ABRAPALABRA: Lexicografía al día: El imaginario onomástico en Cuba hoy

Jaime Sarusky

Puerto Rico: Yanqui o Latinoamericano

Rubén Berríos Martínez

BALANCE DE LOS TREINTA AÑOS DE DICTADURA ARGENTINA
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- Carta abierta de Rodolfo Walsh a la junta militar
- A treinta años de la noche más larga, Ana Baron
- Guerra sucia en Argentina, María Segane
- Kissinger pidió que la masacre fuera rápida, Horacio Verbitsky
- Procesan en Argentina a los asesinos de Rodolfo Walsh, Irina Hauser
- Represión a la cultura en Argentina, Vicente Muleiro
- Tiempo de sombra para los artistas, Camilo Sánchez

El pacto social en Costa Rica está roto

Comunicado

El espejismo de la democratización

Sergio Ramírez Mercado

Fidel Castro dona archivo Hemingway a la Biblioteca

Amador Washington

Nuevo éxito de la Feria del Libro en Argentina

 
 

   

EL ARTE DE PONER NOMBRES EN CUBA HOY

 

 

Jaime Sarusky

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada nombre es, sin dudas, mucho más que un simple apelativo: es la marca de una individualidad y, claro está, seña de identidad de un ser único en el universo. Es, también,- definición de algo hasta entonces innombrado y credencial de una existencia que se objetiva al darse a conocer y ser re-conocida.

Eso lo sabían muy bien los africanos arrastrados hacia esta Isla como esclavos, y aún mejor, quienes los despojaron de sus nombres y apellidos, para imponerles otros, el de sus amos.

Pero es de imaginar el desconcierto y la confusión emocional que tal violencia –dejar de ser lo que se es-- les provocaba. Como dice Nicolás Guillén en su poema El apellido:

     ¿No tengo pues
     un abuelo mandinga, congo, dahomeyano?

     ¿Cómo se llama ¡Oh, sí, decídmelo!
     ¿Andrés? ¿Francisco? ¿Amable?
     ¿Cómo decís Andrés en congo?
     ¿Cómo habéis dicho siempre
     Francisco en dahomeyano?
     En mandinga ¿cómo se dice Amable?


Sin embargo, designar con nombres no tradicionales, aquellos sancionados por la costumbre y la religión, sobre todo la católica, es fenómeno relativamente reciente en Cuba.

Los antecedentes más antiguos se remontan a los judíos conversos que formaban parte de la dotación de las naves bajo el mando de Cristóbal Colón, o los que arribarían más tarde, todos amenazados por las hogueras de la Inquisición. Así fue que ellos también ocultaban su identidad tras las máscaras de los nombres recién estrenados para hacer creíble su imagen de cristianos nuevos.

Obviamente, nada está tan sometido al reino de los caprichos, las veleidades, el azar y hasta lo arbitrario, como el acto de nombrar. Se trata de una operación aparentemente inocente, aunque del mismo se desprenden con frecuencia las más insólitas interpretaciones. Sin excluir a personas de nombres, para nuestro gusto, extravagantes o disparatados, porque nos permiten desentrañar las corrientes ocultas tras los códigos, los signos y las modas de una época en un espacio dado.

Veáse este brevísimo muestrario del origen de varios nombres que hube de investigar en diciembre de 1999 en un aula de primaria de un barrio habanero. Por ejemplo, Alina, porque en esa familia todos los nombres de mujeres comienzan con la letra A. Laura, por tradición familiar. Hermenegilda, tomado del santoral en un almanaque. Alex, personaje de una novela rusa. Siria, por el país. Dayner, vocablo inspirado en el Deiner, es decir, tuyo en alemán, aunque la ortografía es diferente.

Cada época condiciona a sus nombres y cada nombre es también, implícitamente, propuesta de interpretación de la misma porque al revelarse, la revela. Quien nombra retrata al nombrado, pero sobre todo a sí mismo, su peculiar modo de ver y designar al mundo.

Abraham, Moisés, Salomón, David. No hay que añadir nada más. Yausted sabe de quienes estamos hablando y cual momento de la historia es el suyo. Del mismo modo que Ulises, Aquiles, Medea. O los Gonzalo, Rodrigo, Hernando.

Pero al referirnos a un período determinado, para precisar la
evolución onomástica, aún dentro de una misma época, es preciso delimitar los hitos en el tiempo. En tal sentido es muy rica y profusa la experiencia cubana en los últimos cuarenta y cinco años. Tanto que, además de la Onomástica, involucraría en su estudio disciplinas como la Lingüística, la Historia, la Antropología.

