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PRÓLOGO

Elsie Alvarado de Ricord

 

Incendio,  poema en tres tiempos, es quizás la más aquilatada joya de la poesía de Sinán.

Con epígrafes de LA DIVINA COMEDIA: del Infierno, del Purgatorio y el Paraíso, que surgen espontáneamente de su gran cultura literaria, asimilada a su sensibilidad poética, a su conciencia social y a su profunda sensibilidad humana: indisoluble conjunción de factores que es característica de los artistas de calidad superior.

Está inspirado en un voraz incendio -en la noche- de una casa de inquilinato cercana a su residencia, el cual ocasionó muchas muertes: unas personas quemadas, otras asfixiadas u otras ahogadas cuando finalmente llegaron los bomberos.

           Escrito en 1944, ganada ya la batalla del vanguardismo, combina la perfección armoniosa  de la poesía cultista, aunque de vocabulario no hermético, con el estremecimiento de la sensibilidad que segó tantas vidas atrapadas en un edificio sin las mínimas condiciones de seguridad. Pero no es temática, enfocada siempre a la defensa de los desposeídos, lo único que llama la atención del lector.    

          Esa escena aterradora, más que una descripción es un relato polifónico, ya que de la tragedia colectiva surge una multiplicidad de voces: desde la inicial del narrador omnisciente, en tercera persona, hasta las directas de los atrapados por las llamas.

         El pathos del poema es insólito sin que en el enunciado del hablante básico se reflejen primordialmente las funciones sintomática y apelativa del lenguaje, sino, en apariencia, solo la referencial. Esto es una prueba muy clara de la capacidad del autor para el manejo de la técnica teatral inserta, de manera soterraña en este caso, en la lírica.

         Sinán inicia cada tiempo con un subtítulo muy claro sobre el estado anímico de las víctimas: La voz del pánico.

        No se cortó el sueno de los inquilinos porque permanecieron mudas las alarmas. Pero, avanzado el fuego, fue tal el inesperado fulgor que pareció que a media noche amanecía y las llamas asesinas habían atacado a quemarropa, sorpresivamente, a los durmientes, sin salvación posible, como reza un endecasílabo de Dante, alusivo a la entrada al Infierno: "Quien entre aquí renuncie a la esperanza”.

                     "¿Qué voz estrangulada podía ser más certera

                           que una mano de luz pintando el cielo

                      y adelantando el alba?”

 

         La audacia de sus figuras es todavía sorprendente, al punto de que en algunos textos nacionales se presenta como ejemplo de hipérbole el verso: "Enloquecidos quedaron los relojes..." Pero no es tal. La hipérbole, que en las viejas preceptivas se clasificaba como figura lógica, es clara por ejemplo en el soneto de Quevedo “A una nariz” ("Erase un hombre a una nariz pegado”); o en la frase coloquial "Es más flaco que un silbido". Estas frases nos sonríen con un guiño a la lógica, y hasta allí; no sacuden nuestra sensibilidad; son hipérboles, sin duda. Mientras que el patetismo general del poema Incendio, con la catástrofe colectiva que; encierra, descarta el concepto de exageración. Se trata de que el fuego alcanzó tal magnitud que alumbró la noche con la claridad del amanecer mientras las relojes  marcaban las horas nocturnas.  La figura es, pues, una visión aunque basada en un hecho real que impresionaba de tal manera el sentido visual de los espectadores. Con un criterio equivocado toda la lírica sería hiperbólica, en particular, la mística. Pero donde prevalece la sensibilidad no reside la hipérbole.

            Ello  indica que la forma de expresión que usó el poeta, todavía camina a muchas leguas de nuestra percepción siglo XXI, o sea, del tercer milenio Por lo cual la obra de Sinán tiene que seguir estudiándose porque parece inagotable.

En La voz de la agonía, segundo tiempo, los atrapados parecen asirse a lo  último que queda en la caja de Pandora: La esperanza, aunque ésta se presenta como una inexistente tabla de salvación de un náufrago, que en este caso sólo podría ser una nube.

           “__¡Somos náufragos

           en medio de un océano de fuego y brea!

            __¡Carne encendida,       

           se pierde nuestro aliento entre las nubes!”

 

En el tercer tiempo, La voz de la plegaria ha terminado la agonía, en el sentido  unamuniano de lucha, y las víctimas se entregan.

Con el agua, tardíamente vencedora, ha retornado la noche:

        “__¡Sólo tiniebla y agua!

         __¡Agua y tinieblas!

         ...........................................

        ¿Ya para qué tanta agua? ¡Senor, detén el agua!                  __¡Que respeten por lo menos la muerte!                   __Pero nadie nos oye...."

 

A diferencia del poema machadiano:

                 "Cuando de nada nos sirve rezar,

                  caminante, no hay camino,

                  se hace camino al andar."

 

en nuestro poema no se hará camino, porque ya esfumó la esperanza de vida, ahora las voces sólo piden misericordia para que termine el suplicio.

Escrito aparentemente en versos libres, hay predominio de alejandrinos y endecasílabos blancos. Todavía hoy resulta sorprendente la ductilidad del lenguaje en sus manos, y corre pareja con su capacidad de emocionar y con su sentido del ritmo y la armonía, amén de la solidaridad humana.

La manera como Sinán domina el estilo directo en las múltiples voces en cada uno de los tiempos, como expresión del sentir de las víctimas es tan asombrosa como la estructura y la fuerza emocional del poema.

Entre las causas de la vigencia de la obra de Sinán está el adelanto al tiempo que se vive, en concepciones y en formas expresivas; además de las múltiples facetas que hacen posible que cada generación descubra en ella un nuevo valor inadvertido.

En su obra se encuentran las profundas y fuertes raíces del pasado universal, las conquistas y la sed de justicia del presente y las fecundas semillas del futuro, pero no en estatismo vegetal, sino bullentes de historicismo, de fervor humano y de preocupación social.

 

25 de abril de 2002

   

 


                                  

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