 1980. La proyección extraterritorial de la dictadura alcanzó su clímax con la organización y entrenamiento de los "contras" nicaragüenses. Los militares argentinos "vendieron" exitosamente este programa contrarrevolucionario al gobierno de Ronald Reagan, para el cual América Central se había convertido en el lugar más peligroso del mundo. Mareados por la soberbia de creerse actores centrales en el mapa geopolítico del hemisferio occidental, los militares argentinos creyeron en 1982 que Estados Unidos pondría la guerra anticomunista por encima de su alianza con Inglaterra en caso de un conflicto armado en Malvinas. La realidad pulverizó los sueños de grandeza de la casta militar. Pocos temas han sido tan estudiados como el de la última dictadura militar argentina, pero la brecha entre lo que sabemos y lo que deberíamos saber sobre aquel período es todavía muy grande. La coordinación represiva que los países sudamericanos establecieron con la creación de la Operación Cóndor y la proyección de la maquinaria de muerte argentina a Centroamérica y Bolivia sugieren que sería más apropiado hablar de una guerra sucia a nivel continental que de conflictos aislados a nivel nacional. Como parte de esta guerra sucia, la Argentina exportó armas, doctrina contrainsurgente y su experiencia en el terrorismo de Estado, desarrollando una extensa red internacional de inteligencia que vinculaba el narcotráfico, la venta ilegal de armas y el lavado de dinero con la guerra anticomunista. En esta guerra la distinción entre combatientes y la población civil se borraba, mientras que las fronteras nacionales se subordinaban a las "fronteras ideológicas" del conflicto este-oeste.
Para los militares argentinos, no bastaba con aniquilar al enemigo en la Argentina misma sino donde se hallara: las barreras entre lo local y lo externo debían desaparecer. Documentos de los EE.UU., de Nicaragua y de la Argentina lo atestiguan.
Contar esta historia es importante para construir una memoria hemisférica que nos permita entender las conexiones entre los distintos proyectos represivos en América Latina, para compartir esfuerzos con otros países de la región en la documentación y reconstrucción de los terribles eventos de aquellos años y para poner frente a la justicia a aquellos individuos responsable por crímenes contra la humanidad. También, por parte de nuestro gobierno, es hora de pedir perdón a otros países latinoamericanos por el papel argentino en la barbarie que ellos tuvieron que sufrir. |
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