Pero el enredo de los nombres se inició con el propio de Cuba, denominada así por los aborígenes, luego los conquistadores españoles lo sustituyeron por Juana, en homenaje al príncipe don Juan, primogénito de los reyes católicos. Pero tras su fallecimiento fue sustituido en 1515 por el de Fernandina para halagar la vanidad del rey Fernando. Sin embargo, desde los primeros tiempos, el de Cuba se impuso. Tal vez sea esa una de las pocas, sino la única batalla victoriosa de los indios cubanos sobre los conquistadores.

Para situarnos en los alambicados registros de nombres de diferentes orígenes, combinaciones y sonoridades de la actual Onomástica en Cuba, debemos remitirnos a los años inmediatamente anteriores a 1959. Veamos en tal sentido dos botones de muestra resultado de nuestras pesquisas.

l) El origen y evolución de los nombres de una familia de clase media modesta que reside en el Vedado. (Las fechas que mencionaremos corresponden al nacimiento).

1925: Ana María. Se le dio ese nombre porque le gustaba a un pariente.

1952: Ramón Densil, su hijo. Ramón, como su padre y Densil, es el de un príncipe inglés, personaje de una novela. Ese mismo año nace Lidia, su esposa, nombre sugerido por una amiga de la familia.

1980: Ingrid. Hija de éstos y le llaman así por la actriz Ingrid Bergman.

2002: Jennifer. Hija de ésta y el nombre lo inspiró igualmente una
actriz, Jennifer López.

2) Del registro de población de un barrio de la Habana Vieja anotamos los siguientes ejemplos.

1916: Genara, 1930 Calixto. Entre 1940 y 1950, Orlando, Leonardo, Hildelisa. Entre 1950 y 1960, Modesto, Miriam, Reynaldo. Por supuesto que en cualquier época hay nombres recurrentes como María y Antonio, entre otros. Aunque las cosas cambian radicalmente a partir de 1960 y, más aún de 1970, cuando se produce un vuelco en la concepción onomástica de muchos cubanos. Esto se evidencia en los nombres de la siguiente relación de nacidos en las últimas dos décadas,  es decir, aquellos que habrán de predominar en la primera mitad del siglo veintiuno. Aclaro que todos se escriben con y: Yesen, Yanet, Yissel (como el ballet pero con ye), Yoscel, Yandi, Yasliday, Yaradeilys, Yaima, etc. etc.

Otros, como Gretel (la de Hänsel y, además, personaje de una telenovela), Dayana, Dayron, Gertrin, Violki, Vinaisy, Gladier (de glad, contento) seguramente reflejaba la alegría de los padres o Dancisy (de dance easy) o sea, vástago de una pareja que tenía  facilidad para el baile.

¿Por qué esos nombres? A no dudarlo, se trata de una moda. Y como moda, al fin, el mimetismo y la reiteración se multiplican al infinito hasta que otras circunstancias propiciaran y estimularan la aparición de nombres con otro origen o motivación.

Esos nombres sonaban extraños al principio, tenían entonces, en la década de los 70 del siglo veinte, un aire exótico. Se estaba produciendo una expansión en las ideas de quienes ya poseían del mundo un marco de referencia más amplio y abarcador. Igualmente se estaba manifestando la tan humana y explicable intención de diferenciarse, de ser originales, que el nombre distinguiera al hijo o a la hija en una sociedad fuertemente influenciada por referentes colectivos.

Por supuesto que se han mantenido nombres comunes en el pasado. Es el caso de las Mercedes, Regla, Caridad, Bárbara, Lázaro o Lázara, entre otros. Estos, pertenecientes al santoral católico, se fusionan con los santos arraigados en la creencia popular, como San Lázaro (Babalú Ayé) o aquellos de los orishas que conforman la Regla de Ocha o Santería. El mestizaje religioso amalgamándose, una vez más, en el mestizaje cultural del país.


Los nombres tradicionales que nos trajeron los españoles conservan todavía su fuerza a pesar de las rupturas y las nuevas corrientes al nombrar. Aquí siguen los José, Antonio, Josefa, María, Ana, Francisco, Miguel o Ramona.

Claramente, la avalancha de nombres transgresores, la vuelta al revés de los apelativos, es la consecuencia del huracán político, social y económico que representó la revolución. Estallaron los diques que habían preservado el status quo del ancíen régime, y los nombres, de alguna manera, también eran reflejo de las contradicciones y de las complejas relaciones en el modo de pensar y de vivir de sus ciudadanos.

