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II

 

FELIPE INVITA A LA ESTATUA

 

 

Apenas Cándida  se encerró en su recámara, Felipe no insistió. Mejor así. Se daba cuenta de que aquello marchaba como sobre patines. Mientras disminuía su tensión hizo una pausa sin atreverse a abrir y, ya tranquilo, se asomó con cautela para evitar que alguien lo viera salir de allí no estando Hipólito. La brusca claridad del callejón lo hizo sentir el veneno de la culpa y, colándose por la sacristía, consideró más oportuno sumergirse en !a iglesia, no para confesarse por el grave pecado de adulterio cuya anticipación había gozado, sino para evitar habladurías contra Cándida y, de paso, encenderle una vela a la Magdalena como agradecimiento por el don otorgado, pues aún en cierne, el leve roce le había abierto el apetito augurándole una opípara culpa. Lograda su oblación, se fue a la playa y refrescó su fiebre entre las olas.

 

Como Faustina habitaba a pocos pasos de la casa de Hipólito, transigió con el rol de mediadora para facilitar las entrevistas entre Felipe y Cándida de la manera más discreta.

 

Una noche, mientras Hipólito y el jodido Ñopo trasegaban sus vinos preferidos meciéndose en las amplias hamacas de la casona, Felipe entró al taller sin ser visto mediante el hábil subterfugio que usaría en adelante. Primero fue a la iglesia como quien se dispone a repicar las campanas o a avisar desde la torre las luminarias de los barcos que pasan a lo lejos. Seguro de que nadie lo observaba, pues las beatas brillaban por su ausencia, se coló de rondón en la sacristía de cuya puerta pasó de un salto a la de Cándida quien se le echó en los brazos vuelta un fajo de nervios. Cariñosa, anhelante, pegada al cuerpo de él, boca a boca Cándida sopesó la violenta erectitud de Felipe. Era el hombre que ella necesitaba, que la podría satisfacer plenamente.

 

Rijoso como estaba, Felipe la apoyó contra el muro e intentó poseerla de inmediato, pero ella procuró sofrenarlo.

 

-Por favor, no me asustes, Felipe. No estoy acostumbrada a tu violencia. Me sentiría inhibida; no podría disfrutar. Quiero ser tuya en cuerpo y alma con el mismo entusiasmo que antes ambicionaba ser la esposa de Dios. Necesito situarme, entrar en trance, tranquilizar mis nervios disolverme en el goce y olvidar el pecado. Recuerda que estuve a punto de ser monja. Fui criada y educada para serlo. Me mantuve alejada de los goces vitales gracias a los consejos de Malala quien supo convencerme de que todo es pecado, metiéndome en la mente ideas absurdas de una moral conservadora y nefasta basada en formas de vida superadas. Por el simple hecho de notarte observándome mientras me enjabonaba los senos, perdí el sentido y estuve casi a punto de ahogarme. El decoro jamás debe excluir la sensatez y el valor. Junto a tu cuerpo, siento vibrar el mío anhelante de conocer el gran misterio gozoso que tú encarnas. Quiero vivir mi vida. No nací para el culto del aburrido mundo monacal. Sólo junto a tu cuerpo he despertado a la vida del espíritu; porque el amor incluye todas la manifestaciones del ser en su función genesíaca. Por fortuna, todo va a acontecer desde ahora de manera distinta. Sí, a la sombra de Hipólito quiero que nos amemos impunemente. Estoy segura de que en el fondo él lo desea. Sé que te quiere. Goza hablando de ti. Creo que se siente más dichoso contigo que conmigo.

 

Felipe la besó y, estrechándola con febril impaciencia, la hizo sentir de nuevo entre las piernas la rotunda rigidez de su anhelo.

 

Las sonoras pisadas de alguien que se acercaba y que, en efecto, sólo cruzó frente a la casa, aterraron a Cándida quien, vuelta un haz de nervios, se apartó del amante.

 

-¡Vete, Felipe! No quiero que te mate.

