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SINÁN, EL NAVEGANTE
D. L. Pitty
Han pasado casi doce años desde el fallecimiento del maestro Rogelio Sinán. Ahora, con motivo de la presente recordación, consideramos conveniente reproducir esta nota, escrita a raíz de su óbito.
A los noventa y dos años cumplidos, con los pies sobre la tierra, disminuido por el tiempo pero atento a los rumores de la realidad, circuido por la admiración y el cariño de sus compatriotas y por la justa fama de su obra, que trasciende los límites patrios, acaba de abandonarnos Rogelio Sinán, el maestro –el mago de la isla, según Ricardo J. Bermúdez–, el Mefistófeles de sonrisa constante y humor a flor de ola, a flor de piel, a flor de alma.
Nacido en el ensueño de Taboga, de cara al más vasto océano del planeta, Sinán semejó regir su larga existencia por las estrellas, los vientos y las mareas. Desde joven fue un viajero incansable. La capital del país, Santiago de Chile, Roma, Madrid, México, La Habana, Caracas, Buenos Aires, Bombay, Calcuta, Shanghai, San Francisco sintieron sus ojos de asombro y la calidez de su palabra y de sus gestos, en los que afloraban la claridad y el colorido del trópico
Figura esencial y entrañable de la literatura panameña, Rogelio Sinán lega una obra de aristas varias, de filones diversos, en todos los cuales asoman muestras de metal noble. Sus poemas, transidos de calor y transparencia, de gracia y sensualidad y, en ocasiones, de angustia y misticismo, son un viaje a las sensaciones elementales del hombre.
En tanto, sus textos narrativos bucean, simultáneamente, en las aguas subterráneas del subconsciente y en las marejadas de la historia social. Ilustrativos al respecto son relatos como A la orilla de las estatuas maduras, La boina roja, Hechizo, Todo un conflicto de sangre, Cuna común y diversos pasajes de Plenilunio y de La isla mágica. En ellos están presentes tanto las líneas de los destinos individuales cuanto los avatares colectivos.
Lo anterior quiere decir que el autor contaba con una conciencia parejamente abierta a las incidencias del hombre en relación consigo y con los otros, y a las de todos como partes de la infinitud inestable que llamamos universo. Y es, precisamente, esa visión totalizadora la que hace de un hombre un poeta, un demiurgo, un descifrador de enigmas.
El prestigio literario de Rogelio Sinán comenzó con el libro Onda, aparecido en Roma, en 1929. Aun cuando en nuestro país ya soplaban en ese momento aires de nuevas búsquedas literarias, fue esa obra la que, entre nosotros, dio forma y contenido orgánicos a los afanes renovadores del vanguardismo. Esos poemas, por la frescura del lenguaje y la audacia de la imagen, en una atmósfera de luces, colores y alborozo, dieron una nueva expresión a la poesía panameña, hasta entonces subordinada a una retórica de corte modernista o, en muchos casos, desfigurada por los rezagos del romanticismo.
Algo parecido aconteció en la narrativa. Los cuentos y la novela Plenilunio constituyeron sino una ruptura sí un cambio de rumbo en los enfoques de nuestro quehacer literario. Tal vez no sea exagerado decir que los mejores aportes de nuestros narradores tienen antecedentes en las búsquedas de Sinán. En muchos casos, no se trata de una influencia directa, pero sí de una vinculación en cuanto a actitudes, perspectivas y valoraciones. De ahí su presencia y su magisterio innegables en la literatura panameña de este siglo.
Ahora, desaparecido el maestro, el navegante que fue nos deja la estela imborrable de su obra, repleta de recursos y claves que permiten no sólo explorar mares, sendas y territorios ignotos; aprehender y paladear los prodigios y la belleza de la vida, sino también, como enseña el poeta González Rojo, “deletrear el infinito”.
Seguramente los panameños (discípulos y lectores del maestro Sinán) nunca le diremos adiós.
Panamá, 5 de octubre de 1994
Han pasado casi doce años desde el fallecimiento del maestro Rogelio Sinán. Ahora, con motivo de la presente recordación, consideramos conveniente reproducir esta nota, escrita a raíz de su óbito.
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