Los nuevos íconos y los nuevos nombres sustituían valores, creencias y costumbres hasta entonces legitimados por la tradición. En la década de los noventa, momento agudo en la vida del país, fueron retomadas algunas de esas creencias y valores.

Desde 1959 había surgido espontánea y se estrenaba una iconografía popular que en muchos hogares se veía en las paredes donde compartían el espacio, junto a un altar o una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, del Sagrado Corazón de Jesús o de Santa Bárbara, el retrato de Fidel Castro o de Camilo Cienfuegos.

El mismo mecanismo psicológico y las motivaciones que movían a los creyentes en ese sentido se los aplicaban a los recién nacidos a quienes pusieron Fidel o Alejandro (su nombre de guerra) o Camilo.

A partir de la muerte de Che Guevara en Bolivia se multiplicarían los Ernesto. Incluso hubo padres que denominaron Che a sus hijos.

Otros llamarían Tania a sus hijas, por Tamara Bunke, única mujer integrante de esa guerrilla. Así, era evidente que se estaba renovando el legado onomástico de la Isla.

En lo adelante se abolirían las fronteras y en cuanto a nombres  cualquiera era posible. Ello prefiguraba la siguiente etapa, indudablemente, la más espectacular en el arte de poner nombres. Por ejemplo, Inrinit y Pursia. Inrinit es el apócope de las siglas de dos instituciones creadas en 1959: el INRA y el INIT, o sea, Instituto Nacional de la Reforma Agraria y el Instituto Nacional de la Industria Turística. Y Pursia, siglas del PURS: Partido Unido de la Revolución Socialista. Sin embargo, esas tres instituciones fueron disueltas años después.

Si antes se producía la apropiación de los nombres de famosas actrices y actores de cine, cuando proliferaban, y aún proliferan, las Greta, las Marilyn, las Marlene (por la Dietrich) o los Alain (por Delon), ahora se imponen los Maikel (por Jackson), los Andy, Marlon, Elvis, los Kevin, las Yesica con ye y las Camila, por Camilo Cienfuegos o por el personaje femenino de una película argentina exhibida con mucho éxito en Cuba.

Nombrar en estos tiempos ha perdido su antigua jerarquía religiosa, social y hasta estética. Nada queda de aquellos relativos a los que otorgaban poderes mágicos u otros atributos humanos o de la naturaleza y hasta escasean los más conocidos comúnmente. Se ha abolido el solemne acto ritual de nombrar.

Se toman los nombres de objetos, como le ocurrió a un marinero, tan obsesionado con su oficio, que les puso por nombre Propela y Popa a sus dos hijas. O el padre que llamó Roiser a su hijo porque ignoraba como se pronuncia o se escribe Rolls Royce. Aurica, por una marca de lavadora rusa, Kelvin por el refrigerador Kelvinator y Norge, otra marca del artefacto que también enfría y conserva. Otros ejemplos son Talcomavis o Ruberlandis, inspirado en Rubberland, una marca de llantas de avión. Hace más de cuarenta y cinco años bautizaban a la prole, sobre todo en las zonas rurales con nombres como Santoral al dorso o Usnavy.

En esa fiebre de nombres que llaman la atención ha desempeñado un nada insignificante lugar el protagonismo internacional del país. En el pasado persistían y aún se aplican los Johny, Frank, Jimmy, Hedí, y a éstos venían a superponerse, respaldados por la política, la ideología, las coyunturas, la moda, y por los numerosos enlaces entre cubanos y  rusas, los Lenin y Ninel, ese nombre al revés, Stalin, Malinowski, Gorbachov, Alla, Aliuska, Katiuska, Pavel. Mijail, Natacha, Vania (diminutivo de Vladimir aunque en Cuba lo llevan algunas mujeres).

Pero lo que nunca pudo imaginar un erudito de la Onomástica fue la síntesis de marxismo, santería y catolicismo que consiguieron dos señoras al nombrar a sus hijos Lenin de la Caridad y Vladimir Jesús.

O los de procedencia árabe o musulmana: Ahmed, Asan, Soraya, Yamel, Abdiel, Yadira. En este y otros casos la referencia inmediata  habría que buscarla en la frecuencia con que se difundían esos nombres por los medios. O los de las personalidades relacionadas con la política como Jacqueline, primero Kennedy y después Onassis, Patricio, por Lumumba, Indira, (Gandhi) Nelson (Mandela) Yasser, (Arafat), Amilcar (Cabral) Van Troi, como el combatiente vietnamita.
Del mismo modo comenzaron los apelativos de países y ciudades, que se sumaban a aquellas que llevaban los de continentes como América, Asia, Oceanía, entre otros, Luanda, Kenia, Hanoi, París, Nairobi.