 

Cuando, casi a la fuerza, logró echarlo, quedó acezante, en ascuas. Angustiada, sintiéndose en pecado mortal, se arrodilló ante la imagen de Jesús Nazareno. En su lecho, más tarde, arrepentida, siguió rezando invocando el perdón de su pecado mientras trataba de mantenerse en vela para esperar a Hipólito, lo cual era un deseo sin esperanza. Imágenes de Hipólito y Felipe formaban en su mente una girándula cuya rueda de luces la hizo sumirse en sueños de pecado, de misterios gozosos y de torturas infernales.

 

Felipe comprendía que para Cándida resultaba difícil desprenderse de un sólo sopetón de ideas que le inculcaron las tías, pues aunque todo en ella vibraba a la más simple caricia, la angustia del pecado la inhibía, la aterraba. Por tal causa, a pesar de que Hipólito se entretenía noche tras noche en casa del Ñopo, Felipe continuaba como en ascuas, sin avanzar un ápice, pues Cándida seguía sin entregársele, jugando al toma y daca, temiendo siempre la llegada de Hipólito y el castigo del Cielo.

 

Para calmar su fobia, Felipe sugirió la conveniencia de que se vieran en la iglesia, sitio que para él era habitual y de feliz memoria. Cándida pensó que, en efecto, allí en el templo nadie los podría sorprender en horas avanzadas de la noche. En la suave penumbra de las naves iluminadas tenuemente por las escasas veladoras de los retablos, ellos se entregarían a su gozosa pasión, impunemente, con la callada venia de los santos.

 

Sin embargo, para una ingenua como Cándida, la comisión del acto carnal frente a las sacras imágenes le resultaba una violenta blasfemia, procaz e irreverente.

A cada cálido aproche de Felipe, ella saltaba como al contacto de una llama infernal.

 

-Dios nos mira, Felipe. La Virgen nos observa. –

 

Felipe estaba erecto, rijoso. Ya no podía frenarse.

 

Cándida eludía sus caricias mortificada porque, a pesar de todo, sentía en su cuerpo la lujuria, la apetencia, el anhelo de entregarse definitivamente al gran misterio gozoso.

 

Sin embargo, le parecía escuchar que las imágenes de los diversos santos gritaban iracundas:

 

-¡Adúltera! ¡Relapsa! ¡Bruja! ¡Herética!

 

Sólo calmaba su conciencia cierta voz evangélica que desde el sitio más profundo de su alma le decía bondadosa:

 

-¡El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra!

 

Felipe presintió de repente que sus impulsos lúbricos decrecían y recordó que esa noche, minutos antes de entrar al templo, al ver que, iluminada por la luz de la luna la estatua centellaba, aproximándosele, le hizo en tono de broma un reto audaz, diciéndole:

 

-Comendador, escúchame, esta noche voy a comerme a Cándida. Saborearé en la cena muslos y otras sabrosas presas. Te invito al ágape. Será un banquete de primera.

 

Le pareció que las pupilas de la efigie brillaron y sintió un repeluzno. Por sus venas circuló sangre helada. Con todo y eso se hizo el valiente y entró al templo. Los agudos chillidos de los murciélagos lo desasosegaron. Afortunadamente para él, Cándida se mostró aún más remisa que de costumbre. Frente a Dios y los santos ella no se atrevía a pecar. Aunque aquellas imágenes hieráticas eran de cartoné, Cándida había aprendido a respetarlas. Felipe no insistió porque temía darle una nueva decepción a Cándida seguro como estaba de que esa noche de ánimo aterrado lo dejaría impotente como Hipólito.

 

Siguieron días de angustia e incertidumbre. Felipe no encontraba de qué medios valerse para ahuyentar el miedo y la zozobra de Cándida quien, por su parte, se desvelaba por las noches anhelando ser poseída por Felipe. Se enfurecía contra las santas imágenes que le habían impedido y aún seguían  impidiéndole darse definitivamente en cuerpo y alma a Chompipe.

En cambio, el cirio pascual de Pipe tenía la esperma lista para el acto iniciático. ¿En qué noche se iba a efectuar el rito? La joven novia no parecía dispuesta al sacrificio o, mejor, al misterio de su auténtica comunión genesíaca.

 

(DECÁLOGO  DÉCIMO, LA ISLA MÁGICA, de Rogelio Sinán)


   

 


                                  

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