 

Por otro lado se inventaban algunos asombrosos por su rebuscamiento o del más exquisito kitsch. Joyas para guardar en un museo de nombres como Maisix porque nació el 6 de mayo, Proletario, porque nació el primero de Mayo, Onedollar, un dollar, Maidol, mi muñeca, Alien, por el film y Danger, peligro. Razón más que suficiente para que los sacerdotes católicos se negaran a bautizar niños cuyos nombres tildan de nada cristianos.

Difícilmente se expongan apelativos tan imaginativos que son  inimaginables y que seguramente deleitarían al más delirante  surrealista.

Yunilistracsil, es un nombre que recogimos y de cuyo origen no  pudieron darnos razón, aunque tal vez esté relacionado con más de un medicamento. Onailimixam, más conocido por Oni, no es otro que Maximiliano al revés. Amén, Ipsofacto, Tránsito, Abril, Onan, Herodia (probablemente un homenaje a Herodes) Demencio y Orfelina. O sino Dunia y Loreta, nombres de muñecas en los años 70 del siglo veinte.

Pero no cabe dudas de que uno de los más originales aportes es el de los apelativos conformados por sílabas o letras de los nombres de los progenitores. Obviamente, se trata de una exacerbación del ego de los padres, como si la conjunción de letras que crea el nuevo nombre le otorgara al hijo los atributos de ambos – sus semillas y sus sangres—y como si en él se sustanciaran mágicamente sus virtudes. En esa química de las letras también se manifiesta de modo singular, el abarcador mestizaje de la vida cubana. Y aún más, se revela el peso de la mujer en la vida del país, su equiparación con el hombre, a pesar de las muestras de machismo aún presentes, y se hace plena la exposición de un discurso hasta ahora oculto pero latente.

Otros nombres desconcertantes: Yanise (de ya ni se) Dalmiholevic por Dalmiro, el padre, Holeida, la madre y Víctor, el abuelo; Liudmilaivela, por Liudmila, la madre y Vela, apellido del padre. O los Jimaguas Raod y Ralys, hijos de Raúl y Odalys, Elimoy, de Elisa y Moisés, Igneida, de Ignacio y Nereida, Juyma, de Juan y María, Linoel, De Lino y Elena.

Pero de todos los nombres formados por la combinación de sílabas el más famoso es el del niño Elián González, por las primeras letras de Elisa, su madre y las últimas de Juan, su padre.


Ahora se están produciendo hechos tan interesantes como la notoria apropiación de nombres tomados de las telenovelas, todo un fenómerno cultural en Cuba. En la noche la hora de la telenovela, sobre todo las brasileñas, argentinas y cubanas, es sagrada. Hombres y mujeres se entregan y viven con pasión los conflictos de Christian, Amanda, Sebastián y otros, a tal punto que luego éstos vendrán a enriqucer el inventario de la Onomástica criolla.

No obstante, nombres como algunos de los señalados más arriba, demasiado originales y hasta extravagantes para cualquier mentalidad conservadora en este campo, parece que van cediendo terreno a otros tradicionales como Claudia, Daniela, Andrea, Carolina y sus correspondientes masculinos.

A todo esto hay que añadir la evidencia del surgimiento de un neo-barroco por parte de aquellos, no satisfechos con darle un nombre a sus hijos, optan por ponerles dos y ya coexisten, no sólo con los mencionados por la nueva moda, los dobles nombres como Juan Carlos, José Omar, Carlos Alberto, José Luis, Ernesto Juan y otros.

También es evidente la tendencia a volver a los nombres tradicionales, comunes en el pasado.

Como es imposible pronosticar que nombres prevalecerán en un futuro cercano en la Isla, sí es previsible que continuará manifestándose ese mestizaje que, como hemos visto, tiene los más diversos orígenes y motivaciones. La azarosa historia de la Onomástica en el país así lo corrobora. A nuestro ajiaco, primero que todo culinario, dicho en cubano, y también ajiaco étnico y cultural, como gustaba calificar don Fernando Ortiz el mestizaje de toda índole, se suma y se integra, como hemos visto, la original y muy diversa riqueza de poner nombres en la Isla hoy.

   

 


                                  

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